Martín, el bulto raro (El Condor de Velasco). Gloria Caceres Vargas

Desde las alturas de Chosica donde el condor corre y las vicunas vuelan nos llega este cuento de Gloria Caceres sobre un condor que su tayta le quizo regalar al recordado presidente Velasco. Mayqeb simipipas paninchikqa sumallqllata wentuchakunata waqtapakun. Chayraykun Galancito del Surpas takichakun.

Martín, el bulto raro

Gloria Caceres Vargas

Cuando estuvimos a punto de cenar, papá llegó de su viaje acostumbrado con un bulto raro que se movía debajo del brazo y que emanaba un cierto olor de cordillera. No sabíamos que era hasta que papá nos dijo que era un pichón de cóndor. Mis hermanos y yo nos miramos y dijimos al unísono ¿pichón de cóndor? ¿Es que también hay pichón de cóndor? dijo Manuel, el pequeño de la casa. Lo observamos mejor y para nuestra sorpresa no era como un pichón de paloma, chiquito, dependiente, sino que éste era grande, lanudo, con unos ojos enormes, un pico largo aflautado. Se le notaba observador e independiente. ¡Cómo que un pichón de cóndor! ¿Y qué va hacer éste en casa? exclamó mi madre. Mi papá dijo que era un regalo para el presidente Juan Velasco. Él lo había escogido para testimoniarle su admiración porque estaba dando muestras de que podía solucionar los problemas del campesinado peruano. Ante nuestro rechazo nos suplicó que le diéramos albergue a su Martín, a su pichón, por unos días hasta que se mejore ya que le había dado el mal del valle. Tenía fiebre y diarreas. Mi padre le puso en una jaula vacía que había en un extremo del jardín para que pase la noche. Al día siguiente vino el veterinario, lo examinó y dijo que había que cuidarle su dieta para que haga una vida normal. ¿Vida normal en Chosica? si ésta no era su hábitat. Bueno, este pichón de unos 50 centímetros de porte no solo era el rey de las alturas sino de nuestra casita. Se paseaba para reconocer su dominio y cuando veía algo colorido extendía sus alas que alcanzaban a unos dos metros de longitud, las batía de contento y se acercaba corriendo para picotearlo. Así al llegar al borde de la piscina observaba el agua y nosotros a él, de lejitos y en un momento pensé que quería zambullirse pero nada; nos miraba retándonos y caminaba orondo por el jardín, aunque se le veía inofensivo no sabíamos de qué era capaz.

La situación se estaba complicando y yo me preguntaba qué íbamos a hacer con los nuevos miembros de familia. Antes de que llegara Martín estaban las guagüitas que yo había adoptado cuando murió Reina, envenenada por un mal vecino hace un par de días. Mis adoptados quedaron bebitos, indefensos, con sus ojitos cerrados, por eso yo les preparaba sus biberones de leche y les daba cada dos horas, uno por uno hasta que se sacien. Estaban creciendo rápidamente, la rayita de sus ojitos estaban redondeándose cuando llegó el nuevo miembro de la familia. Felizmente que todo esto pasó en periodo de vacaciones y pude ser madre sustituta a tiempo completo y como tal me preocupaba su futuro; si les tratarían bien en el hogar que después les buscara. Sentía una pena profunda por mis perritos.

La llamada de mi madre me alejó de mis cavilaciones y todos nos acercamos a la mesa para desayunar con los ricos chicharrones que papá había traído de Colta y en medio de risas y bromas conversamos sobre nuestras mascotas. Papá increpándome mi ociosa vida dedicada a ser madre perruna y yo reclamándole su actitud irresponsable de traer un pichón de cóndor a casa. Bueno, finalmente papá dijo que iba a Palacio de Gobierno para pedir una cita con el mandamás para entregarle el pichón que le había comprado de unos pastores de las alturas de Pausa, cuando este aún era huevo. Era un sueño que mi padre había acariciado desde que el pastor le comentó el hallazgo de los huevos, por eso esperó todo el tiempo necesario y ahora ya lo tenía en Lima, a un paso del Palacio.

Mi padre había pensado que el Presidente de la República lo iba a aceptar y le iba a poner en una jaula especialmente diseñada para el Rey de las aves, en el patio de cambio de guardia para que todos los visitantes puedan verlo. Con una sonrisa dibujada en sus labios llegó a Palacio, habló con un asesor del presidente quien asombrado le dijo ¿Un cóndor aquí? Imposible! No creo que al General Velasco le guste, más bien podría traerle un par de vicuñitas. Mi papá le dijo que cazar vicuñitas era más fácil que atrapar un pichón de cóndor y qué por favor lo acepte como un homenaje del Apu Sarasara, pero nada. Entonces, mi padre desilusionado regresó a casa a contarnos que lo habían rechazado, que no habían valorado su esfuerzo. Al día siguiente volvió a ir pero nada, todo fue igual.

Bueno, la vida continúa    se dijo así mismo y a cuidar de Martín. Es mejor que se quede en casa y nosotros ¿quuuééé? Mi hermano menor estaba contento porque los amigos empezaron a visitarnos, hacían cola en la puerta para entrar y conocer al famoso huésped y Manuel se volvió el chico más popular del barrio, todos hablaban de él y yo, con miedo porque mis adoptados corrían peligro ya que en casa había un cóndor. Desde que llegó Martín yo andaba en ascuas. Por eso cada mañana, cuando les daba el biberón contaba para ver si estaban completos. Felizmente que fue así en los primeros días hasta que una mañana me hizo falta uno de ellos. Me agaché, miré debajo de la cama, del ropero, empecé a buscarlo por todas partes y nada. Tuve un nudo en la garganta, quise gritar y bajé corriendo para preguntarle a mis padres si habían visto a mi perrito, pero ellos como si nada pasara me dijeron que no. Ante mi tristeza mi madre me confesó que lo había encontrado muerto y no quería decírmelo porque no quería verme así, deshecha. Su respuesta por una parte me tranquilizó porque la sospecha de que mi papá había dispuesto de su vida fue solo eso, una sospecha y no una realidad, felizmente.

Los perritos estaban más independientes, ya correteaban, estaban aprendiendo a lamer la leche de sus platitos, salían y entraban de su cuna preparada en una caja de leche gloria. Y yo feliz, viéndolos crecer, eran dos machos y dos hembras. Y Martín, ya curado de su mal también iba haciéndose cóndor, estaba dejando su pelambre, su pico iba encorvándose y su collarín blanco se iba dibujando. Mi padre yendo al mercado por las mañanas a comprarle su ración de carne, la mejorcita por recomendación del veterinario. Al parecer la convivencia se estaba forjando a fuerza de sospechas y cuidados y nosotros más tranquilos. Un día mis perritos estaban jugando en el patio de la cocina y Martín merodeaba por ahí. Como de costumbre a mí se me ocurrió acariciarlos uno por uno antes de salir de casa cuando me di cuenta que me faltaba uno, el más pequeño. Empecé a buscarlo por el patio, por el jardín y nada, y en eso vi en el suelo un pedacito de su pellejo. Martín había dado cuenta de él. Muy triste y llorosa salí a buscar casa – refugio para los que quedaban y en el mercado me encontré con mi amiga, la actriz Lucha Reátegui, esposa del mimo Acuña, quien me consoló y me dijo que ella estaba buscando perritos para sus hijos. Fuimos a casa, ella muy enternecida al verlos se escogió un par de los más lindos y se los llevó. En casa quedó en casa un machito blanco, Rayo y la otra partió a Huancayo a casa de mi hermana. Con tristeza había yo solucionado el problema de mis adoptaditos pero mi padre aun no sabía qué hacer con su Martín, había tocado varias puertas y todas le decían ¿qué iban a hacer con un cóndor?

Martín cada vez más seguro y dueño de sí mismo empezó a hacer de las suyas, por ejemplo, perseguir a mi hermanita para picotearla hasta que un día le sangró el dedo del pie. Eso alarmó a mi padre, quien preocupado entraba y salía de casa hasta que un día regresó más tranquilo porque por fin Martín ya tenía casa, el Parque de las Leyendas y que dentro de dos días vendrían a recogerlo. Mi hermano sufría porque ya se había acostumbrado a ser el chico popular pero ni modo, Martín se estaba convirtiendo en un problema además su estadía nos estaba costando carísimo. Ante la noticia, no sabíamos si alegrarnos o estar tristes. El consuelo es que en el Parque de Las Leyendas tendría un lugar especial y privilegiado, le construirían una jaula enorme, sería el Señor, el Apu del Parque y nosotros tendríamos un pase familiar para ir a verlo las veces que quisiéramos.

Una mañana tibia, época de lluvias en Chosica, llegó la       camioneta del Serpar para llevárselo. Los amiguitos de mi hermano, apenados, en la puerta de la casa miraban todo el movimiento. Y nosotros también estábamos tristes, silenciosos contemplando a los hombres que cargaban a Martín al camión, mi padre no alzaba la mirada. En su rostro yo leía la frustración porque su sueño de regalarle el cóndor había quedado solo en sueños. Lo bueno de todo esto fue que Martín encontró un lugar donde siguió siendo el Rey. Cuando íbamos a visitarlo parecía que nos reconocía porque batía sus enormes alas y su collar blanquísimo irradiaba luz. Después de unos buenos años fuimos a verlo y ya no estaba. La enorme jaula que estaba a la entrada de la sección de las aves del ande estaba vacía. Terminaron mis vacaciones de la universidad, mi padre volvió a viajar y todo igual, solo Rayito, con su ladrido nos hacía recordar que la visita de Martín no fue un sueño.

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