Memoria de Raoul Sentenat. Walter Ventosillla

Aun consternado por la perdida de Raoul, comparto la nota de Walter Ventosilla. Wakiy Raoul hananq pachapi allinllam kanki, chaykama Martin Adanpa, Juan Ramirezpa libruntapas apachimusaykiku. Yachachkankima! (FR)
Al volver de Lima, me di de cara con la muerte del gran amigo y poeta cubano, Raoul Sentenat, quien nos acompaña en la fotografía sentado a la derecha, de negro, junto a los poetas Fredy Roncalla, Ruben Davila, Alex Julca y Roger Santivañez, durante el homenaje que le hicimos a otro poeta desaparecido, el peruano Juan Ramirez Ruiz, en Nueva York. Raoul era un dinosaurio suelto en las calles neoyorkinas, era de esos conversadores que sí sabían qué decir con pasión. Se daba el lujo de ser un erudito en cualquier tema que se le antojara, sobre todo en historia y literatura. Ostentaba una memoria fabulosa que incluía las páginas y secciones de los miles de libros que pudo haberse devorado en su periplo por la vida y por diferentes países. Conoció al Che de niño, en La Habana, sentado en su mesa junto a sus padres y a Camilo Cienfuegos, otro hijo de catalanes como lo era él. Alguna vez coincidió en un teatro con el dramaturgoTennessee Williams, caminó detrás de Akira Kurosawa y anduvo por las esquinas del Lower East Side junto a Miguel Piñero, Miguel Algarín, Pedro Pietri, Bimbo Rivas, Victor Hernández Cruz, Tato Laviera, Piri Thomas, Jesús Papoleto Meléndez, entre otros poetas dinosaurios como él. Ferviente ratón de biblioteca, musicólogo, guardaba cientos de Long Plays, cassettes y CDs en las paredes de tres habitaciones. Salsólogo como Johny Pacheco y la Fania All Stars, y bebedor de mates de coca por mi culpa. Fotógrafo exquisito de la calle, hombre de TV, teatro y cine. Logramos editar dos revistas de literatura en Nueva York: “Vavel” y “Avenue B”. Deambulamos por el Alto Manhattan, Canal Street, la Pequeña Italia, Loisaida, hablando de temas que iban desde el Big Bang, del más allá, de libros, de gente, de nada, incluso de nuestros intestinos. Raoul se murió esperando jubilarse como profesor y jamás olvidaré las tardes en la 135 y Broadway, su casa, cuando me decía, volviendo yo también de la escuela donde trabajaba, que estaba harto de esa mierda que era la educación en Estados Unidos, que estaba todo podrido, que algún día la isla iba a reventar y que también algún día se jubilaría para dedicarse realmente a vivir. Y estaba cerca, apenas a uno o dos años de lograrlo, pero un mal día no llegó a su escuela, jamás pudo salir de su casa porque lo sorprendió la muerte solo, abrigado a su amante soledad, la que dejaba de lado para encontrarse solo con sus amigos, con quienes sabía serlo a plenitud con más humanidad que cualquiera. Él era tan humano como un buen perro fiel con otros seres humanos. Lo extrañaré, siempre.
Al volver de Lima, me di de cara con la muerte del gran amigo y poeta cubano, Raoul Sentenat, quien nos acompaña en la fotografía sentado a la derecha, de negro, junto a los poetas Fredy Roncalla, Ruben Davila, Alex Julca y Roger Santivañez, durante el homenaje que le hicimos a otro poeta desaparecido, el peruano Juan Ramirez Ruiz, en Nueva York. Raoul era un dinosaurio suelto en las calles neoyorkinas, era de esos conversadores que sí sabían qué decir con pasión. Se daba el lujo de ser un erudito en cualquier tema que se le antojara, sobre todo en historia y literatura. Ostentaba una memoria fabulosa que incluía las páginas y secciones de los miles de libros que pudo haberse devorado en su periplo por la vida y por diferentes países. Conoció al Che de niño, en La Habana, sentado en su mesa junto a sus padres y a Camilo Cienfuegos, otro hijo de catalanes como lo era él. Alguna vez coincidió en un teatro con el dramaturgoTennessee Williams, caminó detrás de Akira Kurosawa y anduvo por las esquinas del Lower East Side junto a Miguel Piñero, Miguel Algarín, Pedro Pietri, Bimbo Rivas, Victor Hernández Cruz, Tato Laviera, Piri Thomas, Jesús Papoleto Meléndez, entre otros poetas dinosaurios como él. Ferviente ratón de biblioteca, musicólogo, guardaba cientos de Long Plays, cassettes y CDs en las paredes de tres habitaciones. Salsólogo como Johny Pacheco y la Fania All Stars, y bebedor de mates de coca por mi culpa. Fotógrafo exquisito de la calle, hombre de TV, teatro y cine. Logramos editar dos revistas de literatura en Nueva York: “Vavel” y “Avenue B”. Deambulamos por el Alto Manhattan, Canal Street, la Pequeña Italia, Loisaida, hablando de temas que iban desde el Big Bang, del más allá, de libros, de gente, de nada, incluso de nuestros intestinos. Raoul se murió esperando jubilarse como profesor y jamás olvidaré las tardes en la 135 y Broadway, su casa, cuando me decía, volviendo yo también de la escuela donde trabajaba, que estaba harto de esa mierda que era la educación en Estados Unidos, que estaba todo podrido, que algún día la isla iba a reventar y que también algún día se jubilaría para dedicarse realmente a vivir. Y estaba cerca, apenas a uno o dos años de lograrlo, pero un mal día no llegó a su escuela, jamás pudo salir de su casa porque lo sorprendió la muerte solo, abrigado a su amante soledad, la que dejaba de lado para encontrarse solo con sus amigos, con quienes sabía serlo a plenitud con más humanidad que cualquiera. Él era tan humano como un buen perro fiel con otros seres humanos. Lo extrañaré, siempre.

1 comentario

  1. Me ha encantado este escrito. Más que eso, me ha emocionado hasta la médula ¡Que bien escrito y cuanta sinceridad! Yo también conocía a ese Raul, sabio, vividor, pasional, un hombre renacentista en el laberinto de Manhattan dónde quedó atrapado en su sistema escolar…tenía tantas cosas que dar al mundo…pero no le dio tiempo a retirarse y…empezar a vivir. Lo vamos a extrañar siempre.

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