ESCRITURA E INMIGRACION. Nilo Tomaylla

-1El wayki Nilo Tomaylla comparte  una nota aparecida en Siete Culebras N# 33. Acrecienta asi la conversacion en torno a la migracion como ya lo habia hecho antes  en torno a una escritura y critica postarguedianos sin traduccion cultural. Es decir, no podemos vernos como el otro. Gracias wayki por usar mi nombre chalhuanquino.

Aquella mañana aparecí  en el umbral de una gran oficina de un banco, todos los que estaban frente a sus ordenadores empezaron a aplaudirme, con un ¡bravo Nilo! Yo no comprendí mucho de lo que estaba pasando en esos momentos.  Prendí mi ordenador y lo primero que leí en el flash informativo fue que el premio Nobel de Literatura 2010 había sido otorgado al peruano Mario Vargas Llosa. Confieso que me llené de emoción, porque fue la única vez en mi vida que compartí un premio Nobel.

Una parte de  la creación literaria peruana ha galopado a caballo a lo largo de su historia. Digo, que un importante número de autores han vivido entre la patria materna y una segunda,  la adoptiva.  Obras monumentales como el “Mundo es Ancho y Ajeno”  o “El sueño del Celta” se cincelaron fuera de las canteras patrias. Los autores que se quedaron  y los que se fueron sin duda contribuyeron por igual a la creación de una escritura “nacional”.

El pasado de una comunidad humana se hace vital a través de la escritura o la oralidad, ellas restañan la memoria contra el filo del tiempo que, a veces, todo  lo puede volver exangüe. Aun en la trashumancia muchos creadores han dejado, a través de sus obras, las improntas de un Perú fabuloso.

Hay dos destinos de exilio para el escritor peruano: España y los otros países donde no es oficial la lengua de Cervantes.

La emigración de escritores peruanos de estos últimos tres décadas hacia España, coincide con la apertura de un proceso democrático en la península, luego de décadas de franquismo. Se ve una confluencia generacional con el regreso de escritores españoles desde el exilio y con la llegada de una nueva hornada de escritores como Vladimir Herrera, Jorge Eduardo Benavides, Fernando Iwasaki  y Santiago Roncagliolo, cuyas obras serán acogidas en las mejores editoriales españolas. Esta emigración guarda correlación, aunque no causa a efecto, con la violencia política que azotó al Perú; no obstante muchos  libros recogerán en sus páginas el drama de esos 20 años.

Más allá de nuestros sentimientos comunitarios o nacionales existe una gran patria donde nos reconocemos más de cuatrocientos millones de seres humanos -aun viviendo en espacios distantes-. Esa patria se llama el idioma español,  a cuya grandeza hemos contribuido los peruanos, españoles, chilenos, cubanos, mejicanos, ecuatoguineanos y todos los que nos reclamos de esta lengua.

Por eso a mí me interesa también el destino de los peruanos dentro de otro universo lingüístico.

El escritor peruano históricamente encaminó los pasos hacia Europa. París fascinó  desde Manuel Gonzáles Prada, César Vallejo, César Moro hasta la generación de Julio Ramón Ribeyro, Manuel Scorza, Alfredo Bryce o Américo Ferrari –muchos de ellos llegaron a empellones por defender sus ideas políticas-. ¡París de los “ismos”, de los humanistas y de renovados pensamientos políticos!

Muchos de aquellos escritores que vivieron al interior de otra cultura lingüística,  llevaban una doble vida: practicaban en silencio su arte en español y vivían su cotidianidad en inglés, alemán o francés.  Son ellos los primeros pioneros en hacer descubrir la  escritura española en tierras de exilio.

Me viene a la memoria las imágenes de Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges y Bruce chatwin, polemizando en inglés sobre literatura en una cadena de televisión londinense. Qué maravilla. Don Mario como Borges -de una excelente dicción de la lengua de Chatwin, cantor de grandes caminos- atestiguaban que los que venían del sur también tenían tantas cosas que decir.

En estos últimos años  hay que relevar la existencia de “focos” de cultura hispánica que han contribuido al desarrollo de una nueva dinámica de expansión de la escritura y la cultura españolas (en el sentido del idioma). Un caso concreto es la Librería Albatros de Ginebra, que hoy también es una editorial  en español y francés. Rodrigo Díaz, peruano, es el infatigable gestor de este centro que ha dado acogida a escritores hispanos o simplemente a personalidades ligados a nuestra cultura como Claude Couffon, traductor estrella de autores como García Lorca, Miguel Ángel Asturias, César Vallejo o Gabriel García Márquez. Albatros queda como una referencia sobre todo de divulgación literaria a través del libro y la conferencia.

Precisamente en los locales de Albatros, últimamente  hubo la presentación del libro “Quintanilla el hijo de los Apus”. Para ello el autor, Eduardo González Viaña, tuvo que desplazarse desde Oregón, Estados Unidos, hasta Ginebra; Alberto Quintanilla, hizo lo mismo desde el Perú.  Una importante concurrencia a este evento confirma la presencia de la comunidad peruana e hispana fuera de sus fronteras patrias.

Aproveché esta oportunidad para preguntar al catedrático Eduardo Gonzales sobre la escritura y la emigración en ese gran país que son los Estados Unidos. Mi sospecha de que la preferencia del escritor peruano ya no era París, sino la tierra de Walt Whitman, se confirmó cuando me dijo que estaba preparando una antología de narradores peruanos afincados en el gran Norte.  Si echamos una mirada sobre la migración de estos últimos años, encontraremos un número importante de escritores peruanos con destinación  hacia los USA, que hacia Europa. Muchos de ellos ocupan puestos de profesores universitarios u otros  ligados a la creación y la investigación literarias; por algo somos allá la comunicad lingüística extranjera más importante.

Hay una nueva visión en la creación ligada a la inmigración, en estos últimos años; tanto en ensayo, narrativa o poesía.  Julio Noriega Bernuy, profesor de literatura en Galesburg, Illinois, es una prueba a través de sus obras de investigación. En narrativa hay que contar con la aparición estelar de un joven narrador que se llama Daniel Alarcón que escribe en inglés sobre el Perú, cuya obra “Radio ciudad perdida” ha cobrado dimensiones inesperadas en todo el mundo. En  poesía hay que anotar a Odi Gonzales, Amílcar Roncalla o José Antonio Mazzotti. Por supuesto, todo eso ocurre en los Estados Unidos.

La actividad literaria en la inmigración ha contado siempre con el apoyo importante de intelectuales indígenas de estos países, como Mark Cox en Estados Unidos,   Roland Forgues en Francia, Martin Lienhard en Suiza y Antonio Melis en Italia, entre otros.

Tampoco la escritura en el exilio sería prolífica sin el oído de la familia peruana, Sin los órganos de difusión como “Siete Culebras”, que prestan atención a los ecos que llegan desde “lejos”.  Sin los lectores peruanos que son los primeros consumidores de la creación de sus compatriotas, en un país donde el libro se ha convertido en un producto de lujo, raro y marginal.

Los que dirigen por turnos este país no dejan de machacarnos con un crecimiento económico sostenido, estos últimos años. Me pregunto ¿por qué la industria el libro no está a la altura del boato de algunos sectores económicos o de sus políticos?

El doctor Gustavo Pérez Ocampo, que fue mi profesor de literatura, en la Ciudad Imperial, alguna vez me dijo, que en la juventud había madera. Madera para pulir, madera para tallar. Pero, desgraciadamente por falta de atención, muchos de ellos se convirtieron en leña que se fueron consumiendo en la pira del olvido. Algunos se salvaron gracias a la perseverancia y al exilio.

Vivo hace treinta años fuera de los linderos de mi país. Cada vez que retorno descubro nuevos valores en la creación literaria, sobre todo en provincias. Cuyas obras son editadas a costa de grandes sacrificios. Leí versos brillantes de un poeta llamado Juan Mescco, del Cusco, a quién no lo conozco personalmente. Leí dos libros de una poesía excepcional de Hernán Hurtado Trujillo, que en mi último viaje tuve la suerte de conocerlo en la ciudad de Abancay. Mi temor es que estos cultores sean atrapados por la herrumbre del desencanto. Pero más que en el miedo hay que creer en la esperanza, porque la labor de ellos al igual que la de un premio Nobel,  nos devuelve la certitud de que nuestros sueños no sucumbirán en la muerte.

Ginebra, 6 de marzo 2013

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