Itinerario por Tiaparo 7 y 8. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

En  fechas  que  se rinde justo homenaje al kapaq apo Jose Maria Arguedas,  Alejandro Medina  Bustinza (Apurunku),  continua contandonos su retorno a Tiaparo. Sus paisanos apurimenos, andinos y universales, con voz propia y colectiva, aumentan con sus palabras el legado del maestro. Rios arguedianos de muchas voces  Uman Kalle y Ukun Mayu. Uman Kalle es un lugar privilegiado de la proxima novela de Apurunku. Yachachkanchik iman Ukun Mayu /  Rios Profundos kasqanta.

Con la disculpa a los amigos y a las amigas, que vienen siguiendo la lectura de: “Itinerario por Tiaparo” reinicio los siguientes números, que espero sean de sus complacencias. Mis agradecimientos a Fredy Roncalla en Nueva York, y a otros amigos de la cultura nacional, por permitirme llegar hasta ustedes.

 

Itinerario por Tiaparo No 7

(Antes, previa lectura de Itinerarios No. 1, 2, 3, 4, 5, 6)

Poeta: Alejandro Medina Bustinza   (Apurunku)

¿Quién dice que las tumbas son lugares, donde sólo posan los silencios, y el oculto de los temores habla desde sus habitantes taciturnos, aun cuando están cubiertos con la tierra sobre sus pechos? ¿Quién dice que ya no es posible comunicarnos, con los amos de los sarcófagos, sembrados en cada rincón de esta inmensa ciudad de los peregrinos del más distante?

Los poetas más cumbres han sido manantiales de los poemas más extraordinarios, antes y después de sus partidas. Con la muerte, acaso se camina juntos, brindando buen vino en cada estación de los huertos otoñales. Amando intensamente a las magnolias del arco iris en cada orilla y bajo sombras de sauces primaverales. Vallejo decía: “Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo / me moriré en París y no me corro / tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…” Mariano Melgar antes de su fusilamiento en Humachiri, dirigido a la ingrata Silvia, escribió (…) “Muerto yo tú llorarás / el error de haber perdido un alma fina / pero aún muerto sabrá vengarse / este mísero viviente que hoy tiranizas /….Vuelve…vuelve palomita/ vuelve, vuelve, a tu dulce nido (…). Decía también José Martí, después de la muerte del gran poeta Whitman: (…) “Ya sobre las tumbas no gimen los sauces; la muerte es la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora (…) Un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio; la vida es un himno; la muerte es una forma oculta de la vida…”

Sí pues, entonces nos dirigimos hacia el descanso de Valentín, y ahí estaba él, en su lecho, ya sin adversidades felizmente. Sin insultos, maltratos ni golpes en su pecho. Sin quebrantos en sus alas de pajarillo trinador. No más puntapiés, deshonras ni ordenanzas antojadizas sólo porque tenía el color de su piel diferente. Nos acercamos todos, mama Meche sollozaba desde su río sangrante de su pecho. Sus palabras repercutían por todos los cobijos del panteón. Le decía a Valentín que cada mañana continuaba esperándole, justo en el patio de Huillcas Pata, siempre dispuesta para abrazarla, sentir su humano regreso de su wawua. Él, siempre acostumbraba llegar cargado de alegrías y su risa de niño juguetón.

Yo sentía partirse mi pecho en cientos pedazos de árboles derribados al oír a mama Meche, hablándole a su hijo. Cómo volver a empezar para ir corriendo, junto a Valentín, atrapando a los diminutos cheqollos, entre herbajes comprimidos que cercan a los huertos hortalinos de la comarca. O traveseando por las praderas ariscas de Sawirqay pampa, Allpatakana, Antalaqa, hasta llegar a Calvario pata. Seguro me hubiese dicho maula, por no haber aprendido a caminar las subidas.

Luego me conversaría acerca de la inmensa tierra que nos rodeaba, que aún somos los dueños legítimos de ellas, aunque poco a poco venimos perdiendo. Algún desgraciado mofletudo y panza chabacal, dicen los comuneros, desde el sillón de gran elegido importante, habría hecho negros negociados con grandes platudos de adentro y de afuera, dejando vendido cada pedazo de nuestras tierras y montañas. Hasta los ríos y riachuelos ya serían de otros. Valentín sabía muchas cosas. Wiapani estaba empezando a ser fracturado desde sus entrañas. La minería había llegado, como una forma de maldición infernal. Pronto los desgraciados destruirían nuestros verdes y puquiales. Ellos no respetan a las florestas, a los puquiales, pastos, al aire ni al agua. A las lagunas. Sólo nos provocará más odios y pugnas entre campesinos hermanos. Se aprovecharán de nuestras necesidades y pobrezas para parcializarnos a favor de ellos.

Nos alejamos, hacia la puerta del panteón, después de ofrecer nuestras correspondientes pleitesías en la tumba de Valentín. Ahí estaba él, con sus restos depositados en el sepulcro, envuelto de tierra por adentro, y pastos crecidos por afuera. Pero era sólo su tumba. Yo ya sabía que él, con toda su secreta energía vital de su esencia, ya no estaba allí. Valentín ya vivía allá arriba, junto a los cóndores, las huallatas. Allá en lo alto de los ischus, jugueteando con los relámpagos bravíos de las montañas. Sí pues, ya allá arriba vivía, en Apu Sondoro, al lado de los otros buenos tiaparinos. A veces baja, sólo para cerciorarse de sus caminos; a beber la agüita clara y dulce del manantial de uman pata. A visitar a sus amigos piskalas, akaqllos, y chiwakus.

Dejamos atrás al camposanto, y todos nos dirigimos a la casa de mama Meche. Su esposo, el tío Donato Machaca, silencioso, con su miramiento vacío hacia las profundidades de una inmensa tristeza, cansado, afligido y lento, caminaba adelante mientras de sus ojos pequeños caían temblorosas gotas gruesas de aguaceros. Mi corazón era traspasado por espinozos waranqos. ¡Cómo me dolía…! Puse mi brazo sobre su hombro tratando de apaciguar su hondo sufrimiento. Pero igual, a ambos nos invadía la tristeza.

Caminamos juntos, él me regaló una sonrisa extrayendo la lluvia de su rostro empapado, con sus manos llenos de cicatrices ya contraídas por el tiempo, clara señal de estampas que quedaban como testigos de sus mejores faenas en su época de mozo. Cuando enamoraba a mama Meche, demostrando ser un gran laceador y domador de caballos chúcaros; faenero, leñador y buen sembrador de sus chacras. Y aún barbecha la tierra y pirca los cercos. Mañana iré a Allpatakana, Antalaqa y Atun Rumiyoc. Hablaré con ellos, le pediré a mi abuelo Mariano Huillca, porque él siempre está en todas partes de estas montañas, seguro me escuchará, para que interceda y ruegue a los dioses grandes de esta parte de la tierra, calmar el dolor de mama Meche y taita Donato Machaca. Seguro me escucharán. Sí… mañana iré a Allpatakana… (Continuará)

Callao, 5 de diciembre del 2014

Itinerario por Tiaparo No 8 
(Antes, previa lectura de Itinerarios No. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 )

Poeta: Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

 

Aquella noche no pude dormir. Mis oídos estaban atentos a cientos de sonoros chillidos y parpadeos de los grillos, quienes transmitían sus conciertos desde cercanos y distantes de las afueras. Yo gozaba de pura dicha por el enorme momento de tan placentera circunstancia que volvía a vivir, como cuando niño adoraba sus sinfonías de estos ocultos insectos nocturnos. Mis acompañantes, mi hermana Trini y mi compañera Lola, simplemente quedaron rendidas por el sueño. Estaban agotadas.

Trini, había retornado casi al anochecer desde Uyuni, que fuera con la caravana del tío Misti Simeón Huamaní, donde hubo el Huaka Tinkay. Nos relató una serie de anécdotas curiosas y familiares. Yo esperaba que nos trajera alguna sobrita del acontecimiento, sólo apareció cargada de unos cuantos leños sobre su espalda escuálida. Bien amarrado con su improvisada chompa. Lola pasó la tarde, porque en Human calle desde la parte alta sentados, nos pasamos viendo bailar y cantar a los tiaparinos, en el patio grande del aposento, seguramente de una de las autoridades. Al lateral de la casa del taita machu Genaro Moraya.

Sí, me dije en mi interior doliente, recordando a taita Genaro Moraya lleno de nostalgias por aquel personaje, tierno y amable, que tanto me hacía creer que yo sería el nieto de mi abuela más querido por todos sus ayllus, y muy conocido si yo no dejaba el lápiz y el cuaderno. Algo parecido así, diciéndome, venía a mi recuerdo taita Genaro Moraya. Tenía muchas vacas y ovejas, era unos de los kapak runa. Su crianza quedaba muy arriba del pueblo, tras el Apu Sondoro, Junto a Suparaura. De vez en cuando le veía alcanzar a mi abuela unos quesitos frescos y sabrosos. Me decían que eran ayllus. Era hermoso cuando venía a nuestra chosita a pedir a mi abuela, algunas recomendaciones para no cometer errores en su faena, como padre de su hogar y también como autoridad del pueblo. Mi abuela le brindaba siempre sus consejos. No sólo a él, sino a todos. Mi abuela se parecía a la Madre Patria de Human calle, impartiendo recomendaciones a sus parientes y demás habitantes del lugar.

Si taita Genaro estuviera presente, estoy seguro, me hubiese reconocido para luego envolverme entre sus brazos de hombre bondadoso y desprendido. Tal vez yo le hubiese desilusionado, acaso por no haber llegado con suficientemente bien agarrado del lápiz y cuaderno, como alguna vez él me había recomendado. Pero estoy seguro, en algo le habría agradado mi presencia. Si nuestra generación, en parte siquiera, acaso habríamos heredado aquellos valores de estos sencillos y tiernos campesinos, distintas serían nuestras convivencias.

Tiene varios hijos, algunos de ellos ojalá hayan adquirido algún rasgo de amabilidad innata como poseía taita Genaro Moraya. Lo que sí he escuchado, que los muy condenados de sus hijos hayan podido aprender y cuentan, son muy buenos intérpretes de la buena música nuestra. Eso me alegra mis sentimientos. Algo habrán aprendido de los buenos músicos que venían de otros pueblos: del genial Huamán Razo de Tapairihua, de los músicos de Pampallacta, Chapimarca, Huaquirka etc. Yo, sí los asimilé de ellos, cuando venían en épocas de las fiestas, gran parte de sus enormes sabidurías nos transmitían de manera libre, espontanea y directa. En especial de Quintín Machacca, don Guillermo Palomino, Esteban Tapia, Antonio Huamaní, Gregorio Camargo y de tantos otros músicos tiaparinos.

Desde mi ubicación de la lomadita arriba, traté de saludarlos agitando mis manos, pero parece que no me reconocían. A la mayoría yo tampoco no pude identificarlos, sólo a dos o tres personas, ellos no levantaban la vista para advertir mi presencia. Yo trataba de comunicarme con una serie de señas simbólicas. No fue posible; sin embargo, fue maravilloso y sumamente agradable oír y ver la música de la banda de guerra, y otra banda con tarolas y trompetas en competencia plena.

Luego supimos que entre los músicos estaban uno de los nietos de taita Julián Huillca tocando la tarola, por un lado, y por otro, estaba su hijo mayor de mama Meche, Gregorio Machaca, golpeando el bombo. Si yo hubiera estado muy seguro de ellos, inmediato hubiese bajado para enrolarme con mi rondín. Entonces los Huillcas les hubiéramos hecho bailotear toda la tarde y toda la noche.

Aunque debo confesar, no bajé por un pequeño temor de las circunstancias. No por estar o no estar entre ellos, sino, al llegar al pueblo hallé a muchos de mis parientes, niños y mayores, apaleados todos, por una malaria terrible del tiempo friaje, por la que estábamos atravesando. Alta fiebre, toz seca, escalofríos etc. Señalaban, tres días era su duración. Mama Meche estaba muy enfermita, me recomendó mantenerme en sumo cuidado. En los cinco días que estuve allí, bajé a la única posta médica que estaba ubicada en Retira Pata, sólo había un aviso: viajaron a dar informes a la Región de Salud – Abancay.

Felizmente yo había llevado, a manera de precaución, por mi tratamiento, porque padezco de amigdalitis crónica y presión alta. Por eso llevé algunas cápsulas y pastillas: Cetiricina, ibuprofeno, jarabe para la toz etc. Éstas, me ayudaron enormemente, claro que se acabaron en las bocas desesperadas por sanarse. Ya no quedaba nada para mí, por eso yo debía cuidarme. Era muy seria la enfermedad por esta temporada en pueblos alejados de la urbe. Aunque hubo momentos que me olvidé de las recomendaciones de mama Meche, no podía dejar de brindar la rica chicha tiaparina en jarras grandes, alguna bebida para el frío, pero siempre con cautela.

Aquella segunda noche, antes de cerrar las cortinas de mis ojos, quedé pensando en mi abuela. La pequeña habitación donde estábamos alojados, donde viví con mi abuela y era de ella, ahora un pariente había construido. No exactamente, pero nos hizo saber que sólo podíamos ocupar durante nuestra permanencia. Me hizo sentir muy mal, no le prestamos mayor atención, no habíamos venido para eso. Por eso aquella noche, saqué mi rondín y entoné aquella canción que tantas veces oía vocalizar a mi abuela mamay Anqui, una canción desesperada, afligida, como diría el poeta Pablo Neruda. Mientras en el batán grande, situada por nuestra cabecera, armoniosamente ella siempre amanecía cantando y moliendo el maíz, trigo, o el chuño seco para elaborar rica lawita, con su quesillo fresco, o surtido con huevos de gallinas gordas. Mi corazón se partía en mil pedazos al recordar aquella triste canción. Pero yo seguí tratando de extraer en mi rondín, las melodías más sentidas de aquella, y a la vez hermosa, balada andina:

Wasicha ruwakusqaita / vientucha aparpariska / ay vidallai vida mía/ waisin wasinchu purillasak / ay suertellay suerte mía / llakta llaktanchus purillasak.
Callecha ruwakusqaitas / lluklla aparparisqa / ay vidallay vida mía / callen callenchus purillasak

/ ay suertellay suerte mía / wasin wasinchus purillasak.

Con mis ojos pintarrajeados de gruesas lloviznas, quedé dormido. Afuera, las sinfonías de los grillos continuaban sus bandurrias. El vacío intenso, profundo, del espacio enorme del contexto geográfico de Tiaparo, permanecía con su cielo repleto de estrellas titilando a lo lejos. Recordé a Shakespeare, sobre estas cosas de las adversidades cuando nos sucede, él decía: “Suceda lo que suceda, aún en los días más borrascosas, las horas y el tiempo pasan… y lo bueno es bueno, aunque carezca de nombre; lo vil es siempre vil…” Al día siguiente nos esperaba Allpatakana. (CONTINUARÁ) Callao 15- 1-15

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