EN LA PARTIDA DE MAXIMO DAMIAN HUAMANI. Vicente Otta Rivera

                 EN LA PARTIDA DE MAXIMO DAMIAN HUAMANI

 

Vicente Otta Rivera, febrero de 2015

 

Con la partida de máximo Damián Huamaní, nacido en San Diego de Ishua, Lucanas, Ayacucho, el 20 de diciembre del año 1936, se cierra el ciclo de la calandria consoladora.

 

Cuánta razón tuvo José María cuando dijo en el condicional “quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y abrirse otra…” En el temple diablo del violín indio de Máximo sobrevivieron los vientos gélidos de las punas, las correnteras de las aguas paridas por las lluvias de diciembre y enero, los rayos y truenos que relumbran y revientan en las alturas anunciando los días lluviosos y germinadores. La congoja temerosa ante la ira del Dios vengador y la solidaridad inagotable de los runas. Seguía vigente el mundo del gamonalismo de “horca y cuchillo”.

Todo ha sido acallado cuando el cruel estuche de la muerte se ha cerrado sobre la vida del violinista de Ishua. El último gran músico indígena, del temple diablo (característica de la escala pentatónica que rige nuestra música indígena) Los cantantes andinos de huaynos mestizos tenían dificultades para acomodarse a su temple.

 

Nunca lo vi preocuparse por este desacomodo. Finalmente el no tocaba para acompañar a estos cantantes. Tocaba para recordar a su tierra, a su gente y su mundo. Como Derzu Usala, el memorable personaje de la película homónima de Akira Kurosawa, siempre se sintió fuera de lugar en la ciudad. Siguió siendo un indio desaclimatado en Lima. Ladino y agudo como pocos, hacía bromas llenas de ironía que solo percibíamos los que conocíamos de su malicia. Para los más parecía un indiecito medio tonto y desubicado. No sabían que hacía rato que Máximo ya los había tasado, medido y pesado.

 

Con su partida se desvanece una parte sustancial del Perú tradicional, del mundo andino cincelado por los antiguos runas. El mundo ya no será igual sin su música. Rotas las cuerdas de su violín y de su vida, hasta Isabel su musa y compañera que canta en alto y agudo tono campesino, ha callado su voz. Pero Máximo, como su música, es inmortal y vivirá por siempre no solo en nuestros corazones y memoria sino como parte sustantiva de nuestra cultura, de nuestra historia. Hasta siempre hermano Máximo.

 

El siguiente artículo publicado en la revista Nosotros el año 2003, le rinde homenaje en su viaje final.

 

 

 

 

 

 

                               MÁXIMO DAMIÁN HUAMANÍ*

 

El último tusuq layka

 

Muerto Atahualpa, ausente Manco Inca, oculto el dios Inti por días y semanas enteras, todo estuvo perdido para los runas. Deambularon extraviados, sumidos en la oscuridad y desolación. Cuando la oscuridad era más profunda que la noche y el dolor insufrible, desde el corazón de las montañas y el fondo de las paqarinas emergieron los dioses tutelares. Retornaron desde más allá de los tiempos, desde la distancia infinita.

 

Eran los dioses primigenios, los que nacieron antes de Pachacamac y Wiracocha, antes de la agricultura y la ganadería, antes de la arquitectura y la hidráulica, regresaron porque no podían tolerar que sus hijos sean aplastados yexterminados por hombres y dioses extranjeros. Entonces encarnándose en curanderos y sacerdotes arremetieron contra los profanadores, los falsos portadores de verdad y progreso.

 

Los runas de los cuatro suyos alzáronse llenos de furor y odio puro y desencadenaron el Taki Onqoy. Miles de hombres y mujeres electrizaron y tiñeron de rojo los Cuatro suyos. Con sus cantos y danzas, recuperaron sus tierras, sus ganados, sus dioses y sus sueños. Fueron ellos mismos. Sus cantos y danzas recuperaron la alegría y la risa, llenándose de vida.

 

Tusuq Layka llamaban al danzaq mayor, al más importante, que era el que marcaba el compás y el ritmo del Taqi Onqoy. La danza de las tijeras es la expresión actual de este viejo y poderoso rito. Mezcla de baile, magia y trance hipnótico, sobrevive en los pueblos de la sierra sur-central del país, lo que fuera el espacio de la confederación Chanca: Ayacucho, Apurímac, Huancavelica.

 

Desde lo saños cincuenta, en que Máximo Damián se afincara por estos rumbos, la danza de las tijeras se empezó a desparramar por todo el Perú. Conforme se liberaron las ataduras de los runas que durante cuatro siglos permanecieron como siervos atados a los latifundios y minas, la música, la danza y el espíritu de los runas recuperó su espacio y su lugar. A esta reconquista se le ha dado por llamar andinización, (como si alguna vez el Perú hubiese dejado de ser andino)

 

De este nuevo despertar de la cultura andina, de esta versión moderna del Inkarri, Máximo Damián es el Tusuq Layka, el grande y sumo sacerdote, el que marca el ritmo y el compás de la danza de las tijeras. Antaño lo hacía el danzaq mayor, pero este rol ha sido modificado (el rol principal del conjunto de danzantes de tijeras lo desempeña actualmente el violinista) y si este violinista es Máximo Damián con mayor razón.

 

Este “carguyoc” le ha sido conferido por sus hermanos de San Diego de Ishua, Lucanas. En las notas agudas y broncas de su violín hablan los nevados, los vientos y la lluvia, trinan los pájaros, y las aguas nos llegan rumorosas. Música llena de magia, de amor y pulsación cósmica que se escucha mejor, divinamente, cuando se ejecuta en temple “diablo”.

 

A don Máximo Damián Huamaní, de la estirpe de los Tusuq Layka del Taki Onqoy, ratificado maestro de la danza de tijeras por José María Arguedas, la revista Nosotr@s-Ñuq’anchik le rinde este fervoroso y sincero homenaje.

 

Publicado en el número 2 de la revista Nosotr@s/Ñuq’anchik,

 

 

 

Agosto de 2003

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