El Metro / Marithelma Costa

Con Marithelma Costa acabamos de hacer un canje: un libro de poesia alemana  del siglo veinte por un metro. No sabia que iba a salir ganando, porque  con ese metro uno puede  viajar a cualquier lado del planeta. Marithelma cuenta ademas que como el metro estuvo cerrado por  Sandy, el Lower East Side se convirtio,  con espiritu comunal, en un imenso Occupy Wall Street*.  . Sorpresas te dan los trenes y madre natura.

*Por las proximas 24 horas Angel Rodriguez no viajara por los metros europeos en solidaridad con las protestas antiausteridad.

EL METRO

Marithelma Costa, Hunter College

Angel Rodríguez se consideraba un hombre común y corriente. Trabajaba de lunes a sábado  en una tienda de la calle Broadway vendiéndole zapatos deportivos a todos los que estaban dispuestos a pagar  un ojo de la cara con tal de lucirse ante los panas del Bronx y Brooklyn. En la tienda recibía  un sueldo minúsculo y, como la mayoría de los inmigrantes, lo administraba con tal cautela que le alcanzaba  para  alquilarle una habitación limpia y soleada en Washington Heights a una prima mía, comer caliente, vestir de una manera decorosa  y mandarle un dinerito a la familia a principios de mes. No le pedía mucho a la vida: serenidad, estabilidad  y unos cuantos amigos para beberse unas cervezas juntos y jugar al fútbol.

Aunque había llegado a Nueva York de las faldas del Popocatépetl, nunca sintió, como sus paisanos, el cuchillo de la nostalgia, el dolor del que se va lejos. De niño, su abuela mixteca le había enseñado a aceptar lo que no se puede cambiar y a evitar aquello que lo apartara de su camino. Y a pesar de que no sabía exactamente hacia qué punto cardinal se hallaba el suyo, vivía con una alegría natural en algo que podría describirse como un equilibrio pleno.

Sólo sintió verdadero terror el día en que casi lo agarra la migra.

Según me contó el día que se mudó al edificio donde trabajo de super, tras el incidente no cambió de costumbres, pero se hizo muchísimo más cauto.  Un domingo de verano salió a desayunar en La Favorita, la pastelería del alto Manhattan conocida por sus tamalitos de maíz dulce. Mientras se acercaba distraído a la esquina donde sus paisanos suelen tertuliar a la espera de que alguien les ofrezca un trabajo sin exigirle papeles, distinguió en medio del grupo de jornaleros a un primo que, cada vez que lo veía, le echaba en cara el que aún no hubiera tramitado el green card para traerse a la familia. Como no soportaba aquellos bienintencionados sermones, renunció al desayuno, cruzó la avenida y se montó en el autobús que  estaba parado en la esquina. Aquella reacción tomada casi por instinto, no sólo le permitió escaparse de las recriminaciones del pariente, sino de los diez oficiales de inmigración que salieron de unos Cadillacs negros y, tras repartir porrazos a diestra y siniestra, se llevaron a aquellos descarados que venían a arrebatarle el pan a los ciudadanos del país. Cuando su autobús arrancó, Angel vio con alivio cómo el primo se escabullía detrás de un quiosco de periódicos, con lo que los diez eficientes policías sólo pudieron deportar a una docena de infelices,  después de que pasaran las de Caín durante varios meses en los calabozos de Brooklyn.

A partir de aquel incidente tuvo mucho más cuidado cuando practicaba su pasatiempo favorito: caminar por Manhattan anotando mentalmente las minucias del día y coger los trenes a las horas punta para observar a los viajeros. Una mañana, mientras se fijaba en el estrambótico atuendo de una cincuentona que se estaba limando las uñas, Angel descubrió la permeabilidad de los trenes. En realidad, el proceso se había iniciado con varias semanas de antelación. Pero aquel 18 de julio se completó el círculo y comenzó a darse cuenta que, cuando una serie de factores se combina en un subte del globo, el viajero puede verse transportado no a la estación donde se propone hacer el cambio, ni a la parada de su destino, sino a la red subterránea de trenes de una ciudad gemela.

La primera vez hubo una fase preliminar  —que nadie hubiera podido interpretar como un avisoa la que siguió la transposición, término que acuñó para describir el fenómeno. Cuatro días antes del suceso, mientras iba a la cena de despedida de un compañero senegalés que se marchaba a Chicago, se montó en el vagón un músico ciego que, a pesar de su desventura, se movía sin grandes dificultades entre los viajeros del tren expreso. Cualquiera hubiera pensado que se trataba de un pordiosero más: barba de tres días, pelo canoso y ropa adquirida en algún centro de asistencia religiosa. Pues el aparente ciego, que debido a su condición de emisario del departamento francófono de la red ferroviaria, despedía un tufillo inconfundible, apoyó la espalda en uno de los tubos verticales de acero y se puso a tocar en su acordeón La Marsellesa. A primera vista parecía una elección totalmente fortuita. Daba la sensación de que en lugar del patriótico himno, hubiera podido escoger Guantanamera, una danza húngara o la Cumparsita. Aunque la selección no resultaba muy original ni la ejecución brillaba por su virtuosismo, el músico agarraba  su instrumento con tanta languidez y ponía tal cara de desamparo, que logró arrancarle a los viajeros varios billetes.

El ciego recogió el dinero en un pequeño monedero de cuero —y no en los clásicos vasitos azules de coffee shop griego que entonces usaban sus colegas—, agarró su bastón y se encaminó hacia el próximo carro a cosechar su almuerzo. Justo cuando se disponía a entrar en la pequeña plataforma que comunicaba los dos vagones, el tren se detuvo, se abrieron las compuertas y saltó a los pies de una nodriza mulata que cuidaba a un niñito rubio y angelical, el tapón de una botella de champaña que acababa de escapársele en el andén a una joven vietnamita. Extraña coincidencia, pensó Angel. Nunca había visto a nadie beber champán en los trenes. Sin embargo, como se había acostumbrado a aceptar las excentricidades de los neoyorquinos sin hacerse demasiadas preguntas, tomó el aviso como un hecho cotidiano y se puso a leer los resultados de los partidos de la liga.

Unos días más tarde sucedió exactamente lo mismo, pero en orden inverso. Era domingo y debía llegar temprano a la zapatería para poner punto final al inventario de calzado deportivo que,  debido a unos pedidos extraordinarios llegados de Panamá, aún estaban pendientes. Angel se hallaba en su estación, una de las últimas de la línea A, y esperaba que el tren partiera. Mataba el tiempo resolviedo el crucigrama de nivel avanzado del Diario La Prensa, cuando saltó a sus pies el tapón de otra botella de champán que acababa de abrir un joven con la cara  tatuada, para acompañar el sandwich de huevo que llevaba en una bolsita. Cuando recibió el golpe, miró a su agresor  y éste lo saludó levantando la botella. El súbito cierre de las puertas le impidió comprender las palabras que el exótico bebedor intentó decirle. A Angel sólo le quedó inspeccionar el corcho: se trataba de una Tattinger del 89 que, de seguro, estaba deliciosa.

En la primera parada entró el ciego  de la semana anterior, se detuvo frente él y comenzó su revolucionario himno. La misma señora que hacía una semana se limaba las uñas —y aquella mañana llevaba un kimono de lo más vistoso– le sonrió levemente y tras la tercera o cuarta nota, ya había acaecido el portento. Angel no se hallaba en un subway neoyorquino ni iba rumbo a su trabajo rodeado de padres que le dedicaban el día a los nenes y de viejecitas sureñas con sus biblias, sino que  se encontraba en pleno metro de París y estaba recorriendo a toda velocidad los túneles del casco urbano. Arriba nanas sumamente educadas y gente que paseaba con sus perritos. Más allá una catedral luminosa y un río que se movía tranquilo. Frente a él, media docena de pasajeros silenciosos que iban ese domingo de verano a jugar a la petanca y visitar a los sobrinos.

Angel pensó que estaba soñando. Mucha cerveza la noche anterior; quizás también se había pasado con los vasitos de tequila. Se quedó sentado grabando en su mente cada uno de los detalles del nuevo vagón. Acero reluciente, sillas azules y acojinadas, puertas flanqueadas por transportines. Al fijarse en las últimas, no hubo lugar a dudas. En vez de abrirse sumisas y al unísono cada vez que el tren se detenía en las paradas, cada una tenía una ascéptica palanquita metálica que el viajero giraba con un minúsculo golpe de muñeca.

Y las estaciones; ¡ay!,  las estaciones. Inmensas, impecables, redondas. Con una publicidad sobria y circunspecta, como sobrios y circunspectos eran los viajeros. Los carteles, todos de buen gusto, anunciaban los libros que acababan de salir al mercado, hablaban de los saldos de la reentrée otoñal, de productos infalibles para acabar con las pulgas.

Tras estudiarse durante horas su ubicación en el globo terráqueo, Angel intentó escudriñar las caras aburridas de sus compañeros de viaje. Ya había pasado mediodía y la población callada y mañanera había sido sustituida por una más heterogénea: jóvenes estudiantes que discutían los temas que saldrían en los exámenes, parejas clandestinas que aprovechaban cada segundo, turistas de todos los puntos del orbe consultando frenéticos sus mapas y efebos que parecían escapados de cuadros renacentistas. Buscaba desesperado a algún viajero como él, a alguien que estuviera experimentando la permeabilidad de los trenes.

Estaba a punto de descubrir un deje de sorpresa semejante al suyo en una africana vestida con un bubú verde, cuando se abrieron las puertas centrales del vagón y entraron dos gendarmes. El aire se crispó de golpe. La mujer bajó los ojos. De seguro iban a la caza de algún magrebí desdichado o una filipina sin papeles. Como había desarrollado un sexto sentido para percibir el acre olor de  las fuerzas del orden, le dejó su asiento a una ancianita cuyo exquisito atuendo revelaba su gusto por el Made in Italy y, reproduciendo el altanero andar de los parisinos, se bajó en la estación Pont de Change de Chatelet.

No se atrevió a salir, no. Recorrió cada uno de los túneles, fue de una plataforma a la otra, aguardó en todos los banquitos. Sospechaba que de alguna manera el proceso podía revertirse; pero sólo si no salía a plena luz, si se mantenía en el laberinto de los trenes. Pasó las primeras horas de la noche moviéndose de línea en línea, cambiando de tren en tren. Fue de la Puerta de Clignancourt a la de Orléans; de la estación de La Chapelle a la de Marie d’Ivry; de la Plaza de Saint Sulpice al puente Dauphine. Hacia las diez y media cambió en el metro Cadet y se detuvo en la  Gare du Nord para intentar comprender el sistema de transportación suburbano.

Muy pronto pudo distinguir las diferentes líneas por el material utilizado en  las ruedas y el grosor de las vías.  Anchas y de goma para los trenes de la Red de Expresos Regionales, metálicas y medianas para los de la Sociedad Nacional de Caminos de Hierro, y estrechas y ruidosas para el sistema del metro. Asimismo aprendió a reconocer los vagones que acababan de salir de la fábrica por sus puertas niqueladas, sus asientos ergonómicos y por el botón verde que había sustituído las palanquitas. En su minuciosa inspección, también descubrió los inmensos ventiladores, pequeños cartelitos flotantes y múltiples grafitis de los que estaban a  punto de pasar al chatarrero. Aunque anduvo por el metro parisino por más de dieciocho horas, tuvo la suerte de que nadie le pidiera el billete delatador ni el documento de identidad, de los que evidentemente carecía. Cualquiera hubiera dicho que un espíritu  protector le guiaba los pasos.

Hacia la una de la mañana, cuando casi todos los trenes se habían detenido y por los altoparlantes se escuchaba el anuncio, con trasfondo de pajaritos, de que en pocos minutos se cerrarían todas las puertas de acceso al sistema, encontró un grupo de vagabundos que intercambiaban historias de la policía bajo una escalera. Entre ellos distinguió a un joven argelino que llevaba un pantalón bombacho estampado con unas figuras que tocaban unos inmensos tambores verdes. El muchacho parecía abstraído. Tenía un clarinete sobre la falda y se comía una baguette  de Camambert con un cartucho de papas fritas. Angel lo observaba y los ojos se le iban hacia el suculento sándwich. A diferencia de los trenes neoyorquinos, por todo aquello no había un mísero quiosco para comprarse una barra de chocolate o un simple vaso de leche.

El músico —quien debido a su mirada ausente, podía constituir un forastero como él—, guardó lo que le quedaba del bocadillo, agarró el clarinete y se puso a tocar un aire de jazz. Del jazz pasó a la salsa, de la salsa al blues, y terminó con una melodía que le recordaba el cuplé La Violetera. Los clochards lo escuchaban fascinados. De momento el magrebí se levantó y comenzó a acercársele a nuestro viajero, mientras seguía tocando la conocida pieza. Guiado por su instinto Angel cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos tenía el sándwich y las papas fritas en las manos, pero ya no se hallaba en los pasillos subterráneos de la Ciudad Luz, sino en una estación de cercanías del metro madrileño.

La reconoció de inmediato, pues uno de sus  jefes había pasado la luna de miel en aquella ciudad y entre las fotos que le mostró orgulloso, había varias de aquella estación, pero tomadas desde un ángulo diferente. Angel recorrió entonces la nueva red ferroviaria. Viajó bajo la Castellana, paró en Sol, tomó hacia Arturo Soria, regresó a Plaza de Castilla.  Todo sin salir por aquellas puertas que prometían luz y aire, pero que también constituían la garantía de nunca regresaría a casa.

Un buen día, en pleno metro de Moscú, sintió nostalgia. Deseos de volver a su trabajo, de tomarse una cerveza con los amigos. Habían pasado quince  meses desde el inicio de su inusitado viaje y estaba extenuado. Lo que en un principio había constituído una aventura, se estaba convirtiendo en un hábito carente de sorpresas. Y aunque desde el principio cuidó su higiene, la ropa estaba hecha andrajos, la barba le llegaba a la cintura. Se había convertido en un náufrago de los trenes.

Intentó concentrarse. Marcar cada uno de los momentos que habían precedido la transposición, los puntos donde la red internacional de metros confluía. Era tarde. Estaba sentado en uno de los bancos de mármol de la estación Maiakovska frente  a unas columnas doradas sobre las que refulgían unos impresionantes capiteles polícromos. Recordaba haber escuchado aquella mañana a una guía quien, al explicar la historia del metro moscovita, puntualizaba cómo en la capital de la clase trabajadora se habían construido las mejores estaciones del mundo. Angel estaba admirando un lienzo donde figuraba una familia en el paraíso comunista, cuando se percató de que en el andén del frente alguien había olvidado un bandoneón color gris perla. No podía perder ni un segundo. Subió y bajó por las escaleras, corrió bajo los candelabros, cruzó frente a los mosaicos y, a los pocos minutos, ya era el nuevo dueño del instrumento. Lo agarró con las dos manos, se lo apoyó en la falda y comenzó a abrir y cerrar los fuelles mientras oprimía sus teclas. Evidentemente la música no era lo suyo. Indiscutiblemente el instrumento había visto mejores días. Pero de niño había tomado clases con el director de la banda munincipal e intentó  tocar Summertime de George Gershwin. Justo cuando el tren se detuvo frente a él, saltó a sus pies la chapa de una Coca Cola que alguien se disponía a beber. Y en un abrir y cerrar de ojos, Angel se vio transformado de un bradyaga  ruso a un  homeless neoyorquino. Miró a su alrededor, se percató de que se hallaba en el andén de la línea R de Times Square y respiró con alivio.

Esto habrá sucedido hace un par de años. Aunque nuestra relación se reducía a saludarnos los domingos en la la iglesia de la Guadalupe de la Calle 14, me buscó en la parroquia y me pidió ayuda. Al principio fue sumamente difícil creer su historia. Pero me llevó a la estación de Union Square y me enseñó los instríngulis de los trenes.

Juntos hemos visitado Barcelona, Budapest, Tokío y Montreal. Hemos paseado entre las muchedumbres de México, escuchado a los músicos en Boston, visto los saltimbanquis de Buenos Aires y admirado las estaciones de Estocolmo.

Demás está decir que a pesar de su deseo de retomar su rutina, Angel jamás volvió a su antiguo empleo. Ahora se dedica a asesorar  a los transeúntes subterráneos de la red de ciudades paralelas. Dice por fin haber hallado su vocación. Se mudó al sótano de mi edificio, donde ha preparado un manual de usuarios que distribuye en la envoltura de unos caramelos contra la tos. No resulta nada difícil dar con él. Ha perfeccionado hasta tal punto las técnicas de la transposición y el transfer  que se le puede encontrar en cualquier estación del metro, escudriñando los ojos vacíos de los transeúntes en busca de ese porcentaje de sorpresa que los delata como viajeros subterráneos del planeta.

Marithelma Costa

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