EL CONSUL DE BOLIVIA. Nelson Castañeda

Nelson Castaneda y los amigos de Gremio de Escritores parten en caravana al XIV Encuentro Internacional de Escritores  “Manuel Jesus Baquerizo” y en el estribo comparte este sabroso relato.

Una noche entramos a una cantina en Puno. Nos recibieron miradas amistosas porque el tablero de dibujos bajo mi brazo me identificaba como el retratista del parque y esto me había granjeado cierta popularidad.

Estaba mi amigo el rosarino. No recuerdo si el bonaerense estaba también o, apurado en “quemar etapas“, había picado para Lima. Estaban dos pips (policías de civil de la época), agradables personas que por indisciplina en Lima estaban “destacados” en el altiplano. Además un negro viejo que fungía de brujo. Éramos una mesa alegre.

Un viejo con traza de importante presidía una mesa grande, al fondo del establecimiento. Entre otros, su tertulia contaba con dos militares.

Ya habíamos apurado algunas cervezas cuando alguien me aconsejó, señalando solapadamente al personaje: ¡Es el cónsul de Bolivia, ofrécele un retrato!  Sin duda sería buena paga y como de eso vivía, me puse de pie y enderecé  hacia él.

El cónsul no terminó de escuchar mi ofrecimiento y mudo y colérico metió la mano derecha hasta el fondo de sus pantalones y la extrajo con un puñado de billetes que los tiró en mi dirección, añadiendo pastosamente despectivo: ¡Estos lo que quieren es plata!  Era verdad, pero a veces he preferido la historia a la plata, así que puse mi izquierda sobre los billetes y arrastrándolos sobre la mesa se los regresé. Así, no, le dije y volví con los míos.

Cierto orgullo peruano quedó maltrecho, pero seguimos libando como si nada. Mientras tanto, la mesa del cónsul se fue vaciando hasta quedar sólo con los militares. Me llamó entonces para pedirme un retrato. No me hice de rogar y efectué el trabajo.

Enseguida mi amigo argentino nos cuchicheó que en el baño había coincidido con uno de los militares. Le había dicho que ellos se iban a largar y que jodamos al viejo. Tomaron la sugerencia, porque cuando el diplomático, solitario ya, y despidiéndose satisfecho, traspuso la puerta, en el acto volteó como para matar y reingresando a la cantina, gritó hecho una fiera: ¡Alguien me ha metido la mano al culo, carajo!  Hubiéramos reventado de risa como correspondía, pero tuvimos que aguantarnos. ¿A quién culpar?  Nadie daba señales de ser el agresor.

Rugió confiado en hacernos temblar con los insultos y salió otra vez, pero igual el malhechor incógnito recurrió a la fechoría. No volvió a entrar, desde afuera decretó cárcel para todos, llamó a su guardia y exigió un patrullero.

La policía nos sacó y nos hizo  formar en medialuna, mientras el señor señalándonos una y otra vez, gritando fuera de control, exigía encarcelarnos. Descubriéndome, de pronto, se detuvo  para contradecirse: ¡Menos a este joven! – gritó – ¡Es un artista!

Cuándo el cónsul entró en su auto y desapareció, la policía nos dispersó entre sonrisas sin detener a nadie.

Otras veces vi al cónsul por la plaza y de lejos nos blandíamos la mano cortésmente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s