La Soledad en Cotabambas, Julio Chalco

El extraordianrio narrador Julio Chalco, que esta viviendo uan soledad cosmica, heroica e impecable, nos ha permitido publicar este exelente relato.  Gracias Julio, ama qunqaychu, esa Penelope estara siempre contigo. Abrazo.

Nos aprestamos a bajar esta larga calle que se muestra cimbreante, interminable e incierta. Víctor está impertérrito y mide cada paso que da. Caminen, se divertirán mucho, dice no tan convencido y todos nos dejamos llevar por esa duda. Los siete nos perdemos en esa bajada, con la única convicción de que esta noche será inolvidable. Andamos callados es posible que Norka me haya dicho algo en el trayecto y hasta quizá también Carmen, tras sus anteojos oscuros que le dan cierto misterio o Nely apoyada en el ángel de su personalidad, pero por alguna razón estoy en otra parte, alejado, anonadado,… desenchufado. Eloy, que me recuerda algún notable de esas épocas que ya no están, camina junto a nosotros y no puede traicionar su vocación de responsable, del que lo tiene todo calculado y listo, del competente,… del protector. En cambio Roger es más el señor de las bromas, aunque a esta hora, nadie parece estar con humor. Ha sido un día muy complicado y necesitamos un break. Es aquí, dice Víctor con los aires de quien dice “¿Ven que no mentí?”, se le nota repentinamente animado y eso nos contagia. Todos paramos en seco. Frente a nosotros se muestra una pequeña puerta arropada de una extraña cortina empapada de un rojo fosforescente. No acabo de descifrar el nombre del lugar, ya que la música que mora tras la cortina  nos llama, atrae a nuestros oídos y no nos dejamos esperar. Entramos y aquella luz roja reina en toda la atmósfera. Un televisor plasma se impone en el lugar y dentro de él podemos ver en tecnicolor el rostro de la música que nos encandila y anima a beber. Pedimos un appletini grupal con soda, de esos compuestos que se consumen a bocanadas bárbaras y que te aseguran un poco de felicidad, adicional a la que poseen algunos del grupo. Pero siento una inevitable soledad que me hace callar, no quiero sentirme así, me niego a hacerlo. Entonces nos reímos a carcajadas, hacemos bromas sobre nosotros, contamos chistes crueles, nos decimos estupideces cariñosas, bebemos copas de appletini y la noche se vuelve más amable. Es Víctor quien inicia el bailongo y lleva tras  de sí a Carmen que alegre se deja arrastrar. Roger ni corto ni perezoso le sigue con Norka sujeta de ambas manos. Les sigo con Nely como mi cómplice, y nos arrastramos mutuamente. Ahora Eloy es una metáfora de mi soledad; lo veo chocar su copa con las nuestras y hacer una t’inka. En la pista nos confundimos entre esas oscuras sombras bicéfalas que se contornean al ritmo de Los Chankas. La música fluye, Ingrata porque pretendes la nueva alianza. Entre el tumulto veo a Víctor haciendo piruetas que matizan su baile, los demás zapatean y corean la canción. Quieres quitarme la única flor de mi esperanza. Veo el rostro sereno de Nely que mira mis pies y calcula mis pasos. Al cielo pido la muerte, pero no manda. Quiero ese sueño sin despertar, pero no… logro entender sus pasos y me convenzo de mi torpeza. Me rió a carcajadas, se ríe a carcajadas, todos nos siguen y ríen. Otra vez coreamos  Ingrata porque pretendes la nueva alianza, jamás ya pienses recuperar lo que has perdido. La noche avanza lenta y segura y los sorbos de appletini marcan el ritmo de nuestra conversación. Hablamos de libros imposibles, de vagos recuerdos que muchos no compartimos, de mujeres fatales, de hijos de puta golpeadores, y utopías y arcaicas. Entonces trato de hacer a un lado esa soledad que me carcome.

¿Cómo es posible que el fenómeno de la amistad reúna a siete desconocidos  en un incierto lugar y afiance la sensación de estar seguros? Yo siento esa seguridad esta noche, aunque siga sintiendo esa soledad Kapkiana. Todos me miran y en sus ojos, perdidos en esa tenue luz roja, solo puedo sentir esa paz que hace muchísimo tiempo no sentía (salvo con la Tía y el Chato en la Barcelona de mis recuerdos) Puedo sentir el abrazo cálido de Nely que intuitivamente intenta protegerme ¿de qué?, las sinceras confesiones de Carmen, las manos salvadoras de Norka, la protección y sabiduría de Eloy, la confianza de Víctor, el aliento de mi yanamasi Roger; entonces me siento un poco menos solo.  Carmen se muestra arisca, hay un no sé qué en ella, que me preocupa y me aturde. Nely me pide que no insista en saberlo: hay tristeza en ambas. Entonces me animo a contarles mi sórdida historia, mis pasos en falso, mi vocación de masoquista en pleno auge. Les cuento una lejana historia en Madre de Dios, con una cama rota incluida y los malditos zancudos que me desangraron el culo hasta dejarme sin ganas de nada. Ríen al escucharme, entonces se animan a contarme sus cosas, sus fantasmas, aquellos demonios que las atormentan e increíblemente las confesiones nos vuelven cómplices. Me siento menos solo. Nos alegramos, nos convencemos que la vida, aun así de mierda, vale la pena vivirla. ¡Salud por eso!, dice alguien. Salud, contesto sin animarme a saber de quién se trata. Unos bailan y otros nos animamos a conversar. Me siento repentina y nuevamente solo. En ese trance noto que alguien me mira desde algún lugar, lo sé, es un sexto sentido que he desarrollado con el tiempo, pero no doy con esa mirada. Hay un momento en que el calor del appletini entra como lava en mi estómago y caigo en la cuenta de que lo que viene será un concierto de dolores espantosos, vómitos infinitos y lagrimones interminables. El lugar se ha congestionado de mucha más gente. Las parejas bailan, se contornean, hacen piruetas imposibles, ríen a carcajadas y algunos beben cerveza en la pista. Quiero salir, inundarme de ese aire nocturno, pero no hallo la manera. Entonces hago el amago de escuchar una infame llamada (de las tantas que he recibido esta noche).  Norka intenta quitarme el móvil. Basta por hoy de atormentarte, me dice y los demás no entienden nada. No le hago caso y salgo. Camino por la larga y tenue calle, hasta que las luces de neón se terminan. A su costado está el río, el palqarumayu. Me acerco a unas barandas que parecen balcones mirando hacia el río. Siento que el río me habla con su rumor. Me acerco un poco más. Entonces la noche se hace más clara y puedo ver mejor su cuerpo líquido y serpenteante. Vacío hacia sus aguas el vaso de appletini que he traído en mi escape. Qampaq, digo y me envuelvo en un largo silencio. Taytamayu, Palqarumayu, waqchan kani ¿Qawawaqchu waqcha sunquyniyta?, ¿iman kashian uhunnimpi?, le pregunto entre enfurecido y triste. El Palqarumayu me habla del tiempo; de las piedras que arrastra y amolda; del huracán que hace más fuertes a los árboles; de los brazos remojados de los amantes en sus aguas después del amor; de los sobrevivientes que otra vez van a la guerra. Lloro ante ese rumor, ante esa tierna revelación y me despido. Taytay uqpiña kay wawayki kutimunqa, uqpiña apamunqa thanichisqa sunkunta. Kunanmi ripushan ancha yuyayniykiwan. Tupananchiskama Apu Palqarumayu. Otra vez la soledad me invade y me da vergüenza contárselo al Palqarumayu.

Entonces vuelvo al lugar. Tras la cortina los veo algo preocupados, no me hablan en un inicio, pero luego seden. Chinkasunmi niwaqtiyki, chinka chinka lliqllachayta qururayki, chinka chinka, se escucha y todos salimos como empujados por un maquinal resorte. Es una canción emblemática, dice uno de nosotros. Maytaq kunan chinkaychisun, chinka chinka Chinkayllapas mana yachaq chinka chinka, y noto tras los anteojos negros de Carmen una risa cómplice. Me siento otra vez observado y doy en la persona. Si no bailas bien te llevo al sillón y me busco otra pareja, me amenaza Carmen y pongo mayor empeño. Una marea me inunda y relentea la realidad. Chinkaspaqa chinkasaqsi, chinka chinka tawea pisqawatachata chinka chinka… y nuevamente siento ese maldito dolor en el bajo vientre. Acaba esta bella canción que me ha hecho nadar hasta la época de la escuela, donde habitualmente la escenificábamos. En eso, una mano firme me toca el hombro por detrás, pero no hago caso y me apresto a sentarme junto al grupo. Yuyarispa waqanata, chinka chinka, waqaykuspa mashkanata chinka chinka… La mano insiste y al darme vuelta veo que es una mujer gruesa, de esas que tienen los brazos fuertes y las piernas poderosas. ¿Te acuerdas de mí?, me pregunta con mucho entusiasmo, mientras su sonrisa se queda a media asta. Su mirada es cálida y su voz, suave. Busco en todos mis archivos, incluso en los que están en DOS y windows 95, pero nada de nada. Ah sí, claro que sí, digo  por decir, y maquinalmente nos ponemos a bailar. Noche tu que comprendes mi tristeza y también mi soledad. Soy de Sicuani, dice, mientras me muestra unos dientes blanquísimos y se contornea al ritmo de esta saya. También soy de Sicuani, pienso y deseo recordarla. Como la mañana que al mirarme sonreíste y mi vida se alegró. Me muevo, mi mente intenta recordarla, buscarla en algún olvidado rinconcito, pero no tengo éxito. ¿De verdad no me recuerdas?, me pregunta y noto algo de decepción en su rostro. Mira a los lados, hacia un pequeño grupo de chicas con las que ha venido. Soy Blanca, dice, y estudiamos juntos en El Divino Maestro. ¿Ahora me recuerdas Rubén?, concluye y mi esperanza se diluye junto a la canción que se acaba inevitable. Soy de Sicuani, pero no me llamo Rubén, le contesto entristecido. Ríe a carcajadas y adorna su risa con varios “lo siento”, mientras una de sus manos mariposea hasta marearme otra vez. Hace algunas señas de vergüenza a sus amigas, ellas lo celebran. Nos despedimos y no se me ocurre darle mi nombre. Lo siento, dice nuevamente y me hace ver sus espaldas mientras se aleja. Otra vez me siento solo, aunque la sensación de no ser observado me vuelve inesperadamente. La miro nuevamente, ella se sienta junto a las chicas de su grupo. Es una Penélope que ha salido en busca de su Ulises, y yo, un Ulises que no se olvida de Calipso, aunque esta ahora le duela. Buscamos constantemente el recuerdo de un extraño (ahora), del pasado ideal, y en esa búsqueda nos dejamos llevar por lo desconocido, por lo que creemos que es. En esos afanes nos topamos con ese doloroso muro de la realidad que nos golpea. La madrugada está cercana y debemos volver. Al salir la calle se muestra clara y el Palqarumayu me envía otro mensaje, quizá la respuesta a mi despedida, pero estoy muy mareado como para entenderle.

Cusco, 29 de octubre de 2012.

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