Una guía muy especial. Gloria Caceres vargas

Qayninpallan  “Yunta pusaq warmi wawa”nisqanta Gloriaqa reqsichin.  Kunantaq pay kikin tiqrasqanta “Una guia muy especual”nisqa resqisischkantaq.  Icha kay willanakuynaqa aswan  runasimi rimayqa  aswan mosos kancha  niskayku. Hinapas kachun.

Una guía muy especial.

A la hora del desayuno noté a mi padre muy preocupado mientras tomaba su café con leche con canchita. hqdefaultDesde la puerta de nuestra morada miraba fijamente el camino del cerro del frente por donde deberían venir los peones para trabajar. En eso vio que unos señores bajaban y se alegró porque finalmente empezarían la jornada del día. Dudó un momento porque podrían ser otros caminantes y no los peones que esperaba. Felizmente no fue así, porque al rato llegaron a la vivienda que mi padre había habilitado en una cueva grande que estaba debajo del camino que iba a nuestra chacra.

Como la entrada de la cueva era grande construyó un muro de piedra y barro en cuyo mitad le puso una gran puerta de calamina. En la parte exterior teníamos cilindros de agua de lluvia que habíamos guardado y en el interior teníamos de todo. Nuestra casita estaba bien equipada: en un extremo de la entrada estaba la cocina cuya tullpa era de adobes y contiguo había un espacio que durante el día nos servía de comedor y por las noches era dormitorio; en ese suelo extendíamos los pellejos de oveja, las frazadas, caronas y otros que estaban acomodadas en el fondo de la cueva para dormir, pero no siempre era así porque a la luz del lamparín de kerosene, papá nos contaba historias de aparecidos y hechos de sus abuelos. El otro extremo de la cueva era el depósito de las herramientas y de semillas. La cueva era grande, había espacio para todo y para todos. Aquí se albergaba a los trabajadores que se quedaban hasta que termine todo el periodo de siembra y a las personas que solían visitarnos para tomar leche recién ordeñadita y después se quedaban con nosotros para disfrutar de la belleza del lugar:

Algunas veces de nuestro período de vacaciones, sobre todo en épocas de lluvia, la pasábamos aquí; mi padre nos traía para que disfrutáramos del campo y de sus aromas mientras que ellos se dedicaban a sembrar y a hacer quesos. Así nosotros aprendimos a reconocer las plantas, jugar con los pequeños insectos, con las flores del sanki y despiertos a soñar con historias mágicas de almas en pena y con historias de amor de estrellas fugaces, etc.

Mi madre sirvió a los recién llegados un buen plato de sopa de morón con carne, papas y habas, bien espeso, acompañado de mote con queso. Generalmente los trabajadores repetían la sopa porque era mejor que tomar agüita caliente. Noté que los peones estaban preocupados porque Pedrucho no había llegado y no había quién guie la yunta. Pese a que el suelo era bastante inclinado, ellos se habían atrevido a meterle el arado y en las partes más escabrosas utilizaron el chaki taqlla.

Era febrero, mes de intensas lluvias.

Había que aprovechar la humedad del suelo antes de que el aguacero arrasara con las semillas. Jacinto y Lucas empezaron a romper el suelo con el chaki taqlla y ellos mismos iban colocando en los surcos la semilla de cebada y de alfalfa, pero don Patuko, que era el gañan, no podía empezar con la yunta porque faltaba el guía, entonces mi padre les dijo “tal vez mi hijita menor, mi Isaurita podría reemplazar a Pedrucho”. Mi mamá se opuso porque según ella era oficio de muchachos y no de niñas, además temía que los toros la aplastasen ya que el suelo estaba en declive y si ella se resbalaba los toros podían seguirla. A Isaura le gustó la idea y muy feliz cogió de inmediato la varita de guía y se colocó delante de la yunta. Para don Patuko no era fácil, tendría que sostener con más fuerza el arado. Mi hermanita cantando guiaba la yunta y por momentos parecía caerse porque el suelo era muy inclinado pero se sostenía de pie apoyándose en su varita y a veces se balanceaba. Estaba haciendo bien su trabajo para el contento de los demás, cuando se resbalaba inmediatamente se ponía de pie para que los toros no la pisen. Recuperada del susto y más segura de sí continuaba con su jornada.

A media mañana los peones descansaron para el akullikuy de regla y mi hermana se sentó entre ellos para akullikar y le pidió a mi padre que también le diera su ración de coca y chicha. Se consideraba parte del equipo y sobre todo, una peona de polendas. Su trabajo de guía le había hecho crecer, se sentía feliz ayudando a mi papá. Después de tomar la chicha y machkar su coquita, los peones continuaron con su trabajo. Mi hermanita con su voz cantarina decía uku uku pata pata y los toros dócilmente la seguían. Cuando ella se detenía la yunta también lo hacía. Llegó la hora del almuerzo e Isaura se quedó entre los peones riendo y conversando; era la única niña. Mientras que yo solo alcanzaba los platos admirando su resolución y fortaleza. Así fue hasta el final del día. Dos peones regresaron al pueblo y otros dos se quedaron con nosotros en nuestra cueva.

Al día siguiente llegaron los peones para continuar con el trabajo pero esta vez vinieron con Preducho, el niño guía, lo cual apenó muchísimo a mi hermanita. Ninguna explicación que le diera mi papá le satisfizo, es más le increpó y le acusó de ser desleal con ella. Isaura estaba resentida, se sentó en un extremo de la chacra y miraba al Sara Sara que estaba frente de nosotros, parecía que conversaba con él porque por momentos yo notaba que sonreía y por otros, solo miraba el suelo. Yo la llamaba para ir a jugar con los sankis o arrear las vacas para el ordeño pero la cosa no era con ella. Se sentía ajena a todo. Mi padre se la acercó y qué le diría porque después a la hora del almuerzo se sentó entre los peones, comió con ellos y por la tarde estuvo con mi padre ayudándolo a romper los terrones que resultaron del chaki taqlla.

Toda esta jornada de sembrío duró una semana. Los peones que no se quedaban en la cueva venían del pueblo muy temprano, a veces con el guía y a veces solos. Cuando faltaba, Isaura estaba lista y feliz de guiar la yunta. Sus escasos 8 años en esa semana le hizo crecer y sentirse útil e interesante. Cuando terminó todo, mi hermanita ya no quería regresar al pueblo y preguntaba a mi padre si iba a sembrar en otro sitio porque ya tenía experiencia en ese oficio. Como mi padre no me tomaba en cuenta por mi fragilidad yo seguía contemplando las flores del sanki para ver ¿de qué modo podría transformarla en muñequitas virginales? Y algunas veces me la pasaba ayudando a mamá a hacer los quesos

Regresamos al pueblo con harto queso. Mi padre nos preparó otro viaje a sus chacras de Anquipa. Ahí comimos harta fruta sobre todo higos y pacaes y nos bañábamos en el Huanca Huanca como patos. Y mi hermanita seguía soñando con ser guía de arados. Según ella era un buen trabajo, se ganaba bien con solo conducir la yunta.

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