EL FABULOSO PITO DEL MUNDO. Blas Puente Baldoceda

EL FABULOSO PITO DEL MUNDO
Blas Puente Baldoceda

Mi cuerpo mismo es un cementerio

de muralla de piedra

lapidas de puta magdalena
los muertos se cobijan en mi
hay muchas tumbas subyacentes
que se escapan por mis dedos
en mi mirada
en una noche contigo
en que termínanos oliendo

a fétido mortuorio.

Zoila Capristan
            HACIA la pichi al pie de un árbol alumbrado nebulosamente por el foco del poste cuando de repente el bardo entorpeció su recitación en oh nalgas de paloma, de nácar y alabastro, y se tocó los labios acorazonados con la yema del índice: “Corre, Filito, corre que ahorita esos hampones nos masacran.”  En el acto me subí el calzón y me acordé en ese instante del sermón de la beata Angelina: “Lo único que busca ese mañoso es desflorarte. Ojalá no te deje chantada con tu bombo”. Esa noche, pues, me descalcé los tacos para huir a través de los sendas donde acechaban las guadañas del Jardín Botánico.
            –¿Y el trovador?
             Con ojos desquiciados escrutaba el siniestro contrapunto de búhos, murciélagos, lechuzas y palomas cuculíes. Desde la elevada hojarasca espiaban los pajarracos nuestra desventura. Qué horror, hija, y el vate dale que dale con su fatalismo: “Si logran alcanzarnos, esos chaveteros nos desfiguran el rostro sin misericordia. Aligera los pies de gacela, mi musa”, pero hermético a mis súplicas para que revelara la causa de la desaforada huída. Las sendas se enmarañaban por doquier bajo el denso follaje, pero todos convergían hacia del Paraninfo de San Fernando. A juzgar por los ecos del trote en la vereda, al otro lado de la pared, podrían ser varios los perseguidores. Y pronto, prontito, empujarían las herrumbrosas rejas del portón de la esquina. Por un segundo, los rugidos de la jauría se esfumaron en la lejanía de la noche, pero no, Dios santo, el ultimátum de hacernos añicos, si nos atrapaban, se tornó más apremiante entre ellos. Ya te figuras, hija, un terror de los mil demonios.
            –¡Qué pavor, corazón mío!. Pero dime a lo franco, ¿un cuchicuchí allí?.
            Allí mismito. Y te quedarás turulata cuando sepas la razón de la sinrazón. Ay, mujer, hacia meses que el poeta maquinaba mil mañoserías  para romper su fabuloso pito del siglo, pero nones. Nada de nada: todavía pertenecía yo a la inmaculada concepción, aunque en aquellos tiempos del cólera nadie se dignaba a creérmelo. Si la memoria no me traiciona, esa noche habríamos salido a eso de las diez de un chifa de la calle Capón;  entonces, engolosinado con sus caramelitos chinos de tamarindo, agarrado de golpe por la inspiración, me susurró: al cabo de la travesía por un  tempestuoso piélago se avizoraba la isla de nuestra felicidad. Para que te cuento, hija, un lírico de la melcocha. Y justo cuando me descalzaba los tacos para correr flanqueada por árboles sombríos, en una fracción de segundo, recordé, no sé si con resignación o nostalgia, la antelación a la fuga del siglo. Agarraditos de la cintura, veníamos acariciándonos como gatos cimarrones, sí,  alucinados de pasión por esas callejuelas que olían a un antiguo incienso de beatas. Un sátiro, le enrostraría la cucufata Angelina, sí, un fauno sibarita, pregonaría a los cuatro vientos, acicateada por la envidia, pero ignoraba, la melindrosa, que mi declamador era diestro en armonizar ternura y  pasión en el amor.
            –Ajá, un idilio en jaque mate. Y dime por qué tu amante a carta cabal y hombre de letras quería saciarse en ese sitio.
            Te caes de poto, preciosa, y perdona si te soy vulgar. No era sino una  hilera de cabinas con los retretes sin tapas; las puertas corroídas por la intemperie, sin techo. Una fetidez emanaba del agua estancada, ocre, coronada por una nube de moscardones. No sé cómo me contuve  las ganas de vomitar en aquel tugurio.
            –¿Yo?  Por amor de Dios, no pongas esa cara de fiscal.
            –Sí, tú, virgencita del socorro.
            –Yo ni la tos, corazón de melón, una vez que mi juglar agarraba embale, no había quien lo pare.
            Sí, pues, bien ardía por la pasión o bien andaba chiflada por la ternura, una de dos, pero, recostada en la pared con telarañas, me subía yo misma la falda con desparpajo; entonces, el flores del romance se marchitaban en un tris ; en su lugar, un lobo feroz me bajaba la prenda íntima de un solo tirón. No te miento, mi amor, un energúmeno. Bueno, qué diablos, confieso que yo no me quedaba atrás: con la yema de los dedos apuraba su fosforito a mi mecha.
            –¡No te lo puedo creer, Filito, La caperucita roja ! ¡Qué descaro de mujer!
            –Sí, pues, cariño, una puerca regodeándose en su chiquero, me lo reprocharía Sor Angelina. Esa puritana de mil aspavientos solía imaginarse mil porquerías sobre mis caprichos de aquellos tiempos. Pero me importaba un comino para que lo sepas. No me avergonzaba de nada ni a nadie le permitía el derecho de juzgarme.
            –Uy, uy, uy, Filito, ¿no aguantas bromas de tu patita del alma?. Sigue, mi amor. Odio que me dejen colgada en  medio de la historia.
             Pues bien,  esa noche, no funcionó tampoco el piquiriquí del rapsoda.  Y yo, Dios mío, al borde del colapso, a punto de asfixiarme con la apretadera y las embestidas, pero nada de nada. Quizás todo por la culpa mía. Lo recuerdo así: estaba yo de bruces en un espantoso paraje, sin poder cerrar los ojos: por una llanura una horda de hunos, mis cinco hermanos; un fiero Atila con crenchas erizadas, mi padre; me arrollaban triturándome con herrajes al rojo vivo. Un escarmiento de ser cierto el chisme de que andaba puteando con el jijuneta del Taunus. Era la única hija en un hogar de machos, prometida de un cadete del ejército, amigo de infancia, medio huamanripa pero todo un caballerito que le aseguraba a su tesoro, o sea yo,  un buen porvenir. Y en el nombre del padre y su rollo, amén.
            –¿Y qué? ¿Este fulanito ese no te prendía la mecha? O ni siquiera se sacó el fósforo.
            –Tú sí que te le aguaytas todas juntas. Bueno, cada vez que la familia me hacía corralito para ir con el orondo y lirondo cadete al Parque de los Enamorados, era como si estuviera abrazada a un poste con uniforme, y  no a un adonis de buen porte y bien maceta. No te miento, tan sólo un recatado paleteo y uno que otro besito con la punta de los labios. Todo él tan acicalado con los dorados botones de la guerrera.
            –Y ahora sin más rodeos, sigue, por favor.
            –Aguánta, me doy un respiro y al toque voy al grano.
            Esa noche, pues, el bardo de los pies ligeros –bufando de pánico, quizás meándose en los pantalones, un tembleque en cada encrucijada–, se corría el albur de emprender el correteo por la senda equivocada. Y cuando empezó a tartamudear, jadeante, sus mandados y conjeturas, yo también empecé a sentirme frágil, vulnerable, sí, asida a su mano, una hoja estremecida al roce de la brisa. A despecho de todo esto, juntos, enfílabamos como flechas por esos umbrosas galerías de la hojarasca. Y mientras el arisco cascajo me laceraba sin consideración los pies de gacela, le suplicaba, que pasó, mi poetita, por qué y  hacia dónde escapamos.  Colocando otra vez el índice entre los labios, a punto de tropezar y pisotear sus anteojos, parecía escabullirse hacia las brumas de la incertidumbre; a las finales se desvió torpemente por una senda que nos alejó de los  gritos airados de los malandrines y sus maldiciones de rabia y sus amenazas de ira: una algarada que arrojaba la espesura del boscaje y el espantoso concierto malagüero de grillos, cigarras, sapos y renacuajos.
            –¿Y todo ese pandemónium en la primera vez, ah?
            –Qué va, hija, era la segunda o tercera vez. Pero la primera vez no fue un chasco completo, pero mejor no te lo cuento. Es para mayores.
            –No te arrugues, bandida,  me picaste ya la curiosidad.
             Después de caminar cogiditos de la mano una tarde de crepúsculo por el Estadio de San Marcos –en  abandono, desierto, con sus agrietadas graderías –,  así nomás, de improviso, hizo girar el timón del Taunus por una esquina de la avenida Colonial y agarró rumbo hacia el puerto. Esta vez el anzuelo era un ceviche de conchas negras que lo pondría dizque como la torre de Eiffel para consumar sus bajos instintos en un motelito de mala muerte. Ciega de amor, o bajo los efectos de la cerveza negra, me fui detrás de él hecha una sonámbula. En la penumbra de un cuarto se destacaba una gruesa colcha con borlas. La ducha era una adición cuyos tabiques alcanzaban el cielorraso.
            — El escenario de la desfloración luce mucho mejor.
            –No friegues, caracho. Me rompes la hilación.
            Y ahí tampoco, nada de nada, porque de tanto embestir sin ton ni son terminó limpiándose la entrepierna con la almohada mientras maldecía su suerte con una retahíla de groserías,  Luego deslizó los labios sobre mi vientre, le acaricié el pelo ensortijado como en las películas,  mientras el bardo devino un picaflor en el monte de Venus. Solamente nos faltaba la luz de la luna filtrándose por los intersticios del cortinaje. Antes de que mi cerebro estallara, mi cuerpo se movía con un ritmo acompasado, ajeno a la voluntad mía.  Cuando volví en sí, mi romancero era el idiota de la familia con los ojos fijos en el pito todavía intacto. Mientras regresábamos velozmente a mi barrio, se vanagloriaba de su gran faenón: me había hecho vaciar mediante una sopa magistral. Imagínate, qué diablos era eso. Y en vez de aclararme el embrollo, se rio a carcajadas, el fauno sibarita de la monjita Angelina, quien, esgrimiendo el catecismo, me repetiría: esas son porquerías de un pervertido, un degenerado. Te lo advertí a tiempo, ilusa.
             –Sabías que estuvimos en el Cinco y medio. Aunque te mueras de envidia.
            –¿Envidia, yo? Deliras o alucinas, una de dos.
            Esa tarde el poeta casi muere decapitado con la pierna triturada, una piltrafa.  Yo, por mi parte,  podría haber quedado desfigurada por el resto de mi vida. Y todo por el maldito Cinco y medio. Se abrió la cochera a control remoto, en el umbral de una puerta nos aguardaba un crolo bien elegante. Nos condujo por una escalerilla en espiral hacia un alcoba tapizada de rojo y espejos en las paredes y en el techo. A pesar de la tentación del ambiente, mi mente, permanecía obsedida por la aciaga secuencia de eventos: el vate que cuadraba el Taunos en la medianera de la doble pista: quería cobrar energía para el pitongo con una negra bien helada. Mientras abría la portezuela, ví un Volkswage en la transversal que, al girar en la esquina, desbordó la pista, y aceleró de golpe hacia la el lado izquierdo del Taunus. Dí un salto no sé si felino sobre el asiento y pude jalar de la ropa al juglar dentro del Taunus.  Una brizna de vidrio trizado le rasguño el brazo que me cubría el rostro.  Le llovimos improperios a la conductora que yacía con los brazos en aspa sobre el timón del Volkswagen hecho un acordeón. Cruzamos la avenidad velozmente y dentro del bar, ordenó una cerveza y brindamos ambos temblorosos por estar todavía con vida. Acto seguido, me reveló que carecía de brevete. Iría en busca de su padre, no demoraría mucho puesto que vivía por los alrededores. Se me hizo una eternidad, sola, frente a la botella. Cuando se apareció con el índice en los labios acorazonados, corrimos hacia la esquina por un taxi, mientras su padre cruzaba la pista blandiendo su brevete al policía que lo aguardaba en medio de un tumulto de curiosos alrededor de la colisión.
            –O sea que todavía eres Virginia del Sur.
            –Si, lo soy. Y que conste:  a mucha honra. La manchita en el albor de la sábana era del periodo de Leguía, pero no era de vanguardia revolucionaria. Y agárrate fuerte que ahorita te hago sangrar los tímpanos.
            –Si es la peor de las asquerosidades que me vienes confiando, me tapo los oídos.
            –No me vengas con mojigaterías, Sor Pendeja de la Cruz
            Bueno, pues, basta de cochondeo. Después de  todo, tú eres el único baulito de mis cuitas y mis quebrantos. Resulta que el poetita se las ingenió para conseguir las llaves de la oficina de un burócrata de alto vuelo. Era un domingo de ramos sin moros en la costa. Me hizo echar boca abajo en un inmenso escritorio después de agotar sin resultado alguno el repertorio de alambicadas poses. A través de los gruesos vidrios de los ventales se dibujaban en el horizonte siluetas bañadas por la luz del crepúsculo en una sinuosa colina cubierta de césped. Parecían romperse los ojos con una lejana pantalla en el cuarto piso de un edificio recién construído. La superficie lisa y fresca bajo mi piel me trasladó al país del ensueño cuando de pronto sentí un latigazo de dolor que me caló la médula del espinazo.  Mujer, que te diré, no sé cómo retorné del más allá.
            –Colorín colorado, cuentito terminado, y ahora sí de vuelta a la noche de los cuchillos.
            –Tú, chismosita de buena leche, sigue imaginando el resto. Déjame descansar en paz.
**************************
            Por un buen rato los gritos airados  se extraviaron en el rumor de la nocturnidad. Cuando ambos de la mano rodearon la fuente sin agua con ángeles desportillados y manchados con las deposiciones de los pájaros, se quedaron paralizados porque de la aldaba del portón pendía un manojo de cadenas arruinadas por la intemperie. De inmediato, dieron media vuelta y corrieron más de prisa porque les pareció que la grava, los guijarros, trepidaban con el resuello de los perseguidores . Se detuvieron de golpe frente al antiguo caserón de altos ventanales y portones cancelados. Unos días antes, después de salir del comedor de los estudiantes, se detuvieron de golpe, subieron de puntillas los peldaños de largo corredor orillada de columnas dóricas, deslizaron los cuerpos sin tocar el ala entreabierta del portón y allí yacían cadáveres translúcidos y preservados en tinas con formol. Se cubrieron con los pañuelos porque el hedor era mortal. Los futuros galenos inclinados sobre mesas metálicas de disección manejaban con precisión los escalpelos, las tijeras, las pinzas, los bisturíes, mientras otros, avezados carniceros, destazaban los cuerpos con machetes, sierras, martillos, sobre unos rústicos troncos aserrados por la mitad.  Y cuando crujió el ala entreabierta por un ventarrón extraviado en el cielo sin cielo de la ciudad, el poeta dio un brinco de alegría: “Nuestra salvación, Filito, Dios no podía fallarnos”. “Ah, no, sálvate tú, yo no entro a esa carnicería humana ni a empujones” De rodillas, lloriqueando, te suplicó que no fueras terca como una burra de chacra, acaso no sentías cada vez más cerca el trotar de los persiguidores, seguro que agarraron el atajo hacia el Paraninfo, y ahorita nos dan alcance. Estando en eso, tú, tajante: dime de quienes y por qué escapamos. Entonces, cabizbajo, removiendo el cascajo con la punta del pie, confeso que al salir del baño, mientras tú orinabas en solaz con oh nalgas de paloma, de nácar y alabastro, se percató de  que el condón se le había roto, se horrorizó ante la posibilidad de una preñez debido al desliz del semen por las orillas del pubis. Atacado por el pánico, se sacó el condón chorreante y lo lanzó, furibundo, por encima de la pared, y  ahora se volvía loco por saber si aterrizó en la caras de los uno o varios maleantes cuyas voces airadas, amenazantes, tronaban cada vez más cerca.  Fue el  momento más amargo de tu vida: reías y llorabas al mismo tiempo. Nunca antes habías sentido odio y desprecio sin límites. De modo que cuando crujió el ala entreabierta del portón,  ocurrió un feroz rechazo a la mano suspendida en la tenebrosa lluvia de hojas en la floresta. Cerraste los ojos:  lo imaginaste, vil y nauseabundo, poniéndose a salvo después de asegurar la aldaba del portón tras de sí.  Respiraste hondo, levantando el rostro hacia firmamento sin estrellas, y esparaste con firme serenidad a los perseguidores.
            –¿Otra vez  con las musarañas? –me resondra Angelina sin dejar de arreglar las flores frente al nicho–. Basta ya de adornitos a la golosina de la muerta. Con la maguera del pabellón del costado, llena la jarra hasta el borde. A ver si a la salida del cementerio nos damos un paseíto en bote en el lago de alrededor.
            –Sabes, Angelina. No, no era tanto el gusto por el chocolate sino la fascinación de la pobre con la palabra sublime.
            –Mira, Belisa, déjate ya de locuras. Y apúrate con el agua.
Blas Puente Baldoceda,
Cincinnati, 2013.

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