La luna lírica de Hernán Hurtado Trujillo y César Aguilar Peña-Chillico. Fredy Roncalla

La luna lírica de Hernán Hurtado Trujillo  y César Aguilar Peña-Chillico

Fredy Roncalla

Hawansuyo

Prolífico y  con una entrega apasionada a la poesía, el wayki Hernán Hurtado Trujillo  nos invita  a acompañar el viaje de la luna en el lomo de una hormiga leyendo los tiernos, musicales, diáfanos y andinos poemas y ver los bellos  dibujos de César Aguilar Peña que ilustran su más reciente libro. Si los estudios sobre la poética andina subrayan que un elemento distintivo es la dualidad y complementariedad, este principio general se plasma en una dialéctica en que la poética de lo pequeño, (aquello que en quechua se expresa con los sufijos -cha- y -lla-) es una puerta de entrada a lo más grande, haciendo que  la carga afectiva de lo ínfimo/íntimo pase de inmediato a lo infinito/profundo a través del acto simbólico. No son otra cosa las construcciones circulares a la entrada de las pirámides de Caral reproduciendo el cosmos; la alternancia recurrente, el uso de imágenes de la naturaleza, y los diminutivos como punto de impulso expansivo en el huayno; y la carga afectiva del español y el quechua andinos  buscando  como ideal crear espacios íntimos para el puro sentimiento, es decir: la  inmensidad  del ser cuando este se comunica plenamente.

Pero para que esas reglas generales se plasmen  es necesaria la mano del poeta. Y si hay algo que  distingue a la poesía de Hernán Hurtado es la comunicación nítida y plena que a partir de los principios recién mencionados  nos habla  desde la infancia. Así, el epígrafe de Saramago marca todo el libro al decir “el hombre que soy, es el niño que fui”. Y el primer poema habla de soñar para seguir siempre siendo niños, mientras un tren de niños es “inexorable máquina, que se va, sin retorno alejándose de la infancia”. Porque más tarde otro niño guarda al  pachaqchaki-tiempo en el bolsillo y juega sin importarle que salga o se vaya la luna. El juego y la niñez se presentan como dos principios  vitales de una poética de lo diáfano que acude a seres de la flora, la fauna y el cosmos, para mostrarnos lo efímero y lo pleno del ciclo de la vida: “la gallina Catalina/ escribió en el patio… Como catalina/ tenía muy mala caligrafía/ los pollitos terminaron, en la olla de Sofía”. Y para ello nada mejor que el verso musical, directo, cadencioso de sus poemas, diciéndonos en otra parte “engendra Gran Señor del universo/ el trino azul de la mañana/ en el vientre de la noche”.

La presencia de la naturaleza como fuente poética  y  ser animado en las letras apurimeñas  ya es conocida. Ella es el gran referente en los Ríos profundos de José María Arguedas, en los poemas escritos en el reverso de la hoja de papa por Hugo Carrillo, en la poesía de Feliciano Padilla  y en  los breves y poéticos relatos que animan Las crónicas del silencio de Nilo Tomaylla.  Pero hay dos variantes poco conocidas en las que  también participa Hernán Hurtado.

La primera es de la poesía y el relato infantil que el autor comparte con  Federico Latorre Ormachea, Feliciano Mejía,  Alejandro Medina Bustinza (Apurunku),  Feliciano Padilla, e incluso James Oscco. Y la segunda es la cercanía de estos autores no sólo al mundo quechua, sino a su lenguaje y  forma de poetizar, acaso desde una variante mestiza. Hay en Hernán Hurtado y en todos esos autores una pasión  por el cuidado de la niñez,  por beber de ella  como fuente de inspiración,  y también  por una labor pedagógica por medio de la poesía y el relato breve muchas veces bilingüe.

Si el grueso de la poesía anterior de Hernán Hurtado ha sido escrito en castellano, este último  volumen  acusa la cercanía del quechua, sobre todo en el muy logrado poema saqrachiwaku, donde el saqrachiwaku chupa al vuelo el néctar de la tuna  “y/desde lo alto del cielo/akarpamun/… sembrando tunales de amor” para decir que ese pájaro feo y travieso es la hermosa poesía.  Una lectura detenida (y recomendada) de este poema nos va a dar los elementos de dualidad expansiva mencionados a la  entrada, sumados estos a la dualidad  lingüística y a la innovación dada por la voz personal del poeta. Ya en otra instancia, la tradición oral quechua del  zorro como el antitriscker que siempre sale burlado se refleja en el poema  “Un bello genio” donde el atoq es burlado repetidamente por el burro.

Como poeta apurimeño, que vive y enseña en Abancay, Hernán Hurtado es parte del  gran despertar cultural de Apurímac, de escritores con una variada producción literaria que  incluye a artistas  plásticos  como César Aguilar Peña-Chillico (wayki de Hernán)  quien ilustra el presente poemario como coautor e interpreta los poemas en forma gráfica. Como director de la revista de humor, caricatura, historieta y arte  Chillico  César Aguilar Peña  sigue la tradición de la crónica ilustrada andina, inaugurada por Felipe Guamán Poma de Ayala.

Pero lo hermoso de las tradiciones de amplio espectro y de las que van naciendo, es que permiten voces únicas e individuales, estilos distintivos que van definiendo a uno u otro autor. Al leer a Hernán Hurtado uno  siente que el poeta le está hablando a una clase de niños ávidos de futuro. Pero por la profundidad de los poemas, los más viejos también somos sus alumnos y recibimos la tarea de leerlos una y otra vez  para ser deslumbrados en un acto lúdico lleno de ser.

Conocí a Hernán Hurtado por culpa de mis botas amarillas. Había llegado a Abancay de improviso y tras  dejar mis kacharpas en el hotel me fui en busca de una cabina de Internet, al poco tiempo llega Hernán guiado por las botas amarillas que el hotelero le había dicho que tenía. Agarramos una conversación de varios días en la que me mostró generosamente su poesía. La suya es muy dinámica, porque este volumen es  un paso adelante a su voz madura y  refrescante, ajena a lo recargado que a  veces suele ser la poesía  “compleja” en su esfuerzo muchas veces vano de hurgar en lo profundo. En Hernán Hurtado  el lenguaje asequible y cercano hace de la economía simbólica un arte mayor.

New York

2011

Gracias waykis.

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