TAKA Y VIAJE A LA CHINA. FREDY RONCALLA

TAKA


Taka nació para ser libre y correr entre vientos, ichu y extensos pajonales. Por eso, cuando vivió con nosotros en las apretadas quebradas de Huaraqo, mas abajito que Chalhuanca, no había cerco ni lazo que lo sujetara pese a ser taka al cuadrado: pequeño potrillo negro chiwillo y con la cola cortada. Era toro matrero que jalaba a los laseadores cual simples charamoscas, pero en el fondo tenía la travesura de un chivato, y el corazón tan grande como el del Pawkila, de Perlascha, y el del burro Azulejo, sobre los cuales los niños podíamos sentarnos en mancha.
Cuando vivíamos cerca al cielo solíamos hacer largos viajes por cabeceras de ríos, queñuales, nubes cercanas y bosques de piedras, desde donde un sol de cara redonda y sonriente podía saludar como amigo a un niño extraviado en el infinito. Pero fue en otro viaje, tras visitar un layme con wachus de papas subiendo una ladera empinada, que regresaba junto a mis padres y al tío Lolo montado a pelo en un burro chusco. Los burros son más vivos que un zorro y en un pim, parampampam, se meten bajo una rama o se avientan a un abismo para sacarte de encima. Tampoco les gusta las sequias y saltan sobre ellas así no tengan agua. Fue ahí que mi padre me prometió un potrillo si lograba mantenerme encima del burro que ya iba en viada.Dicen que lo trajeron desde donde las vicuñas adornan el horizonte y los toros matreros arrastran largas colas sobre pasto y piedra. De allí el brío de sus patas levantadas al aire tratando de librarse de los lasos de los domadores cuando lo vi por primera vez. Lo jalaban de un lado para otro para cansarlo corriendo en círculos, pero a los dos días aun nadie lo había montado. Sería por eso que le cortaron la cola y en su lugar creció un gran penacho de Taka distinguido. Jamás en esos lugares hubo potrillo de cola parada como gallo ajiseco.Cuando bajó a las quebradas andaba suelto en laymes y pastizales. Dicen que las yeguas lo adoraban y que alguna lo vino a ver cruzando el río Chalhuanca desde la otra banda. Y que tanto abigeos como arrieros de Pampachiri intentaron vanamente llevárselo. Así conozca a su dueño y este le hable dulcemente, lo guíe a toqllas, o lo corretee con lazos, un caballo a campo abierto demora en cogerse. Mucho más un Taka rebelde y veloz. Por eso fueron pocas las veces en que lo vi montado y mi orgullo de dueño solo asomaba cuando escuchaba sus historias.

Pero hubo una vez que Taka andaba tranquilo, se dejó montar, y estuvo en el corral por unos cuantos días. Era el momento de hacer migas y una tarde me lo llevé cuesta abajo, amarrado con una soguilla, camino a Wanchuni. Me siguió tranquilo y lo vi comer su buen pasto en un viejo andén. Al momento de regresar, decidí subir montado a pelo. Caminó tranquilo un buen trecho, pero he aquí que a un chiwaco se le ocurre salir volando justo en sus narices. Taka se asustó y dió un brinco adelante. Yo que andaba pensando en las musarañas caí desprevenido y fui a dar de nuca sobre una piedra inmensa.

No sé cuanto estuve privado. Tampoco sé si todo era negro o si habían círculos dando vuelta en embudo. Pero cuando desperté tirado encima de las piedras y en medio de las patas traseras de mi caballo, vi que el famoso chúcaro no se había movido ni un paso, sabiendo acaso que si lo hacia me rompía las costillas o algún otro hueso. Suficiente tenía con el chichón de la nuca que dentro del sombrero me crecía como una cabeza de yapa. Cuando logré levantarme sin que trastabille y empecé el camino arriba jalándolo de la soga, comprendí que acaso fue una imprudencia montarlo. Pero jamás hubiese sabido que la nobleza de un caballo rebelde siempre protege a sus seres queridos.

Quizás esa vez estuvo con nosotros sólo para darnos aquella caminata por Wanchuni, porque al poco tiempo se escapó y nunca supimos de él. Pueda que los arrieros de Pampachiri le trajeran una yegua especial, o que lo llamaron los campos abiertos de la puna alta. Mi caballo nació para ser libre y llevarme con su trote más allá del horizonte.

Kearny, junio 7 de 2006

VIAJE A LA CHINA

Estaba convencido que el mundo era chamu y chamu. Y que sentarse en el patio viendo la lluvia avanzar tras los cerros a coro con el hondo sonido del río Chalhuanca te llevaba lejos. El mundo arrugado tenía la ventaja de ver la neblina subir, pasar por tu casa, y seguir hacia arriba para dejar al cerro con el rostro enjuagado y con una sonrisa más amplia que el mediodía. Aunque uno debía esperar que el sol fuera alejando las sombras de la noche en la quebrada, hasta llegar a ti y darte un calorcito de mate de yerba buena o leche recién ordeñada.
Pero en esos raros momentos que prestaba atención a las clases, la maestra me contó que la tierra era redonda. Y que justo al otro lado estaba la China. De ese lugar sólo sabía que el chino José brillaba como un lunar entre los cholos Chalhuanquinos. Pero no me tinkaba que la tierra y los inmóviles cerros dieran vueltas.

Como siempre dudaba de mis profesores, decidí comprobar el asunto con mis propias manos. Saqué una pala y un pico de la despensa y desalojé a las gallinas de su vano oficio de buscar piedritas y semillas en el patio. Decidí cavar un hueco hasta el otro lado del mundo para conocer la misteriosa China.

Mi bisabuela me dejó tranquilo y el perro apenas abrió medio ojo para ver qué onda. Sólo el layqa Sotelo dijo algo y se fue ladera abajo. Inmutable, empecé a cavar. Pasada la capa apisonada de chapitas, las botellas rotas y el cascajo menudo, me encontré con unos pedrones. Pero sabía que lo mejor era ir llevando el hueco por los lados. Lo mismo con las raíces del eucalipto y los alisos. Moviéndose de un lado a otro el túnel avanzaba a ritmo seguro.

Bajando hasta la altura de un sauce donde los gavilanes iban a descansar tirándose en picada, quise saber dónde estaba y doblé el túnel a la superficie. El layqa Sotelo ya estaba ahí. Dijo que llegaría a la China mucho después y se fue de nuevo. Como el oficio del layqa era asustar a los niños no le hice caso y continué con mi hueco.

A la altura de Wanchuni el riachuelo ya era un torrente sonoro y estaba bordeado de grandes helechos. Adentro la tierra se hacía húmeda y amenazaba con llenar el túnel de agua. Doblé hacia la derecha como buscando pase. Pero este se demoraba y tuve que seguir un buen trecho.

Poco a poco la tierra se hacía más clara y había como una luz que brillaba tras las piedras. Cavé más rápido y llegué a una serie de cascadas tras las cuales vi unos hermosos cuartos y columnas doradas, con el piso y el aire de vapores blancos y celestes. Era un lugar tranquilo, acogedor, casi conocido de mucho antes. Pero no había a quien preguntarle si éste era un recinto escondido de la Ciudad Prohibida. Lo más probable es que fuera uno de tantos pueblos que los antiguos dejaron conectados con hermosas chinganas que recorrían el mundo. Fuí cuarto tras cuarto buscando por donde conectar mi túnel rumbo a China, pero al final me ganó el cansancio y estuve a punto de dormirme. Entonces el layqa pasó por mi lado y me tiró unas hojas de coca sin decir nada.

Cuando desperté las gallinas picoteaban lombrices en el suelo revuelto, pero el perro no movió ni una pestaña.

Con los años supe que la ciudad al lado de Wanchuni era la morada a la que habría de retornar en muchos sueños. Y que la nostalgia de esa luz me haría buscarla en la Cueva de los Pavas de Tingo María, en los Baños de la Juventud en Churín, en las cascadas de Ithaca, y en varias partes del norte, donde escribir es volver a los hondos caminos.

Aun no he llegado a la China, pero le cuento a mi esposa cómo quise conocerla abriendo un hueco a través del planeta. Se alegra y me dice que algún día iremos juntos. Ella nació al norte de Beijing, que es a donde pudo llegar mi túnel.

Kearny 8 de mayo 2006


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