La mamá de Moisés. Julio Chalco

431811_10200377962946038_2038755075_sLa mamá de Moisés

Te cuento que Moisés es uno de los tantos estudiantes que tengo en el colegio. La primera vez que lo vi estaba sentado en una de las descoloridas carpetas de su sección, mimetizado por el uniforme comando y el enclenque galón rojo de los estudiantes de primer grado, queriendo quizá pasar desapercibido.

Había llegado al colegio tres semanas después de iniciadas las clases, su nombre no asomaba en las listas oficiales, no tenía el tamaño regular de un estudiante de primer grado (es enorme) y sus gestos duros marcados en esa cara angulosa eran muchas veces opacados por esa tierna sonrisa de los que aún creen ser niños, cuando es su edad la que los delata. En el caso de Moisés no había ninguna de las características de los alumnos nuevos que se hallan aterrorizados cuando se ven rodeados por desconocidos y solo atinan a ensimismarse en su carpeta. Este último rasgo me ha turbado en todo este tiempo.

Confieso que, incluso pasadas algunas semanas después de nuestro primer encuentro, juzgué mal a este gigante con corazón de niño, incapaz de golpear a esos enanos que le rodeaban y que normalmente hasta a mí me hacen hervir. Lo juzgué mal quizá motivado por ese maldito estereotipo que hemos construido los docentes como parte de nuestro discurso cotidiano de creer que los niños que vienen de hogares de escasos recursos económicos, y de procedencia campesina,  no son buenos estudiantes y necesitan de mayor trabajo. Sí, no tienes que recordármelo. También en esa época, cuando me matriculaste en el colegio era un chico ensimismado y asustadizo. Pero sigo contándote, escúchame por favor… Obviamente esta tonta creencia (estereotipo) deviene en un prejuicio que ha sido reforzado con los primeros resultados de Moisés para con el curso que llevo con ellos (no ha cumplido con la mayoría de trabajos, o los ha hecho a medias) y las explicaciones que me ha dado no me han satisfecho. Por tanto me he dejado llevar por esas creencias. Y más aún, incluso esto último ha hecho que manifieste, sin quererlo, una conducta discriminatoria al dudar de su real desempeño como estudiante. No, te equivocas al acusarme de discriminador en potencia, tampoco la culpa es del todo mía. Cuando me puse a averiguar sobre el cómo habían llegado tardíamente, Moisés y otro pequeño grupo de estudiantes, encontré que los había traído una congregación religiosa como parte de la ayuda social que dan a niños de comunidades campesinas y de escasos recursos. Hasta aquí bien, pero lo que me parece contraproducente es que esta congregación maneja uno o dos colegios de mucho prestigio en la ciudad, que también brindan enseñanza secundaria. ¿Por qué no fueron matriculados ahí, y no en nuestro colegio? Pues la explicación que dieron sus tutores a las autoridades de nuestro centro de trabajo es que “los niños no estaban aún en el nivel adecuado para estar en esos colegios”. La parte ambigua que no termina por convencerme es si al hablar de (bajo) nivel se referían solo al educativo.

En fin, el asunto de esta conversación no trata de las reales intenciones de los que trajeron a Moisés hasta el colegio. La razón está en que ayer conocí a la mamá de Moisés. Estaba ayudando a una colega del colegio a organizar el pequeño agasajo a las madres de uno de los salones del primer grado, cuando vi que por el medio del patio, y entre la multitud de mamás que salían de la ceremonia principal, apareció Moisés sonriente, cargando en sus espaldas a una enorme mujer que le susurraba seguramente algo tierno en las orejas. La cara de Moisés tenía ese algo que solo los buenos hijos tienen. Cuando los tuve cerca y pasaron raudos por el costado de la estatua en que me había convertido, recién caí en la cuenta de que se parecía a ti. Entonces imaginé tus enormes trenzas de ébano, el cobre de nuestros rostros, las arrugas horizontales de tu cara que a veces te dan un aire de mala y… ¡Perdón!, ya sé que de mala no tienes nada, ni esta mujer; era solo una imagen que se me ocurrió para que entiendas lo que te quiero contar…

Luego, recuperado de mi impresión, recién atiné a entrar en el salón para saludarla y entonces vi sus piernas tullidas y muertas, el polvo pintado en esas extremidades encallecidas que no habían oído hablar de una silla de ruedas, y me explotó el vidrio del corazón en el acto. Entonces te recordé nuevamente, pero con dolor. Sí, tienes razón; tú aún tienes las tuyas enteras y juguetonas… No me refería a eso. El caso es que te vi subida a ese camión rural que te llevaba a algún desconocido lugar del cual regresabas cargada de cueros ensangrentados, costales de papa, zanahorias menudas y algún brazo o pierna rota, luego de algún accidente, que por esas fechas era pan de cada día. Recordé los hospitales de los 80: sin remedios, sin ojos para los pobres, sin respeto alguno por el prójimo. Reviví las enormes colas que nos impuso Alan para conseguir un poco de pan popular o leche ENCI. Recordé la escuela donde la maestra de primaria dijo que no mintiera, que la ropa que traía puesta y los cuadernos de mi viejo bolsón no eran nuevos: que todo eso te lo habían regalado o lo habías recogido. Por entonces era una rara y antigua versión de Moisés, de este Moisés que está pegado a su corazón, que todo lo puede dar, y que todo lo puede entender; pero con una diferencia, yo era incapaz de tener su enorme corazón. Entonces sentí vergüenza por juzgarlo así, sentí vergüenza de haber olvidado esa etapa en que dabas la vida y lo que faltara por protegernos. Lo sé, sé que no apruebas mi actuación, los malditos estereotipos en los cuales estoy envuelto, a veces sin posibilidad de escape. Pero te sigo contando ¿Me escuchas?

Todas las otras madres al ver a la mamá de Moisés se sintieron también conmovidas. La mayoría se le acercó buscando saludarla. Durante la pequeña actuación, que los chicos hicieron, vi su rostro alegrarse, entristecerse, preocuparse, avergonzarse, perderse en un algo inesperado, en una mueca ahogada. Entonces aprovechando la agonía de la actividad me acerqué a saludarle y abrazarle como tú lo hubieras hecho, como tú me lo enseñaste. Por alguna razón (quizá prejuiciosa también) le hablé en quechua. Me escuchó y sus ojos se inundaron de una alegría inusitada. Hablamos largo y tendido, descubrí que del castellano solo usaba un “si”, un “no” o un “buenos días señor” que me recordó a la maldita hacienda de Waqaytaqui donde te enseñaron a que al patrón se le respeta sin protestar. Me habló de su montoncito de ovejas lanudas y sus dos únicas vacas que imaginé se llamaban “Estelita” y “Martica” como tú las hubieses llamado. Me contó de su pequeña, pobre, pero acogedora casa en una lejana y olvidada comunidad de Anta; me habló sobre los fuertes brazos del padre de Moisés que trabaja todo el año en una chacra que apenas daba para comer, me hizo ver el atado de esperanzas que tenía apoyadas a ese hijo noble, que le hacía falta como la lluvia en los quehaceres de la casa, y que solo podía tener los fines de semana o algunas tardes (con razón no me entregaba los trabajos a tiempo). Me di cuenta que Moisés era sus piernas, su esperanzas, su protección inmediata,… la razón de su vida. Ya me hubiese gustado ser todo eso para ti en el tiempo en que era niño. Pero no, era tu becerro, el hijo inseguro que tenías que proteger…  Entonces al terminar de escucharla, la vergüenza me rebalsó el rostro y solo se me ocurrió tomarles una fotografía que dibuja mejor lo que me siento incapaz de explicar en palabras.

No sé exactamente porque escribo sobre este pequeño intervalo de la vida de Moisés y su madre; aquella enorme mujer que arrastra sus piernas, aquellas que me recuerdan que tú nunca me enseñaste a olvidar lo que fui. Pero de algo estoy seguro, de que nunca debo olvidar lo que me hiciste y me haces vivir, de que quizá no soy el hijo que hubieses querido que sea, pero que intento serlo en lo posible, cada día…  ¿Verdad que no estás enojada conmigo?… Te quiero mamá, prometo ser como Moisés.

 

Cuzco, 11 de mayo de 2013

 

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