EL ABEJORRO NEGRO. Max Castillo

EL ABEJORRO NEGRO

 

NACIÓ ENTRE CAÑAS Y BARRO

 

Salía casi religiosamente a la calle para trotar, para enamorar a las muchachas míseras y lindas como él. Corría, trotaba feliz con sus pies inmensos descalzos, a las seis de la mañana con el calor eterno panameño sobre su cabeza de negro orgulloso. Christian Octavio Pavón era un muchachote de quince años, un negro, caliente, de piernas largas y fuertes que quería ser campeón mundial de boxeo. Siempre le dijeron que los mejores boxeadores del mundo eran los de su país como Panamá All Brown que también era de Colón, la ciudad panameña de negros grandes y orgullo de vida portuaria. Él corría por las calles de Colón, donde nació en 1918. Ya era temido por los matones y los delincuentes en 1933. Todos le decían campeón Pavón vení chico, en las chacras algo alejadas y lo mismo le gritaban cerca a su casa en su barrio marginal de Cristóbal, pueblo de negros pobres, de hombres tristes y bailarines de Zanzíbar cuando se inspiraban con alcohol y mariguana. Allí en Cristóbal, bajo los cocoteros y los maizales desteñidos, hongueados, deshacía a mocetones de 18, de 20 y hasta 25 años, a todos les rompía los dientes, los masacraba a sus quince años y llegaba a casa para comer su maíz tostado y tenía un sueño en el mundo, ser el mejor campeón wélter que jamás hubiera existido, y le brotaba el sudor y la árida cólera desaparecía cuando dormía cansado, victorioso, invencible como Espartaco.

 

EN LA PLAZA MANCO CÁPAC

Sí, mis hijos. Sí, mis muchachos. Yo fui el mejor, se los digo ahora, cuando en octubre me voy ya por los cuarenta. En mis tiempos revolución era mala palabra, no como ahora con comunistas que aparecen en periódicos, esos rusos y chinos o esos rebeldes en Cuba. Cuando estuve preso me los encontré, matones con garfios que fueron guardaespaldas de los grandes del Caribe, de Somoza, sí, presi de Nicaragua y amigos de Trujillo. Cuando me iba a los Estados Unidos vi a Trujillo en el Canal sin embargo no es de política de lo que voy a hablarles mis chicos, mis muchachos, es de las penas de un maldito, porque Jean Gilbert me lo dijo cuando tenía más o menos la edad de ustedes. Si hubieran conocido a Gilbert, con su sombrero de paño y sus zapatos brillantes, era bailarín también aunque especialmente era entrenador de campeones. Cuando me vio la primera vez yo corría por las afueras de mi Colón, la ciudad en donde nací y las chicas me decían Espartaco. Mi mamita, mis hermanos me gritaban cuando sudaba y no paraba de correr: “Christian, mi Christ” pero él, Gilbert, ese hombre de ébano, delgado como una estatua que se ve de lejos en Manhattan o acá en Lima, él me llamó con mi verdadero nombre, “abejorro negro, traes pavor y desgracia ajena, eres el enviado del diablo”.

Sí, chicos de esta carpa Manco Cápac de La Victoria, no sé si hay frente a mí bravos potros duros del puerto del Callao, de dónde sea y que esta noche me rodean. Soy el abejorro negro y cuando ataco mato sin remedio.

El negro de músculos elásticos y rostro impenetrable mandó al aire el humo de su habano. Unos veinte jóvenes que lo habían visto hacía media hora golpear la perilla no dijeron nada, era el abejorro negro, una leyenda del zaguán, de las calles malevas, era alguien que merecía respeto y no se bajaba ante nadie.

 

MUERTE Y MALDICION

Esa misma noche hubo un crimen y la sangre tiñó los pantalones blancos panameños de un boxeador que no quería retirarse sin un gran triunfo y buscaba a un joven para aniquilarlo. Le faltó tiempo, en la morgue examinaron el cuerpo musculoso y moreno. La boca olía a tabaco cubano y la dentadura postiza era perfecta. Un cuerpo sin vida camino a la putrefacción, el alma que ya no veremos más se va al limbo, al infierno, si es santo tocará con apremio el cielo. Nadie sabía mucho de ese hombre que vivía en un hotel entre las avenidas Grau y Abancay, que saludaba rápidamente y de allí a la Carpa de Manco Cápac a continuar entrenando. Los que sabían de boxeo escribieron en los periódicos pequeñas reseñas de un campeón perdido que en 1933 mientras leía, a pesar de ser casi un analfabeto, que Carlos Gardel se mataba en un vuelo allá en Medellín, un entrenador haitiano lo miró a los ojos y le dijo: “lo mataste boy, lo mataste”. Un boxeador de quince años, un patancito admirado por sus músculos de acero que aterrorizaba a los rateros de Colón y al que las mujeres le movían todo el cuerpo, era el augur de la muerte, del infortunio. “Abejorro negro lo mataste a Gardel. No te gustan los blancos. Lo noto boy, lo demuestras kid” y el abejorro negro seis meses después mataba en una rencilla a un temido, joven ladrón, al mulato Bolín Reyes y los ladrones del centro comercial de Colón se la juraron al quinceañero y también los de Balboa, porque de allí era ese Bolín Reyes, malevo de cuchillo traicionero y el abejorro se comió cuatro años en la cárcel .Al regreso del infierno caliente de las rejas, en su casa, lo esperaba Jean Gilbert. El abejorro negro cogió su saco, las zapatillas que su madre limpiaba cada domingo. También le había comprado con lágrimas y esfuerzo un sombrero al hijo que se fue a Miami para realizarse, para ser otro Panamá All Brown.

En los Estados Unidos los negros se rompían las espaldas, los labios, se destrozaban el hígado con golpes y corrió la droga, la morfina que se inyectaba en Miami, en San Luis Missouri, en donde vivió hasta el 46. De allí le dijeron: “anda a Buenos Aires o a Lima, les ganas a esos negros claros de Lima y vuelves”. Estuvo en Buenos Aires un mes pero, como le había dicho una tarde fatal Jean Gilbert, no le gustaban los blancos y en Lima boxeó contra los chinchanos y los trujillanos, deshizo a un dominicano enviciado con tanta droga, además de a un compatriota suyo y a un cubano que había vivido veinte años en España y Portugal. A todos esos gastados, miedosos y viciosos los golpeó cuanto quiso, los demolió como si fueran ratas temblorosas, sucias. Por eso lo odiaron más. ¿Al final quien mató a ese hombre una medianoche en La Victoria? Pregúntenle a las ratas que corren por miles en esas calles olvidadas, porque la policía no se hacía problemas, total uno más a las fosas comunes, un negro malo y pobre para olvidar pues. Simplemente para olvidarlo.

 

 

GEORGE CLIFT Y SU HISTORIA

 

George Georgy Clift era neoyorkino. Amaba sus rascacielos, sus barrios de pakistaníes y de vietnamitas y le gustaba mucho el boxeo. Fue a Florida para gozar viendo como Clay noqueaba a Sonny Liston en menos de un round y obtuvo una entrevista con un mito vivo, con el escritor Norman Mailer. Él ya no podría escribir ahora la biografía de un campeón, existían muchas, habíase escrito tanto sobre la historia del boxeo. De todos modos su obsesión era escribir un gran libro, un best seller conocido en el mundo.

En julio de 1974 encontró en una sauna a un poeta peruano, Juan Duran, los dos se comunicaron en un buen francés, porque Juan aunque lo estudió nunca aprendió el inglés. Vivió cuatro años en París cuando había abandonado el monasterio benedictino en Saint Michelle y después en 1974 estuvo casi un año en New York enseñando francés y latín.

La verdadera pasión de Juan era los poetas de su país, sus vidas, sus poemas. Conocía cada detalle de las vidas de Eguren, de Vallejo. Era por entonces uno de los pocos seguidores de César Moro. Estaba enterado de la obra total y los sucesos políticos que llevaron a la muerte a Javier Heraud. De todo eso habló con Georgy Clift en la sauna. Un grupo de seres desnudos e ignorantes siguieron durante una tarde, y parte de una noche la conversación francesa de dos grandes apasionados. “Anda a Lima Georgy tengo un archivo de periódicos y revistas limeños desde los años veinte a la actualidad”, fue la última frase lanzada con una risa forzada por Juan Duran al amigo gringo. Un año después le cayó a su domicilio limeño en Camino Real. En esa casa grande, elegante, donde las violetas imperiales y los crisantemos florecían en un precioso jardín. George A. Clift leyó durante semanas la historia de Mauro Mina, de Antonio Frontado, obtuvo datos de Bom-Bom Coronado y de K.O. Brisset. Se volvió un apasionado de los gladiadores afro peruanos, de sus victorias, de sus llantos y melancolías tras ser derrumbados por puñetazos letales con sabor a ladrillo. Estuvo casi un mes en ese agosto de 1975, ya se disponía alejarse de su nuevo amigo, el melancólico, torturado, el tristísimo Juan Duran y se encontró de pronto con un símil cotidiano de la aparición de Cristo a San Pablo. Era un comentario realizado por Blas Arcángel, el famoso cronista argentino especializado en el boxeo y en la vida bohemia en la Lima de los cincuenta. Blas Arcángel con su fiera mirada, en un relato breve y duro del mes de octubre de 1958 relataba la muerte de Christian Pavón, El abejorro negro… El abejorro negro un caso, un tema macanudo pensó Georgy Clift y ya tenía en su mente su tan deseado libro, escribir de un mito, buscar datos e inventarlos si era necesario. Se despidió de su amigo el triste poeta Juan Duran, le besó con ardiente emoción la mejilla derecha y le estrecho con fuerza bruta la mano. Te dedicaré el libro, le dijo en un castellano forzadísimo. Juan repetía ante eso, ojalá amigo, ojalá….

 

 

 

En enero de 1985, el Perú estaba conmovido por una insurgencia, estallaban petardos por todas partes, se vivía entre pesadillas y asesinatos. Llegó a la puerta de la casa de Juan Duran, en la Avenida Camino Real, un correo certificado. Era el libro de George A. Clift, llevaba el título de Abejorro negro y había aparecido en una elegante edición de Viking Press. La portada no tenía ninguna foto del verdadero abejorro negro, el boxeador panameño asesinado en La Victoria el 25 de septiembre de 1958. Se había escogido una foto en sepia del diestro Bom-Bom Coronado, pero eso no importa casi nada. “El señor Juan Duran ya no vive acá”, respondió un grueso moreno de unos sesenta años al cartero, quien volvió a su oficina con el bello libro de quinientas páginas que tenía una dedicatoria: “A mi amigo el poeta peruano Juan Duran”. Eso a nadie le importaba ya, como nadie se acordaba que Juan Durán, al cumplirse dos años de la despedida del apasionado periodista americano, había tomado folidol y se retiró a su manera de este mundo desordenado, angustiante y decepcionante. Juan Duran también sufría mucho, tenía un abejorro negro en la espesura de su alma exquisita.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s