Itinerario 5 y 6. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

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Apu kaspalla Apurunku waykinchis kaypipas maypipas  puripakuq. Qayninpa Tiararuman Chalhuankaman ima  kutimurqa, kunantaq llapaq gremio de escritores qellqapaqkunawan Chulukanasman richkan waykinchichik Armanduwan paninchik, Patriciawan, llapanku qellqapaqkunawan ima.  Allinmi wayki paniykuna!

ITINERARIO No 5

Alejandro Medina Bustinza Apu Runku

Aparecieron mama Mercedes, mi madre y demás familias con quienes habíamos llegado. Mi madre y mi tía Meche se abrazaron entre suspiros e inusitadas emociones encontradas. Otros jóvenes tiaparinos se acercaron. Yo no los conocía. Se ofrecieron amablemente trasladar del vehículo nuestros bultos. Creo que ellos tenían necesidad de viajar hacia Abancay, y como mi hermano retornaba de inmediato, preciso les era favorable para ser trasladados hasta Santa Rosa. Nos abrazamos con mama Meche, ella estaba muy desconcertada. Nuestra llegada era increíble para ella, jamás había creído que íbamos estar allí, aun cuando antes habíamos avisado de nuestro viaje.

La tarde empezaba hostigarnos, para cubrirnos con el manto oscuro de la pronta llegada del anochecer. Mi madre trababa conversaciones con mama Meche, seguramente encargándonos del hospedaje. Uno de los hijos de mama Meche, muy atento y cordial: Julio Machaca, arregló la habitación. Instaló la luz justo en la cocinita de mi abuela que ya no estaba, porque sobre su cimiento habían construido una pequeña casa con dos estrechas divisiones. Expresaban que en una de ellas íbamos a alojarnos. Yo estaba contento, por volver a pasar los días en esta pequeña habitación, donde parte de mi niñez fue esculpido con el fuego crecido y determinante de la ternura de mi abuela mamay Anqui. También con los crisoles del amor infinito que me entregaron mis tíos abuelos Huillcas – Huamanís y demás campesinos de Uman calle, quienes forjaron en los núcleos de mis huesos y raíces de este mi universo lleno de glóbulos purpúreos, que ahora cargo día y noche, por todas las elevaciones y llanuras de mi existencia.

Sí pues… ellos sembraron los huertos de alverjas y rayanes aquí adentro, aquí en los cientos de orillas de mis células vivas. Asentaron los chuños de arriba como perlas negras del espacio dinámico, y otros, de lunas plateadas burbujeando perdurables aquí entre mis sueños. Ellos sembraron en mí… perejiles, wakatayes, maizales y papas de todos los sonrojos y matices que pudieran existir en el cosmos. También las travesías de los rayos ariscos y los colores disímiles del arco iris.

Mi hermano, apurado subió indicando la hora de su retorno, y de inmediato nos despedimos. Sólo quedamos yo, mi compañera Lola y mi hermana Trinidad. Abajo, continuaban retumbando la música toril. Había muchedumbres bailando en Chaupin calle; algunos me conocerían, pero sólo nos miraban con cierta extrañeza. Había parientes que se me acercaban preguntándome cuál era el motivo de mi llegada. Al señalarles que se debía sólo a una visita y el deseo de reencontrarme con los míos, creo que no les satisfice con este mi argumento. Tuve la impresión, ellos creían que mi presencia se debía tal vez por asuntos de proselitismos electorales, o que yo estaba de candidato para algún curul territorial (estábamos en período pre-electorales regionales y alcaldías).

Otros parientes deliberaban que mi interés estaría también en recoger y reclamar pertenecías de mi abuela o de mi madre. Por ninguno se me había ocurrido la idea para viajar a Tiaparo. No importa. Aquella noche, antes de irnos a dormir en la pequeña habitación que nos preparara Julito Machaca: 20 cueros de oveja, otras veinte frazadas tejidas con lana de ovejas, colocada la luz, puesto mi buzo y una casaca gruesa sobre mi cuerpo etc. esperaba al frío intenso de la helada que vendría al oscurecer. Yo sólo deseaba descansar bien abrigado. Como dice Vallejo “Que frío hace Jesús…”

Antes de pernoctar, tracé la agenda de mis actividades en Tiaparo para los días siguientes. Al día siguiente iría al panteón. ¿Cómo podría yo transitar los limítrofes de esta villa apasionada y bellísima, sino no visito a saludarlos, antes, al lugar del descanso sacrosanto de cientos tiaparinos, donde reposan sus alabadas y amadas naturalezas de sus huesos…?. Yo, ya sabía que muchos de ellos, en especial a los que los conocí, tuvieron el privilegio de escalar y ahora permanecen eternamente en allá arriba. Me refiero en Apu Sondoro. Con algunos que emprendieron el viaje sin retorno y que ya no están físicamente para el goce de nuestros ojos, cuando ingresé al pueblo, bajaron y nos saludamos. Nos dieron la bienvenida con supremo contento. Eso, jamás lo olvidaré.

En el segundo día subiré hacia Allpatakana, Antalaka y Atun Rumiyoc. Ellos poseían tantas cosas por decirme. Sé que me están esperando. Además, todo estos largos años de nuestro distanciamiento inevitable y cruel, por no decir lo menos, almacené en mis átomos enormes pretensiones de encontrarme y conversar con ellos. Días antes ya me habían enviado sus mensajes para encontrarnos y volvernos a ver. Reencontrarnos para abrazarnos y cantar sentimientos de totoras y urpis, Tokaruaychas, y arpaschallay violenchallay. Especialmente con Atun Rumiyocc y con los habitantes de Gentil Machay. Dicen que están enlutados y a la vez furiosos, por las heridas sangrantes que venían causando los desgraciadores de las montañas a causa de la minería. Dicen también están coléricos por la traición miserable de algunos comuneros Felipillos. Hasta han aparecido nuevos nombres sólo por recibir migajas y favores. ¡Sí pues…las repugnantes ratas siempre están en todas partes…!

El tercer día iré a Gentil Machay; sí, a aquel lugar donde perduran sus restos de los antiguos dueños y señoríos de estas extensiones terrenales y praderas que hoy en ella habitamos. Los pobladores de Gentil Machay ya saben de mi presencia, y seguro desde ahora ya me estarán esperando.

Dejamos de vernos desde cuando fui niño, porque en aquella época cada año al realizarse la fiesta grande de Tiaparo: Mamacha Asunta, ellos, los habitantes de gentil Machay y Atun Rumiyoc bajaban como invitados especiales, vestidos con capas y ponchos de hilos de vicuñas. Sus atavíos sobre sus sombreros eran con plumajes de Siwar kentys y flores de kantus. Descendían avivando a los Apus guardianes principales del pueblo y entraban bailando en toro velay hasta el amanecer. Yo gozaba con sus presencias alborozadas. Ellos, al verme me llamaban y me trataban como si yo fuera uno más de sus componentes. Entonces yo saboreaba las melodías del toril ejecutados extraordinariamente por las bandas de guerra. Lo mismo con los violines de Benito Torres, Gregorio Camargo, Collayo de Saraica, Sacarías Quispitupa, Nicolás Huamaní y de otros. Entonábamos canciones de la tierra fecunda destinando nuestras composiciones musicales y espontáneas, hacia los toritos de las alturas de Tiaparo. En arpa, eran deleites a mis oídos de infante el del kusadito Nicolás Quispe, Juan Camargo, Argamonte, José Peña, Machu Almanza etc. Cómo bailábamos y cantábamos con todos los visitantes de las montañas. Con todos ellos seguro me veré en Gentil machay.
Antes de ir a dormir, fuimos a la cocina, acurrucándonos cerca al fogón de la tullpa, mantuvimos una larga conversación con la tía Meche, su hijo Julio Machaca Huillca, su esposa de Julio y los nietos. Al lado de la tullpa calientita le preguntamos cuantos hijos había tenido. Ella, nos respondió con la misma naturalidad de una madre ya venida a sus años otoñales, con cierto ánimo de contento mezclado con el abatimiento de sus ojos grandes y lacrimosos, designando los nombres de sus 5 hijos: Jorge, Juan (estaba en Lima) Ángela, Julio y Valentín Machaca. Terminó revelándonos con el rostro adolorido y su fisionomía afligida, que el último de su hijo citado, ya varios años atrás, habría sido arrancado de sus brazos por las garras desgraciadas de la muerte.

De pronto recordé el nombre de Valentín Machaca. Mi pensamiento quiso detenerse en un profundo suspiro y desconcierto, porque aquel joven amable con quién mantuve el primer encuentro, horas antes en Huillcas Pata, también dijo llamarse Valentín Machaca. Él, tuvo la amabilidad de informarme algunos pormenores del momento cómo atravesaba la comunidad de Tiaparo, y no tuve la ocasión para agradecerle por su gentil información. No le hice saber a la Tía Meche de este sucedido, sin antes preguntarle cómo era su hijo Valentín, si acaso había otro joven en el pueblo con ese mismo nombre y de qué murió.

Nuevamente sus ojos se humedecieron y su voz quebranto de madre adolorida, hizo temblar mi pecho porque empezó a revelar detallándonos a aquel hijo suyo que había dejado honda herida en su corazón:
“No, no hay nadie con ese nombre de mi qari wawuallay. Él era muy cariñoso, apenas tenía sus 22 años, conversador, amigable. Fue a servir a la patria en el ejército, allá en Antabamba. Muchas cosas sucedían en el campo aquellos años cuando él estaba de soldado,…un día mi wawua llegó sudoroso, pálido, quejándose de dolores en su espalda, pecho, estómago. Qué le habría pasado, no quiso contarnos, pero algo le habían hecho a mi wawuachallay. Sufrió varias semanas, un poquito antes de morir nos quiso contar…ya no lo entendimos bien…creemos haya sido en un enfrentamiento con enemigos, él habría logrado escaparse y estaba amenazado, o en el mismo ejército le habrían maltratado…él no quería volver a su base, y así murió de golpes que tenía en sus pulmones, pecho, estómago. Por ir a servir a la patria mi wawua murió…no sabemos pues a dónde quejarnos, tampoco el estado ha venido averiguar, si ellos sabían que aquí vivía. Ahora mi wawua ya no está conmigo. Su padre llora todas las noches por mi wawua… la vejes nos ha llegado rápido de tanto llorar por mi Valentin…”

(Continuará, Callao 24-10-14)

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TINERARIO No. 6

Alejandro Medina Bustinza Apu Runku

Al escuchar las versiones de mama Meche, mi corazón se estremeció en hondo dolor y zozobra. Qué duda cabía, fue con Valentín Machaca con quien me había encontrado y entablado conversaciones aquí en el patio de Huillcas Pata. Sí, hasta nos abrazamos con tanta ternura, y tenía mucha razón mama Meche, él era un joven amable, conversador y sumamente sensible a las vicisitudes que acontecían en Tiaparo. No les dije nada acerca del encuentro con Valentín, con mayor motivo mañana iremos al panteón. Pensando en Valentín y el sufrimiento de sus padres, me fui a dormir. Cuánta desgracia e injusticia persistía en la vida de los campesinos de las comunidades andinas. Tan igual o peor que los trabajadores despedidos de otras zonas del país, después de ser asaltados sus fuerzas productivas por los dueños del poder y de los sectores patronales.

Al día siguiente, antes de las cinco de la madrugada alguien tocó nuestra puerta. Abrimos, el frío quemante cumplía su cometido emprendiendo a mordernos con sus dientes helados a nuestra piel. Apareció mama Meche trayéndonos agua tibia para lavarnos las manos, porque ya estaba listo el desayuno, nos decía. Invocó no levantarnos, argumentando que el frío estaba muy ofensivo. Quedamos sorprendidos por la atención esmerada y temprana de mama Meche; pues sentí vergüenza preguntándome qué yo había hecho para merecer tan considerada atención. Pero ella, con el acento cariñoso nos pedía que continuemos en la cama. Cuánto se parecía a mi abuela mamay Anqui.

Otro toque de la puerta escuchamos, al abrir era mamalla Sabina Torres, entró trayéndonos papa sancochada con su ají de queso, charqui tostado y agua caliente con hierba buena. Después vino otra, y otra, y otra. Nuestro dormitorio se llenó de chuños sancochados, mote calientito con pedazos de chicharrones; lawita de maíz con su morón de olluquito y queso etc. Retribuimos nuestros agradecimientos a todas, quedándonos conversando hasta la salida del sol, entonces abrimos también nuestros paquetes donde habíamos llevado nuestros cariños. Unos cuantos panecillos, caramelos, bizcochos etc. pero lo más interesante, desatamos lo que habíamos llevado con cierto temor para la familia de Huillcas Pata, si acaso de repente no iban a recibirnos.

Meses antes de viajar, junté unas cuantas cositas y ropitas para la familia de Huillcas Pata. Canicas para los chiuchis. Quedo agradecido a los amigos y familias por sus voluntades y sin mayores argumentos, quienes me alcanzaron cuando les pedí y el fin que se iba a cumplir: al profesor Carlos Gonzalo De la Torre, a la señora Gricell Vásquez, a mi hija Juliana Medina, a mi compañera Lola Matos etc. A ellos mil gracias. Mis parientes, con tanta alegría nos han recibido y eso fue maravilloso. Cuanto quisiera haber llevado para todos los niños del pueblo. En especial para esta temporada de friaje.

Ya en altas de la salida del sol, con el estómago lleno salimos del dormitorio. Por ahí subía jalando unos caballos, machu Simeón Huamaní y su familia quienes se dirigían a su cabaña de Uyuni. (El tío misti estaba aquí…oí comentarios que un día antes hubo celebraciones de varios matrimonios…me hubiera gustado presenciar; los casamientos en Tiaparo son muy especiales y de una connotación sumamente exclusiva y telúrica). Trini salió contenta, se enroló para ir junto con ellos.
Más arribita de Huillcas Pata, por la casa de don Vidal Román había banquete. Me llamó Trini antes de emprender hacia Uyuni. Subimos con mi compañera, pocos nos conocían. Parece allí ocurrió el matrimonio. Les reconocí a sus hijos de don Juan Soria. Nos invitaron a saborear caldo de mote pelado con sus carnes enormes, la chicha en jarra típica muy especial para estos eventos. Imagínense nuestros estómagos. Fueron muy amables con nosotros.

Después, ya cercano a medio día nos dirigimos hacia el panteón. Las despedidas de la fiesta toril por la conmemoración del 28 de julio continuaban celebrándose en las casas de las autoridades del pueblo. Con banda de guerra y orquesta. Sentía grandes ganas de entrar a bailar y cantar, pero tenía que cumplir la agenda. Llevamos nuestras velas, la coca, los licores, cigarros, inciensos, cinco colores de flores etc.

El panteón se hallaba bien conservado, cercado con paredes firmes, su puerta grande con rejas de metal. Qué bueno por estar así. El tío Donato Machaca que ya estaba con nosotros nos condujo donde Taitas Sinforiano y Julián Huillca Huamaní. Fue enorme la tristeza y el contento, mezclados así cuando vi y me acerqué a las tumbas de mis tíos abuelos, reencontrándome después de tantos años de ausencia en la distancia. Mama Meche les habló en doliente transmisión y con su voz animada. Les decía:

“Taitay Sinfo, taytay Julián Huillca Huamaní, kaijqa munaskaiqui wawayqikuna jawaqniiqi chayaramusqaku. Papai, kantan mañakuiqi atun taytachakunata niikunaiqipaq, sainaná kay wawanchiskuna amunanpaq sapa punchau, sapa killa, sapa wata…” (“…Padres míos: Siforiano y Julián Huillca Huamaní, aquí están tus hijos nietos que tanto los querías, han llegado a verte. Padre mío, te invoco a ti para que a los dioses grandes les pidas que estos tus hijos no dejen de venir siempre cada día, cada mes, cada año…”)

Luego modulamos aquel yaraví ayataki que de niño les oía cantar a don Luis Román y a don Justo Avendaño. Ellos, lo interpretaban con la correspondiente musicalidad de desconsuelo y lamento que encerraban en su interior este ayataki. El canto estaba orientado hacia los espíritus de los que ya no estaban en este mundo terrenal de los vivos (kai pachapi), sino en el otro mundo de abajo (uku pachapi). El ayataki lo dedicamos a todos los santos que descansaban en el panteón de Tiaparo, y brotaba de nuestros labios, agudo, lento, silencioso pero a la vez dulce, como gemidos huérfanos salidos desde nuestros pechos reanimados:

“Kay mundopi kausak runa / agua benditata / ichaikamullaway.
Achakallau aqakakallau / imai vidatat /kaillay vidari.
Wauqeikuna panaikuna / kuskapunilla / kausaikullanqis.

Gente que aún viven
en este mundo
échenme agua bendita.

Ay cómo quema
cómo duele
qué vida será
esta desconocida vida.

Hermanos hermanas
hagan vida
y vivan juntos
siempre juntos.
Con nuestros ojos llorosos, después de la ceremonia entre himnos y oraciones, ahora teníamos que dirigimos a la tumba de Valentín Machaca. Sí, fuimos hacia él, y ahí estaba… (Continuará, Callao 26-10-2014)

1 comentario

  1. Estimado amigo APURUNKU
    Que gusto haber dado una corta lectura a sus relatos, cuando leo escritos de su experiencia personal me reaviva el alma, como si quisiera volver a ser niña, volver a la tierra en la que nací, es agradable saber de Ud. mi hijo también eta ingresando al campo de la escritura en la revista hawansuyo.
    Saludos y exitos e su vida

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