Don Hilario regresa en Todos Santos. Julio Chalco

Don Hilario regresa en Todos Santos

Una mañana de noviembre papá me llevó a la vieja estación del tren de Sicuani donde la gente agolpada y con las miradas clavadas en la entrada había alfombrado de mantas negras el piso de cemento. Todas las mantas llevaban sobre sí cantidades simétricas de frutas, granos multiformes, platos tradicionales y panes de formas exquisitas.

– ¿Qué es lo que hacen papá? – le pregunté algo intrigado.

– Esperan a sus muertos – me susurró ceremonioso mientras yo veía fascinado aquel espectáculo de colores y olores. La gente, que en su mayoría eran campesinos, reconoció a papá y le ofrecieron bocanadas de aguardiente que él recibía ceremonioso, mientras que a mí me llenaban de frutas, panes en forma de monedas y trozos de bizcochuelos.

– Si no les aceptas, se ofenden – me explicaba él, algo nervioso, cuando notó mi mirada inquisidora por la exagerada cantidad de alcohol que estaba bebiendo.

Fue aquella lejana vez donde papá me enseñó la importancia de esta celebración para la gente de mi región y que tiene mucho que ver con dos fiestas populares, de origen católico, que conforman una rara alquimia sincrética, mágico-religiosa en la zona andina del Perú: el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos que se realizan el 1 y 2 de noviembre respectivamente.

El Día de Todos los Santos se instituyó y extendió a toda la iglesia católica, en honor a todos los santos conocidos y desconocidos, gracias al papa Urbano IV (siglo IX), para que los católicos compensasen alguna falta a las fiestas ya institucionalizadas durante el año. Pero en realidad esta fiesta es un poco más añeja, ya que su consagración data del siglo VIII, cuando el papa Gregorio III hace construir una capilla en honor a Todos los Santos e institucionaliza su aniversario para el 1 de noviembre. Pero ¿por qué elegir ese día?  Se me ocurre pensar que fue para contrarrestar la festividad de Halloween (Día de las Brujas) que se celebra un día antes: 31 de octubre, aunque no tengo datos que corroboren esto, y además parece ser que esta última es posterior a la celebración católica. Por otra parte (y esto suena mucho más creíble) también puede estar relacionado con el ritual pagano de Samhain, el Día Céltico del Banquete de los Muertos que aún se realiza en Europa.

Llegados a América, los españoles se encontraron con que los aztecas, mayas y otros grupos ya celebraban a sus muertos desde aproximadamente 3000 años antes de su llegada. El Día de los Muertos, especialmente en los aztecas, estaba programado al inicio del noveno mes del calendario azteca, es decir a inicios de agosto y estaba presidido por el dios Mictecacihuatl (La Dama de la Muerte o La Catrina). Naturalmente los españoles se sintieron horrorizados por semejante celebración, que duraba todo un mes, y movieron las fechas de la celebración para hacerla coincidir con la celebración cristiana del Día de los Fieles Difuntos. Ahora dicha fiesta es la más grande que se celebra en México.

En el caso peruano existe un curioso antecedente narrado por Felipe Guamán Poma de Ayala (1615) en una de sus crónicas que dice lo siguiente: “Aya quiere decir difunto, es la fiesta de los difuntos (ayar macay quilla, “mes de los difuntos” en el antiguo Perú), en este mes sacan los difuntos de sus bóvedas que llaman pucullo, y le dan de comer y beber, y le visten de sus vestidos ricos, y le ponen plumas en la cabeza, y cantan y danzan con ellos, y le ponen unas andas y andan con ellas en casa en casa y por las calles y por la plaza, y después tornan a meterlos en sus pucullos dándole sus comidas y vajilla, al principal de plata y de oro, y al pobre de barro; y le dan sus carneros y ropa y los entierran con ellas y gastan en esta fiesta muy mucho.” Esto demostraría, desde el punto de vista histórico, que dicha celebración no estaba ajena a nuestros antepasados. Seguramente, al igual que con los centroamericanos, los españoles también se sintieron espantados con semejante ritual e igualmente acomodaron las fechas y la forma de ritualizar el evento.

Hoy en día ya no paseamos por las calles a nuestros muertos momificados, ni los depositamos en pucullos, ni gastamos en la ropa que deberían utilizar estos. La fiesta es mucho más compleja de lo que muchos imaginan y más mágica de lo que yo mismo pensaba.

En  la época en que papá estaba con nosotros la fiesta de Todos los Santos y los Fieles Difuntos significaba, en nuestro caso, ver la festividad desde la otra orilla, desde el lado de los “sin muertos”. Es decir cumplíamos solo algunas fases del ritual, menos la de recibir al muerto en la estación y tender su mesada en el cementerio. Todo cambió el día en que el muy pillo de papá decidiera dejarnos y cargarnos con semejante responsabilidad: la de amasarle sus panes, recibirlo con honores en la estación  y tenderle su mesada en el cementerio como dios manda.

Y es que algunas semanas antes de la llagada de nuestros muertos necesitamos agenciamos de los mejores granos de trigo para preparar el pan y las chutas, y de maíz para los maicillos. El día fijado para la preparación las colas son interminables en los hornos de leña que hay en nuestra ciudad. En esta etapa cada miembro de la familia amasa el pan sobre una descomunal mesa y amolda panes, wawas, caballitos, cuculis y más panes. Cuando el pan está en pleno horneo, los más jóvenes, nos dedicamos a batir los huevos con mandioca para los bizcochuelos, mientras mamá y alguna tía, que nunca falta, amasan la harina de maíz para los maicillos. La actividad termina normalmente de madrugada y tenemos que abandonar el horno, impregnados de un fuerte aroma a pan y cargados de canastas de carrizo que pesan una barbaridad. Días antes del primer día de noviembre, mamá se dirige al Mercado Central y regresa en un triciclo cargada de granos de maíz, habas, trigo y cebada; semillas de papá, año, oqa y olluco. Todo ello servirá para la mesada de don Hilario.

Recuerdo que el primer día de noviembre, cuando papá ya no estaba,  preparamos una comida especial y nos agenciamos de algunos panes, bizcochuelos, frutas y semillas, y nos dirigimos a la estación  de Sicuani para esperar a papá, que llegaba en el tren del medio día, y llevarlo a casa para celebrar su llegada en la noche (supe de esto la lejana vez en que papá me llevó a la estación). Cuando llegamos solo hallamos a un par de familias de campesinos nostálgicos que, al igual que nosotros, venían a recibir sus difuntos. Fue hasta aquella remota mañana donde caímos en la cuenta de que el tren del medio día ya no paraba en nuestra ciudad y que la vieja estación había cerrado hacía mucho tiempo; quizá por culpa de la modernidad. El tren del medio día pasó  sin posibilidad de parar y en su interior solo pudimos ver algunos rostros emblanquecidos y fantasmales, que nos miraban curiosos mientras nos disparaban con su odioso flash. Ninguno era papá.

Algo derrotados, regresamos a casa y velamos el recuerdo de papá durante esa noche. Al día siguiente (2 de noviembre), renovados nuevamente nos dirigimos al cementerio de San Felipe. Allí al pie de su lápida, que usamos como mesa improvisada, tendimos una descomunal manta negra, como la costumbre lo ordenaba, y acomodamos simétricamente puñados de granos, semillas, frutas y panes. Todas estas cosas las distribuimos en un orden significativo: Las wawas, caballitos  y  cuculis los colocamos en la cabecera junto a las cebollas en flor y las coronas. Seguidamente, casi al medio de la mesada, colocamos las frutas y los dulces que le gustaban a papá. Finalmente, casi al pie, situamos en puñados las semillas y granos.

El día dos de noviembre todos los “con muertos” celebramos en el cementerio junto al difunto hasta al atardecer, entre música, cerveza, chicha, aguardiente y abundante comida. Durante el ritual dedicado a papá toda la gente que lo quiso se acercaba y soltaba alguno que otro rezo. Nosotros agradecíamos el gesto con vasos de cerveza, aguardiente y platos de comida. En esta ocasión nunca faltan los “rezadores profesionales”, con pinta de ekekos, que pululan por el cementerio. Muchas familias se disputan, incluso con violencia, los favores de dichos personajes que rezan sus oraciones entre mascullos, gritillos y chorros de agua bendita, y cargan con casi todo lo que hay en las mesadas.

Fue hasta la muerte de papá que entendí el verdadero significado de las mesadas y la importancia que estas suponen para el difunto. Mamá me lo contó y nunca más lo he olvidado.

No entiendo para qué colocar tanta tontería sobre la tumba de papá, si él no disfrutará de todo eso, le dije con cierto fastidio a mamá. Aún no entiendes el significado, contestaba con mucha calma, mientras me invitaba a sentarnos al costado de la tumba de papá. Si llegas de un largo viaje ¿cómo te gustaría que te recibiéramos?, preguntó mirándome fijamente a los ojos. Me gustaría que se alegrasen, contesté apresurado. Seguramente pedirías que cocine tu plato favorito ¿No es así?, contraatacó mamá, inundándose en una risa pícara. Sí, respondí con severidad, pero ¿qué tiene que ver eso con papá? Él ya está muerto, dije. Eso no significa que no pueda visitarnos, respondía sin inmutarse. Ahora llega de visita, como los demás difuntos. Entonces hay que preparar su llegada, pero mucho más importante es su ida. He allí la verdadera razón de esta mesada. No entiendo la última parte, dije sin estar convencido. Don Hilario nos acompaña hoy, pero tiene que irse al atardecer, antes de que anochezca, explicaba. Se irá nuevamente por un año y para eso debe provisionarse de comida y tomará la que está en la mesada. Pero como no puede llevar tanto en sus espaldas, tú le hiciste un caballito fuerte que trasladará lo que no pueda cargar. Pero no puede irse solo, alguien tiene que acompañarle en su camino. Nosotros no podemos hacerlo, porque no pertenecemos al mundo de los muertos, pero las wawas sí lo pueden hacer por nosotros. Las cuculis, que con tanto afán amasaron aquella noche, cantarán durante su camino ¿Aún sigues creyendo que no tiene sentido?, concluyó.

No supe qué contestar a mamá. Estaba tan avergonzado por lo que había dicho, que solo se me ocurrió acercarme más a la tumba de papá y devolverle el libro de “Songoku”, que guardaba en la mochila, para que lo pueda leer por mí durante su regreso a ese mundo.

Desde esa vez hemos intentado repetir esta bella tradición que la gente de mi pueblo aún conserva. Muchos creen que el verdadero enemigo de este ritual mágico-religioso es la modernidad. No estoy de acuerdo. No creo que lo uno con lo otro se contrapongan. Así las lápidas sean cápsulas espaciales y ya no hayan cementerios distritales o la comida sea comprimida; nuestros muertos seguirán visitándonos para provisionarse de nuestro recuerdo. El olvido y no la modernidad, es su más grande enemigo.

 

Cusco, agosto de 2011

Bibliografía

Guamán Poma de Ayala, F. (2007 [1610-1615]). Nueva crónica y buen gobierno. Lima: Fondo de Cultura Económica.

Ramos, L. (1998). Culturas clásicas prehispánicas: Las raíces de la América indígena. Madrid: Anaya.

1 comentario

  1. es muy parecido la celebracion de dia de muertos,aqui en MEXICO,en la region de VERACRUZ en la parte donde YO radico, se preparan,tamales XOLE,un atole de cacao,masa y panela,clavo canelaarroz, mole unos tamles de frijol con sus recaudos que se llaman chilahuates,el dia primero se vela toda la noche en el panteon cantos,de albanzas y musica que al deudo le gustaba,flores de zempazuchil,o flor de muerto, mano de leon, copal, aguardiente,calabaza en tcha y calaveritas de azucar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s