EXTIRPACIÓN DE IDOLATRÍAS, EXTRACTIVISMO DESENFRENADO, SHAMANISMO AMAZÓNICO Y LA UTOPÍA SOCIAL INDÍGENA DEL SIGLO XXI. Róger Rumrrill

EXTIRPACIÓN DE IDOLATRÍAS, EXTRACTIVISMO
DESENFRENADO, SHAMANISMO AMAZÓNICO Y
LA UTOPÍA SOCIAL INDÍGENA DEL SIGLO XXI (Ensayo de Róger Rumrrill publicado en el libro “SELVA VIDA”, octubre 2013)

(En memoria de Marlene Dobkin de Ríos)

Por Róger Rumrrill

Espacio de utopías a lo largo de los siglos, epicentro de la disputa del Hevea brasilensis o caucho, el oro negro de la Primera Revolución Industrial, la Amazonía del siglo XXI es hoy geopolíticamente más estratégica que jamás en su historia: tiene entre el 15 al 20 % del agua dulce del planeta Tierra, el recurso insustituible y ahora escaso de la vida; el mayor banco genético del mundo y los minerales que la economía —militar e industrial— requiere como las tablas de salvación de la crisis global.

Por estas y otras razones, las multinacionales que gobiernan el mundo están desembarcando en la Amazonía, como las expediciones colonizadoras de Occidente de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, esta vez con toda su parafernalia científica, económica y política oleadas y sacramentadas por el FMI, el BM, el BID y sus agentes y operadores nacionales para consolidar un nuevo proceso de recolonización de América Latina.
Este proceso de recolonización no se detiene ante nada y puede utilizar las herramientas y mecanismos sofisticados, pero también los procedimientos, formas y estilos destructivos y devastadores del extractivismo más desenfrenado en el mismo corazón de la Madre Naturaleza y la extirpación de idolatrías o la matanza de los shamanes que conservan el culto de la Madre Naturaleza a través del animismo y el panteísmo. Los shamanes amazónicos de hoy son, para la economía extractivista, como los sacerdotes andinos del culto a la Pachamama en el Imperio Incaico, enemigos de la modernidad porque creen y sienten que la naturaleza, su madre, es sagrada y hay que respetarla y coexistir con ella en armonía.

EL EXTRACTIVISMO Y LA EXTIRPACIÓN DE
IDOLATRÍAS

Existen registros históricos de sangrientos crímenes y masacres contra curanderos o shamanes en la Amazonía en el siglo XX. Pero los sucesos ocurridos entre los años 2010 y 2011 en Balsapuerto, Loreto, tienen características particulares comparadas con las tragedias anteriores: por el número de víctimas, la incapacidad o indiferencia del Estado para investigar y castigar a los presuntos autores intelectuales y ejecutores de los crímenes, por los argumentos capciosos que se esgrimen para justificar las muertes y porque todo esto ocurre en un período en que cualquier argumento y justificación es válido para saquear el bosque tropical, contaminar los ríos y lagos con relaves petroleros, gasíferos y mercurio y despojar a los pueblos indígenas de sus tierras y territorios.

Veamos uno de los casos más recientes. En los años 2010 y 2011 una sangrienta cacería de curanderos se desató en el remoto distrito de Balsapuerto, en la Región Loreto, en la Amazonía Peruana. Se calcula que fueron asesinados 14 curanderos, médicos vegetalistas o shamanes como se les conoce en la jerga académica.
Pese al tiempo transcurrido, al escándalo mediático, a las denuncias formuladas en la vía judicial por los parientes de las víctimas, hasta ahora nadie ha sido condenado por estas muertes, aunque existen testimonios que apuntan a los posibles autores intelectuales y ejecutores de estos crímenes. Aprovechando este clima de impunidad, la hostilidad y las amenazas contra los shamanes se han radicalizado. Porque incluso agricultores y ribereños organizados en las llamadas «rondas campesinas» han puesto en marcha un plan para «erradicar curanderos y brujos».

Siguiendo las huellas de estos crímenes, hemos llegado a Yurimaguas, la ciudad amazónica más cercana al escenario de la tragedia. Allí recogimos el testimonio de Segundo Pizango Inuma, el Presidente de la Federación de las Comunidades Nativas Chayawitas (FECONACHA) que agrupa a las comunidades de la familia etnolingüística Cahuapana integrada por los Chayahuita, Shayabit, Jebero, Balsapuertino, Shiwila y Shawi. Los curanderos asesinados en su mayoría son Shawi.

«Detrás de la muerte de los curanderos hay varias causas: intereses económicos, celos, la gente culpa de la muerte de las personas a la brujería. Las autoridades no quieren a los curanderos porque éstos tienen poder, sus recetas de plantas reemplazan a los medicamentos de las farmacias», reflexiona Pizango Inuma.

Hay un mar de fondo en la muerte de los curanderos Shawi que hace recordar la extirpación de idolatrías de la época colonial cuando en nombre de la hispanización y la evangelización y bajo la acusación de idólatras fueron asesinados miles de sacerdotes y destruida la parafernalia del culto a la naturaleza.

El shamanismo o curanderismo andino-amazónico representa uno de los mayores saberes y conocimientos sobre la naturaleza y el hombre. Todo o casi todo el conocimiento de las plantas que la medicina occidental aprovecha se origina en la etnobotánica andino-amazónica.

En la lógica del extractivismo, del neoliberalismo a ultranza, de la modernidad del «perro del hortelano», del materialismo capitalista, de la uniformización cultural planetaria, las cosmovisiones andino-amazónicas sobre la naturaleza, de las cuales los curanderos o shamanes son los intérpretes, representan idolatrías que hay que extirpar y borrar.

Las plantas y la naturaleza tienen un poder que desafía la perversa racionalidad del poder. Por eso este poder quiere extirpar a las plantas y a los que conocen y usan sus poderes. El asesinato de los curanderos o shamanes Shawi de Balsapuerto es una forma de extirpación de idolatrías en el siglo XXI.

En las civilizaciones antiguas y todavía hoy en las sociedades y culturas indígenas, el consumo de alucinógenos es aún ritual y está sacralizada. Pero las plantas alucinogénicas, las madres de las plantas en la cultura amazónica, se han industrializado, mercantilizado y desacralizado para convertirse en un producto más de las sociedades insaciablemente consumistas del siglo XXI.
Al respecto, el escritor mexicano Javier Silicia escribe: «Lo que molesta a la sociedad industrial, que ha hecho de la droga al igual que con todos los ámbitos de la vida humana, una industria más, no es su poder sino que ese poder, que ya no tiene relación con lo sagrado y que en la ilegalidad produce grandes rendimientos económicos, desvía al hombre de sus actividades productivas. Para el espíritu industrial, que ha hecho de la producción y del consumo sin límites el ámbito de lo religioso no importa lo embrutecedor y analgésico que esto pueda ser, la idea de la droga como apertura a la dimensión espiritual es repugnante porque, en un mundo sin sustancia espiritual, saca al hombre del ámbito en que se ha sacralizado y, al sustraerlo de él, lo embrutece».

El poeta Nathaniel Hawtthorne escribió la historia de una joven que se enamoró de un ministro de Dios. Como castigo de su adulterio escribieron en su pecho la letra «A», la letra inicial de la palabra adulterio. Con su característico humor y agudeza, el cineasta Woody Allen dice que en el siglo XXI todo el mundo anda con una letra «A» en el pecho. Pero esta vez la letra «A» significa ansiedad. El ser humano del siglo XXI quiere ahuyentar la ansiedad y el temor y por eso come en abundancia (el 66 % de los niños en Estados Unidos padecen de obesidad y la palabra globesidad se está poniendo de moda), toma a raudales alcohol, fuma tabaco y consume otras drogas.

PUEBLOS INDÍGENAS, SHAMANISMO Y NATURALEZA

La cuenca amazónica sudamericana es un subcontinente de 7 millones de kilómetros cuadrados que contiene el 20 % del agua dulce no contaminada del planeta Tierra, megadiversidad, petróleo, gas y otras riquezas. Pero sobre todo conocimientos indígenas. El valor de la Amazonía en el siglo XXI, con un planeta amenazado por el calentamiento climático, es vital. De su conservación e integridad depende, en gran medida, el equilibrio ecológico del mundo.
Los pueblos indígenas que habitan en este universo de aguas y bosques representan una de las mayores garantías de la integridad, funcionamiento, conservación y conocimiento de la Amazonía.
La investigación científica sobre la demografía amazónica ha calculado que la población indígena precolombina podría haber alcanzado entre 7 a 10 millones de habitantes. La Coordinadora Indígena de la Cuenca Amazónica (COICA) estima que en la actualidad la población indígena, diezmada a lo largo de 500 años de colonización, es de 1 millón, 500 mil habitantes correspondientes a 400 familias etnolingüísticas y distribuidas en 8 países de la cuenca amazónica. La COICA afirma que la población indígena precolombina era de 7 millones y 2000 familias etnolingüísticas.
En la Amazonía Peruana viven aproximadamente 350 mil indígenas correspondientes a 13 familias etnolingüísticas. Las familias más numerosas son Arawak, con 60 mil habitantes; Jíbaro-Jíbaro, con un poco más de 60 mil habitantes y Pano, cuya población es de aproximadamente 40 mil habitantes.
Los indígenas amazónicos representan auténticos bancos de conocimiento. A lo largo de milenios han interactuado con la naturaleza conociendo los secretos de su funcionamiento. Su conocimiento del bosque es insuperable, así como su saber y experiencia sobre los ecosistemas fluviales. Las ciencias sociales apenas han descorrido este velo del saber, el pensamiento y las praxis indígenas. Lo que conocemos —a través de los estudios de Claude Lévi-Strauss, Claude Gesain, Alfred Métraux, Franz Boas y los antropólogos latinoamericanos Darcy Ribeiro, Stefano Varese, Fernando Santos Granero, entre otros—, apenas es el punto de partida de hallazgos que asombrarán al mundo de las ciencias y la vida.
Para la cosmovisión indígena amazónica, animista y panteísta, la naturaleza, la madre naturaleza es sagrada. En cambio, para la cosmovisión occidental, el concepto de naturaleza y realidad son fundamentalmente materiales. Es decir, lo material es la base de lo real.
Para esta cosmovisión occidental, existe un solo mundo y una sola realidad. Mundo único, unificado, regido por leyes físicas y químicas únicas y válidas para todos los ámbitos. Las leyes de la lógica aristotélica y clásica.
Mundos en la categoría de naturaleza, opuestos a los de cultura y sociedad.
Por el contrario, para la cosmovisión indígena y el pensamiento mágico amazónico la realidad tiene aspectos materiales y no materiales, visibles y no visibles, ordinarias y extraordinarias. Para este pensamiento, existe un único cosmos. Pero ese cosmos es una unidad en la diversidad y en la multiplicidad. Es la unidad de lo diverso. Este cosmos está compuesto por diversos mundos ubicados en espacios y planos espaciales diferentes: el mundo del bosque, de los ríos y las cochas. En este mundo naturaleza y cultura son concebidas como partes.
En estos mundos no visibles habitan las esencias primordiales de las cosas: las madres de la naturaleza, los genios de las plantas, los minerales y los animales. En tiempos primordiales, todos eran gente. Pero ese cosmos primordial, individido e indiviso, en un momento de la historia se divide y se fracciona.
El acceso a esta realidad sólo es posible a través del shamanismo y el conocimiento alucinatorio con el ayahuasca.
Esta cosmovisión y este saber alucinatorio explican la existencia de las madres del bosque, del dios forestal «Chullachaqui», así como otros dioses y mitos que pueblan el mundo de la cultura amazónica. Por eso cuando un indígena amazónico corta un árbol o mata un animal, está cortando y matando algo que en tiempos primordiales fue gente. Estas esencias primordiales, animales o vegetales, madres o padres, «cutipan», es decir, transfieren sus cualidades y características físicas a las personas. Como por ejemplo cuando una mujer en estado de gestación está lavando en la orilla del río y ve un delfín rosado. El niño nace albino. O en el caso de una madre encinta que en el bosque se topa con un perezoso. El niño nace con las características de este animal.
La cultura y cosmovisión indígenas han penetrado profundamente la cultura urbana-occidental en la Amazonía. En los pueblos y ciudades de la Amazonía cuando una lechuza canta sobre el techo de una vivienda está anunciando el nacimiento de un niño. Si alguien camina por el bosque y una serpiente se cruza en su camino, le está anunciando peligro y un día sin suerte. Si una mariposa azul y de colores entra a la casa y revolotea, está anunciando una visita imprevista.
El «Chullachaqui» es el dios forestal por antonomasia de la Amazonía.
Habitualmente es representado como un hombrecito oscuro, pequeño y de pies desiguales. Uno de los pies está dirigido hacia atrás y otro hacia delante. Es un gnomo juguetón y bromista convertido en un protector de la naturaleza.
Hace bromas, juega malas pasadas y castiga a los depredadores de la flora y la fauna amazónicas. Cuando observa que un cazador mata con exceso, con crueldad, más de lo que necesita, se transforma en un venado y se aproxima al cazador. Un venado amazónico es la presa más deseada y buscada de un cazador. El venado es sutil e inteligente. Parece conocer todas las tretas del cazador. Apenas el cazador ve al venado entre las matas del bosque, intenta dispararle. Pero el venado se mueve, cambia de posición y nunca se pone a tiro de bala. Poco a poco se aleja y el cazador lo persigue y sin que se de cuenta y advierta, el venado lo ha llevado al corazón de la selva. Allí el venado, mejor dicho el «Chullachaqui», desaparece de la vista del cazador perdido en las profundidades del bosque.
El «Chullachaqui» con frecuencia asume la forma humana. Se cuentan mil historias de cazadores o ribereños que, súbitamente, se encontraron en medio del bosque con el «Chullachaqui» convertido en un primo, un hermano o un padre, invitándoles a seguir otra ruta, a cazar, a buscar frutos, a bañarse en el río, para hacerlos desaparecer para siempre.
Como el «Chullachaqui», el mundo de la Amazonía está poblado por seres mitológicos como la «yacuruna», la diosa de las aguas; la «sachamama», la madre del bosque. La cosmovisión indígena amazónica ha creado infinidad de seres misteriosos y mágicos que habitan en el imaginario del poblador amazónico. La llave maestra para penetrar en este universo mágico y mítico es el ayahuasca, la soga de los muertos, la madre de todas las plantas en el bosque amazónico.

El shamanismo es una de las expresiones más extraordinarias de la cultura indígena amazónica. Los estudiosos, entre ellos Jeremy Narby, autor de La serpiente cósmica, el ADN y los orígenes del saber, se preguntan asombrados cómo los shamanes indígenas llegaron a descubrir la perfecta combinación sinergética entre la liana ayahuasca (Banisteriopsis caapi), que contiene el alcaloide harmina o harmalina y el arbusto chacruna (Psichotria viridis), que produce dimetyl triptamina (DMT) para lograr estados visionarios de conciencia.

En realidad, ayahuasca y chacruna, solo tienen potentes efectos alucinogénicos cuando están juntos. Lo que ocurre es que el DMT sustituye al neurotransmisor serotonina en el cerebro. El DMT no es oralmente activo porque se metaboliza por una enzima del cuerpo conocida como monoamino oxidase (MAO). El estado visionario de conciencia se produce cuando el DMT llega al cerebro ayudado por la harmalina, que inhibe al MAO.

El uso medicinal y ritual de la llamada soga del alma, así como su empleo como sacramento en la iglesia Centro Espíritu Beneficente Uniao do Vegetal (UDV) del Brasil y su mercantilización en el «turismo shamánico» en boga es estudiado por el autor y la antropóloga estadounidense Marlene Dobkin de Ríos, pionera de los estudios del ayahuasca en la Amazonía, en el libro A Hallucinogenic Tea, Laced with Controversy. Ayahuasca in the Amazon and the United States publicado por la editorial Greenwood Publishing Group de Estados Unidos y que abre el debate sobre el poder de las plantas y el poder y la globalización de una de las especies psicotrópicas cuyo uso, dicen los expertos, puede revolucionar el tratamiento de las enfermedades de la mente en el siglo XXI.

Porque a diferencia de las sociedades occidentales donde el uso de las plantas y sus derivados tiene, casi siempre, fines hedonistas, en las sociedades indígenas se ingiere el alucinógeno con propósitos rituales y medicinales. Es previsible, en consecuencia, cuando se agote el ciclo hedonista de la cocaína, la marihuana y la heroína, la coca, el cannabis y la amapola previsiblemente volverán a sus empleos primordiales como fue al principio de los tiempos en las culturas y civilizaciones del pasado, rituales, medicinales y terapéuticos para la salud de la mente y el cuerpo.

EL SHAMÁN QUE MIRABA AL INTERIOR DE LOS SERES HUMANOS

Manuel Córdova Ríos (1887-1978) ha sido quizás el más grande y famoso shamán mestizo que ha vivido en la Amazonía. Había nacido en Iquitos y de niño, mientras ayudaba a sus parientes en la extracción de caucho, fue raptado por los indios Amahuaca. El cacique Amahuaca, Chumo, pretendía hacer de él un jefe poderoso porque siendo Córdova Ríos mestizo tenía los conocimientos y poseía el secreto de las armas que mestizos y blancos utilizaban contra los indios.
Chumo y con él los shamanes Amahuaca le transmitieron sus conocimientos a Ino Moxo (Pantera Negra) como lo bautizaron a Manuel Córdova Ríos. Sobre todo los secretos del ayahuasca. Ino Moxo llegó a ser el gran jefe de los Amahuaca y un poderoso shamán que tomó ayahuasca más de 500 veces. Pero en la cumbre de su poder, Ino Moxo decidió retornar a su mundo mestizo y urbano. Huyó y llegó a Iquitos, su ciudad natal, luego de vivir una y mil peripecias.
En Iquitos, gracias a sus extraordinarios conocimientos sobre el bosque, las plantas medicinales y en particular el ayahuasca, Manuel Córdova Ríos fue contratado como matero (guía del bosque) por la empresa estadounidense Astoria Manufacturing Company, asentada en Iquitos desde 1918 y dedicada a la exportación de especies forestales y de maderas finas a Estados Unidos, sobre todo caoba (Swetenia macrophyla) y cedro (Cedrela odorata). Además, ganó fama como uno de los shamanes más poderosos en Iquitos en la década del 60 al 70 del siglo XX.
En su tiempo, Córdova Ríos era uno de los pocos shamanes mestizos en Iquitos. A principios del siglo XX, el shamanismo o curanderismo era practicado sobre todo por indígenas, de modo casi secreto y clandestino en la zona rural, en los pequeños pueblos ribereños. Cuando algún curandero indígena practicaba el shamanismo en la ciudad, lo hacía en la periferia, en las zonas marginales, donde habitualmente vivían y viven los pobres. Los indígenas eran y siguen siendo los más pobres entre los pobres.
Después de los cincuentas del siglo XX y en especial a partir de los sesentas, coincidiendo con el proceso de migración rural hacia las ciudades de Iquitos, Pucallpa, Requena, Yurimaguas, aparecen los primeros shamanes mestizos, compitiendo con sus escasos colegas indígenas.
Manuel Córdova Ríos vivió durante largos años en la calle Huallaga, en Iquitos. Allí solía visitarle. Por esos años (los setentas) ya Córdova Ríos era un curandero conocido internacionalmente gracias a los libros biográficos escritos por el estadounidense F. Bruce Lamb, en especial Wizard of the Upper Amazon. Además, gozaba de prestigio incluso en los ambientes médicos y científicos de la ciudad.
Un día de esos años, fui a visitar al maestro curandero. Nos sentamos en su sala a conversar y mientras dialogábamos sobre sus pacientes que llegaban a buscarle incesantemente, de mañana a tarde, alguien tocó la puerta. Córdova Ríos se balanceaba en su mecedora de mimbre y fumaba su shimi tapón, su pipa mágica con tabaco negro, arrojando grandes bocanadas de humo. Se quitó la pipa de la boca y preguntó:
—¿Quién es?
Del otro lado de la puerta una voz apagada, respondió:
—Yo, don Manuelito
—¿Qué quieres? —volvió a preguntar el curandero con voz áspera.
—Necesito que me cures, don Manuelito, estoy muy enfermo —gimió la voz.
—¡Abre la puerta! —ordenó Córdova Ríos.

La puerta se abrió suave y cautelosamente y asomó un hombre todavía joven, con el cabello revuelto y la barba rala y crecida y de aspecto enfermizo.
—Don Manuelito, estoy muy enfermo y quiero que me cure, por favor —suplicó el visitante.
Manuel Córdova Ríos que por esos años ya frisaba los 80 años pero parecía tener 60, miró fijamente al enfermo con sus ojillos húmedos y negros de serpiente, lanzó una bocanada más de humo y le dijo, secamente y sin ninguna compasión:

—Regresa en 15 días.

El hombre pareció que se iba a desvanecer. Su rostro se contrajo en un rictus que mezclaba todo: dolor, sorpresa, angustia y desesperación.

—Pero don Manuelito, por favor, me siento muy mal y parece que voy a morir —alcanzó a balbucear.
—¡Regresa en 15 días y cierra la puerta! —casi bramó el curandero.
No podía creer lo que acaba de presenciar. Perplejo y sorprendido le dije:
—¡Cómo puedes tratar así a un hombre enfermo. Podrías haberle curado! —casi le increpé al curandero.
Me miró fijamente, con sus ojos ofídicos y húmedos y con una voz súbitamente apacible, expresó:

—Acabo de mirar en su interior y he visto que se va a morir en 15 días. Ya no puedo hacer nada por él.

Habían días en que llegaban a la casa de Manuel Córdova Ríos hasta medio centenar de personas buscando curarse de sus dolencias. En muchas ocasiones, le recomendé pacientes que llegaban desde Lima, otras ciudades del país y del extranjero.
En una oportunidad, mientras estaba en Lima, un amigo muy querido me pidió que le acompañara a Iquitos para consultar con el ya famoso y respetado curandero.
Nos recibió muy amablemente en su casa de la calle Huallaga. Le preguntó a mi amigo qué dolencia padecía.

—Tengo úlceras, don Manuel —contestó mi amigo.

El viejo curandero se puso de pie ágilmente y caminó unos metros con dirección a un cuarto lleno de pequeños frascos, botellas y botellitas con contenidos de todos los colores, raíces y frutos colgados en las paredes y un sin fin de productos medicinales de la flora y fauna amazónicas.
Regresó a la sala donde estábamos con un frasco en la mano y le entregó a mi amigo, diciéndole:

—Tome este jarabe una cucharadita antes de cada comida durante un mes.

A partir de ese instante, empecé a imaginar cuál sería la reacción, la actitud y las demandas humanas frente a la presencia de Dios, si sólo frente a la presencia de un shamán poderoso el hombre aparecía tan vulnerable, tan débil y tan desamparado.
Porque, en efecto, apenas mi amigo recibió el remedio para sus úlceras, siguió pidiendo al curandero más remedios para otras enfermedades desconocidas, secretas, raras, ignoradas, que yo nunca le había escuchado mencionar. A cada enfermedad mencionada, Córdova Ríos le alcanzaba el remedio correspondiente.
Ya tenía en sus manos más de una decena de frascos y botellas para curar otras tantas enfermedades. Cuando sorpresivamente, exclamó:
—Últimamente me va mal en el amor y en los negocios. Le pido, don Manuel, que me de algo para curar esas dos males que, creo, son los peores que padece el ser humano.
Manuel Córdova Ríos, el más poderoso shamán que ha tenido la Amazonía y que miraba al interior de las personas para ver sus enfermedades sin necesidad de rayos X y estetoscopios, ni siquiera se inmutó. Caminó hacia el cuarto mágico que guardaba los remedios para curar todos los males y desgracias humanas y regresó con una botellita.
La abrió y derramó un líquido oscuro y fragante sobre la palma de su mano.
—Al amanecer y al anochecer frota tus manos, tu pecho a la altura de tu corazón y tu cara con este aceite perfumado. Santo remedio con tu saladera y tu mal de amores—, le aseguró.
Cuando nos despedimos efusivamente de Ino Moxo (Pantera Negra), el fragante aceite del olor nos acompañó por largo rato. Mi amigo sonreía.
Todo este saber está amenazado por el rampante extractivismo que ha irrumpido en la Amazonía.

EL EXTRATIVISMO DESENFRENADO BARRE CON TODO

Para la mayoría de los gurúes de la geopolítica mundial —Enmanuel Wallerstein, Noam Chomsky, Samir Amin, entre otros— la sociedad humana está entrando a un cambio de era. Este cambio de era se caracteriza por una declinación irreversible del imperio norteamericano, por el desplazamiento del sistema-mundo hacia el continente asiático y por un nuevo ciclo de acumulación capitalista.
En este nuevo ciclo se ha producido una ruptura del contrato social y la Sociedad del Bienestar, construida con sangre, sudor y lágrimas desde fines de la segunda posguerra hasta los setentas, está siendo desmantelada. Adiós al contrato social suscrito por el capital y el trabajo en la Edad de Oro del Capitalismo.
En este período, tal como ha señalado José María Mella al comentar el libro La revolución de los ricos, se aplica con mano de hierro el principio de menos Estado y más mercado; menos estructuras colectivas y más individualismo, dogmas del catecismo neoliberal que en su tiempo impusieron Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
En este ciclo el miedo es un componente necesario e imprescindible de la crisis. Porque hay que esperar, dice la famosa economista Naomi Klein, «a que se produzca una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma para rápidamente lograr que las reformas sean permanentes».
Para la acumulación capitalista el fin justifica los medios. Si es preciso y necesario saquear y extraer la naturaleza hasta el agotamiento, hay que hacerlo; si para lograr que el 1 % de los ricos de Estados Unidos sigan controlando el 50 % de toda la riqueza de ese país y el 30 % de la riqueza mundial es necesario desatar una tercera guerra mundial, hay que hacerlo.
Coincidiendo con esta hipótesis, el Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) en su revista de Anticipación Política, MAP, ha formulado la predicción de una guerra en América Latina para el control de las riquezas vitales del nuevo proceso de acumulación capitalista. Dice la publicación: «El hombre siempre ha utilizado las armas que ha desarrollado, el mundo acostumbra salir de las crisis sistémicas con una gran guerra, después de la cual se dan las condiciones para el nuevo orden».
La oleada de extractivismo desenfrenado que ahora barre la Amazonía es parte de este proceso de la acumulación capitalista. Para justificarlo, legitimarlo, santificarlo, se pone en marcha una poderosa e implacable operación parecida a una cruzada a los lugares santos de extirpación de todas las idolatrías que adoren y respeten a la Madre Naturaleza: a los shamanes panteístas y animistas que son los jardineros de la naturaleza; a las culturas e identidades y a la memoria histórica; se pretende extirpar la soberanía de la Nación convirtiendo al Estado en rehén del gran capital; asistimos a una proceso de extirpación de la propiedad de las tierras y territorios de los pueblos indígenas aplicando un reglamento de la Ley de Consulta Previa de los Pueblos Indígenas que traiciona el espíritu del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Porque con la extirpación de las idolatrías de la Madre Naturaleza, muere la propia naturaleza; mueren los dioses y la identidades; muere el agua y la propia vida. Muere Nugkui, la diosa de los Awajún y Wampis, cuyo mundo subterráneo está siendo devastado por la minería aurífera, la extracción petrolera y gasífera y la tala masiva del bosque.
El extractivismo, funcional al nuevo ciclo de acumulación del capital, sigue su marcha indetenible en la Amazonía Peruana con todo el poder que le otorga el gobierno de Ollanta Humala y la derecha económica y política que cogobierna con él.
El proceso empezó con el colapso del Consenso de Washington, por los noventas del siglo XX, con los gobiernos de Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García Pérez y ahora prosigue con tanta o más fuerza con Ollanta Humala Tasso.
Así, de acuerdo a informaciones oficiales, entre enero y julio del 2010, el Instituto Geológico Minero y Metalúrgico (INGEMMET) del Ministerio de Energía y Minas recibió 4,908 solicitudes de concesión minera en una superficie de 2 millones 300 mil hectáreas. Existen actualmente 386 unidades mineras en explotación, 276 proyectos y prospectos mineros y más de 100 empresas exploradoras de diversos países del mundo. De ellas, 8 son empresas chinas que han adquirido 295 concesiones mineras. Buena parte de esos proyectos están localizados en la Amazonía.
Pero no es todo. Un estudio publicado por Marc Dourojeanni, Alberto Barandiarán y Diego Dourojeanni informa que existe un paquete de inversiones a ejecutarse hasta el año 2021 en la Amazonía Peruana entre las que están 52 centrales hidroeléctricas, 53 lotes petroleros sobre una superficie de 35 millones de hectáreas del bosque amazónico, 24,818 derechos mineros titulados con más de 10 millones de hectáreas, 4,486 kilómetros de carreteras mejoradas incluyendo 880 kilómetros nuevos y 2,089 kilómetros asfaltados, 2,000 kilómetros de ferrovías, 4,213 kilómetros de hidrovías, 483,581 hectáreas de plantaciones nuevas para biocombustibles y las 7 millones de hectáreas concesionadas hasta hoy para manejo alcanzarán las 23 millones de hectáreas para los mismos y otros fines. Todo esto sin considerar la masiva tala ilegal que suma millones de hectáreas.
El costo ambiental del modelo ya es incalculable para el Perú. Recientemente los científicos han reiterado que el calentamiento global ha descongelado el 60 % de los nevados tropicales del país que, como todo el mundo sabe, aporta el 90 % de las aguas que alimentan al gran río Amazonas.
El extractivismo, mejor dicho el capitalismo en su última fase de acumulación, es capaz de extirpar la vida en el planeta Tierra para seguir manteniendo los privilegios de una minoría frente a la pobreza y cometiendo el crimen de lesa humanidad que es el hambre.
«El hambre es un insulto; envilece, deshumaniza y destruye el cuerpo y el espíritu; si no la propia alma; es la forma de violencia más asesina que existe», escribió el gran Mahatma Gandhi.
Nos queda repensar y cambiar este modelo de acumulación destructiva. Para ello, la utopía social indígena andino-amazónica es una alternativa.

LA UTOPIA INDÍGENA DEL SIGLO XXI

El científico social peruano Aníbal Quijano ha planteado la hipótesis que Tomás Moro (1478-1535), hombre de leyes, escritor y estadista nacido en Londres, Inglaterra, sólo pudo escribir su más famoso libro Utopía después del contacto de Occidente con las sociedades indígenas y el descubrimiento de América por Colón (1492) pero sobre todo con la revelación y descripción de un archipiélago ubicado en Brasil que hace el cartógrafo y navegante florentino Américo Vespucio y que Moro lee con avidez y asombro.
Se produce entonces, de acuerdo a Quijano, un profundo corte histórico en la forma de concebir sociedades socialmente justas. Porque antes del contacto con las sociedades indígenas de nuestro continente, en las que se inspira Moro para escribir Utopía, las sociedades miraban hacia el pasado en busca del «paraíso perdido» de la justicia. Después de Utopía, las sociedades no retroceden, sino avanzan. La utopía está en el futuro.
Hoy en día, en la primera década del siglo XXI, las sociedades indígenas andino-amazónicas representan la nueva utopía social del Tercer Milenio. No sólo en el campo del arte y la cultura, sino fundamentalmente en el hecho que su pensamiento y saber, su cosmovisión y su relación con la Madre Naturaleza, sus valores éticos referidos a la espiritualidad y la reciprocidad, son contribuciones fundamentales para la construcción de una nueva utopía social y de nuevos paradigmas.
En su libro La sal de los cerros. Resistencia y utopía en la Amazonía Peruana, el notable antropólogo peruano Stefano Varese señala que para muchos académicos e intelectuales tanto de América Latina y de Estados Unidos «las últimas tres décadas del siglo XX que hoy día nos ponen ante el umbral incierto de un tercer milenio en el que la utopía de una sociedad igualitaria, justa y moral parece no tener ya cabida».
Pero este fin de las ilusiones utópicas, según el mismo autor, empezó temprano, con la crisis de la tradición teocéntrica utópica mesiano-escatológica del mundo mediterráneo-europeo a causa del antropocentrismo, la razón y la ciencia aportados por el Renacimiento y el Iluminismo. Con el derrumbe del Muro de Berlín y el colapso del socialismo realmente existente cae la utopía marxista y filósofos y economistas como Milton Friedman y Francis Fukuyama en El fin de la historia anuncian el advenimiento de la nueva utopía, la del capitalismo y la economía de mercado, que luego de la gran crisis del sistema financiero y los mercados de 2007 y 2008, descubre y revela sus debilidades y contradicciones estructurales.
Citando un ensayo del filósofo Jurgen Habermas que define el siglo XX como un siglo «breve» que cronológicamente se inicia con la Primera Guerra Mundial (1914) y concluye con el desmoronamiento de la Unión Soviética (1980-1991), Varese señala que «el nuevo milenio se anunciaba bajo el signo de un Estado de bienestar social amenazado de estrangulamiento por el neoliberalismo implacable, de nuevas formas sutiles y globales de re-colonización, de desigualdades acentuadas entre Norte y Sur, de viejos problemas de paz y seguridad internacional agudizados por estas mismas crecientes desigualdades económicas, de polarizaciones de clases extremas en casi todos los países del mundo, de desastres ecológicos de dimensiones globales».
En este escenario, reflexiona Varese, los principios de diversidad (bio-cultural), de reciprocidad (social y cósmica) y la complementariedad son las bases de la construcción de una nueva utopía. Para los indígena Emberá de Colombia, de acuerdo a un estudio del antropólogo Luis Guillermo Vasco Uribe, el pasado no está atrás según la concepción lineal de Occidente, sino que está adelante. Y el futuro no está al frente sino es lo que viene atrás. Por lo tanto, desde el pasado, habitado por los antepasados, se marca la ruta del porvenir con su carga de historia y cultura.
Los indígenas andino-amazónicos están diseñando y construyendo el nuevo mapa y la nueva ruta de la sociedad humana en el siglo XXI.

Atlanta, Georgia, enero del 2013.

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