Lima, obra abierta. Bruno Buendia Sialer

¿Existe Lima? si, y hasta tiene partida de bautizo: Enero de 1535. Fundada sobre el concepto militar marítimo europeo (entiéndase esto lo que para el Imperio Inca era ya el Quinto Suyo) la nueva urbe soportará todas las guerras posibles, hasta convertirse, según las leyes de Alfonso, en la capital del visorreyno, principalmente, tratando de desmembrar el poder del Cuzco, de tal forma, la cultura del valle, asumirá identidades políticas, como son los casos de los perulerismos avasallados.

 

Fundada, sobre una cultura dominada después por los propios tawantinsuyanos, como elevada esta, sobre sus Apus, la etiología de Lima, no es, solamente, la del hispánico modo de la balconería, sino que la misma se forma, al establecerse sobre las alianzas de poder de las guerras por la toma del valle, como el alzarse la ciudad, entregada a la fuerza de las culturas que la precedieron, destruido los intentos golpistas de la época, y al aventurerismo alucinado de El Dorado, encontrando en el poder, no solo ubicuo y estratégico del continente sur, la capital de la colonia, en momentos post Tordesillas.

 

Para entonces, Lima vive dentro de un poder centrípeto de mano de obra hallado, y centrífugo de llevar el material mismo salido de las minas del territorio del visorreyno, afianzando esta finalidad, mediante nosotros mismos, los indios de occidente, teniendo en la evangelización, la complejidad que el papa Clemente X en 1671, a quien se le atribuye la irónica y escéptica pregunta de ¿cómo puede ser santa una india? aceptara sobre la beatificación de Flores de Oliva, el complemento religioso de la cultura occidental sobre Lima, terminando de ese modo, lo que las leyes de las colonias requieren.

 

Lima tiene, en sus primeros años de vida y dentro del castizo idioma, todo lo requerido por las leyes de Alfonso para erguirse en lo que es, en una colonia, sobre la que se establecerá, mediante las murallas construida sobre el material de las huacas que la precedieron, y poder existir mediante su propio poder, hasta recibir posteriormente, desde su propio engreimiento político, el descabello del mismo, cuando se le proporcionará, la primera estocada político económica, mediante la declaración de la libertad de comercio, en 1778, y por presión de la guerra geopolítica natural de los imperios en disputa del orbe, para perder su posición hegemónica en beneficio de Buenos Aires, puerto mejor situado en comunicación con la Europa colonialista, y que había competido con Lima, por los mercados del Alto Perú. Dentro de poco, la inmensa revolución de Condorcanqui, en 1780, hará retumbar el imperio donde nunca se pone el sol, sostenido hasta entonces, por la contrarreforma y el poder de las minas.

 

Felipe Buendía, nacido en Lima, en el año 1927, a dos años del crack mundial del siglo XX, como a tres de la muerte del Amauta Mariátegui, y en período de entre guerra, se adscribe a la generación del 50, definiéndose esta, como la síntesis de una dialéctica, ante las generaciones del 900 como tesis, y la del centenario como antítesis, en un primer intento de comprensión intelectual, devenida desde los claustros universitarios, y que tratan de dar respuesta y explicación, a lo que es el Perú, y por supuesto, Lima, tratando de interpretar, primero, la declaración independentista del 28 de Julio de 1821, como, segundo, la Independencia del 2 de Mayo de 1866, después, y luego, lo que es hasta ahora, y sobre la ciudad misma, el inicio de la guerra con Chile del 1879, comprendiendo las actuaciones de las diferentes clases sociales que dentro del republicanismo nacional, las migraciones al interior del país, harán de Lima, el dispensario del mercado capitalista de estas épocas, y al que se acude centrípetamente, desde lo que hasta ahora se llama provincias, como tratará de dar respuesta, este pensamiento, dentro de la post segunda guerra mundial, de los procesos político e intelectuales, que la contemporaneidad y el post industrialismo presentan.

 

Procedente de una familia de la aristocracia española, originada en Valencia y desarrollada en América, mediante Cedula Real de 1617, por Felipe III, Felipe Buendía renuncia, asumiendo esta identidad, dentro de su rol generacional intelectualmente no adscrito, intencionalmente, a la universidad, sino al avatar intelectual que lo conmueve desde joven iniciáticamente, mediante la adscripción al surrealismo, al integrarse a este, y continuando el trayecto de César Moro, pero que en su caso, decidió, en el ir y venir de Lima, una forma primera de interpretación de la ciudad.

 

Moro y antes Melville, la habían definido como la ciudad que Salazar, posteriormente, reafirma en libro como horrible, y que Buendía, en polémica con Manuel Scorza, y dentro de los inicios del primer belaundismo, comienza a debatir, a partir de la bohemia limense, y la experiencia traída del existencialismo francés, que llega luego del momento beatnik, mediante el grupo del Hospital del Obrero, liderado en los estudios que permitiera a través de estos Carlos Alberto Seguin, que luego pasará a la Universidad de San Marcos como decano de Medicina, en plena efervescencia del 60, como lo fue la experiencia de los Populibros.

 

Lima para ese entonces ha adquirido carta de ciudadanía como mercado de materias primas, a través del desarrollo del civilismo y el modus operandi de los gobiernos populistas en sus propuestas políticas, luego de las de las dictaduras militares que desde Ancón comienzan.

 

Será en el entendimiento de la transición de los siglos XIX y XX, y dentro del idioma asumido tras el idioma oriundo, que Lima ve en las ideologías y la política, los intentos de modernidad, y una necesidad de definición y actuación, para entender y dominar, engullendo el país, no solo al basadresco modo, es decir como posibilidad, sino como resultante del concepto hispánico en el país, hasta llegar al latino americanismo de la actualidad.

 

La generación del 50, permitió una Lima compleja y pequeña, conventual, argollera, y plena del alejamiento, principalmente, de lo que pasaba en el Perú. Así, el primer aprismo, el segundo belaundismo, y las dictaduras civiles del siglo XX, tienen en la ciudad, como siempre, el núcleo de su poder, negando la actitud centrífuga de la descentralización, a la que a Lima se le sujeta.

 

La guerra interna de un maoísmo del campo a la ciudad, cae, por creer hallar un balance estratégico que toma a Lima como punto de referencia. En menos de 50 años, la capital, en el siglo XX, ha soportado todo, inclusive, así misma, de tal forma, como respaldo de todo ello, se formará silente y poderosos el actual Cartel de Lima, que luego de caídos los extraditables colombianos, Lima obtiene una capacidad distributiva, esta vez, y como nunca, centrífuga y centrípetamente de un poder consumista, que mantiene en los capitales extranjeros operando en la ciudad una panacea, que la ha convertido en la ciudad de la droga, como lo fue primero, en el Perú, Lambayeque, y su mar, dentro del leguiísmo que propuso una modernidad que se le permitió.

 

La obra intelectual de Felipe Buendía permitió el giro que el surrealismo y la vanguardia o la epatación al burgués persigue, y lo obliga, llegando al no oficialismo cultural, por ejemplo, en la toma de la ANEA, en pleno odriato, y que continuará en la novela La sétima sección editada en 1965, describiendo el inicio del sancheserrismo, para llegar a la escritura y teatralización del primer Felipillo histórico, realizada en verso, y luego con la simpleza de la puesta en escena, y la no presencia en la misma, de ese Pizarro aludido, y del cual Pablo Maccera, desde la crítica histórica, proveniente de la Universidad de San Marcos, sindica, en el teatro de Buendía, al decir en el prólogo de la obra, que nunca esta en escena pero siempre esta presente, incluida la ultima versión de 1984 titulada Cuando el sol se apaga.

 

Para estos momentos, el afianzamiento de la crónica de la ciudad, ha avanzado mediante el periodismo desde la década del 50 y se vuelve contundente dentro de la definición del hecho social en la década del 80, mediante el libro La ciudad de los balcones en el aire editado en 1985 y que permitirá la condecoración con la Medalla Cívica de Lima, en tanto la literatura fantástica que Buendía realiza, se desenvuelve dentro de las nostalgias y el permanente regreso al surrealismo, diríamos limeño, ante el cual se rindió Buendía, primero, mediante Moro y Breton, para luego asumir a Pinglo, y la voz del canto limense, acudiendo al mundo Al Andaluz, y a la voz popular, a la del pueblo, dentro de esa variante popular de la propia Generación del 50, que conoció, y escribió en Amor a Lima, editado por la Biblioteca Nacional del Perú en el año 1995.

 

La literatura fantástica vuelve siempre al baúl, mediante dos títulos, Cuentos de laboratorio de 1976, y El claustro encantado de 1984, antes se editaron los tres tomillos de Antología de la Literatura fantástica y Teogonía del sol en la efervescencia de los 50. Crónicas de espera, Cuando Buenos Aires era Lima, Carta Náutica y La aventura de la vida son las columnas que publica en los diarios de Lima. Crónicas que muchas veces él mismo ilustró, y luego expuso, mediante la marginalia o de la crítica de la historia, esta vez, mediante las columnas periodísticas Diario de un escritor Marginal, que es resultante crítica a la condición del intelectual peruano o de La conspiración del silencio, tanto la realización de las mas de cien exposiciones de pintura adscritas a su vez, o herederas, del barroco andino, desarrollado en Lima, hasta llegar a la Escuela Limeña del paisaje urbano tradicional, donde Lima es intersectada con la Samarcanda de todos los tiempos, la Alejandría de Durrell, o Las mil y una noche, otorgando respuesta de esa manera a la Lima que se va de Gálvez, y admitiendo a la Lima que se fue, la del propio Buendía, pero sin dejar de ver y describir la actual, dentro de la tradición, mas no desde el tradicionalismo, tal como lo sugiriera brillantemente Mariátegui, desde Peruanicemos el Perú, advirtiendo el inicio de lo que en Lima, la guerra interna desencadenó, como fenómeno político social, mas allá del desborde migratorio y la reventazón del estado, de tal forma, Buendía, atestigua, una ciudad que se mantiene en pie y con vida, superviviente, en la intersección de los Apus y la Balconería, tanto como con la fuerza de la propia y maravillosa migración, que muchas veces, tantas veces, define a la ciudad del valle, y que daría pie, a los inicios de la llamada cultura chicha de los 80, y que hoy cobra personalidad, dentro del proceso del work in progress, inevitable, de la cultura migratoria, que Matos Mar, ha definido, al actual migrante, heredero del primer proceso migratorio a Lima de los años 50, a ser, y a convertirse, en el ciudadano de la urbe, proyección de tal complejidad que nos toca advertir, estudiar y realizar, desde la Universidad, o fuera de ella, desde la ciudad o fuera de ella, para comenzar así, a  definir el país desde el siglo XXI y desde nuestra propia modernidad.

 

Las poéticas y políticas que llega a ver y realizar Buendía, asimila las experiencias de grupos estéticos y políticos sociales anteriores y posteriores a las de su propia generación, como fue la relación con la Universidad San Marcos, mediante el debate del 60, que sostuviera por el tercio estudiantil en San Fernando, mediante la negación de este, por Honorio Delgado, como con la amistad con Martín Adán, Jorge Puccinelli y Elsa Villanueva de Puccinelli, Miguel Maticorena, Pablo Maccera, y después, generacionalmente, el grupo Huayco, Cuatrotablas del 70/80, la amistad con poetas, pintores, periodistas de su generación, inmiscuyéndose con el absoluto derecho de piso dentro del haber de lo fantástico con la etiología surrealista ya mencionada, y dentro del vaivén del mismo a las adscripciones dentro del PC, tal fue el caso de Francisco Bendezú, o Alfredo Castellanos. La amistad con Humareda, Lola Thorne, Delfín, Springett, Belli, los hermanos Ribeyro, Hernando Cortés, Sara Helfgott, Carlos Thorne, Ismael Pinto, Washington Delgado, casi todos provenientes del claustro sanmarquino, o asumiendo a miembros de generaciones posteriores, Oscar Aramayo, Armando Arteaga, Víctor Prada, Freddy Roncalla, llegan a esa conversación sobre Lima que con los ex novísimos de siempre se permitirá.

 

El cronicante de Lima que fue, a través del mundillo de la primera bohemia que con la retahíla del glorioso servulismo hasta el juanrramirazgo horazeriano, o la zambería Tang, hizo de Buendía un visionario de los personajes intelectuales de los cuales hizo crónica y pintó, de la Lima del Zela y del Negro – Negro, del Munich, ahora todos atrabiliosos en Kilka, y que formaron la personalidad de la Lima estudiada en las sociologías e historia necesaria, desde el centro a los conos, hasta llegar al topo citadino de lo que es el afianzamiento de la ciudad como personalidad universal, paseada por París, España, Mexico, Buenos Aires, Brasil, a través de las exposiciones de pintura mediante el barroquismo onírico al que Buendía no renuncia.

 

No se trata solo del trashumante intelectual. La Lima de Felipe Buendía, puede ser una denuncia como una invitación a entenderla y vivirla, tal como la describió en crónicas periodísticas, teatro, relatos, cuentos, novelas y pinturas, con respectivas y honrosas menciones como premios al respecto, que no deja de personalizarlo, pero tal como Maccera dixit, sindicarlo principalmente, como ácrata del 50, de ello, su generación dará cuenta o no, y por ello, es que la revisión critica de su obra, se presenta en el Coloquio A mi lima, de este 31 de Mayo y 1 de Junio, adonde están todos y todas invitados, como hace 10 años Puccinelli permitió hacerla en un primer instante con Ismael Pinto y Manuel Velásquez Rojas aquí en el Porras de Miraflores, y ahora, en el año desde el análisis del vientre de la ciudad a través el cuento El baúl que Max Hernández revelaría como Lima madre desde el análisis que mantuvo como significante de la ciudad nutricia o no, que invita a la obra abierta que Buendía hizo de Lima a comprenderla, una vez más, como una ciudad viva, como un ente social inclusivo, diría Susel Paredes Piqué, y que asumimos y heredamos para posibilitarla en el entramado nacional, porque todos tenemos una Lima que vivir.

 

En ese aspecto, finalmente, Lima es una ciudad abierta, tal como a Roma le llamaría Antonioni, y en donde Buendía expuso los documentales de los años 65, asumiendo desde la Gatomancia, al palmesco rincón del surrealismo acuciante de los lugares que con nostalgia no niega, como al mar que la circunda, y asume la poderosa migración, que como reitero, muchas veces la define, mas no el mercantilismo actual que la rodea.

 

Buendía no es solo un sociólogo del alma de la ciudad, sino un cuestionador de la misma, por ello termino estas palabras con las que empecé ¿Existe Lima? ¿Existe Felipe Buendía? Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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