SAQRA TUSUY DE LAMBRAMA. Testimonio de Leo Casas Ballón

SAQRA TÚSUY DE LAMBRAMA

                                      (Testimonio de Leo Casas Ballón)

Mi primer encuentro con esta danza

Mayo de 1955. Los últimos rayos del sol iluminan las cumbres de los cerros que circundan Lambrama, pueblo indio de Abancay en Apurímac. Las nubes blancas del cielo semejan ahora un incendio en el horizonte. Repique de campanas al viento. Estelas de humo en el firmamento marcan el rumbo de cohetes cuyo estallido alborota a las aves silvestres y los perros. Marcha tocada por banda de músicos con instrumentos de metal acompàña una comitiva de autoridades y vecinos “notables”, vestidos de terno y talante acartonado.

Le sigue un grupo de hombres montados en briosos caballos ricamente enjaezados con riendas, montura, tapa pellón y baticola enchapados de plata. Los jinetes llevan capas, estandartes y anjalmas de toro de lidia con distintivos del “capitán de plaza”.

Banda típica compuesta de waka waqras, pitos, flautas traversas, bombos y tambores encabeza una buliciosa caravana que baila al compás de bellos waka takis.

Tras ellos, una comparsa de hombres y mujeres ataviados con ponchos, lliklas y polleras multicolores. Entre ellos va un cóndor, majestuoso rey de las alturas, ser mítico que encarna el espíritu de los Apus. De cada extremo de sus enormes alas extendidas lo sujeta un comunero con expresión solemne. El plumaje blanco de su dorso recuerda su imponente y señorial vuelo vigilando la salud, armonía y alegría de la gente, la multiplicación de los rebaños y la abundante cosecha de la sementera.

Se escucha el bordón del arpa, que contrasta con el agudo sonido del violín y el tinteneo acompasado de las grandes “tijeras” de metal. La música es una alegre melodía. La multitud, eufórica, abre paso a dos parejas de danzantes ataviados con trajes que comienzan con una gran montera adornada con cintas de colores, entre las que reverbera un espejo. Sobre el hombro llevan un “ponchillo” de tela bordada que cubre un chaleco, el pantalón o wara tiene flecos en el muslo y sobre la rodilla, abriéndose sobre la pantorrilla como faldellines. Cada uno lleva su apelativo bordado en el chumpi o faja que sujeta su pantalón. Uno se llama Pachak Chaki. Otro danzaq, llamado Atuqcha, lleva una cola larga y frondosa. Añascha y Qinticha son otros dos apelativos.

Las dos parejas de danzantes, cada una con su repectivo arpista y violinista, avanzan entre el gentío, tejiendo filigranas con sus pies, matizadas de saltos y vueltas acrobáticas, que los circunstantes premian con aclamaciones y aplausos entusiastas.

La plaza de Lambrama está repleta de una muchedumbre que disfruta la celebración.

La banda típica toca waka takis que una multitud de indígenas entona y baila con euforia indescriptible.

La banda traida por los mistis toca pasodobles que unos cuantos señorones bailan con afectada solemnidad y distinción.

Los saqra túsuq,  en medio de un gran círculo humano, ahora compiten realizando alternadamente una serie de pasos vistosos y complicados, que terminan en piruetas cada vez de mayor dificultad, siendo estimulados por el entusiasta público aglomerado a su rededor. Don Serafín, compadre de mi mamá, que en su juventud había sido danzaq, me iba explicando los diferentes “pasos” o mudanzas: pasacalle, apachikuy, lazo simpay, etc.

Las campanas de la iglesia echan al viento sus repiques. Una salva de camaretazos precede a los  fuegos artifiales, que comienzan con un “runa toro” que escupe fuego por los cachos sobre el gentío. Vuelan al cielo las “palomitas”, que terminan con el estallido de luces de colores en lo alto del espacio. Un gran “barco” de papel cometa, con el rostro de Miguel Grau y un letrero que dice “HUÁSCAR” vomita fogonazos, logrando incendiar y hacer estallar un “avión chileno”. Luego, un “castillo” inunda de luces, zumbidos y estallidos la noche. Se apagan los chorros de fuego, callan los zumbidos y cohetes, dejan de girar las ruedas silbadoras y, en medio de una “catarata” de chispas, aparece la imagen del cáliz dorado con una hostia iluminada emergiendo de su interior como sol respladeciente…Es el Corpus Christie (“Cuerpo místico de Cristo”), patrono religioso de Lambrama, en cuya solemne celebración confluyen manifestaciones de los diferentes sectores sociales de su población, cada cual revestidas de sus concepciones, creencias y prácticas, simbolizadas en la música, el canto, las danzas, el vestuario y los rituales.

La banda de metales toca una “Diana” en son de saludo a la imagen religiosa que preside esta festividad. Las autoridades y vecinos abrazan y felicitan al vecino notable que había donado el “castillo” y la banda, que toca una marinera para que bailen el mayordomo, sus compadres y allegados. Luego, las waka waqras y otros instrumentos que forman la banda típica, entonan una melodía a la que se suman cientos de voces femeninas y masculinas que, exultantes, cantan hermosos waka takis en quechua. La multitud de indios, cholos y mestizos se unimisma en un mar humano que goza bailando.

Cesa el gran bullicio de bandas y voces. Se hace un gran silencio, de cuya hondura  brota en el arpa y el violín la “Agonía” -música funeral de aire melancólico- como el anuncio de algo muy especial, misterioso, emotivo y de gran suspenso…

Todos dirigen la mirada hacia una gruesa soga tendida desde la torre de la iglesia hasta el gran palo de eucalipto plantado en medio de la plaza… ¡Uno de los danzantes venía bailando sobre la soga, tocando sus tijeras, haciendo figuras acrobáticas! En un momento, el silencio sepulcral es roto por el unísono alarido emitido por la multitud…¡Un pie del danzante resbala…pisa el vacío…y cae! En una reacción felina… ¡Atuqcha tira las tijeras y, con ambas manos se coge de la soga y queda colgado…! Luego, balanceándoce como un mono, impulsa su cuerpo hacia arriba varias veces… hasta dar vueltas sobre la soga logrando, a la tercera vuelta, sostenerse con manos y pies. Finalmente, consigue pararse, para seguir dando pasos de baile sobre la soga.  Al final, baja ágilmente por el mástil en medio de la plaza. La multitud lo premia con aplausos y aclamaciones. Un grupo de jóvenes de su ayllu Atankama lo lleva triunfalmente cargado en hombros, seguido por los allegados del mayordomo cuya devoción había donado aquella pareja de danzantes al santo patrón.

El Saqra túsuy, según el compadre Serafín y doña Balbina

El compadre Serafín, tranquilo y con cariño, me habló así:

–     Calladito estás, como asustado. Los dánzaq hacen muchas cosas admirables sobre la soga: caminan, bailan; algunos se van quitando la ropa desde la montera hasta el pantalón; otros llevan el arpa … ¡y la tocan en medio de su caminar allá arriba!

–      Los danzantes saben hacer magia también: comen huevos enteros y sacan largas cintas de colores de su boca…Para mí, lo más lindo es cuando hacen volar un picaflor al abrir su boca, -dijo doña Balbina.

–     Esos son trucos fáciles -dijo don Serafín. Lo que es difícil es comer sapos y culebras, levantar pesadas barretas con los dientes y tirarlas para atrás por sobre su cabeza y lograr clavarlas en el piso…

–     Yo no tengo valor para mirar cuando el dánzaq se echa sobre vidrios rotos, tachuelas o pencas con filudas espinas, ni cuando se mete en la garganta cuchillos grandes…menos cuando se pasa una pita por la lengua para colgar un violín… ¡peor cuando se sujeta un arpa con un alambre atravesado en su garganta para hacerla “volar” dando vueltas por los aires!, dijo doña Balbina.

–     ¿Por eso le dicen Saqra túsuy, o Supay wasi túsuy a esta danza? -me atreví.

–     Esta danza es una ofrenda a la Pacha Mama por darnos vida, salud y alegría  -dijo con claridad y firmeza don Serafín, y siguió hablando: El danzaq es el mensajero de la gente hacia los Apus y de ellos hacia nosotros, sus hijos del ayllu. Por eso, los Apus y Wamanis nos dan esa gran fuerza para vencer el miedo, superar el dolor y hacer cosas que la gente común no puede. Ni la  sangre sale de nuestras heridas, porque quienes bailan son los Apus, no nosotros -dijo don Serafín, el awki de los dánzaq de Lambrama..

–     El señor cura es quien dice que los danzaq son brujos, que hacen contrato con el diablo para hacer lo que otros no pueden, para no sentir dolor. En pago, dice que el danzaq entregará su alma al demonio, para que se lo lleve al infierno  -dijo la comadre Balbina.

–     Los arpistas y violinistas van a las paqchas para que la sirena les enseñe nuevas tonadas de danza -dijo don Serafín.

–     El señor cura dice que eso también es pecado, porque los dánzaq y sus músicos van a la paqcha a renovar su contrato con el demonio, aprovechando que nuestro Señor Jesucristo está muerto, y no les ve para castigarlos -dijo la comadre Balbina.

–     ¿Y por qué van en Viernes Santo?

–     Porque en ese día todo está en silencio…y se escucha mejor el canto de la sirena y de los pajaritos, lo que silba el viento en las rocas y entre la hojas de los árboles… ¡Hasta nuestro corazón se oye como bordón de arpa!, dijo don Serafín

–     ¿El señor cura sabe o no sabe cuándo vendrá el diablo a llevarse el alma de los dánzaq al infierno? -pregunté.

–     El dánzaq no es zonzo -dijo doña Balbina, riéndose con malicia. Ha engañado al demonio diciendo que le entregará su alma cuando el diablo termine de contar el costal lleno de kiwicha. Como esa semilla tiene granos chiquititos…¡el diablo se equivoca a cada rato y tiene que contar de nuevo!

–     Otra apuesta es que el demonio venga cuando termine de contar los pelos del zorro, -aumentó don Serafín. Pero, como el zorro se mueve a cada rato para rascarse cuando le pican las pulgas… ¡el diablo se equivoca una y otra vez … y nunca terminará de contar! (Los tres nos reímos con ganas: ja-ja-jay).

–     Algún día morirá el dánzaq. Entonces, vendrá el demonio para llevarse su alma al infierno… -dije yo.

–     El danzaq, igual que todos los indios, vuelve a entrar en el vientre de la Pacha Mama. De ahí va a regresar un día en forma de gente, puquio, paqcha, árbol, picaflor, cóndor, puma, añas… -dijo sin dudar doña Balbina.

–      ¿Y su alma? -insistí.

–     Su alma estará dentro de los Apus. De ahí vendrá siempre a visitarnos…

–     Me acuerdo bien claro lo que decía el canto de “La agonía”: “Cuando yo  muera/ el violín que toco será mi cruz/ el trago que tomo será mi agua bendita/ la caja de mi arpa será mi ataud/ el cigarro que fumo será mi incienso//” –¿Por qué cantan así, triste, si su alma no irá al infierno?

–     Seguro que nuestros abuelos han hecho ese canto para darle gusto al señor cura, que siempre nos está asustando con el infierno…-dijo el compadre.

–     Para nosotros, el Inti es el señor Jesucristo, la Pacha Mama es la Virgen María, los Apus son los santos. Estamos bien con ellos. Para nosotros infierno y cielo están aquí nomás: cielo es cuando estamos contentos, cantando, bailando; infierno es cuando estamos enfermos, tristes, sufriendo -habló doña Balbina.

Una mirada al entorno sociocultural

Abancay, capital de la región Apurímac y de la provincia homónima, siempre se ha considerado una ciudad criolla, “la pequeña Lima” para sus pobladores. Los abanquinos se ufanaban de su estirpe española.

El baile más socorrido de Abancay era el pasodoble, las serenatas eran al estilo de la “tuna” de Madrid y, en el “colegio de señoritas” (secundaria estatal de mujeres), se enseñaba la “jota” aragonesa. En las fiestas familiares, luego del pasodoble se bailaba tango y bolero. Los valses marcaban lo “nacional”. Los jóvenes escandalizaban a las señoronas con los “meneítos” de la guaracha y el mambo. El así llamado “waynito” notificaba a los invitados el fin de fiesta.

La picardía chispeante de las canciones, el ritmo vibrante de la música de guitarras,  mandolinas, quenas y tinyas, el colorido de polleras multicolores y los blancos fustanes al vuelo mostrando apetitosos muslos en el frenesí del baile, era privativo del carnaval mestizo, de cholos y cholas “indecentes”, donde algunos hijitos de familias de rancia alcurnia se infiltraban cubiertos con ponchos, bufandas y sombreros, para conservar la anonimidad y evitar la crítica feroz y la maledicencia.  Una “niñita de su casa” no podía soñar siquiera entroparse con aquella chusma.

Lambrama en los años cincuenta

Lambrama es capital de distrito y comunidad madre de ocho ayllus indígenas en la provincia Abancay, región Apurímac. Su nombre le viene del lambras, árbol nativo que abunda en sus muchas quebradas bañadas por ríos y riachuelos de aguas cristalinas que bajan de los nevados. Su blanca y suave madera sirve para fabricar múltiples utensilios, instrumentos de cuerda y muebles domésticos de todo tipo.

La mayoría de la población era indígena, seguida por los cholos y mestizos en pequeña proporción. Para designar a los mistis sobraban los dedos de la mano. Los cholos constituían el primer escalón sobre los indios, de quienes se diferenciaban muy poco por factores sociales y económicos, no así en lo cultural y lingüístico, que era claramente andino-indígena-quechua. Los mestizos eran los cholos blanqueados por su apego a los mistis, desempeñando el rol de puente entre indios y mistis en los aspectos social, económico y político.

Los muy pocos mistis eran las contadas familias propietarias de fundos de unas 300 Hás., de las cuales unas 100 Hás. eran tierras planas en valle cálido, dotadas de regadío, sembradas de alfalfa para sustento de un regular hato de ganado vacuno mejorado que producía leche y derivados lácteos. Los señores podían educar a sus hijos en el colegio secundario de Abancay y a sus hijas en el internado del colegio de señoritas o alojadas donde algún familiar. La educación superior era privilegio de muy pocos que pudieran enviarlos al Cusco y, excepcionalmente, a Lima.

No había latifundios ni gamonales abusivos. Entre las pequeñas haciendas y ayllus colindantes nunca hubo conflicto. Los comuneros sembraban maíz en parcelas de usufructo familiar, ubicadas en zonas templadas y cultivaban tubérculos en tierras comunales de altura llamadas laymi.

En el ámbito de todo el distrito, solo existía una escuela primaria de varones y otra de mujeres, ambas en Lambrama. Solo niños y adolescentes de dos de los ocho ayllus podían estudiar primaria completa allí. De los ayllus un poco más distantes, apenas acudían a la escuela algunos hijos de comuneros con un familiar o compadre en Lambrama. La educación secundaria estaba reservada a muy pocos hijos de mestizos que podían sufragar costos de habitación y alimentación en Abancay, donde no existían fuentes de empleo ni secundaria nocturna para poder trabajar y estudiar.

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