Documentación y ficción en El rincón de los muertos de Alfredo Pita, novela sobre Ayacucho de 1991. Santiago López Maguiña

Tomado del blog Bordes

del distinguido amigo y profesor.

Documentación y ficción en El rincón de los muertos de -Alfredo Pita, novela sobre Ayacucho de 1991.

Pita, Alfredo. El rincón de los muertos (2014). Lima: Textual Pueblo Mágico. 478 pp.

La mayor parte de las novelas sobre el conflicto armado que vivió el Perú durante la década del ochenta del siglo pasado y parte de los noventa, cruzan en sus narraciones y en sus discursos dos regímenes de verdad: el del documento y el de la ficción. Ese cruce, sin embargo, tiene lugar en una situación comunicativa que es de suyo ficticia. Aunque las narraciones hacen referencia a acciones y escenarios en efecto reales, los discursos echan mano de diversos procedimientos para evidenciar que lo narrado es ficticio. Pero a la vez muchos relatos llevan signos indudables que proceden del universo de referencia del conflicto armado y su veracidad, es decir, su conformidad con la verdad de los hechos es verificable.

Esa ambivalencia caracteriza de manera especial la novela de Alfredo Pita El rincón de los muertos, que es una ficción que lleva al lector a la ciudad de Ayacucho de 1991, uno de los años más duros de la guerra interna que sacudió al Perú como consecuencia de la insurgencia armada del Partido Comunista del Perú, mejor conocido como Sendero Luminoso, que era el nombre de su órgano de prensa. Las acciones guerrilleras se habían multiplicado y el grupo insurgente hablaba de haber alcanzado el equilibrio estratégico: una igualdad de fuerzas con el Estado y sus instituciones armadas, que le daba la posibilidad de iniciar el asalto final a las ciudades para terminar con la toma del poder. Las Fuerzas Armadas y la Policía por su parte habían intensificado y ampliado las operaciones represivas y de combate. Continuaban las intervenciones cruentas sobre los campesinos y se dice que se desarrollaba una estrategia de exterminio contra las poblaciones campesinas e indígenas sospechosas de mantener colaboración con los terroristas. Aparecieron por entonces grupos de aniquilamiento selectivo, encargadas de desaparecer y ejecutar de manera extrajudicial a quienes veían como aliados de Sendero Luminoso. O sólo sospechosos. O peligrosos por su posición crítica frente a la política antisubversiva del gobierno. O por creerse que sabían demasiado, que, según todas las evidencias, fue el caso del periodista Luis Morales Ortega, quien saltó a la luz pública en 1983, por su participación en las investigaciones en torno a la matanza de ocho periodistas en las alturas de la provincia de Huanta, en Uchuraccay. Era corresponsal del Diario de Marka, por ese tiempo periódico de la izquierda peruana unificada y su colaboración para esclarecer los hechos fue muy importante, pues sirvió de nexo con los campesinos indígenas de esa zona gracias a su dominio del quechua. Su figura se hizo popular en la prensa peruana y es recordado por su pinta bonachona, su atuendo informal y desgarbado, su aspecto de comerciante mayorista, su bigote negro y su sombrero desarreglado. En Ayacucho la investigación periodística que realizaba se hizo incomoda y mortificante tanto para los subversivos como para las fuerzas del orden, las amenazas le llovieron y tuvo que salir de allí. Permaneció luego en Lima como colaborador en diversos medios de prensa y volvió a Huamanga en 1990. En esa ciudad lo cogió la muerte un año después, cuando salía de su casa, asesinado a balazos por un comando de aniquilamiento perteneciente al Grupo Colina, formado por el Ejército para realizar tareas clandestinas especiales, según los indicios y pruebas que se han logrado recabar.

El rincón de los muertos se transpone ese suceso a una ficción narrativa. En ella se noveliza las peripecias que un periodista español, Vicente Blanco, un free lance, que hace reportajes sobre conflictos diversos que se libran en Medio Oriente, Europa y América, que pasa en Ayacucho, ocho años después de la matanza de periodistas en Uchuraccay. Blanco llega al Perú para hacer una investigación sobre lo que estaba aconteciendo en Ayacucho animado por un colega peruano, Rafael Pereira, que había cubierto la información posterior a la mencionada matanza en 1983, enviado por el Diario de Marka en reemplazo de Eduardo de la Pinela, uno de los asesinados. En el afán de recoger datos para su reportaje entra en contacto con Luis Morelos y Máximo Souza, al primero de los cuales se lo puede identificar con Luis Morales, mientras que al segundo con Magno Sosa, con los que entabla una relación de colaboración muy estrecha y una amistad entrañable en muy poco tiempo, y llega a ser testigo del desenlace trágico del empeño en el que hallan implicados de probar que en el Cuartel Los Cabitos las Fuerzas Armadas torturan y asesinan a los detenidos, cuyos cuerpos creman y entierran con cal para hacer desaparecer toda huella.

La transposición de los hechos reales a la ficción se hace de acuerdo a una estrategia que, por un lado, permite identificar a los personajes y escenarios del mundo ficticio con referentes del mundo histórico real, y que, por otro lado, define una distancia que separa un mundo de otro. La novela por regirse por los códigos de verdad propios de la ficción despliega un mundo posible inverificable, pero a la vez por regirse con principios del realismo literario y, más aun, de la documentación periodística busca producir impresiones de realidad que pueden ser constatables. Hay situaciones que han ocurrido, como la muerte de Luis Morales, que en la novela aparece con el nombre de Luis Morelos, como ya fue dicho. La narración repite con fidelidad el registro de los sucesos tal como ha sido transmitida por la prensa y por otras fuentes, como el Informe Final de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, la CVR. Transpone la descripción del personaje real, bien conocido por el gremio periodístico y por los lectores de los años ochenta y noventa, en la descripción del personaje ficticio. Cierto, la transposición toma otras fuentes, que no ofrecen la garantía de objetividad de los periódicos y los informes oficiales, pero en los resultados que da una impresión de verosimilitud de bastante fidelidad. El retrato que se hace del personaje parece corresponder con vivacidad al que existió, no porque esa sensación surja de una comprobación fehaciente, sino porque el lector percibe que corresponde al tipo de actor que era el referido individuo. Su presentación en distintas situaciones se adecua a lo que se espera de una representación de él y depende de los detalles que el enunciador destaca de su actuación: de sus rutinas y costumbres, de su gestualidad y estilo de comportamiento verbal, en su suma, de su composición como personaje, que son resultado en mucho de la habilidad del escritor para plasmarlo y hacerlo creíble. Sin duda, hay que señalar que para demostrar el grado de adecuación óptima habría que hacer un análisis que cotejase textos fuentes con el texto meta en el que se configura el retrato resultante, comparación, sin embargo, que aunque se hiciera llegaría a concluirse que Luis Morelos es un personaje cuya verosimilitud y cuya veracidad dependen en última instancia del orden del sentido y de la significación de la propia novela, de las formas en que es configurado y tematizado. Justo a este respecto hay que comentar que la novela juega muy bien con la mezcla del género de lo documental y testimonial, que afirma ser veraz respecto al universo de referencia sobre el cual formula sus enunciados, con el género de la novela que se rige por códigos de verosimilitud y por estrategias que no se cuida de ser veraz. De todas maneras en El rincón de los muertos se produce como la simulación de un testimonio acerca de un suceso en efecto ocurrido, que cobra en el discurso la condición de hecho posible, pero no real.

Un retrato cuya verosimilitud y hasta veracidad parece de indudable fidelidad con respecto a su referente es el del “Arzobispo Crispín”, que remite al Arzobispo de Ayacucho, Monseñor Cipriani, en ejercicio durante 1991. La práctica discursiva, gestual y verbal del “Arzobispo Crispín” tiene como fuente la misma práctica de Monseñor Cipriani, representada en textos escritos, radiales y televisivos, en testimonios directos recabados en conversaciones y entrevistas no recogidas por la escritura u otro medio, y en la misma experiencia del enunciador – escritor. Los textos fuente del texto meta (de la novela) son numerosos por el carácter mediático del actor de referencia. Los soportes en los que pueden encontrarse declaraciones suyas, acerca de numerosos temas, en especial políticos, son abundantes. Por eso el habla del personaje del texto novelesco parece en muchas ocasiones (¿todas?) transcripción directa del discurso oral del personaje histórico real, reproducido en textos escritos y audiovisuales. El lector reconoce por ejemplo argumentaciones y estilo de enunciarlos que proceden de la entrevista que diera a la revista Caretas en abril de 1994 en la que afirma que los derechos humanos son relativos y brinda su apoyo a la estrategia que desarrollan las Fuerzas Armadas en su combate contra los insurgentes de Sendero Luminoso, la cual no puede evitar excesos y efectos colaterales. Como en el caso de la representación de la configuración de “Luis Morelos”, la del “Arzobispo Ciprín” no siempre repite las situaciones comunicativas o semióticas donde los textos fuente fueron enunciados. Los textos fuente son ubicados en el texto meta en situaciones semióticas distintas. Así las declaraciones del Arzobispo Cipriani en el contexto de la entrevista mencionada publicada por Caretas, aparece en la novela como parte del discurso del “Arzobispo Ciprín” en un diálogo que ocurre en el local del Arzobispado de Ayacucho. Aunque, claro está, se puede pensar que las ideas fuente eran repetidas en distintas situaciones. De esa suerte es verosímil esperar que pudieran haber sido enunciadas en diferentes contextos.

Los hechos transpuestos forman parte de una narración que comienza como un relato de viajes narrados por un periodista español, Vicente Blanco, que se traslada a Lima y a Ayacucho para informar acerca de los sucesos de la guerra iniciada por Sendero Luminoso. Tiene en principio muchas de las características de un relato de tal tipo. Un personaje se desplaza de un lugar familiar y conocido a otro desconocido y extraño. El Otro espacio se le aparece como un ámbito geográfico, ecológico y cultural por descubrir, que es una operación que realiza mediante comparaciones entre lo suyo y lo ajeno. Hay manifestaciones contrapuestas y similares. Casi todo es distinto en principio, pero a medida que en personaje se informa y adentra en el conocimiento del medio y de la lógica de la singular guerra que se libra en Ayacucho, que ocurre en paralelo con las relaciones de amistad y de carácter afectivo que establece con muchas personas, encuentra este mundo es en muchos aspectos similar al suyo. De la sensación de extrañeza que le ocasiona Ayacucho y de la distancia con que la observa pasa a sentir que ella tiene mucho de familiar y conocido, y se pone a mirarla de una manera próxima e íntima. Las representaciones que se hace de esa ciudad, de su historia y de lo que ella vive se tornan en un horizonte de referencia con cuyo pueblo se identifica. De esa suerte el narrador viajero, que también es un estudioso del territorio que recorre y de la cultura que allí se desarrolla, se convierte en un testigo integrado. El relato de viaje entonces se convierte en relato testimonial. Pero también se convierte en thriller, relato de suspenso, y relato de aventuras en la que los personajes principales arriesgan sus vidas, todo ello, sin embargo, instalado en un escenario de confrontación política, de encuentro entre actores antagónicos que buscan imponer sus propios proyectos de vida, lo que constituye una situación extraña y hasta absurda, pues contienden maoístas, que suponen que la realidad peruana es casi idéntica que la realidad peruana, de acuerdo a un principio de universalidad asumido por Mao, según supone Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, con las Fuerzas Armadas que en la novela es actor que sigue una estrategia de guerra antisubversiva consistente en la eliminación indiscriminada del contrincante.

La guerra que se libra en Ayacucho aparece como una conflagración muy extraña. La guerra que allí y en el campo más o menos aledaño tiene lugar es una guerra singular. Se ve de entrada que no es un conflicto de escaramuzas abiertas. No se lucha de manera abierta y en el día. Vicente Blanco encuentra que es una confrontación nocturna, sigilosa, clandestina, entablada entre enemigos que se matan por la espalda, que se secuestran y que se laceran y mutilan los cuerpos con saña. Por eso una de las huellas más frecuentes que la guerra deja es la de los cadáveres que aparecen arrojados en calles, muladares y casas, muchos de ellos troceados. Descubre también que la guerra se desarrolla fuera de la ciudad, en el campo, donde así mismo es difícil que ocurran conflagraciones visibles. Aunque se siente el conflicto en estado latente. Las acciones de guerra ocurren igual que en Ayacucho y otras ciudades de una manera soterrada y por la noche, y sobre todo en zonas alejadas. En las alturas, donde se establecen las comunidades campesinas y a donde llegan las fuerzas guerrilleras. Esas comunidades enfrentan por eso la situación difícil de hallarse entre dos fuegos, ante dos contendientes con los cuales la mayor de las veces ellas no comparte valores ni intereses. Desde muy temprano Vicente Blanco percibe que el conflicto armado es ante todo una suerte diálogo violento entre dos actores separados de la población, la cual sufre espantada y con resignación su inclusión en una lucha que no le incumbe.

Existe la sospecha y muchas evidencias de que las Fuerzas Armadas están comprometidas con ellas. Es más, de que ellas hayan ejecutado de manera extrajudicial a los desaparecidos, tras haberlos apresado o secuestrado, y luego de haberlos torturado, y más tarde seccionado, incinerado y enterrado con cal para borrar toda huella, como se hizo en el Cuartel Los Cabitos de Ayacucho. Son hechos que hoy se sabe con bastante certeza ocurrieron en efecto, aunque la justicia no los haya sancionado en forma definitiva, ni el Informe de la CVR establecido de una manera concluyente. En el tiempo en que transcurre la novela aún no se ha comprobado con completa seguridad que esas acciones hubieran tenido lugar. Se sabía si que las Fuerzas Armadas desarrollaban en el campo una estrategia de guerra subversiva que incluía la represión indiscriminada y la matanza de comunidades enteras, de las que se recelaba y presumía colaboraban con Sendero Luminoso o incluso participaban de su proyecto revolucionario. Falta demostrar que también en Ayacucho se realizaban ejecuciones extrajudiciales y matanzas masivas, a pesar que había más testigos y actores competentes para investigar e informar, más conectada con los medios de comunicación, donde trabajaban ONGs, y de cuando en cuando pasaban visitantes, científicos y periodistas de Lima y del extranjero, que pudiesen enterarse de esos hechos e informar al exterior.

El periodista español va tomando conocimiento de todo ello en medio de un contexto social en el que al mismo tiempo es posible experimentar una vida social más o menos normal, lo que le permite sentir y captar diversos aspectos de la cultura ayacuchana, su culinaria, en alguna medida semejante a la española, pero también muy distinta, su música, los modos de interacción social. A la vez que esas experiencias le hacen vivir sensaciones y alcanzar convicciones de estar tanto ante un mundo muy distinto como a la vez en cierta medida próximo del suyo. Vive entonces un estado cercano al que caracteriza a lo siniestro, según lo define Freud, que es el estado sensible y cognoscitivo que suscita la experiencia de lo “familiarmente extraño”, que es experiencia que no solo lo afecta como viajero que investiga en otro mundo que en muchos aspectos se parece al suyo, sino como alguien que encuentra en ese mundo signos, textos y presencias que pueden ser idénticos. Por eso Vicente Blanco que mantiene una distancia cultural y profesional con respecto al mundo sobre él trata de hacer enunciados periodísticos objetivos, llega al mismo tiempo a identificarse con él. Ese es un proceso muy complejo, del que no se pude dar cuenta en este artículo. Es el proceso de un enunciador intérprete que en el empeño por representar un mundo de referencia alcanza a identificarse con él. Pero es también el proceso por el cual el intérprete desarrolla un conocimiento de sí. La guerra y sus consecuencias en la vida de Ayacucho, y el aprendizaje de su cultura, tocan fibras le conducen a una vuelta sobre sí mismo, a ver su propia historia, la guerra civil española, entre otro sucesos, y sus repercusiones sobre la existencia de los españoles y sobre la suya propia. Todo ello no puede ser descrito ni analizado aquí. Pero es importante señalar que la experiencia en Ayacucho lo devuelve a un momento traumático de su infancia, al tocamiento sexual, al manoseo de su cuerpo por un sacerdote en el colegio. Es una rememoración desencadenada por la presencia de la curia católica, en especial del “Arzobispo Crispín” con el que interactúa como parte de su gestión periodística.

El relato de viaje típico comprende a menudo un recorrido por la biografía del viajero, que en ese tránsito se transforma. Más aun cuando el viaje presenta situaciones difíciles, confrontaciones que actualizan momentos similares, que engendraron miedo y ansiedad. Es lo que sucede con el viaje que realiza Vicente Blanco. Al menos dos situaciones enlazadas entre sí son las más significativas: son situaciones que convierten el relato de viaje en un relato de conocimiento de sí, pero sobre todo en la crónica de la revelación de una verdad atroz. Una de las situaciones es el descubrimiento de pruebas fehacientes respecto a las ejecuciones extrajudiciales y matanzas que se realizan en el Cuartel Los Cabitos, mientras que la otra es el hallazgo que se produce de una manera progresiva, pero también súbita, de la participación activa del “Cardenal Crispín” en la planificación de las operaciones antisubversivas, situación sorprendente por cuanto se presume que sólo las avalaba y apoyaba.

El relato del descubrimiento de las ejecuciones extrajudiciales, que explica las desapariciones, es el eje temático central de la novela, y sus principales protagonistas son los periodistas Luis Morelos y Máximo Souza. Cuando estos se conocen con Vicente Blanco se hallan a punto de encontrar las pruebas de las ejecuciones en el Cuartel Los Cabitos, y sus investigaciones se llevan a cabo de una manera muy reservada y secreta. Cuando la novela termina en la práctica con el asesinato de Luis Morelos por un comando del Servicio de Inteligencia del Ejército, el periodista ya ha conseguido la información suficiente para hacer la denuncia respectiva. Se colige de ese hecho que el Ejército lo asesina porque estima que sabe demasiado.

Los dos principales descubrimientos aparecen como parte de un thriller, de una narración regida por el suspenso, lo que le da una marcada tónica de relato policial o relato de espías, que recuerdan las famosas intrigas de Grahan Green, que tienen un componente psicológico importante, como ocurre en esta novela de Alfredo Pita, sin caer en el psicologismo. Al mismo tiempo esos descubrimientos que integran el texto ficcional, llevan una carga testimonial y de denuncia. En el mundo posible y solo supuesto aparecen como hechos indudables, ciertos, irrebatibles, a diferencia de los sucesos efectivos a los que hacen referencia. Estos sucesos, sobre todo el de la muerte del periodista, aunque se tiene mucha evidencia no se pueden aún constatar con certeza. El Informe de la CVR sólo hace apuntes generales acerca de su presunta verdad y el poder judicial no ha dado hasta ahora un veredicto definitivo. En contraste con esa neblina que el Estado levanta sobre los hechos, en el mundo paralelo de la ficción ellos se perciben con la transparencia de un amanecer luminoso. Se transmite un testimonio incontestable que, sin embargo, se pierde y disuelve en la indiferencia.

Hay que leer la novela de Pita, tanto por la intención de reparo testimonial, como de justicia que la anima, como por su interesante composición y riqueza literaria, de la que en estas notas apenas si se ha podido dar cuenta. Sin riesgo a equivoco se puede sostener que está será libro clave para entender los momentos que vivió el Perú y aún vive en muchos aspectos de los años ochenta y noventa del siglo pasado, como un texto literario de gran factura.

Santiago López Maguiña
UNMSM
Profesor del Departamento de Literatura

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