AREQUIPA Y LA GUERRA DEL PACÍFICO EN EL CUENTO DE GOYO TORRES. Hélard André Fuentes Pastor

Gracias a  Hélard André Fuentes Pastor, cumplimos con el viejo deseo de publicar algo del narrador Goyo Torres Santillana, que recogiendo la historia oral contada por su abuela, cuenta la visión de la Guerra con Chile desde el punto de vista de los niños arequipeños. Motivo para recordar com mayor precisión varios silencios que van con ese traumático momento, y que Hélard André  se encarga de contextualizar con su ya característica precisión. Acompañamos la entrega con el video del la presentación de Cuando llegaron los Wayruros. Participan ademas Juan Yuffra y Carlos Rivera en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Arequipa.

He intentado explicar en varias oportunidades lo que aconteció en Arequipa durante la Guerra GOYO-TORRES_Libro_Cuando-llegaron-los-Wayruros_NANY02del Pacífico, más aún cuando se pregona a viva voz en las calles limeñas que los arequipeños jamás hicieron frente ante la ocupación chilena. Aquellos episodios de resistencia fueron borrados de nuestra memoria histórica con la desaparición de los documentos referidos a la época. Así, olvidamos que entre los años de 1879 y 1883, la ciudadanía arequipeña intervino en la campaña del sur a través de sus batallones Cazadores del Misti y Guardias de Arequipa. Negamos el doloroso funeral de los caídos, las colectas públicas y la participación de artesanos, comerciantes, agricultores y estudiantes que dieron batalla. Desvanecimos la valerosa intervención de los hijos de Quequeña y Yarabamba aquel 24 de noviembre de 1883, cuando ambos poblados fueron invadidos por medio centenar de chilenos.

La Guerra con Chile es uno de los puntos neurálgicos del pasado nacional, la circunstancia que hizo aflorar las intrigas y deslealtades que mantienen al país mecido en los brazos de la derrota, las carentes y desmesuradas acciones del gobierno, el hecho que demuestra la astuta retentiva Estatal de disculpar en la memoria colectiva a personajes que causaron tanto daño a la patria como Miguel Iglesias Pino de Arce o Lizardo Montero que, además, tejieron una apócrifa historia que los exculpaba de todo daño, acusando al pueblo mistiano de no querer luchar ni resistir ante los chilenos. Cuando, evidentemente, fue Montero quien no quiso combatir al enemigo desarmando la Guardia Nacional y fugando a Puno, e Iglesias, quien dirigió una carta abierta el 1 de abril de 1882, donde consideraba que seguir luchando era insensato, revistiendo sus obscuras intenciones de entrega con las ínfulas de buen ciudadano mientras Andrés Avelino Cáceres libraba resistencia en la sierra. Semejantes actos de traición merecen el repudio y la condena de todos los peruanos.

Resulta lamentable que en el tránsito de la investigación histórica a nivel nacional se haya interpretado que la decisión de aquellas “autoridades” era compartida por el pueblo arequipeño o, peor aún, que la misma población resolvió rendirse, cuando se produjo lo contrario. Montero, sus altos jefes políticos y militares –muchos de ellos de otras regiones– se encargaron de apagar el espíritu combativo en las huestes arequipeñas; pese al abandono y la desorganización que generó, los civiles continuaron resistiendo. Precisamente, dichos afanes de resistencia encontramos en el cuento infantil del escritor Gregorio Torres que titula Cuando llegaron los Wayruros (Texao Editores, 2015).

A través de su prosa literaria, Goyo reconstruye aquellos escenarios de lucha y resistencia arequipeña valiéndose de las formas lúdicas presentes en el imaginario de diferentes generaciones. Hay quienes encuentran en el carrito de cojinetes, la canga, el riu–riu, el tejo, el vuelo de cometas, los trompos, los chochos, los huayruros y las canicas, interesantes símbolos para la construcción social de una época, que incluso plantean un proceso histórico pues muchos de éstos elementos dinamizaron con otras formas de diversión a lo largo del tiempo determinando cambios en sus funciones recreativas. En consecuencia, el huayruro como herramienta de juego vendría a concentrar nuestra atención en dicha narrativa, distando de su relación con el tinte rojinegro que se complementa pero no determina.

Según una cita que se encuentra en la Enciclopedia Ilustrada del Perú editada por Alberto Tauro del Pino en 1987, el huayro es un árbol indígena <<casi feo, a no ser por la esplendidez de sus flores y semillas escarlata>> a las cuales el vulgo nombra como huayruros. Aquí encontramos la connotación social de dichas semillas de color rojo con una mancha negra en el punto de intersección que servía de juego en diferentes medios, sobre todo, el rural; no en vano, como los chochos, se usaban en la troya. El empleo de aquellos granos concede gramaticalmente vistosidad al cuento y me parece una saludable coincidencia que la gradación del huayruro convenga en la historia con el atuendo del jergón militar chileno.

Entonces, a partir de un inocente juego de niños donde un grupo se enfrenta a otro utilizando los huayruros como proyectiles, se revela la concepción que pudo tener la niñez sobre algunos acontecimientos históricos que nos llevan a plantear una interrogante: ¿cómo asimilaron los infantes y la juventud momentos bélicos de ingrato recuerdo? Y es que dicha visión permanece al margen de la investigación histórica porque asumimos que la historia está hecha únicamente por los adultos. Habría que buscar las fuentes que nos permitan recrear aquel panorama que, lejos del esfuerzo literario de Goyo Torres, demanda la rigurosidad histórica.

En la ficción, aquel juego de niños, nos dice el protagonista comenzó apenas se supo sobre la captura del Huáscar, que nos remite a un 8 de octubre de 1879. Una vez que el monitor cayó en manos de la escuadra chilena, las noticias de su captura se propagaron rápidamente causando incertidumbre en todo el territorio nacional, cuya perplejidad duró varios meses sin determinación alguna. El autor se aventura a detallar las impresiones que provoca dicha circunstancia en la mentalidad de un ‘ccoro’ de once o doce años cuando dice que tanto los niños como los adultos estaban a la espera. Lógicamente, los roles eran distintos, por tanto, luego de las obligaciones, los chicos se reunían para continuar jugando a la guerra. Vale el esfuerzo de establecer la analogía que no solo refiere al uniforme mapuche sino al aspecto geopolítico del conflicto, por ejemplo, en cuanto al establecimiento de los bandos, así nos dice que los muchachos del valle arriba asumían el papel de peruanos, y los del valle abajo, la actuación de chilenos. El narrador se desliga de la segunda facción, procediendo siempre como peruano.

El segundo episodio asiste al momento de la ocupación chilena que se produjo en los primeros días de octubre de 1883. En la prosa literaria los chilenos aparecen de modo inadvertido. Haciendo un esfuerzo de interpretación, era de suponer que en cualquier momento llegarían, pues ya tenían control del mar y la costa, por lo que proyectaban con cautela la incursión terrestre que los lleve a la sierra, fundamentalmente, a Arequipa, lugar donde actuaba una Junta de Notables como gobierno interino mientras Lima estaba ocupada desde 1881 por el enemigo. El cargo de presidente de la república lo ejerció el arequipeño Francisco García Calderón, nombrado como tal el 22 de febrero del ‘81, pero como no convino al interés chileno, fue capturado y conducido a Chile, quedando como vice presidente el traidor de Lizardo Montero, quien el 25 de octubre de 1883 –ante mujeres, niños y ancianos deseosos de pelear– convence con su falso patriotismo, para luego desarmar a la Guardia Nacional sirviendo a otros interés, situación que no es explícita en la obra.

En los siguientes episodios narra los relámpagos de dicha invasión. Habla de las violaciones, abusos y maltratos perpetrados por los chilenos, de cómo el entusiasmo por el juego decayó a medida que dominaban el valle y del rumor de que los sobrevivientes del escuadrón del Alto Alianza que estaban en Tacna vendrían a socorrer la ciudad. A su vez, nos presenta a un personaje (el sargento Barragán) para descubrir la naturaleza criminal y soez de los chilenos. Continúa describiendo los escenarios hasta llegar al conflicto del relato, donde los niños forman un ejército de animales para asustar al pelotón rojinegro. Ellos deciden avivar el viejo rumor del refuerzo y, provistos de burros, ovejas, vacas y perros produciendo estruendos en la lomada, simularon el anhelado arribo del ejército rojiblanco, que a la huida chilena, el pueblo se dispuso a recibir con lauros. El asombro fue grande cuando observaron a un conjunto de muchachitos jugando a la victoria, intrepidez que en una escultura pública de Vítor encuentra su máxima expresión y hoy admite vocalizar la marinera de Jorge Huirse (música) y Enrique Portugal (letra):

<<Montonero arequipeño

Ahora que acabo la guerra

Ahora que acabo la guerra

Guarda tu viejo uniforme

Galonado con heridas

Galonado con heridas…>>

7ma FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO

Arequipa, 2 de octubre de 2015

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