Tayta Quyllur Rit’i o el Señor de la Nieve Resplandeciente. Julio Chalco

Tayta Quyllur Rit’i o el Señor de la Nieve Resplandeciente

Julio Chalco

En la década de los 80, junto a mi padre, veía hipnotizado las caravanas de camiones que se perdían entre  las polvorientas calles de Sicuani, abarrotados de ukukus lanzando alaridos guturales, danzantes de trajes multicolores, músicos previstos de quenas, pinkuyllus y acordeones,  y peregrinos de a pie, cuyo único destino era el santuario del Señor de Quyllur Rit’i. Ten calma, muy pronto tú también serás un ukuku, un guardián del señor; decía papá con el fin de calmar esa ansiedad que crecía en mí. El ukuku o Pablucha es una rara alquimia entre ukumari (oso de anteojos) y humano, que hace de intermediario entre el Apu y los hombres. Su misión es garantizar el orden, la paz y la armonía entre los peregrinos.

 

Vueltos a casa y sentados frente a ese añejo fogón de leña de nuestra pequeña casa, papá me habló sobre la misteriosa aparición del niño Jesús en la lejana estancia de Sinaqara, para hacerse amigo de Marianito Mayta, un niño andino que pastaba el ganado familiar entre el frio glacial. El padre del niño, al ver que sus alpacas y la fibra para el hilado aumentaban, decidió comprar (en agradecimiento) un poco de la finísima tela para envejecido vestido del amigo de su hijo. Tomando un pedazo del vestido, se dirigió hacia el Cusco donde seguramente hallaría semejante tela. En Cusco el señor Mayta descubre que se trata de una finísima tela que solo usan los obispos católicos de alto rango y las imágenes sagradas. Papá lo aseguraba con tal determinación que no dejaba dudas. Asustado, el señor Mayta regresa hacia Ocongate (lugar de la parroquia más cercana a su estancia) donde da parte al párroco del lugar, Pedro de Landa, quien se propone constatar el hecho e incluso capturar a ese niño, arropado por la sospecha de que sus hipotéticos padres estarían cometiendo algún sacrilegio. De Landa llega hasta Sinaqara y constata que efectivamente el pequeño hijo de Mayta está acompañado por un extraño niño blanco que emite un misterioso resplandor, que este relaciona con la nieve. Intenta rodearlo con sus acompañantes, pero el niño huye hacia las faldas del Apu Ausangati, buscando su protección y se esconde tras una Waca sagrada (lugar de adoración inca). De Landa llega hasta los peñascos y cree coger una de las piernas del niño, pero cae en la cuenta que se trata de un árbol de tayanka  que tenía en su copa el cuerpo sangrante del Cristo Crucificado. De Landa y sus acompañantes solo atinaron a arrodillarse arrepentidos. En ese instante, Marianito que en todo momento había protestado muere. Arrepentidos y asustados, de Landa y el padre de Marianito acuerdan enterrarlo al pie de la waca, pero antes pintaron sobre la roca la imagen de un Cristo crucificado. Los indígenas de los alrededores, enterados del hecho,  empezaron a visitar el lugar para encender velas de cebo y rogar algún milagro. Algún día llegarás hasta ahí y me contarás cómo te fue, concluyó papá luego de contar la historia. Yo se lo prometí frente a la boca roja de aquel fogón de leña que aún arde en mis recuerdos…

 

Hace algunos días caminaba por la pequeña plaza de San jerónimo, intentando escribir algo sobre el maldito león de piedra que se halla postrado al pie del Palacio Municipal, cuando de improviso volví a revivir este sentimiento con una de las comparsas de la Nación San Jerónimo. El puñado de danzantes, músicos y, por supuesto, ukukus se encontraban en los minutos finales antes de su periplo hacia aquel mágico lugar; entonces recordé mi promesa…

 

Con las mismas cogí una mochila con cosas básicas y mi Canon 550D (que me ha acompañado en casi todas mis correrías) y me subí, esa misma noche, en el primer microbús (perdón papá, no encontré un camión) que inevitablemente me conduciría al lugar de la nieve, los entrañables ukukus, los danzantes de coloridos trajes y los rostros de narices fálicas: al Santuario del Señor de Quyllur Rit’i, el Apu de la nieve.

 

Llegué a Mahuayani (Provincia de Quispicanchis) a eso de la media noche y con las mismas me uní a una de las naciones que ya se hallaba en franca peregrinación hacia el santuario.  En cada apacheta, donde se han colocado cruces, los peregrinos hacían reverencias con velas y coca, pidiendo el permiso correspondiente. Luego de caminar un serpenteante y polvoriento camino, colmado de acémilas, caballos y gente que viene y va, llegamos al Santuario de Sinaqara, donde está la imagen sagrada. Era la madrugada de la víspera. La fiesta del Señor de Qullur Rit’i empieza el Día de la Santísima Trinidad, dos días antes del Corpus Christi, y básicamente es un ritual sincrético entre la devoción cristiana y la andina (Cristo y el Apu, unidos en una misma creencia que no se contrapone) donde las naciones indígenas  se reafirman integrándose simbólicamente a la naturaleza. Esta festividad fue declarada por el INC como Patrimonio Cultural de la Nación el 10 de agosto de 2004 y posteriormente (un 27 de noviembre de 2011) la UNESCO la declaró como integrante de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

 

En ese mismo instante nos pusimos tras la bíblica cola para esperar nuestro turno y saludar a la roca sagrada con velas y coca; con persignaciones y k’intus…; con ruegos en castellano y quechua, siempre mirando hacia el imponente Ausangati. Paralelamente las comparsas multicolores entraban entonando cánticos de felicidad, acompañados de sus ukukos que azotaban mi envidia, mientras los cohetones tronaban desde algún recóndito lugar. Las liturgias se sucedieron en toda la mañana y a partir del mediodía, hasta la media noche los danzantes no pararon de bailar y entonar cánticos.

 

A la media noche  me colé en un grupo de ukukus y danzantes  de una nación quechua que se dirigían hacia el nevado Qulqipunku (que forma parte del Apu Ausangati) a más de 6362 msnm. En el ascenso nos detuvimos en algunas apachetas que hacen el papel de entradas al nevado, que es el templo principal del Apu, para pedir la respectiva autorización al Auki que cela cada apacheta. Algunos construyeron sus casitas de piedra de varios pisos, como símbolo de su deseo para  con el Apu. Yo conseguí veintiuna piedras pequeñas (como me lo había ordenado la Gran Sacerdotisa en el ritual del agua) y construí con esas piedras (que representaban el número de obstáculos que yo mismo había construido) mi hipotético destino. Seguimos subiendo rezumando saliva en cada apacheta, al son de las quenas y acordeones, hasta que llegamos  a la alfombra blanca del nevado con la esperanza de hallar nuestra Quyllur Rit’i (nuestra estrella resplandeciente, nuestro destino) que seguramente se halla atrapada en el corazón del Apu. En esa circunstancia fui testigo del bautizo de los nuevos danzantes que esperaban al wamancha en sus cabezas, del castigo simbólico de los pecadores o las inacabables promesas, para luego esperar emocionados la mágica salida del Inti Tayta que no se hiso esperar. Luego regresamos en caravana, satisfechos, purificados. En el camino uno de los ukukus me contaba que hasta hace algunos años, cada ukuku debía de bajar con un bloque de hielo como una forma de ponerse en lugar de Cristo cargado de la cruz. Entonces me acordé de esa lejana novela de Enrique Rosas Paravicino “El Gran Señor” (1994).

 

Es el día central y las delegaciones que bajan del nevado, cantando el  Yawarmayu confluyen con las que se hallan en el Santuario de Sinaqara. Estamos más que agotados. Compramos alasitas: casas, coches, títulos (¿un doctorado?), fajos de euros, dólares y soles. Depositamos el dinero en una suerte de banco de ilusiones y guardamos las casas, coches y títulos para la bendición central. Oímos la misa central, a la espera de la bendición del padre, que esparce agua bendita (del nevado) entre la multitud, que levanta sus deseos. Hay una procesión que significa la despedida del Señor de Quyllur Rit’i, pero por alguna extraña razón, todos (o casi todos) miramos hacia el Apu y el corazón nos duele. Más tarde las naciones empiezan su diáspora entonando sus watakamallas  (cantos de despedida) que nos recuerdan que esto es solo un hasta luego.

 

Un ukuku pasa raudo por mi lado haciendo adiós. Me mira sin detenerse y creo sentir en esa mirada a papá. Intento seguirlo, pero se pierde entre cientos de ellos que bailan el Yawarmayu y se azotan mutuamente para alejar su corazón de la ira. No es papá, pienso; lo reconocería entre cien mil ukukus.

 

 

Cusco, 30 de mayo

 

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