Un capitulo de nieve / Julio Chalco

Entre buscando la nada y Mameria Julio Chalco nos regala la cronica de un escrito perdido no en una botella de mar pero en un USB. Habla tambien de haberle leido trozo de su novela a un rebano de ovejas, recordando al famoso dibujo de Guaman Poma,  a Cecilia  Vicuna cantandole melodias improvisadas a un rebano de vinucas, y acaso a alguna vez que me tire un dialogo con una taruka en Bear Mountain, creo.  Pero aqui lo que vale es la agil y novedosa narrativa dese Ulises Rumi hasta la panaka Hatunayllu.

Desde hace un puñado de años me está persiguiendo, a más no poder, la escritura de una maldita novela sobre chamanes, conjuras políticas, magia y un extraño amor. Siguiendo el rastro que me ha dejado Bolañito en su libro “El secreto del mal”, Anagrama 2009, he pergeñado más o menos la estructura de la historia con un aceptable perfil psicológico de los posibles personajes, los contextos de la historia, algunos lugares entre Cusco, Puerto Maldonado, Barcelona e Italia, y más o menos he planificado el hilo conductor de la historia que será el extraño nombre de un lugar mítico llamado Mameria, que también me ha estado persiguiendo en estos dos últimos años. Solo hace algunos días he descubierto su verdadero significado: LA NADA.

Muchos de los matsiguengas que he conocido en Santa Rosa de Huacaria, la comunidad nativa a la entrada del Parque Nacional del Manu que visité el año pasado para hacer una pequeña consultoría, decían que no habían nacido allí (en la comunidad). Al preguntarles entonces de dónde venían; su única respuesta era Mameria: un lugar a nueve días (vaya numerito) de camino hacia la cabecera del río Piñi Piñi. Mi interés creció al saber que no había un camino fijo, ni mapas establecidos, ni alguien que esté dispuesto a regresar y hacer de guía. Simplemente había que andar hacia LA NADA, sin rumbo estable,… hacia Mameria. En estos últimos meses he tratado de averiguar si este extraño lugar está registrado en algún mapa, , en algún libro, en los censos o en alguna crónica histórica (con decir que he releído hasta a Huamán Poma) y no he logrado hallar absolutamente nada. Incluso se me ha ocurrido preguntarles a los matsiguengas del Bajo Urubamba sobre tal lugar y lo más preciado que he descubierto es el misterioso significado de dicho vocablo “la nada”.

Entonces he decidido que el héroe de mi historia (o antihéroe; depende de quien lo vea y lea), llamado Ulises Rumi, provenga de ese lugar y que una metáfora del significado del mismo lugar “la nada” sea su inesperada Ítaka. Por supuesto que la idea no es nueva, es tan homérica como sus posibles variantes.

Como ya dije anteriormente, esta maldita historia me ha estado persiguiendo durante mucho tiempo, y al no soportar tamaña presión se me ocurrió empezar con el proyecto algunos meses atrás. Por aquella fecha mi estado de ánimo había decaído ostensiblemente y no hallaba forma de parar este amago depresivo. Así que decidí aprovechar esta laguna emocional (jodida hasta el tuétano) para ponerme a escribir una primera parte de mi proyecto ¿Por qué cuando mi estado emocional decae las palabras emergen incluso de las pocas ganas que tengo? Siguiendo un rastro lineal de la historia lo que escribí aquella vez se ubica en el epílogo del relato, aunque aún no he decidido en qué capítulo estará este avance.

Me fui hacia Sicuani una de esas mañanas frías que solo posee el Cusco, y ya allá, en una computadora alquilada, me puse a escribir las primeras 63 páginas de mi novela, mientras iba cargando el archivo en un viejo USB. Ese día no desayuné, no me di cuenta de la hora del almuerzo y solo paré cuando el encargado del ciber me dijo que ya debía de cerrar. Los dos siguientes días regresé al mismo lugar y con las mismas me puse a terminar, editar y hacer algunas correcciones al texto que aún olía a quirófano. En algún momento del final de la tercera mañana decidí que el texto ya tenía el tono requerido y la técnica funcionaba de manera aceptable (al menos desde mi sola opinión). Entonces pedí al dependiente del lugar que imprima las 63 páginas en unas primorosas hojas A4, y con las mismas tomé una imposible station que me transportó hasta la comunidad de Occobamba, distante a unos 40 kilómetros de Sicuani. Al llegar, solo tuve que seguir mi intuición, que nunca me ha fallado, y empecé a subir cuesta arriba hacia un lugar donde parece ser concurren todas los borregos del planeta. Luego me puse a caminar entre el suelo seco adornado de algunas hiervas enclenques que bastaban para alimentar a esa nube interminable de cuadrúpedos que me rodeaban despreocupados. En algún lugar, desde donde podía divisarse la comunidad entera y la prehistoria del Willcamayu (wawamayu ahora), saqué la totalidad de mis páginas y decidí leerlas a ese extraño público. La lluvia gélida no se dejaría esperar; me lo avisaban amenazantes un tumulto de nubes renegridas sobre los picos. Entonces me acomodé en un lugar seguro, algunos metros más arriba de las ovejas y alisté la inminente lectura. Mientras se derramaban sobre mí algunas pequeñas señas de garúa me puse a leer las páginas que hablan sobre la mítica muerte de Ulises Rumi (descendiente directo de la panaka Hatunayllu del inka Pachakitiq) a manos de la plañidera Urpi Huaman. En los datos anteriores (que aún no escribo) hay una conjura política que solo quedará al descubierto tras esta muerte. Ambos lo saben (víctima y victimaria). Ambos mueren, porque así está escrito en sus corazones. Leí cada página con una entonación algo elevada, pero los carneros no parecían sentirme. En ese trance pude hallar algunas costuras en la narración que necesitaba destejer. Las anoté en la memoria, mientras iba destruyendo en incontables pedazos cada página consumida por mi furiosa lectura. La lluvia arreciaba y sentía las manos y el rostro entumecidos. Ulises va a Puerto Maldonado para salvar a Urpi, el encargo de la Gran Sacerdotisa K’uychiruy llegará a salvo hasta el templo del Qorik’anchay, confía en Kukuli Fernández que ha aceptado el peligroso encargo, pese a que las SSC han rodeado el templo. Urpi debe asesinar a Ulises para salvar a sus dos hijos y recuperar los kipus sagrados (que “parece ser” contienen una antigua profecía)para El Sinchi, el oscuro jefe de las SSC. Ulises es su antiguo amor, el que se fue, y al que siempre ha esperado. Ulises sube esos interminables escalones de la Torre del Mirador al centro de Puerto Maldonado, en una noche de permanente llovizna tibia. Arriba lo espera Urpi, quien lo ha llamado para darle información sobre una conjura. Los esbirros de la SSC le han cercado y él lo sabe; ya no le importa. Es la noche del 21 de junio, día del solsticio de invierno y en su rostro hay un amago de felicidad. Mediante un flash back sabemos que los kipus sagrados llegarán sin problemas a manos del espíritu de la Gran Sacerdotisa K’uychiruy en el templo del Qorik’anchay, mediante Kukuli, ahora confía en ella, lo tiene que hacer, es la única forma. Ya en la cima de la torre y con la ayuda de un monólogo interior presenciamos el reencuentro con Urpi. Ella está llorando y sus lágrimas se funden con la llovizna, le confiesa que debe matarle para recuperar los kipus y salvar a sus hijos “Lo sé, lo supe siempre” dice Ulises sin inmutarse. “Te empujaré. Es mejor volar y ver la muerte a cercarse, que no verla venir” Ulises no protesta y se posa al filo de ese abismo cuyo fondo se ha opacado con la tenue luz de los faroles de esa interminable avenida y la llovizna. Los esbirros de la SSC llegan a la cima, la consigna de El Sinchi es matarlos a ambos. En esta parte la narración se corta. He decidido dejar este final en suspenso para el final del libro. No estoy seguro si el libro vaya a comenzar por esta parte o por otra que ya se me ocurrirá. De pronto resbalo violentamente algunos metros abajo por una pendiente empinada. Las ovejas siguen impertérritas. Me toco los brazos y piernas y noto con mucho dolor que tengo algunas espinas clavadas en diferentes partes. Las saco una por una y todas duelen igual. Siento que me desgarran la piel. El barro pegado a mis espaldas pesa y no me deja estar. La lluvia sigue implacable con su cometido y se hermana a un frío glacial y ambos me encogen. Levanto la cabeza para buscar el camino de vuelta, y hallo, entre la lluvia, el pequeño manto de nieve que me rodea. Me sorprendo, y esta imagen me alegra un poco. Quiero pisar ese tenue rastro de nieve que me inquieta, pero descubro decepcionado que es  la nube de pedacitos de papel que he desperdigado durante mi lectura. Sigo bajando el sendero incierto con la noche ya encima de mí. Me pongo a mascullar maldiciones y la lluvia me pone frente a Ulises y Urpi, que se hallan parados al filo de esa descomunal torre. Los veo compartir una mirada cómplice (de esas que solo puede dibujar el amor) y luego lanzarse hacia LA NADA, hacia esa Mameria ideal que solo se puede llegar de esta manera. De pronto, y sin proponérmelo, me veo en medio de la pista mojada por donde algunos vehículos circulan en ambas direcciones rompiendo con sus luces la densa oscuridad. Nuevamente pienso en mi posible novela, en la cantidad de texto que aún me falta escribir; entonces busco el USB en uno de los bolcillos del pantalón empapado. No hallo nada. Se me ocurre hurgar en todos los bolsillos. Solo hallo monedas gastadas, ticket de bus, y envolturas de chocolate. Una sensación inquietante que crece sin parar me invade. Otra vez busco y rebusco, y me convenzo que ya no tiene sentido. Mameria, Mameria, Mameria me repito una y otra vez mientras espero que algún vehículo haga caso de mi señal de autostop. La lluvia ha cesado y con ella mi esperanza de recuperar lo leído…

Cusco, 14 de noviembre de 2012.

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