Arguedas y la cultura andina.Nilo Tomaylla

 

ARGUEDAS Y LA CULTURA ANDINA (1)
Señoras y señores, Nosotros los homo sapiens tenemos una existencia de setenta mil años (digamos). En los albores salimos de ese gran continente llamado África, cuna de nuestra humana existencia. La escritura es nuestra amiga de ruta, solamente desde hace cuatro mil años. La mayor parte del trecho nos hemos comunicado exclusivamente con la boca. El invento de esos garabatos para guardar la memoria, fue revolucionario y fascinante. Solo que esa escritura, tan maravillosa y útil, dio no menos dolores de cabeza. El uso exclusivo por unos pocos, muchas veces, sirvió como arma de dominación. Antonio de Nebrija recomienda, en 1492, que su Tratado de Gramática de la Lengua Castellana serviría entre otros para conquistar y civilizar otros pueblos bárbaros (2). Los elementos estereotípicos del conquistador son la Cruz y la Espada. Por cierto había otro elemento casi intangible que era la escritura. Hay que imaginarnos al Inca Atahualpa examinando con curiosidad ese extraño artefacto que según el intérprete contenía las escrituras de la palabra de Dios y al no obtener ningún resultado fue a parar hacia los cascos del caballo del Capitán Pizarro. Ese día fue testigo de la división de los leídos –por más de que el conquistador no supiera leer, cosa casi normal visto el contexto de la épocay de los no leídos en los reinos del gran Perú. La colonia será casi un páramo en cuando a creación de literatura, amén de pocos como el Inca Garcilaso o Alonso de Ercilla.

De Juan de Espinoza Medrano se hubiera esperado algún signo de esa narrativa -que más tarde lo llamarían indigenista-, dado su origen quechua (3), apurimeño como Arguedas, contaba con más utensilios que cualquier intelectual. Conocía, el latín, el hebreo, el griego, el español y el quechua. Versado en teología y retórica; pero, su creación literaria fue limpia de la más mínima presencia de elementos de la sociedad de su época. Fue el eco tardío del culteranismo de la metrópoli, autor de El rapto de Proserpina y de otras obras, tan fieles a la tradición clásica europea. La Europa española, francesa e inglesa es más prolífica en cuanto a las creaciones narrativas. Por eso quiero aportar a esta conferencia con un libro que apareció en 1719 y que a muchos nos sigue encandilando. Me refiero a Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Esta obra es paradigma, entre otros, de ese mundo polar que aún cobra presencia hoy en día: oralidad y escritura. Dualidad que se asentó en la mentalidad de millones de personas durante estos últimos siglos. Este desventurado marino naufraga y queda varado, solo, durante veinte años en una isla llamada de la “Desesperanza”. Pero ni la isla era tan desesperante por la descripción casi edénica que nos hace nuestro héroe (para soportar veinte años se necesita ingerir al menos catorce millones de calorías); ni la soledad era su cotidiana compañera, preguntémonos de dónde ¡miércoles! sale ese Viernes que es su doméstico. Además ¿quién o quiénes son los peones que cultivaban sus campos de trigo y pasteaban su tropa de cabras? Robinson es el arquetipo de la escritura, mientras Viernes representa la oralidad. El uno tiene nombre propio y el otro es condenado al anonimato mediante el silencio de la parte de los que poseen el poder de la escritura. En estos dos personajes se halla el drama de la otredad y todos los clichés de la

civilización y barbarie. Blanco-negro, indio; civilizado-bárbaro, caníbal; cristiano-pagano. Toda la literatura fue enfocada desde este punto de vista. Robinson venía de York y fue rescatado por otros marineros y vivió feliz por muchos años. Pobrecito Robinson. Pero ¿quién escribió la vida de Viernes? Del otro pobrecito. Nadie, hasta la llegada de José María Arguedas. Arguedas es el primer escritor que traiciona y se aparta de los cánones de toda una estirpe de narradores que la escritura había parido. Escritores de una visión unidireccional, no tanto por desdén sino por desconocimiento. Arguedas es el primero que habla desde el otro lado, desde la república de la alteridad poblado por millones de individuos que eran completamente “desconocidos” por la élite escritural. La importancia de Arguedas reside en que la oralidad practicada por millones de años – y se seguirá practicando felizmente- fue develada y elevada a la cumbre narrativa con un nuevo registro estético y estilístico. Con el advenimiento de la República la presencia de la novela en el Perú es tardía y rala. Aparecen algunas obras de corte bucólico, costumbrista o de tradición. De otro lado en la mentalidad de la época la novela inspiraba una desconfianza sobre todo de la parte de la clase tradicional. Por cierto podría subvertir los usos y costumbres que venían desde la colonia. La aparición en 1867, en Colombia, de la novela María de Jorge Isaac, causa cierta desconfianza en la rancia mentalidad de entonces. Es un libro donde aflora los sentimientos del amor-pasión que podía poner en riesgo el matrimonio por compromiso, que estaba en boga, sobre todo en las buenas familias. Hay que imaginarse que en esta época las damas limeñas llevaban todavía muchos hábitos de la Lima virreinal. Como la “tapada” que les cubría toda la cabeza, donde solo se entreveía un ojo, probablemente de un rostro encantador.

Pero asombrosamente quienes rompen este vacío narrativo y conformismo intelectual son mujeres: Clorinda Matto de Turner, Mercedes Cabello y Flora Tristán. La Primera, cusqueña, escribe “Aves sin nido” y será la primera piedra angular de una corriente narrativa que abarca hasta hoy; donde el indígena y el ambiente rural serán los protagonistas inevitables. Desde entonces la novela, llamémosla indigenista, ocupa los sitiales preferenciales de autores de renombre mundial: César Vallejo, Ciro Alegría, José María Arguedas, Manuel Scorza –excepción del Nobel Mario Vargas Llosa que por cierto enriquece la diversidad creativa desde otro ángulo y quién será más tarde uno de los íconos de la literatura española y una referencia política del pensamiento liberal-. Ninguno de los escritores mencionados es indio – hablando culturalmente- son mestizos con una sólida formación intelectual. Todos, a excepción de Arguedas, para construir obras tan monumentales como Tungsteno, El Mundo es Ancho y Ajeno o Redoble por Rancas, han hecho una forma de trabajo de campo, si se puede decir, a su manera. Es tan difícil hoy en día encontrar donde se halla el límite que separa lo indio de lo no indio. Los indicadores para ser considerado indio eran la pertenencia a una comunidad, normalmente monolingüe y ágrafa. Históricamente no era considerado ciudadano; hasta la abolición de este principio por el gobierno militar de Juan Velasco, en 1969. Pero hoy en día también ser indio es cuestión de convicción frente a un concepto de mestizaje que todavía no cuaja en la mirada de otros pueblos o continentes. El europeo a un peruano sea de tez blanca o cobriza siempre le dirá indio, no con la anuencia peyorativa que se enuncia en el Perú, sino como algo natural. Y explicar la matemática del mestizaje será un intríngulis que no comprenderán ni aceptarán.

Estos escritores –siempre exceptuando Arguedas-, que explícitamente no se proclaman mestizos ni blancos, describen al indio como el otro, como el diferente. Arguedas si bien se reclama blanco – abandonado durante su infancia por azares de la vida en diferentes pueblos indios- en sus escritos lleva los ecos de la oralidad y el esquema de un pensamiento quechua. Su alma es Rucana, cultura que late en las fronteras físicas de los departamentos de Apurímac y Ayacucho, gracias a la asimilación del universo indígena durante aquellos años. Un aporte importante de la llamada novela indigenista está en que los diferentes autores cobijaron en sus obras lo que la historia había desechado, sobre todo, las luchas reivindicativas como producto de esa dinámica de saqueo y de crimen que se llamó la colonia y posteriormente la terquedad de la republica de mantener esta misma situación. Hay que mencionar a ciertos autores, que participaron en esta gesta de la narrativa peruana, que se van cubriendo con el polvo del olvido. Menciono a Enrique López Albújar, quien escribió una obra con un título llamativo “Cuentos Andinos”. Este escritor es la prueba instrumental de una visión racista de la condición del indio, en suma él consideraba al indígena como una raza degenerada que representaba lo peor de la barbarie humana. Olvidar a estos escritores puede ser el encubrimiento de un nuevo tipo de negacionismo

histórico, que debe ser condenado.
Por eso la novela peruana aparte de su valor estético es también el torso desollado de la historia peruana. La historia me sabe muchas veces a mentira. Me acuerdo de niño en la escuelita fiscal de mi pueblo, sentado (con mis compañeros sobre poyos de adobe, con nuestro cuadernitos sobre nuestras

rodillas), miraba un cuadro enorme que el gobierno había ordenado colgar en todos los muros del país. Ahí estaba representada nuestra Madre Patria. Era una mujer bella, vestida de tul blanco, sentada con celada, un escudo apoyado en la rodilla y una lanza en la mano derecha que apuntaba al cielo. Hasta entonces no conocía otra “figura” que la Pachamama con esa dimensión casi religiosa. Más tarde en Europa descubrí que era la Mariana francesa, símbolo de la república, imagen probablemente que venía de la Grecia antigua. La historia oficial peruana es la imagen idílica de esta señora. Si la mayoría de los narradores habían traicionado los principios de una sociedad tradicional de donde procedían, al volcarse a escribir temas de levantamientos de indiadas. Arguedas hizo lo mismo y más: traicionó a la familia de los intelectuales al inaugurar una escritura con la que rompe toda una estructura narrativa tradicional. Sus libros aúllan como el viento de agosto sobre la tierra yerma. Las piedras, el agua, el viento, el más pequeño objeto cobra consciencia y acompaña al hombre como en la poesía quechua, de orígenes remotos y anónimos, que se sigue cantando en el huayno:

Paraisancos mayu…
Río de Paraisancos. Río Caudaloso. No has de bifurcarte hasta que yo vuelva. Porque mi pececillo, en otros brazos, arriesga su vida…. Dice una de esas canciones en quechua que se canta en la chichería de doña Felipa. Metáfora de las partidas lejanas. Hay un género de canto de despedida que es hondo y desgarrador. Cada apurimeño que hemos saboreado las partidas lejanas, a veces sin retorno, anhelamos que el río no se bifurque, porque las aguas poco profundas son un peligro para el pez, que es todo el tesoro que

tenemos: La amada, los padres, la sementera, los rebaños, en suma el alma de una querencia. Cuánto debemos amar los andinos, con los huesos y el alma, para hacer de nuestras canciones metáforas de gritos de llanto y ardor. Yo también apuesto por los Ríos Profundos como la obra cumbre de este autor. Es un libro escrito en indio para el no indio, para el que no conoce este universo. Los hijos de este pueblo, los hijos de los indios que llegamos con el paso del tiempo a ser leídos, podemos descifrar fácilmente los códigos arcanos que lleva el mensaje de esta obra que no son otros que los registros culturales de los pueblos quechuas. Cuando el autor dice que el ruiseñor se parece a la ardilla, en uno de los pasajes de los Ríos Profundos, pareciera una comparación anodina, puesto que son dos animalitos conocidos universalmente. Pero, el ruiseñor, cheqollo en quechua, hace parte del imaginario de estos pueblos porque representa al espíritu despabilado, al granuja, al inteligente. Mientras que la imagen de la ardilla está presente en la cotidianidad humana, está en los libros escolares como en la rama de los pinos. Utiliza el insulto insípido “cuello de violín”, en el mismo libro. En realidad Arguedas hace una traducción literal del quechua “viulin cunca”. Este insulto – como muchos- usado en su acepción original, digo en quechua, tiene el poder de aniquilar al insultado y causar risa en los espectadores. Cuanto más cause risa más letal será el arma. Mientras los insultos en otras lenguas a menudo son procaces, blasfematorios y preámbulos de una rara violencia. El autor parece que deliberadamente usa esta especie de técnica del calambur, para que el lector se aproxime a su creación, provisto de otros recursos que muchas obras no los necesitan (4). Arguedas entrega con las dos manos y el alma sus

páginas al lector. Quienes lo recibieron con deferencia e interés son en ocurrencia intelectuales extraños al país, mismo a la lengua española. Los novelistas que he mencionado, y los otros que no mencioné, son las piedras con los que se han construido los muros de la cultura literaria de este Perú; pero Arguedas es uno de los pocos que dominaba la lengua quechua. La lengua representa a una cultura. Mi co-conferencista, el doctor José Marín, mencionaba que en el Perú hay tres mil variedades de papas, cada una con un nombre propio en quechua ¡Imagínense si desaparece el quechua, decía, se reduciría a un solo nombre toda esta diversidad: ¡patata! Entonces cómo debió haber escrito Arguedas. Un escritor que venía del universo quechua. ¿Cómo quién? Cualquier obra universal parte de un mapa reducido. ¿Es que debemos aceptar que la cultura quechua es tan pequeña donde no puede caber un libro universal? Por Dios, no olvidemos que en los andes no solamente nació la patata, sino también la coca-cola. José María Arguedas, para mí, es la figura resaltante del trabajo de esas mujeres y esos hombres que se dedicaron a construir una narrativa con elementos prístinos y vivos de este Perú de todas las sangres. Sin él sería incompleta la historia de la literatura peruana. Hay que anotar que muchos escritores sufrieron persecución política, cárcel y exilio precisamente porque esas obras de ficción reflejaban otra estética, otro estilo, otro contenido. Al mismo tiempo denunciaban a pulmón abierto justicia y solidaridad para los indios en una república patizamba, con un Estado que a menudo era tomado como rehén por un puñado de asaltantes. Arguedas es un hito y una referencia compleja, que sigue atrayendo estudiosos acuciosos y sobre todos nuevos lectores de diversos horizontes. Para mí es un eterno redescubrimiento, cada relectura de sus textos. Mi infancia fue la

infancia de Arguedas. Salvo que asisto a un cambio dinámico de la sociedad andina por muchos factores que sobrevinieron últimamente, como fue la violencia política que azotó al Perú, las carreteras que se extendieron a las comunidades más alejadas, la revolución de las nuevas tecnologías que alcanzaron al conjunto de la sociedad peruana y una emigración de la zona rural hacia las urbes. Abancay que era una pintoresca ciudad de hacendados hoy es una ciudad de dimensiones desproporcionadas. Este cambio no ha erosionado en nada los elementos culturales de la andinidad, que en tiempo de Arguedas eran marginados y despreciados. Al contrario hoy ocupan espacios importantes dentro de la expresión nacional. Es el caso de la música andina. No sé si se impuso o fue aceptada por una “cultura” hegemónica dueña sobre todo de medios de comunicación. O como dicen por ahí, simplemente, hemos empezado a mirarnos en ese espejo que se llama identidad, donde nuestra propia imagen nos ha sorprendido al reconocernos que éramos distinto a la que nos habían pintado siglos de colonización mental y material. Con el término arguediano no identifico al creador de Yawar Fiesta como escuela. El autor no es, ni tiene epígono – no encuentro un seguidor al menos en narrativa- es más que todo para denominar a la vasta producción de este autor y acerca de él. No se avizora otro Arguedas en el horizonte. Su obra es el dulce producto de un azar amargo. Es el redoble de la María Angola, la campana mayor de la catedral del Cusco: El dolor de su infancia sumado al dolor de los indígenas peruanos pero felizmente arrullado por la dulzura de la oralidad quechua. Desde la muerte de José María Arguedas, muchas aguas han corrido bajo el Pachachaca. Pero el cambio no quiere decir muerte de una cultura. Apuntalan esta premisa la presencia de escritores que vienen sobre todo de provincias, como al inicio de la esa gesta de la novela indigenista, en sus obras sigue la

presencia, desde otro arista, de elementos andinos de nuestra sociedad. Tal vez ellos constituyen el inicio de una nueva era post arguediana. Llamo a mi memoria para citar nombres y perdonen si hay inexactitudes, vivir lejos de mi país, me hace imposible de asir fácilmente autores y ejemplares: Enrique Rosas Paravicino, Cronwell Jara, Oscar Colchado, Feliciano Padilla, Luis Nieto Degregori, Mario Guevara Paredes, Eliodoro Vargas Vicuña, Carlos E. Zavaleta, Miguel Gutiérrez, Edgardo Rivera Martínez, Eduardo Gonzales Viaña, Walter Lingán. Señalo a Zein Zorrilla, escritor importante de estos últimos años. Pero también hoy en día se podría hablar de una transandinidad de la literatura peruana. Me refiero que dentro de los autores que no se consideran o no son considerados andinos en sus obras hay presencia de elementos indígenas ¿cómo hay que registrar “Lituma en los Andes” o “Historia de Mayta” de nuestro premio nobel? Las obras magníficas de Gregorio Martínez y Antonio Galvez Ronceros que nos hace recordar que la negritud también está en nuestras almas. Me acuerdo que tenía doce años cuando el Zorzal Negro, se murió en accidente de moto unas horas antes de su matrimonio. Todos lloramos. Era el único artista negro de aquella época que cantaba huaynos en quechua y llenaba todos coliseos del Perú. Transandinidad también son Santiago Roncagliolo, desde España; Alfredo Pita desde Francia o Daniel Alarcón desde Los Estados Unidos, en cuyas páginas los andes tienen la presencia descomunal del Huascáran, de otra manera no concibo cómo se puede escribir novelas sobre el Perú. Para mí simplemente sería como el almuerzo sin la “uchucuta” (5) Añado que la cultura andina no se halla exclusivamente en al ámbito rural, desde los años 1950 hasta hoy la ciudades peruanas se nutren de la presencia de provincianos, con un flujo de movilidad constante entre la metrópolis y las comunidades del interior. Y desde los años 1980 es internacional. En el verano

de 1999, en la explanada de Saint Antoine, en la vieja ciudad de Ginebra conté diecinueve quechuahablantes, durante un festival latinoamericano. Esto también puede ser transandinidad. Entonces hablar de Arguedas nos lleva inexorablemente hablar de nuestra cultura. Cultura dondequiera que se halle. Lo arguediano no es solo la narrativa, también es el sonido de un buen charango, es el huayno en la voz de Tula Cajigas o Nelly Munguia, es la voz de una reflexión etnológica, es poesía. Hablando de este último género son libros recientes que se aproximan a los ecos de la escritura arguediana. He leído una poesía que inaugura un realismo mítico que parte desde una oralidad relumbrante. Y ellos son desconocidos de los escaparates comerciales, cito tres autores: los cusqueños Carlos Velásquez Iwaki y Odi Gonzales; el apurimeño Fredy Amílcar Roncalla. Los tres viven lejos del territorio patrio, el primero en Japón y los dos últimos en los Estados Unidos. En la estela del haylli y el harawi arguedianos hoy existe una poesía compuesta por poetas quechuas de una formación lingüística sólida y que tienen el privilegio de ser bilingües o trilingües (el caso de Roncalla que escribe simultáneamente en quechua-español-inglés): señalo a los poetas quechuas William Hurtado de Mendoza, Hugo Facundo Carrillo Cavero e Isaac Huamán Manrique, entre muchos. Por eso a estas alturas nadie nos puede decir cómo debemos escribir y qué debemos escribir. El universo andino es basto y Arguedas es la cima del Qarwarazu, de una cadena de montañas que apenas empezamos a divisar. Para Terminar quiero contarles un pasaje de mi vida: Cada vez que regreso a mi pueblo la pascana obligada es la ciudad de Abancay. Para mí se ha hecho un ritual visitar el Mercado Central y tomar un buen

Caldo de Cabeza. En aquellos años aciagos de la violencia vi a mi lado a una anciana forastera que contaba sus reales para comprarse un plato de comida y le pedí que me aceptara invitarla, a la cual ella accedió. Al final de nuestro almuerzo, esta anciana me miro con un rostro dulce y digno y me dijo: Wiraqocha, Urpiq sonqon, qallpayki kausakuchunraq llank’akunaykipaq. Desde aquella fecha llevo estas frases en el corazón. La vida no fue fácil para mí – como para muchos, probablemente- sobre todo en mi condición de emigrante y andino. Cada vez que me acechaba sombras de naufragio me agarraba de estas frases llenas de ternura y esperanza. Tal vez se puede traducir como:

Espuma del mar, corazón de paloma. Que tus fuerzas no desfallezcan para que tú aún puedas trabajar.
El quechua es metafórico “espuma del mar”, en español significa “señor” y “corazón de paloma” significa “gracias”. Lo que para otros es válido una frase encontrada en un libro de cabecera o un pasaje de las sagradas escrituras, yo hice de esta frase mi compañera de andanzas, tal vez como una prueba de amor a esa oralidad de donde yo también provengo. Y en este año del centenario de José María Arguedas, me despido de ustedes con estas mismas frases. Muchas Gracias. Ginebra, 27 de octubre de 2011.

Notas 1) Conferencia de Nilo Tomaylla, organizada por el Consulado peruano en Ginebra en el marco del centenario de nacimiento de José María Arguedas 2) 3) Referirse al libro de Martín Lienhard El nombre exacto fue Juan Chancawaña y nació en el pueblo de Calcauso,

Antabamba 4) En las primeras líneas de la obra monumental de Cervantes, Don Alonso

Quijano quien es un caballero pobre, se alimenta entre otras cosas de “penas y quebrantos”. Esta frase tenía dos sentidos: una literal y la otra se refería a un plato compuesto de una especie de Chorizo, que en aquella época lo llamaban popularmente “pena” y “quebranto” era el huevo frito. A estas alturas nadie se da cuenta de ello. A Arguedas hay que leerlo casi de la misma manera. Guardando distancias, por supuesto. 5) Uchucuta, es el famoso ají molido peruano.

Bibliografía Básica: Arguedas, José María. Los ríos Profundos, Editorial Cátedra, Madrid 2010. Defoe, Daniel. Robinson Crusoe, Penguin Popular Classics, Great Britain, 1994. Lienhard, Martin. La voz y su huella, Ed. Casa Juan Pablos, México, 2003. Noriega Bernuy, Julio E. Escritura Quechua en el Perú, Ed. Letras y Ciencias UNMSM, Lima, 2011 Roncalla, Fredy Amílcar. Escritos Mitimaes, Barro Editorial Press, New York, 1998.

Vargas Llosa, Mario. La Utopía Arcaica, Alfaguara, Madrid, 2008.

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