El velero del Tunas. Eduardo Schiappa-Pietra

foto para cuento 1

El velero del Tunas

El Tunas comió despacio y se fue al tablado a morir.

El velero de oro ya surcaba el mar y navegaba para rescatarlo.  De pie en la proa, su doncella azul vestía el lino blanco de la vela y su cabello gris, infinito, desbordaba hacia el agua, en un rastro de hermosas hebras que alcanzaban al alba y abrazaban al sol poniente. Su  reflejo – decía el Tunas- era el iris de Dios que no podía resistirse a contemplar las pinturas de Alma, su esposa difunta, que de naranja, amarillo y azul, con los pinceles de su cabello, salpicaba el cielo.

Sus sueños con Alma eran recurrentes pero sabía que solamente una vez vería dormido aquel velero. Y que el día en el que ese sueño llene su mente, sería el momento de partir. Pues ella se lo había dicho muchas veces.

-Cuando los peces naden todos juntos hacia el norte, la brisa marina sea tibia y la tarde tan oscura como la noche, mi vela encontrará rumbo en el océano que existe entre la vida y la muerte. Surcaré el mar, envuelta en el lino de un velero de oro y te traeré conmigo, mi negro-

El Tunas pensó que finalmente había llegado la hora. Saldría y esperaría la muerte. Abrió la puerta de madera del cuchitril desvencijado que habitaba, tan diminuta, que para salir debía inclinar toda su humanidad hasta tocarse el pecho con la barbilla y las rodillas con la frente .

Una vez afuera, la cotidiana pestilencia del puerto de San Andrés golpeó su rostro. Sintió regocijo en pensar que sería la última vez que vería ese miserable espectáculo matutino con el que había contaminado sus ojos por más de 30 años.

El muelle estaba lleno de pescadores y las bolicheras se aglutinaban cerca a la orilla en una sinfonía de colores estruendosos, redes roídas, torsos desnudos y nombres huachafos pintados con pompa en la proa de destartaladas balsas. El pescado era esparcido sobre una sucia plataforma de concreto, donde unos niños jugaban con las vísceras desechadas que disputaban con unos pelícanos viejos que ya no tenían fuerzas para pescar por sí mismos.

El Tunas caminó hacia el tablado, un lugar alejado del bullicio del puerto, escondido detrás de unos peñascos, en dónde en alguna época las familias más adineradas del país pasaban sus vacaciones.

Se apoyo en una banca de madera putrefacta por la humedad y se tomó demasiado tiempo para sentarse. Las gaviotas revoloteaban hambrientas.

-Los peces están migrando hacia el norte- pensó –por eso las aves no consiguen suficiente alimento-

– Allá voy mi Alma bella, navegaremos juntos para siempre-

La calma de las aguas mansas del pacífico, la brisa del mar que se iba entibiando y el murmullo lejano del puerto, sumergieron al Tunas en una letárgica existencia que iba y venía entre sus sueños y el mundo, y que pronto, como si la marea lo recogiera de la orilla, lo arrastró hacia un océano onírico.

La mañana en San Andrés transcurrió sin sobresaltos. El Tunas no solía despertarse tan temprano desde que las fuerzas le dejaron de alcanzar para continuar su oficio de estibador y desde que el orgullo le empezó a sobrar para rechazar el de destripador de pescados. El negro dormía la siesta de los justos frente al mar.

Pasaron las horas y el implacable calor del mediodía lo despertó.

Se maldijo por no haber esperado despierto. Seguramente el velero había pasado y, su princesa lo había abandonado, decepcionada por tan indigno recibimiento.

-¡Bruto! ¡Bruto! ¡Animal! Te vas a quedar para siempre respirando pescado y comiendo tripas fritas en este puerto de mierda. ¡Bestia!-

Se paró ofuscado y con la espalda adolorida, caminó unos metros hasta la entrada del puerto. Necesitaba un trago.

-Pirula, chiquillo del demonio ven para acá – exclamó el Tunas, tomando del brazo a un niño que, aunque igualmente sucio y descuidado, andaba mejor vestido que los demás.

-Tuna, el Juancho ya sabe que le ando robando su caña. Vete a la cantina del pueblo como todo el mundo- respondió el muchacho que se dirigía raudamente al muelle para trabajar con su madre.

-Entonces no más historias para ti, mocoso harapiento. Cómo si el borracho del Juancho necesitara más alcohol del que ya tiene. Le va a pegar más a tu madre, vas a ver.-

-Viejo loco – le dijo el Pirula, alejándose con rapidez.

-Mocoso, ¡espérate!- dijo el Tunas, pero el niño no dejó de avanzar.

– Hoy en la noche tendrás la mejor historia de tu vida. ¿Me escuchas? Busca un velero dorado en el horizonte y lleva la cuenta de la pesca de hoy. La tarde será oscura muchacho, la tarde será oscura y la brisa es caliente. Mi doncella azul me espera –

El Pirula se alejó indiferente hacia la plataforma de desviscerado, aunque se había esforzado por entender bien las instrucciones del Tunas mientras se iba. No le costaba nada ser parte de las alucinaciones seniles del viejo y el beneficio de hacerlo era inmenso. Nadie contaba historias como el negro.

Pasaron las horas de una tarde fría y excepcionalmente carente de luz. Cualquier lugareño lo hubiera relacionado con la entrada del otoño y la temporada de lluvias pero el Tunas lo hizo con

las palabras de su esposa en sueños, con la llegada de la embarcación añorada y con la víspera de su dulce muerte.

Daban las 9 de la noche cuando una diminuta sombra se empezaba a mover entre los puestos de comida del muelle. El escurridizo Pirula, como tantas otras veces, se había deslizado por la ventana hacia el alfeizar de su casa y había saltado a la arena. Se trasladó sigilosamente hasta la cabaña del Tunas y no fue notado por los pescadores ebrios que estaban cerca.

-¿Trajiste el incienso?-
-Sí- susurro el niño hacia la pequeña abertura de la puerta de madera y calamina.

-También te traje caña y cigarrillos, Tunas. Sabida mi madre que guarda algunas botellas en su dispensa. – exclamó el pequeño

El Tunas corrió la cadenita que hacía las veces de cerrojo y dejó entrar al Pirula. -Borracha la madre también. ¡Coño! ¡Que el diablo nos libre!- exclamó, ya sin susurrar.

-Pon el incienso ahí, encima del tablón. Ten, prende uno- dijo alcanzándole un cigarrillo al niño.

-¿y dónde pongo esto?- preguntó el Pirula, levantando con una mano la garrafa de aguardiente de caña que había robado de su madre.

-“Trae pa ca” mocoso- dijo el Tunas arrebatándosela con tosquedad. Tomó un largo sorbo del pico. -Empecemos- dijo, acomodándose sobre las esteras que formaban su cama.

-Hoy vas a escuchar una historia del Tunas. No de Anguilas carnívoras ni de rinocerontes marinos ni de monjas de tres tetas como siempre- Iba diciendo, mientras el Pirula sonreía divertido. – Sino la verdadera historia de este lugar putrefacto y de lo que fue antes de que tú o tus padres vinieran a este mundo. Escucharás cómo un diamante se convirtió en excremento. De cómo San Andrés pasó de glorioso a infame y de cómo mi vida la acompañó en ese proceso. Me voy a morir pronto y no hay nadie vivo que la conozca. Me quiero ir con mi doncella en su velero sabiendo que, al menos, un piojoso ignorante como tú puede mantener viva mi verdad-

El niño se preparó para oír algo extraordinario. -Sucedió hace 53 años- empezó el Tunas

-Yo era un mozo apuesto y fuerte. Las mujeres me deseaban secretamente porque era un sirviente y, verás, mocoso, los sirvientes tenían un solo lugar en el mundo. No era un mal lugar pero debíamos permanecer ahí. Mezclarse con los amos pocas veces era aceptado pero pretender ser como ellos era tan impensado como comer carne en el Domingo de Ramos, aunque castigado más severamente.

-¿Qué clase de sirviente, me preguntas?, bueno mi padre era un caddy. – El negro Tunas expuso los pocos dientes que le quedaban en una amplia carcajada.

-No tienes idea alguna de lo que eso significa ¿cierto? Penosamente, mocoso, tú solo sabes de pescados podridos y borrachos que abusan de las mujeres –

El niño asintió con complacencia; quería que el Tunas continúe el relato

-Verás, ser caddy era la mayor aspiración de un sirviente de San Andrés por aquellos años. Uno cargaba hermosos clubs de golf y acompañaba a su amo a distinguidas reuniones y galas cuando no se estaba en el green. ¡Demonios Pirula! ¡clubs son palos y green es el campo de golf!. Usa tu imaginación maldita sea ¡eres un niño! No tienes que saberlo todo-

– Ahora, si me permites… – siguió el Tunas.

-Mi padre asistió a don Ignacio Urquiaga y Paredes, alguna vez dueño de todo lo que ahora pisas y respiras, por más de 20 años. Para cuando yo era un adolescente él ya se había convertido en su mano derecha y amigo.

Sucedía, Pirula, que don Ignacio había sido campeón de los circuitos de golf más importantes del mundo y su posición acomodada le había permitido disfrutar del deporte y de otros placeres de la vida sin jamás ejercer algún cargo o desempeñar una labor, más que la de ser el amo y señor de San Andrés, el centro vacacional más lujoso de toda la costa del Pacífico. Y mi padre pasaba todo el día con él ¿te das cuenta? ¡Ay mocoso! ¡Si pudieras ver lo que había antes sobre este montón de inmundicias en el que vives! –

-Muéstrame Tuna, muéstrame por favor- rogó el Pirula

-Solo si prometes no olvidarlo jamás. Solo si prometes contar a esta gente ignorante y maloliente una y otra vez lo que viste hasta que lo puedan ver por ellos mismos-

-¡Lo prometo! ¡Vamos Tunas! ¡Prende el incienso!- El Pirula empezaba a impacientarse

El Tunas se paró con dificultad y prendió el incienso, ritual indispensable para emprender un viaje al pasado. El incienso era el aire rancio de tiempos remotos, decía el Tunas, y respirarlo ayudaba a viajar por los años hacia épocas no vividas.

-Ven bajo el humo, siéntate a mi lado- dijo mientras posaba una mano sobre el hombro del niño y, como tantas otras veces antes, cerraban juntos los ojos.

-Mira a tu alrededor Pirula. Siente la caricia tibia del sol poniente en la nuca y respira. Respira la dulce brisa del mar puro que exhala sus últimos suspiros antes de irse a dormir. Desliza los dedos por la hierba fresca y uniforme. ¡Pero cuidado! ¡Hazlo despacio niño! Jaime Granda es el jardinero y dedica días enteros a cuidar este campo. No le gustará que dañes la perfección de su obra. ¿Ves aquella mariposa? Deja que se pose en tu nariz. ¿Ves las ardillas merodear entre los árboles? Ellas vigilan el juego y se roban las pelotas cuando creen que uno de los contrincantes tiene demasiada ventaja sobre el otro. ¿Lo ves?

-¡Si Tuna! ¡Lo veo todo! ¿Esto es San Andrés?-

Así es niño. Antes de que este negro cometiera la estupidez de creerse igual a los amos. Antes de que la abyecta naturaleza humana acabara con la belleza que ella misma había construido y el caos terminara imponiéndose en este lugar.

-Cuéntamelo Tunas-

-Nosotros vivíamos en una casita dentro del club, construida por don Ignacio para tener a su caddy cerca y presto a sus necesidades. Mi madre lavaba los uniformes del personal y ayudaba en la cocina cuando se organizaban banquetes y mis hermanas se le unían en el trabajo a medida que iban creciendo. Pero ¡cuidado Pirula! No entiendas mal, mocoso. Nosotros vivíamos bien. Mis hermanas iban a la escuela que ahora tú conoces como la cantina del pueblo y nunca faltaba deliciosas comidas sobre nuestra mesa. Los hombres éramos robustos y las mujeres saludables. Todo ello era mucho más de lo que cualquier sirviente de San Andrés y, probablemente de todo el litoral, podía soñar con tener. Sin embargo tal vez ese fue el problema ¿sabes? Yo me sentía demasiado cómodo entre la gente que frecuentaba el club. Pronto dejé las maneras sumisas y reverenciales que todos los sirvientes debían tener hacia los socios. Lo asombroso fue que, lejos de ser juzgado o reprendido, los ricos de San Andrés correspondían mi atrevimiento y socializaban conmigo. Cómo si fuera igual a ellos, Pirula. ¿Te imaginas? ¡Cuán extraordinario y cuán falaz podía ser aquello!

Al entrar en la adolescencia yo ya era parte del equipo de caddies de don Ignacio, el cual lideraba mi padre. Pronto sus hijos empezaron a acompañarlo al green todos los domingos. ¡Ay Pirula! Detente un momento y mira a mi Alma. Tan hermosa ella, como la luna roja, inmensa en el invierno y tan delicada como los mantos de rocío que cubren el campo a la llamada del alba. ¿Puedes verla pequeño Pirula?-

-Es hermosa Tunas, ¿ella es la del velero?-

-¡Ella no es de ningún velero! ¡Mocoso ignorante! Ella nació en las nubes, pintó el cielo y ahora navega las aguas buscando a su negro. Me vino a buscar la otra noche, Pirula. Me avisaba que estaba cerca. – Respondió excitado, el Tunas.

-Lo sé negro, lo sé. Ya vienen por ti. ¿Qué pasó luego?- respondió el niño -Nos enamoramos sin enterarnos de ello- dijo el Tunas

– Vivimos un romance de miradas. Una aventura sin palabras. Yo soñaba con ella y ella soñaba conmigo. Fue así por 2 años hasta que una tarde no resistí más. Prefería morir torturado por mis amos a morir sin haber tocado un centímetro de su piel. Trepé por la pared del establo de don Ignacio y entré a su habitación en la madrugada, Pirula. Fue como si ella me estuviese esperando. No fue necesario usar las palabras que no pudimos decirnos jamás. Los dos nos entregamos al amor casi por instinto y, después de esa noche, vivimos ocultándolo por 2 años más hasta que su

vientre era demasiado grande. Mi doncella azul cargaba a un hijo mío en su vientre, Pirula, ¡Un hijo mio!

-¡Cuéntame más! ¡¿Qué pasó después negro?!-

– A mi familia me la mataron, hijo. A mi familia y a mi Alma. Eso es lo que ocurrió después- El semblante del Tunas era muy diferente al que tenía al empezar su relato. Decía las palabras mirando al suelo y con un tono triste, casi agónico.

El Pirula no insistió más. Aún así, el relato continuó.

-Nunca tratamos de explicar nada. Sabíamos que tal cosa era inútil desde el inicio. Solamente escapamos, Pirula, nos largamos-

-Alma convenció al anciano guardia del muelle de que su padre le había autorizado usar su velero. El velero más ostentoso del Pacífico, enchapado en oro, de vela de lino y mástil de marfil. El anciano accedió y yo tuve que nadar por el agua gélida de la madrugada hacia la popa del barco para evitar ser visto. Entonces, zarpamos hacia el infinito. Navegamos horas completas, abrazados bajo la vela blanca. Sin embargo, cuando el sol paría sus primeros rayos nos encontraron, Pirula. ¡Qué ilusos en pensar que podíamos escapar de los Urquiaga!-

-Los terribles hombres enviados por don Ignacio tenían la orden de no dejar vivo a nadie, ni al negro traidor ni a la cualquiera de su hija. Nos quería a ambos muertos. El más cruel de los hombres me ató al mástil del velero mientras el otro traía los cuchillos de su bote. Me hicieron ver, Pirula. Toda la mañana-

El niño miraba atónito al Tunas que se tomaba la cabeza bajo la tenue luz de una lámpara de kerosene. Se podían ver lágrimas recorriendo su curtido rostro y caer, pesadas, al piso de la choza. El Pirula sintió miedo.

-Berree, grité y golpeé sin parar hasta que las sogas empezaron a ceder. La ira era incontrolable y no recuerdo bien lo que pasó cuando me liberé. Lo único que recuerdo es la imagen de dos hombres yaciendo, ensangrentados, al lado de mi Alma, golpeada, vejada y asesinada. Lancé mi último grito al cielo, Pirula. Luego di la vuelta al velero y me fui a matar a don Ignacio-

-Supongo que algo debía estar pagando, Pirula. Tal vez un terrible crimen de un antepasado infame. Algo tenía que estar saldando con esto, niño, porque cuando llegué a San Andrés el destino me mostró su cara más vil. Los hermosos campos que con esmero sembrada Jaime Granda, estaban repletos de turbas de pescadores de los pueblos marginales de San Pedro y Comanta que, guiados por mi tío Cristóbal, un pescador recio del norte del litoral, quemaban, mataban y robaban a discreción. Una muchacha que cargaba una canasta de finos quesos y vinos añejos de los Urquiaga, me aseguró que toda la familia había huido tras la toma del club por parte de las masas. También tuve el infortunio de enterarme, minutos más tarde, que mi madre y mis hermanas habían corrido la peor suerte que puede correr una mujer digna antes de pasar por la

fría hoja de un cuchillo. MI padre colgaba del árbol más alto, Pirula. Eso no lo oí, eso lo vi yo mismo. Me mataron a todos, niño. Todos murieron y solo quedó este negro-

-Los años pasaron, Pirula, y los hermosos campos verdes iban convirtiéndose en terrales que los nuevos habitantes dividían entre chancherías y establos. La podredumbre y la inmundicia se iban asentando a medida que llegaban más pescadores y el muelle más hermoso del pacífico sur se convertía en un puerto más de los miles que corrompían la costa. Mi único consuelo eran los sueños con mi Alma. En cada uno ella me prometía volver por mí. “Cuando los peces naden todos juntos hacia el norte, la brisa marina sea tibia y la tarde tan oscura como la noche, mi vela encontrará rumbo en el océano que existe entre la vida y la muerte. Surcaré el mar, envuelta en el lino de un velero de oro y te traeré conmigo, mi negro” decía mi Alma, Pirula. – El Tuna lloraba desconsolado mientras hacía un esfuerzo inhumano por no evidenciarlo en su voz y tener que cortar su relato.

-Por 30 años solo he tenido mis sueños y mis historias. El resto no ha sido nada más que pescado maloliente y la corrupción de la gente. Nunca tuve nada más que a mi Alma, Pirula-

-Negrito Tuna, me tienes a…. – Fuertes gritos se aproximaban a la cabaña. -¡Es el Juancho Tuna! ¡Me va a sonar! – dijo, asustado, el niño

La rudimentaria puerta del Tunas se rompió de un estruendo. Al otro lado se podía ver poco más de la mitad del cuerpo de un hombre robusto que contrastaba con un fondo celeste de un amanecer naciente. El Juancho entró a duras penas a la cabaña, esparciendo un potente olor a caña y vociferando amenazas hacia el Tunas. Tomó del cuello al pequeño Pirula, como si fuera un pato silvestre a punto de ser degollado.

-Los voy a matar a los dos, ladrones inmundos. ¡Y tú negro pérfido! ¿Qué haces con el niño?-

El Juancho levantó con una mano al Pirula y lo precipitó contra el piso. El negro Tunas tomó la garrafa y la estrelló contra la cabeza del hombre, quién cayó al piso gritando de dolor. Un tumulto se empezaba a armar en los alrededores.

La madre del Pirula llegaba gritando.

-Esposo, mi amor, ¡perdona al niño! Encontró la caña en mi dispensa y pensó que era mía. Entreguemos al negro a la justicia de la gente pero ¡deja a mi hijo! ¡Te lo ruego!-

Nadie se atrevía a ingresar a la cabaña aún. El negro Tunas se acercó al hombre inconsciente y tomó al niño de la mano. Cruzaron miradas. Iban a decirse algo pero una barra de fierro oxidada atravesó su abdomen. Antes de poder emitir algún sonido, el Tunas se desplomó violentamente.

El Juancho se levantó del suelo y empujó la barra hasta tocar la herida del Tunas con sus dedos. El Pirula cayó de rodillas gritando, sin saber qué hacer. La gente se disponía a ingresar a la cabaña cuando el negro Tunas levantó agonizante el brazo izquierdo.

-Mocoso lindo. ¿Qué me dices de la pesca de hoy?- preguntó con voz entrecortada.

El Pirula abrió los ojos de par en par y corrió intempestivamente en dirección al muelle.

Regresó casi inmediatamente gritando.

-¡Negro, negrito! ¡Casi no hubo pesca hoy! Los peces nadan al norte y un velero dorado con una doncella azul te espera en el muelle.

-¿Cómo es su cabello muchacho?-

-Es gris como la plata, Tuna, y tan largo que cruza el mar hasta alcanzar al alba y abrazar al sol poniente- Viaja tranquilo negrito.

El negro Tunas esbozó una tenue sonrisa antes de cerrar los ojos para siempre.

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