LA VIOLENCIA EN LA NOVELA LOS RÍOS PROFUNDOS. Hernán Hurtado Trujillo

Hernan_Hurtado_Trujillo

LA VIOLENCIA EN LA NOVELA LOS RÍOS PROFUNDOS

Un mundo cargado de fuego y de monstruos

                                                                     

Hernán Hurtado Trujillo

(Universidad Nacional Micaela  Bastidas )

Entre 1848 – 1998 según Efraín Cristal en la historia de la narrativa peruana la representación de la violencia política ha estado vinculada al tema de la miseria y la corrupción. Además, propone tres líneas de análisis literarios correspondientes a tres momentos históricos:

  1. La violencia como instrumento de explotación: tema que surgió en el marco de las discusiones políticas durante el siglo XIX sobre el papel de los indígenas.
  2. La violencia como herramienta legítima para llevar a cabo metas políticas, tema que corresponde al surgimiento de corrientes socialistas y revolucionarias en la primera mitad del siglo XX.
  3. La violencia como síntoma de una crisis social, tema que corresponde a la violencia política que inició en los años 80.

Según Cristal los tres temas pueden superponerse en una misma obra; efectivamente en la novela Los Ríos Profundos publicada en 1958 de José María Arguedas se superponen los dos primeros momentos históricos: es decir, la violencia como instrumento de los poderosos que utilizan para someter a los indígenas; estos tópicos se encuentran representados en la narrativa indigenista, como por ejemplo: El padre Horán (1848) de Narciso Aréstegui, que relata los abusos sexuales impunes del cura contra las mujeres indígenas. Por su parte en Aves sin nido (1889) Clorinda Matto de Turner retoma temas centrales de Aréstegui reorientados según el pensamiento político de Manuel González Prada. La violencia como herramienta política responde a la pregunta planteada por Clorinda Matto de Turner: ¿Quién liberará a las poblaciones indígenas? Esta pregunta lleva a respuestas diferentes: Mariátegui habla de la fatalidad histórica de la violencia y al comentar la obra Tempestad en los Andes de Valcárcel señala varias coincidencias con su pensamiento, “En este libro (Valcárcel) resuelve políticamente su indigenismo en socialismo”, “El proletariado indígena espera su Lenin”. Vallejo por su parte consideraba que: “La clase proletaria piensa matar la guerra por una revolución universal”. Según José María Arguedas, Tungsteno (1931) “Es la primera novela proletaria indígena de Perú y marca un nuevo derrotero para la novela peruana”.Novela que expresa su pensamiento político y social que trata el tema minero (tema tan vigente y confrontado en nuestro tiempo). Tanto Mariátegui como Vallejo marcan influencias en la narrativa de José María Arguedas; y se dice que Tungsteno inspiró la novela Todas las sangres.

Toda la novela de Los ríos profundos está tejida de violencia, que se manifiesta de diversas formas y matices, en las experiencias directas e indirectas que Ernesto relata en primera persona, que como personaje actor también es afectado. Si bien, aparentemente algunos hechos se desenvuelven   pacífica y silenciosamente dentro del internado, pero soterradamente se vive un mundo de violencia psicológica; por otro, lado la violencia social y política se expresa en forma abierta en el motín provocado por las chicheras.

 

El internado es un mundo de violencia institucionalizada, basada en la concepción hispano-católica del mundo. La vida de los internos está regida bajo patrones jerarquizados de dominación ideológica, con una moral dicotómica donde el sujeto transita entre el bien y el mal o entre el cielo y el infierno. La representación del infierno es la expresión simbólica más extrema de la violencia que el ser humano pudo imaginar, el lugar donde todos los pecadores deben purgar su “pecado”, la obra clásica que mejor pudo representar este mundo es La divina comedia. En cambio, en el otro extremo está el mundo del bien, desde donde Dios todopoderoso vigila nuestros actos para premiarnos o castigarnos, mientras en la tierra sus representantes actúan con los mismos criterios. Como afirmara González Prada la iglesia está dentro de esa trilogía embrutecedora de alienación y dominación del indígena.

 

En la sociedad colonial, el colonizador se autorrepresentaba como patrón, y el indígena abrumado, sometido por la dominación durante siglos, acepta su condición de hijo o ahijado del patrón, de allí proviene su conducta recurrente de llamar: papacito, papay, taytay a su dominador. Así el padre Linares ejerce la paternidad espiritual del pueblo, con un poder casi absoluto. Como director del internado, es la máxima autoridad, el Lucifer de dicho mundo infernal. El padre Linares cumplía en Abancay una función colonizadora de domesticar y alienar, a través de sus prédicas, acciones morales y religiosas. Una muestra de ese poderío y dominio para manipular la conciencia del pueblo es el discurso dirigido a los indígenas de la hacienda de Patibamba después de la rebelión de las chicheras:

“Yo soy tu hermano, humilde como tú, tierno y digno de amor, peón de Patibamba, hermanito. Los poderosos no ven las flores pequeñas que bailan en la orilla de los acueductos que riegan la tierra. No las ven, pero ellas le dan el sustento.

¿Quién es más fuerte, quién necesita más mi amor? Tú, hermanito de Patibamba, hermanito tú sólo estás en mis ojos, en los ojos de Dios nuestro Señor. Yo vengo a consolarlos, porque las flores del campo no necesitan consuelo; para ellas, el agua, el aire y la tierra les es suficiente. Pero la tierra tiene corazón y necesita consuelo. Todos padecemos hermanos, pero unos más que otros. Ustedes sufren por los hijos, por el padre y el hermano; el patrón padece por todos ustedes, yo por todo Abancay, y Dios nuestro padre, por la gente que sufre en el mundo entero. ¡Aquí hemos venido a llorar, a padecer, a sufrir, a que las espinas nos atraviesen el corazón como a nuestra Señora! ¿Quién padeció más que ella?..”[1]

 

El discurso del padre Linares nos muestra el universo ideológico de la iglesia como instrumento de dominación, en dicho discurso el cura se apropia del idioma quechua para persuadir y convencer a sus interlocutores indígenas que asumen una actitud pasiva de receptores, que finalmente sólo responderán con su llanto, es un discurso vertical que viene de arriba para abajo, de resignación y de postración de la dignidad humana, una doctrina donde el hombre está destinado a sufrir, como el patrón por sus indígenas, como Linares por el pueblo de Abancay y el sufrimiento de Dios por la humanidad. Este sufrimiento no es gratuito sino es producto del pecado de la desobediencia a Dios. En la novela la rebelión de las chicheras es un pecado, una ofensa a Dios, Linares le dice a doña Felipa:

“…No, hija. No ofendas a Dios. Las autoridades no tienen la culpa. Yo te lo digo en nombre de Dios.”[2] Sin embargo, las chicheras, enfurecidas e indignadas por la actitud injusta e inhumana de quienes priorizan vender la sal para las vacas faltando para la gente pobre, desacatando al cura que casi era un Dios en Abancay, toman por asalto el almacén de sal, demostrando la moral mezquina, hipócrita e interesada del cura a favor de los hacendados. ¡Padrecito Linares ven-exclamó con grito prolongado la chichera- Padrecito Linares, ahistá sal!-hablaba en castellano-¡Ahistá sal! ¡Ahistá sal! ¡Este ladrón! ¡Este si maldecido!.[3]

Bajo esa moral vertical patrón-indígena predicada por el padre Linares, el patrón se presumía tener todo el derecho de establecer sus reglas, normas y hábitos de conducta y cuando el indígena infringía, también tenía el derecho de castigarlo, dizque para su bien, para enderezarlo y corregir lo torcido. Esta conducta es la réplica de la representación del poder divino: Dios premia a los buenos, a los que cumplen sus mandatos, así los patrones también tienen la consideración de tratarlos bien si cumplen con sus órdenes. pero Dios todopoderoso y el patrón, castigan a quienes infringen sus mandatos, para ellos Dios creó el infierno y el patrón creó azotes, fuetes, cárceles, calabozos, que hasta hoy subsisten en muchas haciendas y en las catacumbas de los templos coloniales como un recuerdo oprobioso de la historia.

 

Este sistema de violencia y sometimiento es el que rige la vida y conducta de los estudiantes del internado. Los muchachos que infringen las normas son castigados física y psicológicamente. Es el caso de Lleras que fue castigado violenta y sangrientamente por el hermano Miguel por agredirlo a patadas, e insultado racistamente de negro, cuando el hermano debía dar la otra mejilla según sus preceptos. “Lleras estaba de rodillas, bajo la red. Le habían destrozado la nariz y un chorro de sangre corría desde su boca al pecho”

-¡Camina de rodillas!- le gritó el hermano. Lo empujó con el pie.

Lleras se arrastró de rodillas y el Añuco le siguió, llorando.[4]

 

El castigo público es una estrategia dirigida a amedrentar y sembrar el pánico a los que infringen las reglas, un acto de escarmiento, para que no vuelvan hacer, una advertencia para los demás, que por lo general imponen las autoridades, o los mayores para someter a los más débiles. Es lo que ocurre con la conducta violenta del hermano que – según Ernesto – “Hubiera hecho caminar una piedra” “sus ojos mostraban la parte blanca; infundían terror, creo que hasta el polvo”[5]. Otro acto de castigo público cometen los gendarmes en complicidad del alcalde.

Castigan a los maridos de las chicheras, que son sacados de la cárcel, para hacerles barrer la calle a puntapiés con rabos de trapo y luego soltados al final de la cuadra, escapan al son de cohetes que revientan. Este castigo lo hacen por el delito de ser maridos de mujeres rebeldes, un castigo burlesco para humillar y hacer pasar de hazmerreír. Dichas acciones de violencia fueron halagadas por el padre:

“Elogió al coronel prefecto (…) dijo que sabiamente había castigado a cada culpable conforme su condición y que había impuesto la paz en la ciudad.”[6]

Como se puede observar en la cita a cada culpable corresponde un castigo, y el castigo es la condición previa para imponer la paz. Así la paz es producto de la violencia, una violencia para mantener el orden establecido, que subyace en la actual democracia.

 

Los internos vivían en permanente conflicto y violencia. Los estudiantes más fuertes físicamente sometían y se imponían sobre los menores y débiles. Los personajes que encarnan la violencia y perversión juvenil son Lleras y Añuco, que pegaban a todos “si se ve perdido puede clavarle un cuchillo a Romero” decían sus compañeros con terror, afirmaban también que se “Condenaría vivo” por sus pecados. El juego como actividad lúdica que caracteriza a los niños y adolescentes estaba cargado de gran violencia. Paradójicamente quienes defendían la paz eran los que promovían el juego a las guerras entre los peruanos y chilenos. Juego violento y sangriento que era satisfactorio si los chilenos caían heridos por el impacto de las hondas cuyos proyectiles eran pepas de las higueras y en muchos casos piedras:

“Los sermones patrióticos del padre director se realizaban en la práctica; bandas de alumnos “peruanos” y “chilenos” luchaban allí, nos arrojábamos frutas de higuera con hondas de jebe y después, nos lanzábamos al asalto, a pelear a golpes de puño y empellones. Los “peruanos debían ganar siempre (…) Muchos alumnos volvían al internado con la nariz hinchada, con los ojos amoratados o con los labios partidos. La mayoría son chilenos, padrecito informaban los jefes, el padre director sonreía y nos llevaban al botiquín para curarnos”[7]

 

Volviendo a la narrativa indigenista, otro aspecto recurrente, es la violencia sexual de los principales a las mujeres indígenas. Es el caso del Padre Horán de Aréstegui, de Aves sin nido de Clorinda Matto de Turner, en los cuentos de Albújar, Sara Cosecho de Manuel Robles Alarcón, el cuento de Warma kuyay; pero en el caso del internado de Los ríos profundos se produce una violencia sexual casi consentida por un instinto sexual no controlado por la opa Marcelina; que expresa una lucha infernal entre el deseo carnal y la conciencia moral y religiosa de los adolescentes, el temor al pecado y el deseo, la atracción, la inocencia y perturbación de los menores.

La opa era una presa sexual en disputa violenta por el deseo desenfrenado de jóvenes, en cambio los más pequeños eran víctimas de un espectáculo perverso de ansiedad y terror traumático. La escena más traumática de esta perversión juvenil fue el caso de Palacitos el más pequeño y menor de todos, que se quejaba: “¡No! ¡No puedo! No puedo, hermanito”.

Lleras había desnudado a la opa, levantándole el traje hasta el cuello, y exigía que el humilde Palacios se echara sobre ella. La opa quería y mugía llamando con ambas manos al muchacho[8]”. Antonio Cornejo Polar comenta: “Dentro de la concepción de raíz hispano-católica, el sexo se convierte en mal por antonomasia, es en mayúsculas, el pecado. La obsesión que se expande por el colegio ante la presencia de la loca Marcelina, incrementa la violencia física (…) y genera un cenagoso clima de culpabilidad”[9]. Y la culpabilidad es una violencia moral que genera vergüenza, arrepentimiento, flagelación y terror. Los sentimientos de culpa, hacían que los niños con esa ideología masoquista de la religión llegaran a flagelarse, para liberarse con dolor del pecado: es lo que ocurre con Chauca: “Ni una sombra había en su alma, estaba jubiloso, brillaba la luz en sus pupilas. Supe después (dice Ernesto) que en la noche, se había flagelado frente a la puerta de la capilla”

 

El castigo como medio para purificar el alma era algo natural para el pueblo de Abancay y para los niños del internado. Ernesto es castigado por acompañar la marcha de las rebeldes chicheras a Patibamba, según el padre Linares, Ernesto fue contaminado con la “indiada” confundida por el demonio” por eso se dirige a los niños:

“Quien ve cometer un gran pecado también debe pedir perdón a Dios; el gran pecado salpica, todos lo testigos debemos arrodillarnos y clamar a fin de que ni rastros, nada, nada de la mancha persista ni en el corazón de los que delinquieron ni en el pensamiento de los infortunados de ser testigos…”[10] Por esa carga de culpa creada por el padre Linares, Ernesto fue flagelado y dice recibir “los golpes y el dolor casi jubilosamente”.

 

Corre al río sagrado, que tiene poder para transmitir mensajes a su padre o a doña Felipa con quien se identifica como símbolo heroico de lucha y de justicia social. Visto desde afuera el internado es un centro de formación moral y espiritual de los niños – su padre dice a Ernesto cuando lo deja : en el internado – “¡estás en tu lugar verdadero!” Pero él dirá: que se queda en un mundo de monstruos y de fuego, de grandes ríos que cantan que con la música mas hermosa al chocar contra las piedras y las islas. En fin, un mundo de fuego – agua, un mundo de lucha y conflicto entre el infierno y el paraíso terrestre, donde Ernesto lucha para no ser abatido por esas fuerzas contradictorias. De este mundo cargado de fuego y monstruos Ernesto varias veces quería irse a Chalhuanca donde su padre. Sin embargo, sus limitaciones de niño y la obediencia a su padre no le permitieron. Entonces encuentra refugio en la naturaleza, en el agua purificador y vivificador del Pachachaca, que en oposición al fuego infernal y claustral del seminario y de su entorno social se refugia en el juego del Zumbayllo cuyos mensajes mágicos y míticos trascienden el espacio y el tiempo (realismo mágico). Frecuenta a Guanupata para deleitarse con el canto y el baile de los indios a quienes ama y se adhiere.

 

El mundo violento del seminario es paralelo con otro tipo de violencia, representado por la rebelión de las chicheras. Allí la violencia se convierte en una herramienta legítima para llevar a cabo metas políticas. Arguedas asume una ideología socialista comprometida con los intereses de los más pobres y la justicia social, cree como Mariátegui que la revolución es la partera de la historia, dicha perspectiva se manifiesta, cuando utiliza como estrategia narrativa la oposición antagónica. A la violencia que los grupos de poder cometen para mantener y defender un sistema estructurado de acuerdo a sus intereses, opone una violencia organizada dirigida a liberar a los indígenas y a los más pobres. Esta función liberadora cumple la rebelión de las chicheras, dirigida por doña Felipa.

 

A pesar que la rebelión de las chicheras triunfa inicialmente y desequilibra a los grupos de poder de Abancay, esto no es definitivo; pero, muestra la capacidad organizativa, el heroísmo y valentía de las mujeres para enfrentarse al orden establecido, por la injusta distribución de la sal. Y pone en descubierto la estrecha relación de los hacendados con el padre Linares, quién tenía un poder absoluto sobre el pueblo altamente alienado y cucufato, que creía en la santidad del padre; recordemos la escena de los rezos de todo el pueblo arrodillado en las veredas, a favor de su salud.

La rebelión delata la relativa inestabilidad del enemigo, cuya autoridad es subvertida por las chicheras enardecidas, que el pueblo celebra a través de cantos burlescos que ridiculizan y subestiman al enemigo:

“El revólver del salinero

estaba cargado

con excremento de llama

y en vez de pólvora

y en vez de pólvora

pedo de mula salinera”.

 

Esta rebelión de cholas y mestizas expresa la solidaridad y fraternidad entre los pobres. Las chicheras llevan la sal a los pobres de Patibamba para ser repartida, ante los ojos de sus enemigos que arrojaban insultos despectivos y racistas como los de “prostitutas cholas asquerosas”, pero la euforia de triunfo y fraternidad de las mujeres opacan los insultos. Ernesto participa en esta alegría colectiva ¡valiente muchacho! le dicen”[11]; Alegría que contagia incluso a las bestias que cargan la sal.- Ernesto cuenta- Las mulas tomaron el ritmo de la danza y trotaron con más alegría.[12] Según Antonio Cornejo Polar en el clímax social de la alegría “en ese momento (Ernesto) el narrador, casi pierde su identidad, desaparece la primera persona del singular como base narrativa y se impone el plural”. “Una inmensa alegría y el deseo de luchar aunque fuera contra el mundo entero, mas nos hizo correr por las calles”

Finalmente en la novela Los ríos profundos, a la violencia como instrumento de explotación del que nos habla Efraín Cristal propio de una sociedad feudal del siglo XIX opone en su narrativa una violencia como herramienta legítima de liberación de las masas oprimidas, abrazando las corrientes socialistas y revolucionarias de la primera mitad del siglo XX. En su discurso con motivo del Premio Garcilaso afirma que el socialismo no mata, ni lo mágico ni lo andino en él, con esa percepción manifiesta, que la violencia narrada sobre doña Felipa encierra una concepción mítica redentora, del mito inkarri. En el que doña Felipa perseguida nunca capturada volverá, a poner el orden y establecer la justicia; este mensaje de esperanza mítica envía por el río Pachachaca a doña Felipa y a nosotros:

Tú eres como el río señora (…) no te alcanzarán ¡jajayllas!

Y volverás. Miraré tu rostro que es como el sol de mediodía ¡quemaremos, incendiaremos![13] .

 

[1] Ibid P.125.

[2] Ibid P.101.

[3] Ibib P.104.

[4] Ibid P.133

[5] Ibid P.133

[6] Ibid P.177

[7]Ibid 52

[8] Ibid 59

[9] Cornejo Polar, Antonio. Los Universos Narrativos de José María Arguedas. P. 101

[10] Arguedas, J. Maria, Op cit. P.136

[11] P102

[12] P106

[13] P171

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