HOMENAJE A FEDERICO LATORRE ORMACHEA / Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

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Escritor del pueblo, hermano mayor, fundador y miembro del Gremio de Escritores del Perú (Lima, 20/3/2014)
Por el poeta: Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

En una de sus conferencias de personaje adjudicado a su vocación artística, de una posesión evidentemente adscrita a una filiación hacia las causas populares y, sin medias tintas, Charles Chaplin decía: “…yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino, es ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás y no hacernos desgraciados…”

Estas líneas me hacen recordar, las tantas veces de agites que asumía un hombre genuinamente humano, que fue siempre copartícipe con los suyos y con los que no concertaban sus ideales; sensible de su tierra y de sus elementos que él amaba en demasía. Poseía una vivencia sincera, sin escrúpulos, afrontando al cinismo y desmedro de los demás. Depositaba toda tu alma, nuestras voces, el conjunto de nuestros espíritus al servicio de nuestro pueblo, como dijera en su mensaje Feliciano Mejía el día del sepelio de aquel humano que nos dejó en orfandad:
“…muchas veces él luchaba contra la indiferencia maldita de nuestros coterráneos para organizar eventos y llamarme y llamarnos, y buscarnos y traernos a Abancay, para dar nuestro arte y amor a nuestros hermanos…”

Como advertirán estimado público, me estoy refiriendo a nuestro hermano mayor, a aquel raro personaje que supo amar y amarnos sin limitación alguna. Maestro de profesión, escritor de vocación. Me refiero al distinguido y prolífico escritor apurimeño, FEDERICO LATORRE ORMACHEA. Prolífico, porque se desempeñó en todos los campos de la magia escritural: cuentos, fábulas, poesía, teatro, novela, ensayo, biografías, historia, estampas costumbristas, leyendas, etc.

Él, en esa entrega de su confinada labor, de tan sólo pretender y hacer partícipe a nuestros pueblos, la cultura a partir de nuestras raíces, muchas veces le cerraron las puertas por nuestras propias autoridades de turno; entonces, Federico se sentía muy mal, y me decía:

“…Apurunku, ya ni siquiera tengo vergüenza ajena, sino es nuestra propia vergüenza, como apurimeños que somos. Me dijeron que no se puede, porque viajaron los ejecutivos. En otra, me respondieron que habrá recibimiento a representantes ministeriales y gerentes de las minerías, para establecer los convenios, y ha sido anticipado con tortas y quema de castillos. Y luego en otra, señalan que destinaron el presupuesto para auspiciar a las fiestas costumbristas de peleas de galllos, apoyo al arte en el trasladado desde Lima, a los banderilleros, para las sangrientas matanzas de toros de muertes, etc. etc. Fíjate mi querido Apu, a esas bazofias pos romanas le llaman arte…”

En estas peripecias de ir y volver, entre súplicas y ruegos, (como si fuera limosnero) trajinaba Federico; y sabemos que en los gobiernos locales y regionales existen porcentajes presupuestales destinados exclusivamente para invertir en los proyectos de educación y cultura. Federico, tantas veces fue negado; aunque hubo algunas pocas excepciones, eso es cierto, pero ya de tanta exigencia se conseguía un pedazo de pan quemado que aparecía en la puerta del horno. Esto les digo a manera de la expresión del más grande poeta peruano: César Vallejo Mendoza.

Federico, pudo haberse dedicado y tenía para elegir otras ocupaciones: cargos relevantes de directorios públicos, departamentales y administrativos, y acaso hasta congresales. Hubiera vivido cargando enormes chequeras bajo su comprimida y pequeñísima geografía de su bolsillo, donde sólo cabía el mísero y escuálido salario de un maestro jubilado, con el cual, como gran parte de los maestros escritores, publicaba sus libros, y él mismo dedicaba a ofrecerlos a que le compraran; si acaso así recuperaba alguito de su salario autoexpatriado o encarcelado en las publicaciones de sus obras literarias. (Anécdotas) era un excelente vendedor de sus textos…

Pero no, él no había nacido para otras ocupaciones, como dijera Chaplin. Alguna vez tuvo una encargatura de la dirección del Instituto Nacional de Cultura de Apurímac, menos mal que fue fugaz. Si hubiese seguido el camino hacia agradables sillones burocráticos, tal vez le hubiese gustado, sobre todo, las comodidades y fácil acceso a las obediencias lucrativas, y establecido (como tantos otros, felizmente no todos) una banda de tragaderos en el estómago. Y lo peor, hubiéramos perdido a un gran escritor y difusor incansable de nuestra cultura apurimeña. Pero, como le conocíamos cómo era él, siendo autoridad, seguro que priorizaba la difusión y práctica de la cultura, y él jamás habría aceptado los juegos sucios. Entonces, mil veces le hubiesen despedido, por ineptitud a las nebulosas prácticas de facturarse el pan, fácilmente.

Federico, lo único que solicitaba, era el de llevar la presencia de la cultura intelectual, la ciencia, el arte, hacia otros partes de nuestra geografía apurimeña; no sólo a Abancay ni a Andahuaylas, sino a nuestros pueblos de: Grau, Antabamba, Aymaraes, Chincheros y Cotabambas; con la presencia directa de los trabajadores de la cultura, encargados de descifrarnos el espíritu vivencial de nuestros pueblos, para que nuestros infantes y adolescentes pudieran ver y escuchar directamente las palabras de los escritores, los colores de los pintores, los sonidos con los que trabajan nuestros músicos etc. sobre todo, para hacerlos conocer con los entendidos, a nuestros grandes personajes de nuestra historia y a sus escritores. Personajes importantes y artistas Apurimeños, los que ya no están físicamente, y a los que aún nos acompañan:

Micaela Bastidas, Juan Espinoza Medrano, Agustín Tamayo Rodríguez, Hugo Neira Samanez, José María Arguedas, Manuel Robles Alarcón, Josefa Francisca de Azaña, Jorge Flores Ramos, Feliciano Padilla, Feliciano Mejía, Alida Castañeda Guerra, Guillermo Viladegut Ferrufino, Hernán Hurtado, Humberto Collado, Fredy Roncalla, Nilo Tomaylla, Niel Agripino Palomino, Lucinda Martinez Zuzunaga, César Aguilar Peña (el Chillico), Alarcón Silvera Blequer, Hermógenes Rojas, Lily Flores palomino, Luz Zamanez, Luis Rivas, James Oscco Anamaría, Genaro Orihuela Cahuana, Eduardo Castillo Ortiz (el rocinante), Ángel Maldonado, Venancio Alcides Estacio, Los Amautas de Chalhuanca, Aníbal Guerrero, Mariano Huillca Huamaní, y tantos otros que me hacen imposible nombrarlos, porque me pasaría toda la noche enumerarlos.

Federico Latorre Ormachea, estaba consagrado a la investigación y recolección de los indicios culturales a través de la oralidad que nuestros pueblos nunca han dejado de crear y practicar en sus vivencias comunales. Aun cuando los acechos de la aculturación, en un medio geográfico socialmente discriminado y agredido en todo momento, donde las riquezas culturales de nuestras comunidades originarias son fracturadas y desdeñadas hacia el individualismo occidental, Federico los rescataba de manera pacienzuda, con la ternura de un trabajador intelectual sumamente minucioso, para llevar a la escritural, porque entendía perfectamente que en aquellos manifiestos orales estaba vigente, toda una fusión del espíritu cultural de nuestro país. En especial, de la región de Apurímac.

Si pues, él hacia todo eso. No faltaron quienes desde sus artificiosos laboratorios de traslúcidos escribidores de cisnes y amantes prolegómenos de anorexias, tildaron sus trabajos de Federico: de escuetos descripciones regionalista, costumbristas pueblerinas, localista, folklorismo anecdotario etc. eso siempre lo han dicho, incluso a Vallejo, Mario Florián, José María Arguedas y a muchos provincianos intelectuales, quienes fueron agredidos con calumnias y discriminaciones llenas de mezquindades baratas.

Frente a éstas, por lo demás menudencias, quisiera citar las palabras oportunas de un gran artista plástico, cajamarquino, el pintor Ever Arrascue Arévalo, quien nos dice: “…Si alguien nos llaman pintores aldeanos o costumbristas, es mejor y estamos orgullosos de serlos, porque es mucho más significativo pintar un campesino, un pescador, un obrero, o una madre con sus hijos; porque esa es la esencia moral y social de la humanidad; además, creo que el arte es grande cuando nace de una necesidad humana…”
Sabemos queridos hermanos, la oralidad fue y sigue siendo el instrumento de mayor uso de los habitantes de nuestros pueblos andino amazónico y costero. Fenómeno sociocultural que influye y rige en gran parte, las concepciones de la vida común y colectiva de nuestras sociedades originarias. Pues con la oralidad, continúa manteniéndose latente las prácticas, el pensamiento patrimonial, la preserva de los valores procedentes. Nuestra historia, nuestro origen, nuestro futuro a partir del presente con las experiencias y conocimiento de nuestro pasado. De eso, Federico Latorre estaba muy seguro, y como todo hombre comprometido, trabajaba para un mundo nuevo. Sus palabras constituyen instrumentos de cambios, porque fue nato narrador, con evidente manejo de flexibilidad de términos propios en español peruano y runa simi (en quechuañol, como diría Arguedas).

Si leemos algunas líneas de una de sus cuantiosas obras de Federico, percibiremos lineamientos artísticos con acertada sensibilidad afirmativa, consciente de la pobreza, abandono y hambre de nuestra niñez mayoritaria del Perú profundo, intensamente sentidas y vividas por el escritor. Y es ahí, donde sus expresiones artísticas fluían con mayor altura, por cuanto están elaboradas de manera dulce, llena de imaginaciones fantásticas. Sus vocablos armonizaban con salpicones de aguaceros y relámpagos llenos de picardías andinas, ironías populares e historias de amores embrujados. Amores perdidos y reencontrados en algún rincón entre molles y retamales ocultos. Sus personajes son propios y mágicos, extraídos de las tradiciones populares de nuestros pueblos andinos; lo cual, evidenciaba su ideología en la revalorización y transmisión perenne del runa simi, hacia las generaciones futuras a través de sus relatos.

El señor Sisinio Fernández Quispe, que le hiciera el prólogo a una de sus obras de Federico: “EL Sonámbulo”, afirma de manera acertada en dicho preámbulo: “…Federico aspira combatir y menguar la alienación en que se sumerge a nuestra niñez y la juventud, encausándolas hacia la defensa de nuestros valores culturales, esclareciéndolas ideológicamente y orientándolas al servicio de nuestro pueblo; no en balde hay una gran coherencia entre su vida y su obra: ambas gravitan con intensidad positiva en la urgente tarea de forjar nuestra identidad cultural e independencia nacional…”

Y tenía que ser un maestro, ya jubilado, Federico seguía ejerciendo su profesión incansable de trabajador de la cultura, artesano de la palabra. Él, nunca dejó de ser maestro. Y pensar que en algún momento, la miopía y perversión de los míster miedo, tan igual a los escupidores desde el auto, como señala César Hildebrandt, algunos se encargaron de calumniar al magisterio peruano, de manera personal, social y profesionalmente y con todos los agravios humillantes que pudieran existir, aduciendo: que los maestros no leemos ni escribimos y, que somos simples comichaus.

No sé, cuánto tiempo pasará para que vuelva otro Federico Latorre Ormachea, los patronos de los nichos de la crítica oficialista, jamás aceptarán que en el interior de nuestro país: ayer, hoy y siempre, se vino y se sigue escribiendo una literatura elevada, cumpliéndose así la herencia genuina de la tradición narrativa y poética de nuestros pueblos andinos, amazónicos y costeros. Federico, es heredero y parte de esta tradición, más aún, siendo él, coterráneo del más inmenso intelectual de nuestro tiempo: el taita José María Arguedas.

Federico vivía y sentía a su pueblo natal, a sus buenos amigos, a la juventud, a la llegada del nuevo sol que aparecía por encima de Ampay y Salkantay, dibujando alegrías de los rocíos meciéndose en las intimpas y achanqairas; pero también a partir de su tristeza vital y sensibilidad que le causaban las realidades de abandono de nuestros pueblos rurales, escribía con la emoción de un hombre con sueños de saber, que algún día nuestros pueblos serán finalmente, constructores y dueños de sus propios destinos.

Fue distinguido en varias oportunidades, merecidamente, por distintas instituciones. El mayor reconocimiento fue, el de haber recibido con entera justicia, la Condecoración con las Palmas Magisteriales en el Grado de Maestro el 6/7/ 1999 por el M.E., en mérito a su ejemplar trayectoria de conductor de niños y jóvenes apurimeños y peruanos.(…)

Publicó más de 21 libros, y deja 18 obras inéditas. Pocos seres humanos han existido como él, escasos maestros que dejan honda huella de quién se podía aprender y mirar los ojos sin ataduras ni avaricia alguna. Sin erizos desde la espalda. Fue siempre abierto y sincero. De Federico, podíamos citar lo que dijo José Martí cuando falleció su amigo, el escritor venezolano Cecilio Acosta: “Cuando partió tenía limpias las alas…” Pues, así partió Federico Latorre Ormachea dejándonos en orfandad, y fue: un gran amigo, un gran hermano mayor, un gran Amauta. Por ahora eso es todo… y muchas gracias.

Lima, 20 de marzo del 2014

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