Arguedas e Interculturalidad. Nicolas Matayoshi

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Por Nicolas Matayoshi

 

Vicente Otta, un ilustre arguediano nikkei limeño, ha escrito un interesante artículo: “Arguedas, forjador del Perú moderno” y nos recuerda una  muy conocida cita del amauta Arguedas: “Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en  cristiano y en indio, en español y en quechua” y en el tema de la interculturalidad, no es posible prescindir de esta notable afirmación.

Arguedas es, evidentemente, una maravillosa alquimia entre la ciencia, con su profesión de etnólogo, y las letras, con su vocación de escritor. Como científico, Arguedas construye sus saberes a partir de una metodología basada en el materialismo dialéctico, él mismo reconoce en varias oportunidades su adhesión ideológica al otro gran amauta peruano, José Carlos Mariátegui, a quien leyó por primera vez, cuando aún era estudiante secundario en el Colegio Santa Isabel de Huancayo, probablemente en casa del historiador cajamarquino Oscar Chávez o del arqueólogo huanca, Federico Gálvez Durán; amigos personales de su padre, el también abogado y juez Víctor Manuel Arguedas Arellano.

La temprana vinculación de Arguedas con la necesidad de transformar la realidad social, la encontramos leyendo su artículo “La patria”, que publicara en la revista “La Antorcha Isabelina”, ahí, Arguedas pincela la urgencia de asumir un compromiso social.

Dante Castro Arrascue, connotado escritor de los Andes peruanos, a propósito del Premio Nobel otorgado a Mario Vargas Llosa, nos ilustra acerca de la animadversión que sentía frente al escritor de los olvidados de la tierra en los andes peruanos, cuando en 1977, Vargas Llosa asume la membrecía de la Academia Peruana de la Lengua, Castro escribe: Por más elogiosa que fuese la forma, el contenido apunta a un solo fin: Arguedas ficcionalizó una sierra que no existe. La mentira se convirtió en realidad gracias a la literatura. Esta descalificación coincide con el juicio que un grupo de intelectuales hizo a Arguedas en su último año de vida. El autor de “Todas las sangres” escribió dos documentos a favor de su verosimilitud: “¿He vivido en vano?” y “No soy un aculturado”.

Castro continúa, al analizar “Como pez en el agua”, nos argumenta: “Desde entonces odio la palabra “telúrica”, blandida por muchos escritores y críticos de la época como máxima virtud literaria y obligación de todo escritor peruano. Ser telúrico quería decir escribir una literatura con raíces en la tierra, en el paisaje natural y costumbrista y preferentemente andino, y denunciar al gamonalismo y feudalismo de la sierra, la selva o la costa, con truculentas anécdotas de “mistis” (blancos) que estrupaban campesinas, autoridades borrachas que robaban y curas fanáticos que predicaban resignación a los indios.” (…) “La palabra telúrica llegó a ser para mí el emblema del provincialismo y el subdesarrollo en el campo de la literatura…” (…) “…ese desprecio folklórico por la forma…”.

Pese a esta animadversión evidente, en el discurso de Orden del flamante Nobel Peruano cita, paradójicamente, a dos escritores peruanos de reconocida posición política izquierdista: José María Arguedas y César Vallejo. Por eso, aún cuestionando la validez de las razones esgrimidas por Vargas Llosa, podemos entender la importancia literaria de Arguedas: la literatura, como cualquier actividad humana, enfrenta una necesidad ética: a quién favorece su quehacer, en el caso de Arguedas y de muchos otros, como Manuel Scorza, Miguel Gutiérrez, Félix Huamán, Zeín Zorrilla, Sócrates Zuzunaga o el ilustre jaujino, Edgardo Rivera Martínez. La literatura necesaria se escribe con la sangre de la pasión, la creación literaria el tener raíces en la tierra, resulta importante e imprescindible, porque es de esa fecunda savia donde nos nutrimos todos los peruanos, para Arguedas no se trataba de hacer culto a la palabras, sino, más bien, hacer metáfora de las luchas por la dignidad y reivindicación de los desheredados de la tierra.

Este sentimiento es sintetizado por otra notable estudiosa jaujina, la queridísima Maruja Martínez, quien narra que siendo estudiante sanmarquina fue testigo del sepelio del ilustre escritor, ella escribió lo siguiente: “Asisto al entierro. Llego un poco tarde, y recién alcanzo el cortejo en la avenida Abancay. Hay muchísima gente. Estoy impresionada. Pero no es un cortejo común. Casi nadie viste luto y más bien muchos ojos brillan con una mirada que combina la pena con la rabia. Banderas rojas, violines, danzantes de tijeras, charangos, la Internacional y tristes melodías andinas, algunos versos en quechua. La mayor parte somos jóvenes universitarios. También hay alguna gente madura, supongo que intelectuales. Algunos obreros. Mucha gente de la sierra, migrantes con miradas oscuras y tristes. Se parecen a los personajes de sus novelas. Rabia e impotencia porque nada hará volver al amigo perdido.

… Al momento en que el féretro es introducido en el nicho, por encima del pabellón surge la figura de un indio vestido de fiesta; la miopía no me permite verlo bien, pues estoy bastante lejos. Pero escucho sus gritos en quechua. Las arengas y las despedidas militantes cesan súbitamente, respetuosas, ante este triste clamor y lo que —pese a no entenderlo— siento como una despedida sin esperanzas. Con los ojos hacia arriba, en silencio, sentimos que Arguedas es más nuestro, más peruano también.
Al salir del cementerio, estamos más motivados. Hay que seguir luchando… Bajamos en la avenida Abancay y cuando ya somos unos doscientos iniciamos una marcha. Sentimos que es nuestro mejor homenaje, el más sincero. Dicen que Arguedas admiraba esta fuerza que él no tenía. Que fue una de las razones de su suicidio. Y sentimos que nuestra fuerza es también suya. Y levantamos la voz. Y queremos merecer ese pedazo de Perú que nos ha hecho conocer y amar…”.

El doctor Rodrigo Montoya afirmó con acierto que: “Arguedas no es un autor para leerlo y disfrutarlo una tarde, es un autor para leerlo y sentirlo todo el tiempo. Arguedas, Vallejo y Mariátegui son, en mi opinión, tres hombres que marcan el país, que lo fundan, que colocan las primeras piedras de algo llamable identidad peruana o sentimiento de pertenencia al Perú.”

El periodista colombiano Carlos Vidales, uno de los últimos amigos que disfrutó la amistad de Arguedas en sus últimos días de Arguedas, nos señala una faceta poco conocida de nuestro escritor, cuando rememora una cita del poeta norteamericano Walt Whitman:

“tremenda y deslumbrante la aurora me mataría, si yo no llevase, ahora y siempre, otra aurora dentro de mí”, era la frase de Withman que Arguedas repitió incansablemente durante nuestras largas conversaciones. Porque habiendo perdido hasta la fe en sí mismo, jamás perdió la fe en el porvenir de los suyos.”

Surge la pregunta: ¿De dónde le venía esa fe inquebrantable? No se trata de una afirmación literaria, se trata de una convicción científica, producto de sus estudios etnológicos y que, por eso, reviste especial importancia que esta ciudad le rinda homenaje, porque aquí inicia uno de sus más ambiciosos estudios que tiene su cima en su tesis doctoral “Las comunidades del Perú y España”, Carlos Vidales nos ilustra: “El crecimiento del mercado transformó las ciudades y pueblos de la Sierra motivando a Arguedas, en la década de los años 50, a hacer sendos estudios etnológicos centrados en Huamanga, Huancayo y Puquio. Ya en 1952, zanjando con el indigenismo de su maestro Luis Valcárcel, escribía «es inexacto considerar como peruano únicamente lo indio; es tan erróneo como sostener que lo antiguo permanece intangible… las culturas europea e india han convivido en un mismo territorio en incesante reacción mutua…

El propio Arguedas, en 1939 ya había mencionado un hecho incuestionable:

“En nosotros, la gente del Ande, hace pocos años ha empezado el conflicto del idioma, como real y expreso en nuestra literatura; desde Vallejo hasta el último poeta del Ande. El mismo conflicto que sintiera, aunque en forma más ruda, Huamán Poma de Ayala. Si hablamos en castellano puro, no decimos ni del paisaje ni de nuestro mundo interior; porque el mestizo no ha logrado todavía dominar el castellano como su idioma y el kechwa es aún su medio legítimo de expresión.

Pero si escribimos en kechwa hacemos literatura estrecha y condenada al olvido.”(Arguedas 1939).

Arguedas, como científico social, sabía que en el proceso del desarrollo de la cultura, nada permanece inmutable, que los intercambios se producen con el simple contacto entre los pueblos, he ahí el planteamiento de “Todas las sangres”, los diversos torrentes uniéndose en un mismo cauce llamado Perú: españoles, quechuas, aimaras, amazónicos, africanos, europeos, asiáticos, etc. No se trata, como señaló en su discurso Mario Vargas Llosa, la evidencia de un país culturalmente fracturado, sino, más bien, la confluencia feliz de un fecundo mestizaje.

Vidales termina diciendo que:

“…Arguedas señala con claridad que la tendencia histórica es que la cultura occidental termine por imponerse y los indígenas se asimilen a ella. La cuestión estaba en si se aculturarían, es decir si la asimilación significaría la muerte progresiva de la cultura andina, si los indios «renunciarían a su alma». En enero de 1965 en un texto que presentó en Génova, en un Coloquio de Escritores, escribió que concebía la integración cultural no como una ineludible aculturación de los indígenas sino como un mestizaje en el que se conservarían elementos fundamentales como «su música, sus danzas, la cooperación en el trabajo y la lucha… y que se impondrá la ideología que sostiene que la marcha hacia adelante del ser humano no depende del enfrentamiento devorador del individualismo sino, por el contrario, de la fraternidad comunal.»

Esto nos lleva a la época actual, si asumimos que los idiomas nativos son los portantes de los valores culturales, sociales y éticos de los pueblos, debemos preservarlos, protegerlos y promoverlos. Si en el pasado era un asunto de reivindicación social, ahora se trata de reivindicar el orgullo por nuestra identidad, como patrimonio espiritual. Esta nueva cruzada, para mi entender, debe partir de la creación de un organismo académico alterno a la Academia Peruana de la Lengua Española, debiera crearse la Academia Pan Andina de las Lenguas Nativas, que además de preservar y rescatar los idiomas nativos, promueva su difusión, con la formalización definitiva de la escritura y la acreditación de maestros en lengua quechua, aimara, asháninka u otros, se trata de crear una instancia que permita formalizar la enseñanza intercultural y bilingüe en todas las escuelas del Perú, incluyendo el legítimo derecho de que se pueda impartir la enseñanza oficial del alemán en las escuelas de descendientes tiroleses de Oxapampa.

Debemos cambiar el signo de que nuestros niños se rehúsen a hablar en quechua, porque se trata de un idioma de “indios”, la pluriculturalidad nos enriquece, podemos aprender más de la ciencia, leyendo en inglés, pero podemos fortalecer nuestros espíritus hablando el idioma de nuestros mayores.

 

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