A modo de prologo a “Vacas rebeldes” de Alejandro Loarte / Julio Leon

Con motivo de la presentacion de la primera novela de Alejandro Loarte, Julio Leon comparte con nosotros una interesante introduccion en que deslinda con la vison eurocentrica de la novela. La cita  para la presentacion del  la primera novela de Alejandro es el 8 de diciembre a las 6 de la tarde en:
Flushing Town Hall: 137-35 Northern Blvd. Flushing NY 11354

A modo de prólogo a Vacas rebeldes

Julio Leon

Recordando a Heidegger, el escritor y novelista checo Milan Kundera, en la magistral reflexión que realiza en El arte de la novela, menciona que la crisis del mundo moderno que se inicia con Descartes y Galileo entraña una ambigüedad esencial: progreso y degradación. Por un lado el inmenso desarrollo del conocimiento y la especialización de múltiples disciplinas que condujo y convirtió al hombre en el gran “dueño y señor de la naturaleza” y, al mismo tiempo, la exhibición de este poderoso hombre que pasa a convertirse en un simple objeto manejado por fuerzas que lo exceden: la técnica, la política, la Historia. Fuerzas para quienes el hombre ya no tiene mayor valor, pues se ha ingresado a lo que Heidegger llama “el olvido del ser”.  La paradoja es terrible: cuanto más avanzaba el hombre en su sed y conquista de conocimiento más se olvidaba de sí mismo.

Pero, añade Kundera, si la filosofía y la ciencia han progresado por un túnel que no permite ver el conjunto y deja olvidado al ser, es claro también, que es la novela que empieza con Cervantes con la que el gran arte europeo inicia la exploración del ser olvidado. La novela nace con la Edad Moderna, surge como su imagen y modelo y con la misma pasión irrefrenable por el conocimiento. Pero aparece, sobre todo, para iluminar la vida, para evitar “el olvido del ser”: para alumbrar lo que sólo la novela puede descubrir. La novela cervantina enfrenta el mundo como contraste de un universo hasta ese entonces dirigido por Dios que separaba el bien del mal y daba sentido a las cosas. El lento abandono del orden de valores desde donde Dios de manera absoluta había ordenado la vida hacía que, don Quijote, huérfano de la Verdad divina, debía enfrentar no una sino muchas verdades relativas. La única certeza que asumió Cervantes en la novela es la ambigüedad del mundo moderno: muchas verdades que se contradicen y que él incorpora imaginariamente en sus personajes.

Sin embargo, la excelente reflexión de Kundera adolece de la visión eurocéntrica de muchos escritores occidentales. Es cierto, la novela nace en Europa, qué duda cabe. El mundo contemporáneo se mueve al empuje de las ideas y la cultura occidental. Pero también es cierto que, en el caso de la novela, la fuerza y vitalidad de su expresión en Hispanoamérica, para hablar sólo de nuestra experiencia, se ha enriquecido con la cosmogonía de mundos nuevos, cuya aprehensión de la realidad ha seguido caminos distintos. Esta fusión o hibridez ha dado lugar a una forma nueva y distinta de las originales: la novela occidental, al hundirse en el universo cultural nativo de América, dejó de ser la misma y se vistió con el ropaje del mundo que descubría. La novela de occidente nos descubría una realidad que siempre estuvo allí pero que sólo este medio narrativo nos podía mostrar.

Entonces nos empezamos a descubrir a través de este lenguaje. Cómo haber visto ese mundo fantasmal y de sueño que es la guerra campesina del México de comienzos del siglo veinte si no es a través de la pluma novelística de Juan Rulfo. O el Caribe colombiano de García Márquez, ese hacedor inconfundible de palabras deslumbrantes, cuyas novelas nos develan las mágicas razones de la sinrazón. O el Ande milenario, que Arguedas vivió y sintió antes de hacerse novelista, vuelto a contar y descubierto desde la visión de los quechuas, sus ancestros. Los grandes novelistas de Hispanoamérica siempre lo han sabido: sólo la novela puede descubrir ciertas porciones de la realidad que están ahí, ocultas, a la espera de este procedimiento escritural que las ilumine y que muchas veces no solemos ver.

En el Perú podemos decir que ya son numerosos los escritores que conforman la tradición novelística. En muchos de ellos, la memoria se erige como el eje que vertebra el pasado, hilvanando los temas y las obsesiones en sus obras. Del mismo modo que la novela de juventud o formación que se popularizó en Alemania con el Bildungsroman, varias de las nuestras exploran la adolescencia como un tiempo de marca indeleble que la memoria necesita exorcizar, labrando con la imaginación y el recuerdo, el mundo que creen haber vivido. Aunque son muchos los autores y obras que podemos citar, los casos más emblemáticos son La ciudad y los perros de Vargas Llosa y Los ríos profundos de Arguedas.

En esta tradición podemos inscribir la novela Vacas rebeldes de Alejandro Loarte, quien, con ésta su primera narración, hace su debut en el mundo de la ficción literaria.

Conozco a Alejandro hace varios años y sé del recorrido de su pluma ágil y fina por territorios que no son precisamente los de la ficción. Pues, aun cuando sabía que desde meses atrás venía escribiendo Vacas rebeldes debo confesar mi sorpresa cuando en la Navidad pasada me entregó el manuscrito y me concedió el honor de escribirle estas palabras.

Compuesta de una manera bien pensada en dos partes que constan de ocho capítulos, la novela se cierra y se abre con el Epílogo y el Preludio estableciendo una simetría que combina muy acertadamente el presente de los hombres maduros y el pasado de los adolescentes de la historia.

Una rebelión juvenil se convierte en pretexto argumental con el que Loarte no sólo hace un ejercicio de memoria para registrar el pasado sino, además, despliega (para utilizar el lenguaje militar que acompaña la novela) una graneada artillería de puntos de vista, reflexiones y discursos que hurgan en nuestra condición humana. Del mismo modo que la novela moderna respondió a la angustia de Heidegger al constatar “el olvido del ser” del mundo moderno, la narración de Loarte intenta interpelar el vacío de una sociedad – en este caso, a través del microcosmos de un colegio militar- que se somete al desconsuelo inerte de la rutina y a la obediencia ciega de normas insensatas para, de este modo, renunciar a la justa rebeldía de ser libre.

Dudas, lealtades, compañerismo, solidaridad, flaquezas y traiciones son algunos de los temas que se exploran en la novela. Desarrollada en dos líneas temporales recurre a la técnica del flashback para contarnos el reencuentro de un grupo de compañeros del colegio militar Ramón Castilla cincuenta años después de haber sido protagonistas del motín estudiantil en su último año de escuela. De esta manera nos enteramos de los agitados momentos políticos del gobierno militar de Velasco que podrían haber originado el descontento de los estudiantes.

Leer esta novela es asistir al desfile de personajes singulares.  Algunos de ellos logran apoderarse de nosotros para habitar recurrentes en nuestra memoria. Cómo olvidar, por ejemplo, el diálogo que sostiene el subrigadier general de la escuela, Federico, con el capitán Zandoval: la aparición repentina y misteriosa, en algunas aulas de la escuela, de banderas y de una arenga militar firmada por Pradito, conduce a la explicación de Federico que Pradito es, en realidad, el coronel Leoncio Prado, héroe de la Guerra del Pacífico:

–       “¡¿Quiere decir que quien escribió esta frase fue alguien que murió hace casi cien años, cadete?! ¡¿Me ha visto con cara de bobo?!”.

–         “Al héroe le llamaban Pradito mi capitán… Con esa frase arengó a sus guerrillas para resistir a los invasores chilenos, mi capitán”, respondió sin amilanarse, el subrigadier.

–       “¡Bórrelo inmediatamente cadete!”, le ordenó al subrigadier.

Se mantuvo inmóvil. Pidió al capitán que cumpliría la orden pero que le permitiera, por favor, hacerlo al día siguiente.

–       “¡¿Por qué?!”, preguntó el capitán. Federico se quedó en silencio por un momento.

“¡¿Por qué mañana cadete, dígame por qué?!”, volvió a preguntar disgustado el capitán.

–       “Un día como hoy –hizo una pausa para tragar su saliva-, un día como hoy el ejército invasor fusiló a Pradito, mi capitán.”

No es casual – pues nada es fortuito en la composición de una obra- que entre los capítulos que abren y cierran la novela se establezca una conexión simbólica de central importancia. En el Epílogo, al regresar Arturo de su viaje de reencuentro con sus antiguos compañeros del colegio militar, encuentra a sus animales reunidos ante los escombros del árbol Turingia, (el mismo donde se castigó a la vaca Leonila en el Preludio) otrora emblema del poder feudal, e impresionado par la armónica paz que emana de esa reunión piensa: “Pero, ¿paz?, ¿orden?, ¿entre las bestias? ¡Debe haber también! Sí, hay paz y orden entre ellas, sino ¿cómo explicar que estén juntos, arriba? ¡Mírenlos! ¿Se pierden entre sí? ¡No! ¡Claro que no! ¡Están juntos pero no revueltos!  ¡El becerro no mama la ubre de la chiva! ¡El perro no come alfalfa! ¡El cuy no bebe agua! ¡¿Verdad que no?! ¡Eso! ¡Hay un orden entre ellos! ¡Cada quien con lo suyo!”. Resulta ilustrativo que Arturo, quien vive alejado de las ciudades, retorne a su vida campesina y encuentre en la naturaleza y los animales la sabiduría y el equilibrio a los que ha renunciado la sociedad moderna y por la que ´ha olvidado el ser´. Una armonía perdida que la desbocada y voraz sociedad se empeña en destruir sin importar las consecuencias.

De ahí que no sea extraño que sea la mascota Incarrí (cuyo nombre remita al retorno de la armonía perdida en la mitología andina) quien tenga un lúcido monólogo interior – a la manera de los perros Cipión y Berganza en Cervantes- para reflexionar sobre lo absurdo de la conducta humana: “¡Claro que sí! El nuestro es un reino de orden y paz natural, Amo… porque hay un equilibrio entre todas las partes. Nuestra armonía se basa en las necesidades, por eso todo es simple, hasta el tiempo, Amo… Nuestro tiempo es presente porque las necesidades se satisfacen en el momento, y si estamos hartos, dejamos la presa para irnos a descansar. No acumulamos para el mañana, Amo… El vuestro Amo es un reino del interés, guiado por la razón que lo complica todo, hablado en palabras que lo manipulan todo. El interés es puro capricho, Amo… Por eso unos buscan dominar a otros…”.  ¿Por qué ceder a los animales la sabiduría que pertenece a los hombres?  Pues, quizás, en un mundo, o en un país como el Perú, dominado por el aturdimiento y la insensatez sin rumbo, los hombres necesitan aprender de la sencilla armonía natural para su evitar su propia destrucción.

Pero no es una visión pesimista sobre la vida y la sociedad la que se expresa como única visión en la novela de Loarte. Hay, mucho más que desencanto, un optimismo recurrente que se manifiesta en la constante alusión del historiador Basadre que culmina en su célebre frase: “Problema es, en efecto y por desgracia el Perú, pero también, felizmente, posibilidad”. Después de todo, utilizando los artificios de la novela, Loarte nos parece decir que todavía es tiempo de recuperar el equilibrio y rescatar al hombre moderno de su olvido esencial.

Julio A. León

NY, abril 2012

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s