JUAN ACEVEDO Y LA UNIVERSALIDAD DEL ARTE. Hélard André Fuentes Pastor

JUAN ACEVEDO Y LA UNIVERSALIDAD DEL ARTE

Por: Hélard André Fuentes Pastor

Historiador y escritor

Una mañana de julio, respirando los vientos de otoño, atesoramos los recuerdos de un curioso e importante historietista peruano que visitó la Ciudad Blanca con motivo del noveno Festival del Libro 2015. Hace aproximadamente 53 años comenzó una historia de trazos, colores y bocadillos que originaron personajes como el Cuy, una de las muestras de expresionismo más saltantes del artista Juan Acevedo, cuyas tiras han identificado a varias generaciones de peruanos.

LA ETAPA ESCOLAR

El dibujante y caricaturista limeño –en una estampa de humor gráfico– nos confiesa que fue un niño inquieto y observador. Cuando era estudiante en la Gran Unidad Escolar “Mariano Melgar” de Breña (Lima), nació esa vocación por el arte, la risa y el discurso humorista, cualidades que maduraron con el tiempo hasta llegar al “Love Story”, la afamada parodia de los escenarios políticos nacionales.

Cuando pasaba a tercero de media, su padre que era militar y abogado, es destacado a Arequipa como Fiscal del Concejo de Guerra para trabajar en la Tercera Zona Judicial de Policía. Como el pequeño Juan había desaprobado dos cursos y tenía que subsanarlos en vacacional, su papá decidió llevarlo con él. Ésta fue la primera vez que viajó a la Ciudad Caudillo y apreció la tradicional campiña arequipeña.

Nuevamente, se produjo el traslado de su padre a Lima, y él se quedó interno en el Colegio Militar “Francisco Bolognesi”, donde la soledad aguzaba nostálgicos días de añoranza al extrañar a su familia y, a su vez, valió para compartir experiencias con los muchachos citadinos y otros que provenían de regiones altas como Cusco o Puno. Un año duró aquel episodio de su vida, y aún suscita profundas resonancias en su quehacer periodístico y gráfico.

Durante su estancia en Arequipa, asistió por primera vez a una exposición artística. A inicios de los ‘60, el afamado pintor loretano César Calvo de Araujo se encontraba en la ciudad del Misti y ofreció una muestra pictórica en la galería del Instituto Cultural Peruano Norteamericano. Juan acudió con su papá, y quedó impresionado por aquellas texturas y motivos selváticos. Tiempo después, hizo amistad con el hijo del retratista, el poeta César Calvo, y le contó su anécdota, llegando a la conclusión de que ambos estuvieron presentes en dicha oportunidad.

Al terminar este año académico, Acevedo regresó a su tierra natal y volvió al Colegio de la Unidad Escolar donde terminó la secundaria. El caricaturista nos comenta: –En aquella época existía el gran prejuicio que al colegio militar se enviaba a los muchachos para que se enderecen y, ciertamente, me comenzaba a torcer, entonces regresé derechito pues. En cuarto de media –como estaba signado en la época–, tuvo que elegir entre estudiar letras o matemática, mostrando preferencia por las letras pues gustaba de la literatura y la historia.

En los últimos años de la secundaria brotó un singular humorismo. El artista nacido en Pueblo Libre, nos contó lo siguiente: –Había muchachos muy graciosos en mi salón. Hubo uno en particular, se llamaba Héctor Delgado, a quien le debo por lo menos dos años de mi vida riéndome, estaba asombrado de sus intervenciones en clase interrumpiendo al profesor, cosa que en el colegio militar jamás hubiera imaginado. Era un mataperros pero nos hizo reír mucho, lamentablemente falleció el año pasado.

La etapa escolar resulta ser el despertar artístico del historietista. Contribuyó en los periódicos murales y, además, realizó pequeñas revistas de un solo ejemplar que circularon entre sus compañeros, en ellas confluían varios dibujantes y revelan la preocupación por la dimensión cultural en los colegios, pues en aquella época todavía se cultivaba la prensa mural a través de los concursos interescolares. Asimismo, nos cuenta que en sus últimos años comenzó a escribir cuentos.

RECUERDOS UNIVERSITARIOS

A los 16 años, ingresó a la Pontifica Universidad Católica del Perú en la especialidad de letras y, motivado por la experiencia que vivió en la escuela, se presentó al centro de estudiantes donde dio a conocer su inquietud por el periodismo gráfico. Inmediatamente, le ofrecieron una vitrina donde publicó caricaturas de los profesores y de situaciones que se advertían en la universidad. A esa misma edad, se enamoró por primera vez, llevándolo a reprobar varios cursos; pero como menciona el historietista, “cosas como esas también hacen que uno comience a madurar”.

El primer año de universidad, surgió una revista literaria que se denominaba “Paréntesis” y entre sus compañeros que la convocaron se encontraba Ricardo Gonzáles Vigil, destacado escritor y crítico literario. Juan Acevedo recuerda que distinguía a esta publicación como “Paren-Tesis”. Así fue partícipe de una de las primeras conmociones culturales de su juventud.

A través de sus lecturas, descubrió que en Europa había surgido un movimiento literario que se llamaba “Pánico”, uno de los representantes más trascendentales era el escritor Fernando Arrabal, y, gustando de aquel tópico que imperaba en la narrativa, el teatro y la pintura con el principio general de la libertad creadora y el rechazo con humor a todo sistema autoritario, Juan escribió algunos cuentos pánico –breves y estremecedores– que según afirma eran como “caricaturas literarias”. Un compañero de estudios que era periodista y publicaba en el diario “La Prensa”, le dijo que mejor se dedicara a dibujar; y, desanimado, dejó de escribir por un tiempo. Posteriormente, retomó la escritura, y pese a no haber publicado los cuentos, considera que están presentes en sus historietas.

LA HISTORIETA

Cuando estudiaba en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Católica, escuchó la crítica que realizaba el maestro Adolfo Winternitz a los estudiantes de pintura. –Ellos hacían más anécdota que pintura, que color, que forma… les decía: es muy literario. Entonces, Juan asumió que estaba ante un reto, pues su trabajo era tremendamente literario, mostrando inclinación por la historieta, la cual requiere del dibujo y la prosa. En palabras de nuestro entrevistado, “contar cosas a través de imágenes dibujadas y unidas con la palabra escrita” o la “narrativa dibujada”. En una ocasión Antonio Cisneros le dijo: “eres un poeta”, debido a unas expresiones que alcanzaba en sus tiras; sin embargo, Acevedo atiende más a la narración que al verso.

La universidad, brindó el conocimiento que requería para florecer su talento y talante gráfico, de esta forma comenzó a cuidar las proporciones en el dibujo y accedió a comprender teóricamente la pintura expresionista alemana y, también, de algunos pintores como el holandés Vincent van Gogh, a quien admiraba enormemente: –Veía sus trazos, sus rasgos, sus énfasis para captar la expresión humana.

SECRETOS DEL ARTISTA

Juan Acevedo se interesa mucho en la mirada, la relación entre ceja y ojo. Afirma que los ojos son esenciales en la persona, al igual que el conjunto con la ceja, la boca, y en los peruanos, los pómulos, debido al legado andino. –Existen otros rasgos secundarios como el peinado, las orejas, pero la mirada es especialmente importante para quien tenga una vocación expresionista, sentencia el artista nacido en 1949.

Asimismo, agrega que la caricatura e historieta tienen que ver con los medios de comunicación, son el testimonio de un hecho y, en muchos casos, una crítica necesaria, así nos dice: –Cuando hacía mis dibujos de humor gráfico social para la revista Marca, era con la pretensión de impactar en la conciencia de quienes apreciaran aquellos trabajos, yo pretendía que sacudieran al lector señalando aspectos de nuestro comportamiento social como son las diversas discriminaciones que se practican en la sociedad.

Otra reflexión que nos regala, gira en torno a la funcionalidad de la caricatura en el país. Él reconoce que “nuestra caricatura está demasiado amarrada a la circunstancia política. Nuestros periódicos privilegian lo político sobre otros aspectos de la vida, y la vida no es solo política, la política es sumamente importante, pero la vida también tiene el escenario hogareño, el escenario callejero, el escenario de la escuela; y, entonces, no se atiende tanto a esos aspectos, estamos pendientes a lo que ha dicho determinada autoridad para criticarla. Eso está bien, cumple una función importante, fustigar a la autoridad para ayudarla a cambiar cosas, pero hay ese viejo adagio latino, modificar, cambiar costumbres, riendo”, siendo actualmente una grata posibilidad.

UNA HISTORIA DE VIDA

Finalizando nuestra conversación, el ilustrador –cuyos vástagos protagonistas revelan una capacidad innata–, nos confía que siempre valoró los dones de su madre y la entrega al estudio de su padre. Recuerda a una mamá sensible que decoraba sus tortas cuando hacía repostería, su entrega en el hogar y algunos dibujos que realizaba sin ostentarla como gran artista.

La imagen de su padre, estricto y trabajador, trae a la memoria una maravillosa evocación: –Cuando era adolescente había peleado con mi papá al afirmar mi vocación de historietista, él se opuso porque creía que yo me iba a morir de hambre, pensaba como muchas personas que debía ser abogado o médico, ocasionando que nos peleáramos. Pasaron los años, y en una oportunidad fue a visitarme. La empleada me dijo <<está su papá>> y yo le contesté <<dile que pase>>. Ella me indicó <<quiere que usted se acerque al auto>>. Entonces, me acerqué. Él ya estaba anciano, y observaba el periódico del día donde se publicó una noticia sobre el taller de historietas que yo realicé con la UNESCO. Me dijo <<oye, te acuerdas tú de lo que yo te decía cuando decidiste dedicarte a esto>>. Lo miré. Decía pues que ese no era el camino. Él agregó <<y tú te acuerdas de lo que me decías>>. Me reí, yo le decía <<papá estás en la calle>>. Y luego, añadió <<tenías razón, yo estaba en la calle>>. Se despidió, le habló al chofer y se fue. Yo me quedé atónito y agradecido a mi papá porque él fue a decirme tenías razón, ésta era tu vida, y has hecho bien en no hacerme caso. Me encantó ese rasgo de humildad, de reconciliación de padre e hijo y le quedé muy agradecido por siempre.

Juan Acevedo es el vivo reflejo de la perseverancia, la comprensión, la expresión social, y el equilibro que percibimos en las figuras pacientemente configuradas en el plano idílico de los diferentes aspectos de la vida cotidiana, proyectan a un artista que nos habla de lo humano, del encuentro con nosotros mismos, de ser localistas sin oponernos a lo universal. Un artista que utiliza los medios tradicionales y digitales en su oficio y que por ello se hace llamar “tradigital”.

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