Travesía de opuestos en Desde la montaña grito tu nombre. Pedro Novoa Castillo


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Travesía de opuestos en Desde la montaña grito tu nombre

Por Pedro Novoa Castillo

FIL LIMA 2013

ojalá se logre la renovación de aire

cuando se quiera apagar la antorcha”

Gloria Mendoza Borda.

Un día como hoy, 21 de julio, nacía en 1898 Ernest Hemingway, en 1917 los nazis iniciaban el lanzamiento de bombas asfixiantes durante la I Guerra Mundial. En Lima, el pintor Sérvulo Gutiérrez, autor del famoso cuadro “Los andes” nos dejaba para siempre en 1961. Y Chabuca Granda componía su famoso vals “La flor de la canela” como un regalo de cumpleaños para una amiga en 1950. Muerte-vida, destrucción-creación, las oposiciones vitales más drásticas y cancelatorias. La mano del hombre en la pluma y en el gatillo de un fusil, en el poema o en la barbarie. Pocas obras artísticas concentran estas tensiones que conviven dentro de la condición humana. Abarcar estas antinomias es una tarea titánica que la poeta Gloria Mendoza Borda ha sabido conjurar y resolver con la suficiencia que le da ser una de las voces más representativas de la poesía peruana. Es que en el poemario Desde la montaña grito tu nombre se aborda temas opuestos, variados como la muerte y la vida, la desolación y la esperanza, el odio estéril y el amor regenerador. Gloria además emplea un registro textual enmarcado con referentes quechuas y aymaras que hacen de su lengua en castellano un instrumento de filigrana único que aprovecha estas tres vertientes idiomáticas. La obra como objeto, juega con el acuarelismo por las imágenes que va distribuyendo a lo largo del poemario, destaca la obra Boceto que se puede observar en la portada del libro, acierto de Lluvia editores gracias al pincel de Luisa Aguilar Sánchez. Dividido en dos secciones: Desafíos en el agua y Nostalgia por la ciudad floreciente, el poemario de Gloria traspasa las vertientes actuales que privilegian el individualismo sugerente y contemplativo  –siempre a espaldas de la realidad-,  por una visión integral que involucra diversos elementos de la vida del ser como tal y como ente social.  El poema Cosecha después de la guerra puede servirnos de síntesis de toda la obra:

Estoy ensayando desplazar el pasado / ojalá se logre la renovación de aire cuando se quiera apagar la antorcha/ descargaron las máscaras de James Ensor y los rostros volvieron al corazón de la piedra tutelar / contabilizo la agrícola blasfemia del artista/ el delirio final de Humareda colmará los comienzos/ el sur bostezará/ te vas/ habitarás el reino de los pájaros/ y ellos mismos/ los danzarines de las tijeras traerán novedades de los bosques y los ríos/ habrá muchas preguntas/ las respuestas serán parecidas a los tambores de guerra en tiempos florecidos. (36)

Este poemario puede entenderse como la convocatoria de una visionaria, una visionaria que descifra el futuro, que lo acecha, arremete e impele. Gloria no solo ve el futuro, o tan solo se remite a recordarlo, no, ella lo amolda, lo constriñe, lo pretende hacer parte de nuestro horizonte exactamente como nosotros anhelamos; porque ¿qué es el futuro sino una promesa de plenitud, una victoria total ante la muerte y la desolación? Armada, fraguada en fuego, en ese fuego combatiente que aún le enciende la mirada, la sonrisa última,  la Poeta amolda el porvenir. Ella ve que en la montaña, en el lugar donde aún los ríos, el monte, la naturaleza aún crea y procrea, surgirá el nuevo hombre. Ese que imaginó Arguedas, Vallejo, Heraud. Ese que también, a pesar de esos kilómetros de tristeza que aún nos aguardan, podemos cobijar en nuestras esencias primeras.

En el poemario lo sideral se involucra en esta misión, en esta convocatoria con el futuro. El arte es todo y  todos:  “En el observatorio de Mamalluca llovían astros / las estrellas se volvían palabras / las palabras se volvían pájaros/ todos los expectantes se volvían rapsodas”.

Las transformaciones se suceden, reemplazan: “los árboles frutales de Vicuña son las guitarras de la tarde”.  “Los ríos se convirtieron en la entraña de mamá Herminia (…) mamá Herminia se hizo catarata.”

Todo se vuelve poesía, material de ensueño y lírica. De pronto, la presencia de la muerte arremete, pero a pesar de eso, esta también se poetiza.

“en el huerto agitados árboles de naranjas / se niegan aceptar la muerte en las fosas sin nombre (…) jóvenes reconstruyen la guerra/ los cuerpos derramados son los cirios de la noche.” (18)

La naturaleza todo el tiempo se fusiona con los sentimientos del pueblo, con sus más álgidos reclamos y furores. La muerte aparece como amenaza permanente, acechando: “en el río de la muerte continua acariciando/ las tristes fauces de los lobos” (26). Y el luchador popular se aferra con lo eterno. “El guerrero se fue se hundió en busca de la eternidad”

Pero los hombres de las montañas aún son los herederos del futuro, de esa tierra por redescubrir:  “nevado horizonte furia desesperanza / agonía de los desheredados/ a pesar de todo/ sois los dueños absolutos de las montañas” (22).

Porque la felicidad, esa plácida tranquilidad rural, nativa aún se aferra en la naturaleza.

“la alegría de silenciosa máscara y relampagueante lengua continúe entre los maizales” (32)

Es precisamente el futuro el que se pone en perspectiva. La historia se revisa, se proyecta y su proyección resulta negra, nefasta. La voz poética se enfurece, exige:

Amaneceres/ te arrodillas/ escupes y un cuervo se lleva tu voz detrás de las enarboladas tardes/ donde antes/ carajo/ solíamos silbarnos (40)

Nuevamente la poesía resurge como ente comunicante entre la locura y la razón, entre la muerte y la vida, entre la paz y el holocausto de la furia. La poesía deambula entre ambos destinos contradictorios.

“cadáver desflorado/ por hormigas/ aquí, Catalina, la poesía/ camina de luna en luna” (34)

Y así, caminando entre opuestos, entre sitios contradictorios, la poeta concilia el horror de la guerra con la promesa de la victoria, de la justicia última. Donde la creación vence a la destrucción, a la insanía total y suicida. Donde la poesía, por fin, une lo que las guerras separan; donde la luz se impone, alta, generosa y unánime ante la oscuridad. Donde los gritos que surgen de las montañas, aplacan y terminan para siempre con el silencio cómplice, con esas fauces de lobo que solo se abren para prodigar muerte.

Por eso te digo: Gracias, Gloria, por la palabra, por las alas, por toda esa magia que pusiste en este libro, y que lo hace, un ente casi flotante, un animal poético que hoy presentamos y que a partir de ahora vuela hacia ustedes. Muchas gracias.

Lima, 21 de julio del 2013

 

 

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