UN POEMA COLONIAL CUZQUEÑO EN LA MIRADA DE UN POETA CUZQUEÑO CONTEMPORÁNEO: ODI GONZÁLES Y APU INKA ATAWALLPAMAN. Mercedes López-Baralt.

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Nachus tawa chunka watana pana pani Merdedes Lopez-Baralta reqsirqani Limapi. Chaymanta Ithacapim kaqmanta tuparquyku. Chaypi riri ritipi salsata tusupayku Waman Pomamanta rimapakuq kayraku. Kunanqa ancha yachaysapam paninchik kachkan.  Odi Gonzalezpa libruntapas qallarinninta qellaqaspa Lima, Cuskupi, Newyorki  Odiwan Kuska puripakun. Pana paniqa Universidad de Puerto Ricopim yachachiq. Kaynatam Apu Inka Atahuallpaman Odi tiqrasqanmanta qayna tuta  Nuyorpi rimarirqa.  Paykunapaq  Acomayo de Condemayta “Cuerpo soltero” huaynuchata yapaykuchkayku.

 

UN POEMA COLONIAL CUZQUEÑO

EN LA MIRADA DE UN POETA CUZQUEÑO CONTEMPORÁNEO:

ODI GONZÁLES Y APU INKA ATAWALLPAMAN

 

Presentación de Mercedes López-Baralt

 

 

Éste es el libro que esperaba una enamorada de la elegía quechua anónima por Atahualpa. Perdonen que comience en clave de bolero, porque Es la historia de un amor… Y no me cabe otra que contarla aquí. Leí Apu Inca Atawallpaman por primera vez a inicios de los setenta, en el inolvidable libro de Miguel León-Portilla, El reverso de la conquista. Que reproducía la versión castellana magistral de José María Arguedas. Y digo magistral, porque el recordado autor de Los ríos profundos mamó en la leche el quechua, para decirlo en palabras de su predecesor, el Inca Garcilaso. Pero hay otra razón aun más contundente: más allá de su experiencia andina y de su profesión de etnólogo, Arguedas es un poeta. No me refiero a sus versos bilingües, que tan sólo son la punta del témpano, sino al hecho de que todo lo que toca lo convierte en poesía. De ahí que en sus novelas la prosa alcance unos niveles de lirismo más altos que los de sus mismos poemas, logrando el milagro de revelarnos los secretos del quechua en español. Y que, por lo tanto, haya logrado la traducción más hermosa de Apu Inka Atawallpaman. Lo que aceptamos gozosos Odi Gonzáles y yo.

Hechizada quedé con la lectura de la Elegía, y tanto, que poco después quise estudiar antropología para entender mejor las crónicas mestizas del Inca Garcilaso y Guaman Poma de Ayala, imantadas por el pensamiento mítico andino, y para poder leer el poema en su lengua original. Esto último lo logré mientras hacía mi doctorado en Cornell. Mi recordado mentor y colega Donald Solá ofrecía cursos de quechua y me matriculé al llegar a la universidad. El primer año éramos cerca de 25 alumnos. En el segundo, la matrícula se redujo a cinco (el quechua no es fácil). En el tercero – y excusen el ripio – quedé sola con Solá. Y encantada. Me llevó a su oficina, porque el aula sobraba para dos, y allí – oh dicha para una estudiante curiosa y apasionada – con su amabilidad de siempre me preguntó qué quería que tradujéramos en el curso. Me serví con la cuchara grande y le riposté que el primer semestre podíamos dedicarlo a traducir porciones del manuscrito de Huarochirí, y que el segundo lo dedicaríamos a Apu Inka Atawallpaman. Así lo hicimos, para mi deleite, con un premio al final de ese tercer año: publiqué una transcripción de la Elegía con dos traducciones: una al inglés y otra al español.

Aquello sucedió en 1980, y he regresado a ella varias veces. Llevo, pues, cuatro décadas prendada de este poema único. Lo he asediado con profundo respeto, muy consciente de que no soy quechuahablante, sino una estudiosa caribeña que ama el mundo andino. Y este amor me lleva a querer saber más de su origen, de otras opciones de traducción, y sobre todo, de otras interpretaciones. Digámoslo de una vez: llevo mucho tiempo anhelando que un estudioso peruano, nacido en una comunidad quechuahablante, se ocupe de Apu Inka Atawallpaman. Por una razón muy sencilla: quiero saber más del poema que hace años me acompaña.

Y hete aquí que en la primavera del 2012 conozco a un poeta peruano. Que no era otro que Odi Gonzáles, también profesor de quechua, cultura andina y literatura latinoamericana en New York University. Que respondía, sin saberlo, a mi reclamo silente. Para dialogar conmigo sobre la amada Elegía en el libro que entonces estaba preparando, y que hoy, tras haberlo prologado, me honra prologar: Elegía Apu Inka Atawallpaman: Primer documento de la resistencia inka (siglo XVI). Mi encuentro con Odi fue una instancia perfecta de lo que Jung llama la sincronicidad: una coindidencia no causal, sino significativa.

Antes de calibrar las aportaciones del libro que nos ocupa, que son muchas, debo hacer referencia a la lección ética implícita en sus páginas. En un despliegue de generosidad, Odi Gonzáles logra algo que suele escasear en la crítica: discrepar de sus predecesores con elegancia, aceptando algunas de sus lecciones, complementando ideas y refutando con argumentación sólida hipótesis que no lo convencen.

Disentir para construir. Eso es lo que hace Odi Gonzáles. Dicho esto, acerquémonos ahora a un libro enjundioso y erudito, que se lee con gran placer. Porque está escrito no sólo como debe ser, con claridad meridiana, sino con un estilo poético que nos da fe del oficio y de la pasión de su autor. Y que resulta paradigmático de la buena crítica, por el dominio de la materia y la argumentación sólida y minuciosa de cada punto que toca.

Resumamos, antes de comentar el libro, su contenido. En primer lugar, en un breve prólogo titulado oportunamente “Justicia poética”, su autor confiesa la razón biográfica de su amor por la Elegía. Luego narra su azaroso descubrimiento, enumera sus estudiosos, y explica los debates en torno a la fecha y la autoría del poema. Es entonces cuando propone su hipótesis de que éste constituye el primer documento de la resistencia incaica. Le sigue a ésta otra hipótesis: la de sus posibles autores, entre ellos el jesuita mestizo Blas Valera. Examina las coincidencias entre Apu Inka Atawallpaman y la Instrucción de Titu Cusi Yupanqui y describe el ciclo textual de la muerte de Atahualpa, así como las repercusiones de la muerte de Tupac Amaru en tres cronistas: Guaman Poma, Martín de Morúa y el Inca Garcilaso. Demuestra la imposibilidad de la autoría de un monolingüe quechua, para de inmediato explicar cómo el metro del pie quebrado (versos de 9 sílabas y a veces de ocho, alternados con versos de cuatro, que constituyen la quiebra silábica) y la rima consonante que emplea la Elegía, confirman la autoría de un escritor mestizo aculturado (Gonzales nos recuerda que en los Comentarios reales el Inca afirma que la poesía oral quechua es – como la poesía anónima y oral en todas partes – de versos cortos con rima asonante). Tras estas consideraciones, nuestro autor se lanza de lleno al comentario del poema, nombrando los siete segmentos que lo componen: los presagios, la muerte mítica del Inca, las interpelaciones, la lamentación de la reina madre, los hechos históricos, la apoteosis del cuerpo presente y la gravitación de lo colectivo sobre lo individual. A ello le sigue lo que consituye el núcleo del libro, de carácter dialógico: el comentario del autor sobre su propia traducción de la Elegía, en un aleccionador careo con otras traducciones: la de José María Arguedas (su interlocutor principal), y las de José María Farfán, Teodoro Meneses y la que escribe estas líneas. El final del libro contiene una reflexión sobre el silencio ominoso de los poetas peruanos tras la aparición de la Elegía, interrumpido por pocas voces, y un apéndice con la traducción y la transcripción de Apu Inka Atawallpaman por Odi Gonzáles, además de la consabida bibliografía. El aparato erudito del texto – las notas – van a pie de página, para que el lector pueda conocer de inmediato información precisa que ilumina o amplía los temas abordados en cada página.

Gonzáles comienza su libro aclarando la posible contradicción que engendra el hecho de que elegía es cuzqueña y su homenajeado es el Inca de Cajamarca. Nos recuerda que, con la ejecución de su hermano Huascar, Atahualpa fue el único rey Inca que quedaba. Esencializado y mítico, se convirtió en emblema de una nación vencida. Sin embargo, la muerte del primer Tupac Amaru fue mucho más importante, pues supuso ya la aniquilación definitiva de una estirpe, la destrucción de un mundo. Ambos incas se fundieron entonces en la memoria colectiva andina en un poderoso símbolo de resistencia, y la conjunción de ambos holocaustos propició la creación de la Elegía.

Pero detengámonos en uno de los problemas más difíciles que aborda el libro: la fechación y autoría del poema. Sobre su fecha, González parte de una afirmación de Arguedas (“la elegía ha sido escrita a cierta distancia de la muerte de Atahualpa”), para proponer que su composición podría situarse durante los últimos cincuenta años del siglo dieciséis. Estos años fueron marcados por tres eventos cruciales, tras la muerte de Atahualpa en 1533: el gobierno neoInca de Vilcabamba (1536-1572), la revuelta mesiánica Taki Onqoy en Ayacucho (1565), y sobre todo, la muerte de Tupac Amaru I en 1572. El carácter publicitario de este último evento – “pavoroso montaje de escarmiento en la Plaza de Armas de Cusco” – creó, malgre lui, una multitud de testigos que articularon la tradición oral que nutre la Elegía, y a la que los cronistas indígenas Guaman Poma de Ayala (1615) y Garcilaso de la Vega (1617) aludirán en sus escritos. Gonzáles afirma que no se trata de un poema moderno, pues no se parece a la poesía del peruano Mariano Melgar (1790-1815) ni a la del boliviano Juan Wallparimachi (1793-1814). Pero sobre todo, porque su dolor ante la aniquilación inminente del mundo andino es demasiado intenso para que lo provocase un suceso histórico remoto. De ahí su propuesta de que la Elegía expresa un sentimiento colectivo de la mitad del siglo dieciseis.

Odi Gonzáles también propone que la Elegía proviene de la convergencia de dos culturas (la andina y la hispánica) y dos códigos (la oralidad y la escritura), lo que supone un autor individual que reelabora la tradición oral, anónima, de los testigos de la ejecución de Tupac Amaru I. Y que tuvo que haber sido un mestizo quechuablante de nacimiento. Más aún: sugiere que pudo haber sido uno de los hijos de Huayna Capac o de Manco Inca. También pudo haber sido uno de los testigos de la muerte de Tupac Amaru en 1572. Sea como fuere, el autor adquiriría una educación bilingüe en el Colegio de Indios Nobles que había en la colonia temprana en el Cuzco para la élite mestiza.

Más allá de la escuela para indios nobles del Cuzco, la otra manera que tenía un mestizo por aquel entonces de acceder a la cultura hispánica era la de abrazar la carrera sacerdotal: de ahí que Gonzáles proponga que el jesuita Blas Valera, que vivió en una comunidad andina de Cuzco, también pudo haber sido el autor de la Elegía. Aunque sobre su vida hay todavía muchos enigmas, el sacerdote mestizo se caracterizó por su valiente defensa de la cultura incaica.

Consciente de lo espinoso del asunto – la fechación y autoría de un poema cuyo origen más enigmático no puede ser – Gonzáles es prudente al esbozar sus hipótesis, que como hemos visto, proponen distintas alternativas sólidamente argumentadas. La pluralidad de éstas es elocuente de la complejidad del problema abordado. Vale insistir en la aureola de misterio que rodea la aparición del poema en la primera mitad del siglo veinte.

Y habiendo llegado a este punto, es ineludible dar cuenta de mi opinión en torno al tema. Estoy totalmente de acuerdo con lo que me parece la propuesta más importante de Odi González: el autor de la Elegía tuvo que haber sido un mestizo aculturado. La maestría con que trabaja la lengua del Valle de los Incas no deja lugar a dudas de que se trata de un quechuahablante nativo; y la estructura fónica del poema, legado de las Coplas de Jorge Manrique, es prueba fehaciente de que también se formó en la tradición poética hispánica. Sobre esto último debo añadir que de Manrique también hereda la retórica elegiaca.

Pero aunque la posible autoría de Blas Valera me parece fascinante, debo confesar que las dudas todavía tocan a mi puerta. Lo que es natural, porque, al faltar el manuscrito original del poema, hasta hoy sólo tenemos hipótesis, que por más razonadas que sean, no podemos confirmar. Hipótesis útiles, porque tampoco podemos permanecer callados ante un poema tan importante. Urge asediarlo desde todas las perspectivas posibles. Por eso me parece tan importante el libro que nos ocupa: porque tiene una perspectiva distinta a la que he sostenido durante mucho tiempo y nos abre horizontes nuevos para entender la Elegía. Y eso nos enriquece, de ello aprendemos. Al fin de cuentas, las respuestas que les damos a problemas harto complejos no dejan de ser provisionales. Lo importante es proponerlas, y aceptar que necesariamente las repuestas dejarán más preguntas sobre el tapete. Bien lo dijo Eduardo Galeano: “la duda es una señora fecunda, que siempre está embarazada”.

Dicho esto, debo destacar lo que considero la aportación más importante de este hermoso libro, y la que de seguro lo catapultará a la posteridad. No sin antes advertir que depende de un factor biográfico: la procedencia de su autor, nacido en el Valle Sagrado de los Incas. Ello le permite algo que a muchos nos está vedado: calibrar los matices más sutiles y delicados del quechua cuzqueño en su variante de dicha región. Lo que se revela pormenorizadamente para deleite del lector en sus explicaciones filológicas y lingüísticas de la composición de Apu Inka Atawallpaman. Hablé del factor biográfico, pero aun hay otros muy importantes para asegurar el éxito de su estudio y su traducción de la eEegía. Por una parte están los años de investigación y trabajo dedicados al tema; por el otro, el hecho de que Odi Gonzales es un poeta, y ello lo capacita para profundizar en las exquisiteces de los matices de su lengua materna, según se manifiestan en el poema más hermoso de la tradición andina, y uno de los más memorables de la nuestra América morena.

Pero hay más. Y es que el conocimiento directo, la experiencia viva de la cultura cuzqueña en su centro ancestral, le otorga al acercamiento de Odi Gonzáles a los versos de la Elegía una dimensión etnográfica. En Los problemas teóricos de la traducción (1963), Georges Mounin afirmaba que “el contenido de la semántica de una lengua es la etnografía de la comunidad que habla esa lengua”. El lingüista francés insiste en que para traducir una lengua extranjera no basta cumplir con la condición de dominarla, sino que hay que estudiar de manera sistemática la etnografía de la comunidad que la habla. En ello sigue a Branislav Malinowski, quien en un ensayo de 1925 (“El problema del significado en las lenguas primitivas”) propuso su noción de “contexto de situación”: “Así como en la realidad de las lenguas habladas o escritas, una palabra sin contexto lingüístico es una mera ficción y no representa nada por sí misma, también en la realidad de una lengua viviente, la expresión no tiene significado, excepto por el contexto de situación.”. El niño aprende la lengua oyéndola en todas las situaciones posibles, pero siempre en condiciones en que el lenguaje y la situación se corresponden con exactitud, dejando en su mente la profunda impresión de que las palabras tienen poder sobre las cosas. El contexto de situación, ya sea la situación compartida por el hablante y el oyente, o la que comparten el autor y el traductor, es lo que hace la traducción posible. Todo ello magnifica la lupa con la que Odi Gonzáles se acerca a la Elegía.

Podríamos pensar que éste fue precisamente el caso de Arguedas: quechuahablante, poeta, profesor y como si ello fuera poco, etnólogo. Pero el caso es que el inolvidable autor de Todas las sangres, aunque nos dejó el legado de su transcripción en quechua y su traducción al español de Apu Inka Atawallpaman, lamentablemente dijo muy poco sobre el poema, y no explicó el proceso de su traducción. Curiosamente sí abordó, desde un nivel lírico imponderable, el comentario filológico y lingüístico de voces quechuas en sus novelas: el ejemplo paradigmático está en Los ríos profundos, en su reflexión sobre el zumbayllu. En el caso de Odi Gonzáles, su lección magistral sobre la Elegía quechua comienza con sus reflexiones en torno a la frase yuraq awqa, que tan sencilla parece, y que los traductores (incluido Arguedas) han traducido como “el enemigo blanco”. Se equivocan – nos equivocamos – de manera rotunda. Pero no es el momento de decir por qué.

Lección que consiste en examinar la Elegía desde adentro, desde su lengua nativa y desde su propia experiencia vital andina. Ésta es, pues, la gran aportación de Odi González a la mejor comprensión y a la difusión de Apu Inka Atawallpaman. Sobre ello no debo abundar más, por no robarle al lector el placer de leerlo en sus propias palabras. Sólo quisiera terminar este prólogo haciendo mías unas palabras de Borges que cita nuestro autor, porque le caen como anillo al dedo a la elegía que hace años hemos hecho nuestra: “la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”. Larga vida le auguro a Apu Inka Atawallpaman, que con este libro rejuvenece y se nos hace cada vez más cercana.

Y enhorabuena a ambos, al poema y al poeta andino que lo glosa.

 

 

 

 

 

 

 

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