POEMAS DE BILLY COLLINS . Versiones al español de Isaac Goldemberg

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POEMAS DE BILLY COLLINS

 

 

Versiones al español de

Isaac Goldemberg

 

DE The Apple That Astonished Paris (“La manzana que asombró a París”, 1988)

 

 

Insomnio

 

Después de contar todas las ovejas del mundo

enumero los antílopes, los caracoles,

los camellos, las alondras, etc.

 

Entonces sumo todos los zoológicos y acuarios,

país por país.

 

Al alba estoy dormido

en una pesadilla ahogándome en el Diluvio,

gritándole por encima de las crecientes aguas

al preocupado Noé mientras su maravillosa

arca pasa navegando y comienza a empequeñecer.

 

Ahora ya una silueta sobre el horizonte,

la única nave sobre la tierra está despareciendo.

 

Mientras subo y bajo sobre las columpiantes olas,

me concentro en la pareja de jirafas,

sus cuellos estirándose por encima del techo,

para evitar que mi vida pase como un rayo delante mío.

 

Después que todos los animales desaparecen en un guiño,

floto sobre mi espalda, los ojos cerrados.

Imagino a todos los peces de la creación

saltando sobre una cerca en un campo de agua,

una colorida especie tras otra.

 

 

DE Questions About Angels (“Preguntas sobre los ángeles”, 1991)

 

Preguntas sobre los ángeles

 

De todas las preguntas que uno quisiera hacer

acerca de los ángeles, la única que siempre se oye

es cuántos pueden danzar sobre la cabeza de un alfiler.

 

No hay curiosidad sobre cómo pasan el tiempo eterno

aparte de girar en torno del Trono cantando en latín

o repartiendo un mendrugo de pan a un ermitaño en la tierra

o guiando a un niño y a una niña por un tambaleante puente

[de madera.

 

¿Vuelan ellos a través del cuerpo de Dios y emergen cantando?

¿Se columpian como niños de los goznes

del mundo del espíritu diciendo sus nombres al revés y

al derecho?

 

¿Y qué de sus hábitos de dormir, la tela de sus batas,

su dieta de luz divina no filtrada?

¿Qué transcurre dentro de sus luminosas cabezas? ¿Hay un muro

sobre el que estas altas presencias puedan mirar y ver el infierno?

 

Si un ángel se cayese de una nube, ¿dejaría un hueco

en un río y flotaría el hueco interminablemente

lleno de las silentes letras de cada palabra angelical?

 

Si un ángel repartiese el correo, ¿llegaría

en una enceguecedora ráfaga de alas o sólo asumiría

la apariencia del cartero regular y

se iría silbando por la acera leyendo una que otra postal?

 

No, los teólogos medievales controlan la corte.

La única pregunta que se oye es sobre

la pequeña pista de baile en la cabeza de un alfiler

donde los halos están destinados a converger y flotar a la

[deriva, invisibles.

 

Está diseñado para hacernos pensar en millones,

miles de millones, para que se nos agoten los números y nos

[desplomemos

en el infinito, pero quizás la respuesta sea simplemente una:

un ángel mujer bailando sola sobre sus pies descalzos,

una pequeña banda de jazz tocando al fondo.

 

Ella ondula como una rama al viento, sus hermosos

ojos cerrados, y el alto y delgado bajista se inclina

para mirar su reloj porque ella ha estado bailando

desde siempre, y ahora se ha hecho muy tarde, hasta para los

[músicos .

 

DE The Art of Drowning (“El arte de ahogarse”, 1995)

 

Días

 

Cada uno es un regalo, sin duda,

depositado misteriosamente en tu mano que despierta

o colocado sobre tu frente

momentos antes de que abras los ojos.

 

Hoy el día comienza frío y luminoso,

la tierra cargada de nieve

y la densa mampostería de hielo,

el sol lanzando destellos desde las torrecillas de nubes.

 

Al través del ojo calmo de la ventana

todo está en su lugar

pero de forma tan precaria

que de cierta manera este día podría estar reposando

 

sobre el día de ayer,

todos los días del pasado formando una pila bien alta

como la imposible torre de platillos

que los malabaristas solían edificar sobre el escenario.

 

No es de extrañar que te encuentres

encaramado en la cima de una alta escalera

ansiando agregar uno mas.

Un solo miércoles mas,

 

susurras,

luego conteniendo la respiración,

colocas esta taza en el platillo de ayer

sin hacer el mas mínimo ruido.

 

 

 

DE Picnic, Lightning (“Pícnic, relámpagos”, 1998)

 

 

Pescando en el Susquehanna en julio

 

Nunca he pescado en el Susquehanna

o de hecho en ningún río

para ser perfectamente franco.

 

No en julio ni en ningún otro mes

he tenido el placer –si es que es un placer—

de pescar en el Susquehanna.

 

Es mas probable que se me encuentre

en un cuarto tranquilo como este—

el cuadro de una mujer en la pared,

 

una fuente de mandarinas en la mesa,

intentando fabricar la sensación

de estar pescando en el Susquehanna.

 

Hay escasas dudas

de que otros han estado pescando

en el Susquehanna,

 

remando río arriba en un bote de madera,

deslizando los remos por debajo del agua

y alzándolos luego para que goteen en la luz.

 

Pero lo mas cerca que he estado

de pescar en el Susquehanna

fue una tarde en un museo de Filadelfia

 

cuando balanceé un pequeño huevo de tiempo

delante de una pintura

en la que ese río se enroscaba alrededor de una curva

 

bajo un cielo azul encrespado de nubes,

árboles tupidos a lo largo de las riberas,

y un hombre con una bandana roja

 

sentado en un pequeño bote

verde, de fondo plano,

sosteniendo el delgado látigo de una caña.

 

Eso es algo que probablemente

nunca haré, recuerdo

decirme a mi mismo y a la persona a mi lado.

 

Luego pestañeé y pasé

a otras escenas americanas

de pajares, agua blanqueándose sobre las rocas,

 

incluso una de una liebre marrón

la cual parecía tan programada para el alerta

que me la imaginé brincando fuera del marco.

 

 

DE Sailing Alone Around the Room (“Navegando solo alrededor del cuarto”, 2001)

 

Los tres deseos

 

Porque ha estado con hambre por días,

el leñador pide una sartén con salchichas calientes

y porque ella está furiosa por su estupidez,

digamos, su falta de visión,

 

su esposa pide que la sartén se pegue a su nariz,

y entonces el último deseo también debe desperdiciarse

pidiéndole al genio que por favor

despegue la pesada sartén de hierro de la cara del pobre hombre.

 

Flotando en el humo que se dispara hacia arriba

del interior de su exótica y verde botella,

el genio sabía desde el principio que esa pareja

jamás escaparía de su miserable destino—

 

La sombría casucha, el flaco perro en el rincón,

la fría sartén sobre una estufa fría—

y esto también lo sabíamos, mirando hacia abajo desde

la nube de un sofá el mundo de un libro.

 

El hombre es un necio, es fácil decirlo.

Él podría haber pedido un millón de monedas de oro

como le hará recordar su mujer a todas horas

por el resto de sus miserables vidas,

 

o un millón de sartenes de oro

si hubiese tenido un toque de imaginación,

y ese es el rescoldo de verdad

que el cuento desea poner en uno de nuestros zapatos.

 

Nada puede provenir de la nada.

Concuerdo con el resto de los feligreses.

Tres deseos son mas de lo necesario,

murmuro piadosamente mientras aparto los ojos del cuento.

 

Pero cada vez que pienso en él,

todo lo que realmente siento, además de un temblor

de simpatía por el pobre leñador

son unas ganas torturadoras de comer salchichas—

 

una repentina nostalgia por una noche de invierno,

una nieve ligera cayendo afuera,

mi hacha apoyada al lado de la puerta,

mi fiel y corpulenta esposa junto a la estufa,

 

y una sartén llena de crepitantes salchichas,

tal vez algunos pimientos verdes y cebollas,

y para mi séptimo y último deseo,

una decorosa botella de vino italiano, no, un momento… mejor

un tinto chileno.

 

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