QUINTANILLA, EL HIJO DE LOS APUS, Por Eduardo Gonzalez Viaña

El sabado 15 de dicembre se presentara en Ginebra el ultimo libro de Eduardo Gonzalez Viaña, sobre la obra del pintor Alberto Quintanilla. La presentacion de Quintanilla, el Hijo de los Apus estara a cargo de  Nilo Tomaylla.  Los waykis Eduardo y Nilo comparten con nosotros harto material sobre  el libro y presentacion. Chayraykum churamos el poster del evento en Ginebra, un fragmento del Libro, y  varias imagenes del pintor. Para quienes esten interesados, buscar al pintor en Youtube  donde tiene una larga intervencion acerca de los sonidos en el ande antes de la conquista.

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FRAGMENTO DEL LIBRO QUINTANILLA, EL HIJO DE LOS APUS

Por Eduardo Gonzalez Viaña

I) El amor de Carmela me va a matar

Alberto Quintanilla necesita tocar la guitarra para hablar de su vida. Aunque hablamos en desorden, me entero que el 29 de abril de 1944 fue uno de sus días más felices. Había una buena razón para ello: cumplía 10 años, y Carmelita, su maestra, le organizaba una fiesta en la escuela.

La bella pedagoga había preparado una torta y, por su parte, los alumnos entonarían algunas canciones y le ofrecerían algunos regalos durante la hora del recreo.

Salió de casa con una hora de anticipación. Estaba sumamente interesado en llegar temprano porque tenía 14 hermanos, y sus padres no se daban abasto para celebrar los cumpleaños de todos ellos. Una fiesta en la escuela sería la alegría de su vida.

No era esa su única preocupación. Aunque generalmente quien recibe obsequios es el cumplimentado, el también quería hacerle uno a su maestra. Atravesó corriendo toda la calle de Intikiqllo donde habitaba para llegar pronto a un jardín cercano en el que pretendía hacerse de un ramo de flores robadas.

Mientras escogía las camelias, recordó que Intikiqllo significa el lugar por donde entra un rayo de sol o también la calle donde la luz se adelgaza para no desaparecer. Tal vez se le ocurrió que iba a llevar también un ovillo de luz a su maestra.

Ya estaba por fin en la calle de Saphi. Allí vivían Salomé, Julia y María, las amigas de su abuela. Solamente encontró a la primera y eso le bastaba. Se detuvo frente a ella, la saludó y esperó que ella estuviera desocupada para rogarle que le enseñara a modelar en papel la figura de una mujer muy bonita.

Las ancianas del barrio solían diseñar muñequitos con cola y chuño que se vendían en las fiestas. De sus casas salían fantásticos perros, sapos, búhos” y hombres sin cabeza. Entre esas figuras, a Alberto lo fascinaba la de la “carcancha”, un esqueleto altivo que representaba a la muerte.

La viejitas aceptaban encantadas su pedido porque sabían que era un niño artista y porque, luego de aprender a hacerlos, creaba muñecos aún más asombrosos de los que ellas le habían enseñado a hacer.

Sin embargo, esa mañana, el pequeño Alberto no pudo lograr que doña Salomé le prestara un mínimo de atención.

De pronto, la anciana lo miró:

-¿Mujer bonita? ¿Dices que quieres aprender a diseñar una mujer bonita? ¿Y para qué quieres una mujer tú, a tu edad?

Lo había dicho sin dejar de hacer su tarea y sin mirarlo. El niño no sabía qué responder ni mucho menos si la viejita lo iba a atender.

Ya había salido el sol y quemaba. Doña Salomé estaba dando de comer a los animales domésticos.

Alberto esperó un buen rato para que ella le volviera a hablar, pero todo fue en vano porque la anciana no se limitaba a ofrecer los granos de maíz a las gallinas ni las zanahorias a los conejos ni mucho menos la sopa de tomate a los puercos. Además de hacerlo, conversaba con los animales.

-No seas tan perezosa.- le dijo a una gallina que parecía haberse olvidado de poner huevos.

-No pareces ser muy hombrecito.- le criticó un gallo. Añadió:

-Si estuviera por acá el gallo giro, otro gallo cantaría. Todas las gallinas estarían cacareando y poniendo huevos.

Luego pasó el cerdo a solicitar su comida, pero antes de dársela doña Salomé lo retuvo para hacerle una pregunta.

-Oye tú, ¿sabes dónde se encuentra la pulserita de oro de mi sobrina Merceditas?

-¡Oinc, oinc!.- respondió el interrogado, y eso probablemente significaba que no lo sabía.

-¿Y sabes cuándo va a encontrar marido la Merceditas?

Como todo el mundo lo decía, los cerdos eran hábiles para encontrar cosas perdidas y eran además muy entendidos en asuntos de amor. Aquél, por toda respuesta, movió la cabeza de arriba hacia abajo, y eso quería decir que muy pronto habría boda en la casa. Eso le encantó a la viejita quien le llenó el balde de comida.

Después, ella se acercó a la oreja de un perro negro y comenzó a hablar con él en tono de confidencia. Le tomó mucho rato hacerlo y, por eso, se sintió obligada a contarle al niño la razón de aquello:

-Cuando tengas una pesadilla, Albertito, y no desees que los malos sueños se cumplan, tienes que hacer esto. Te levantas temprano, buscas un perro negro, le levantas la oreja derecha y le cuentas todo lo que has soñado.

La mujer siguió haciendo su confidencia al perro. Después, como si no estuviera muy segura de haber sido escuchada, le levantó la oreja izquierda y  volvió a su relato. Se la veía muy preocupada.

-¿Era muy triste su sueño?

Doña Salomé se puso a pensar un momento.

-Pues fíjate que no.

-Y si no era triste, ¿por qué se preocupa?

-Es que no era triste. Era ridículo.

El perro parecía estar pensando para responderle. En todo caso, era evidente que el sueño le causaba risa. Tenía la boca abierta, y la lengua parecía la de un hombre que se está riendo sin contenerse.

-No te rías, perro. Soñé que una mujer adulta se casaba con un hombre muy joven, y que esa mujer era yo. Es evidente que se trataba de un sueño equivocado. Tal vez el sueño vino a buscar a otra mujer, y se equivocó de casa y de lecho.

-¿Está usted segura? ¿Dijo usted que una mujer adulta se casaba con un joven?…

El niño continuó haciendo preguntas pero doña Salomé no respondió porque se había ido corriendo tras de un conejo con quien tenía que hablar muy en serio.

¿Y qué tal si Carmelita, su maestra, decidiera casarse algún día con él?

Alberto estaba enamorado de su maestra. Para ella, eran los muñecos que doña Salomé le había enseñado a hacer. El rostro de ella era el que dibujaba con su caja de colores en todos sus cuadernos.

No tan sólo él. Eran 42 los alumnos, y todos estaban prendados de Carmelita. Alberto dibujaba en pequeños cartones el perfil de su maestra. Sus compañeros le ofrecían caramelos para que hiciera uno para cada uno de ellos.

El niño apuró el paso. Decidió llegar a la escuela antes que todos y esperar a que Carmelita lo viera y le dedicara una sonrisa especial por ser el día de su cumpleaños.

O tal vez ella le contaría que había tenido un sueño extraño en el que esperaba algunos años para casarse con su alumno más querido.

Divisó su silueta cuando ella se encontraba a la altura de la Iglesia de la Compañía… pero no venía sola.

El hombre que la acompañaba, ¿era su padre o su hermano?… Ni el uno ni el otro. Era un abogado del Cusco, el doctor Ferdinand Cuadros… y la tenía de la mano.

No necesitó ver más. Alberto se apartó de la puerta de la escuela. Tomó el camino de la iglesia de la Compañía y se alejó. No faltaba más. También él se haría extrañar en clase. Se alejó hasta llegar a la avenida del Sol y corrió. Corrió como si anduviera perseguido. Lo perseguía el amor.

Había oído decir que las piedras del Cusco eran mágicas. Se lo habían repetido los ancianos y las viejas canciones. Cusco perdió la guerra hace quinientos años. Cusco fue invadido, y sus incas devueltos al cielo.

Según las leyendas que había escuchado, “nuestro padre Inkarri” fue asesinado y descuartizado, y su cabeza la mandaron a España. Pero su corazón vive aquí y habla a través de nuestras piedras sabias. Eso es lo que había escuchado entre los ancianos que practicaban la adivinación a través de las hojas de coca.

Uno de ellos le había dicho:

“Y cuando nuestras piedras hablan, el cielo se inclina para escucharnos y la tierra se emociona y nuestros muertos vuelven a nuestro mundo para estar de nuevo junto con nosotros porque una y otra vez, los cusqueños somos la puerta y las columnas del universo.”

También recordaba la canción que decía todo eso. La cantaba un músico ciego. La repetían los violines. Todo le decía que debía confiar la primera derrota de su vida a una piedra sagrada. Y por eso, subió y subió hasta llegar a Sacsayhuamán.  Corrió junto a los muros solitarios como si anduviera buscando su alma, y, por fin, encontró una alta piedra negra, y supo que era ella a quien buscaba. Se abrazó a ella, y se mantuvo así por más de una hora.

Le habló en quechua. Le susurró con suavidad para que nadie que pasara por allí lo entendiera. Le contó que padecía de un amor no correspondido. Le pidió remedios para hacerse querer y para deshacerse del tipo que andaba con Carmelita.

Tal vez la piedra le respondió que su amor era imposible. Tal vez añadió que había hecho bien en venir a hablar con ella y le aconsejó que lo hiciera en cualquier momento de su vida. Tal vez sólo entonces le llegó la tranquilidad.

-No podrás ser dueño de ella, niño, pero lo serás de su rostro.- tal vez le dijo la piedra.

Desde ese día en que había cumplido 10 años, dibujaría a Carmelita en centenares de pinturas. Ella estaría rodeada de bestias, de diablillos, de monstruos infernales, pero siempre tendría un rostro para mirar al artista desde toda la eternidad.

 Buscar el libro en:

http://www.amazon.com/Quintanilla-hijo-los-Apus-Spanish/dp/148110893X/ref=sr_1_7?s=books&ie=UTF8&qid=1354106354&sr=1-7&keywords=eduardo+gonzalez+via%C3%B1a

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