El arte de “matar la muerte” con amor y poesía. Julio Noriega Bernuy

Desde Cochabamba, y luego de recorrer varios lugares ñawin de  articulacion literaria en el Peru, caso 415508_118623504935920_181506995_oAbancay,  el wayki Julio Noriega comparte el prologo a “Para matar a la muerte”  ultimo poemario de Hernan Hurtado. Para ellos el saludo  a cargo de la Hermanas Garrafa Valenzuela.

El arte de “matar la muerte” con amor y poesía

Julio Noriega Bernuy Knox College, USA.

Hernán Hurtado Trujillo es apurimeño. Nació en la provincia de Grau y realizó sus estudios en la Universidad de San Marcos, pero se hizo poeta en Abancay. Como no ha seguido la senda emigrante de muchos de sus paisanos que se van a vivir lejos, compagina el ejercicio de la enseñanza universitaria con el oficio de escribir versos en la ciudad capital de su departamento. Aunque sus primeros poemarios, La vida hecha poesía y Los versos del camino, se remontan a 1991 y 1993 respectivamente, no va a irrumpir en el panorama de la literatura peruana hasta 1997, a raíz de la lectura en el Cusco de sus primeros versos que lograron sorprender y conmover al poeta y crítico literario Marco Matos que se encontraba en el auditorio. Sostiene el crítico que la razón por la que Hernán Hurtado se forjó como poeta en Abancay —pequeña y aislada ciudad andina, nada cosmopolita en comparación con otras ciudades del Perú— se debe a su talento para amalgamar las dos tradiciones poéticas de las que se nutre su poesía: la occidental a través de la influencia arguediana de Los ríos profundos y la rica veta oral de la cultura quechua.1 Esta misma hipótesis puede ser útil para llegar a una mejor comprensión de toda la obra poética de Hernán Hurtado. La influencia de José María Arguedas se advierte, por ejemplo, en El lenguaje de los ríos (1998), título que evoca, inevitablemente, el de la más poética de las novelas que escribió el novelista, y en cuyos versos fluye la voz poética en un diálogo apasionado con la naturaleza viva, igual que Ernesto con las piedras incaicas del Cusco. En Sinfonía del rayo y de la luna(2004) la creatividad se centra en la poesía acústica, en lograr un mensaje poético que sugiera en el lector la musicalidad de los fenómenos de la naturaleza y las melodías de los coros de canciones. Enuncia así, de manera similar a la gran novela de Arguedas, que el Apurímac y el Pachachaka, la ciudad de Abancay y sus alrededores, no son simples lugares geográficos o espacios comunes en la vida, la experiencia y la inspiración de ambos escritores, sino que constituyen el mapa literario, antropológico y cultural de un paisaje musical determinado. Por tanto, si para Ángel Rama Los ríos profundos era una “ópera de pobres”, este poemario puede muy bien ser un concierto andino de mestizos pobres o ricos.

Hay otra vertiente destacable en la poesía de Hernán Hurtado a la cual Fredy Roncalla, desde las páginas de Hawansuyo, ha bautizado como la poética andina de la dualidad complementaria. Argumenta que en la mayoría de los poemarios existe un paralelismo o mano a mano donde interactúan texto e imagen, poeta y pintor. El texto poético escrito por Hernán Hurtado, aparece con frecuencia acompañado de una pintura o un dibujo que el pintor César Aguilar Peña, amigo íntimo del poeta y residente apurimeño en el Cusco, ha preparado como ilustración especial para cada poema. Al principio solo como ilustrador y desde hace un tiempo como pintor, César Aguilar ejerce con Hernán Hurtado la co-autoría de La cola al revés del gato (2007) y del Viaje de la luna en el lomo de una hormiga (2013). Estas dos últimas obras en circulación mitigan, en parte, la falta de poesía de calidad en el campo de la literatura andina para niños y jóvenes a la vez que mantienen la tradición de la compleja producción de textos en el mundo andino. El poeta y el pintor, hermanados por un proyecto común que les posibilita crear libros con imágenes textuales y pictográficas al estilo del indio Guamán Poma de Ayala, recrean el mundo fascinante de sus recuerdos de infancia para deleite y disfrute de niños, jóvenes y adultos de hoy. Lo significativo de la dualidad complementaria como modelo cultural de organización semántica y estructural en los poemarios, es que adopta el patrón de una oposición binaria entre cola y cabeza, izquierda y derecha, verso y narración, niño y adulto. Sin embargo, la oposición no es estática, sino ágil e intercambiable, es decir, al revés y al derecho. La “cola al revés” es la cabeza y entre ambos extremos está el chaupi, el justo medio o punto de equilibrio, por lo que La cola al revés del gato puede leerse, de acuerdo con el diseño dual y complementario del libro, de izquierda a derecha o de derecha a izquierda, pero siempre terminando en el medio.

La obra poética más lograda de Hernán Hurtado es, sin duda, Matar la muerte (2015). No lo es, sin embargo, por ser la más reciente o innovadora, sino por su madurez, originalidad y esencialidad: cualidades constitutivas que definen al poeta y a su poesía.

La madurez suele adquirirse con el tiempo, y el tiempo en que esta obra se ha venido elaborando, perfilándose con atisbos y destellos que la anticipaban, se remonta a los

últimos años del milenio anterior, la fecha exacta está documentada: 1998, año de la publicación de El lenguaje de los ríos. El final de este poemario es oficialmente el principio de Matar la muerte. A partir de entonces, ha ido creciendo, construyéndose, mientras iba asediando y fustigando a la muerte hasta lograr su cometido de matarla poéticamente para que nunca más vuelva a “joder”. En el “epílogo” y también en la contraportada del libro citado es donde se muestra la partida de nacimiento del nuevo poemario con estos versos: “Para matar a la muerte/ me armé/ de tu mirada/ de tus manos/ y de tu dulce sonrisa”.

La originalidad literaria es otra tarea ardua. Se logra recién cuando uno llega a ser capaz de liberarse de falsas imitaciones, sin rechazar la asimilación directa de las fuentes. La identidad propia surge, entonces, sólida, como una amalgama creativa de influencias externas que se funde en el carácter innato de uno mismo. En Matar la muerte, Hernán Hurtado ha logrado imprimir ese sello personal e inconfundible. Por los epígrafes que reproducen citas de múltiples autores, desde los clásicos hasta los más modernos, por el contenido filosófico y por la técnica literaria que el tema en cuestión exige, se advierte que detrás de cada poema hay una reflexión vivencial meditada. Sin embargo, la lectura de los poemas en sí no revela fácilmente el grado de influencia que esos autores han ejercido. No quedan rastros evidentes de José María Arguedas, la naturaleza se ha rebelado contra la muerte y el “Ayaq zapatilla” se ha ido a florecer en el cementerio. La única excepción es César Vallejo, su aliento está presente de principio a fin, pero lo hace sin perturbar ni interferir en el temple de la nueva voz poética.

La esencialidad de la poesía reside en sí misma, es decir, en el poder de su lenguaje para conmover. No obstante, el tema y la poesía se complementan a través de un vínculo de correspondencias que los une. Es frecuente, en la tradición poética universal, que el amor y la poesía aparezcan unidos por conexiones de carácter formal y semántico de manera que el papel asignado a la poesía puede intercambiarse con el del amor y viceversa. No sucede lo mismo con la muerte y la poesía que, a veces, ocupan espacios contiguos, pero no los intercambian; la poesía redime, la muerte cautiva y parece, más bien, que se temieran o recelaran una de la otra. Hernán Hurtado decidió acabar con ese miedo y recordarnos que, ante el amor y la muerte, se puede invocar la poesía. Se suma, de este modo, a la lista de

poetas de todos los tiempos y lenguas, quienes revelaron, con talento e ingenio, tanto el misterio de la vida y del amor como el enigma de la muerte. Rescata de todos ellos la profundidad filosófica y la originalidad literaria con la que expresaron y respondieron a estos temas de trascendencia universal. En este sentido, la huella vallejiana en Matar la muerte se advierte en la utilización de un lenguaje poético caracterizado por las imágenes insólitas y la ruptura de la lógica, la sintaxis y el ritmo del verso como procedimientos expresivos tendentes a enfatizar la fragilidad e incertidumbre del hombre ante la muerte. Al igual que Vallejo en sus últimos libros de poesía se aferra a la esperanza en la fraternidad humana como tabla de salvación frente al dolor y el absurdo de la muerte, Hurtado entabla un contrapunto poético entre la muerte y el amor, desafío en que acomete a la muerte, culpable de convertir este mundo en “ataúd del hombre”, y la mira sin temor trascendiéndola con la fuerza vital del amor. Pero, si bien ambos poetas increpan al Creador por su indiferencia ante el sufrimiento humano, lo enjuician y le hacen beber su propia muerte en el cáliz del amor, Vallejo reconoce y acepta al Dios católico y occidental mientras que Hurtado exhibe un ateísmo claro y cuestiona todo monoteísmo que niegue la presencia de los dioses andinos.

En pocas palabras, Matar la muerte es la salvación plena del hombre a través de la poesía. Sus versos son oraciones para fortalecer el alma contra el miedo, trucos para jugar al escondite con la muerte y cantos para defender la vida, el amor, la libertad y la esperanza. En sus páginas habla el vacío con elocuencia y los espacios en blanco sustituyen a las comas, como para darle descanso a la vista frente a la escritura vanguardista. Su lectura es un viaje imaginario al cementerio que aparece vacío, en el medio del poemario, con un epígrafe colgado en la parte superior de la página. En el primer recorrido de esta lectura de peregrinación se vive intensamente la soledad, la ausencia, la debilidad del amor y el acoso de la muerte en todas sus formas. Pero, una vez llegado al cementerio y escuchada la voz de los muertos, es decir, después de la página en blanco, se inicia el retorno, el segundo y último recorrido, el de la salida triunfal y la conspiración contra la muerte, contra sus dioses y sus aduladores. Entonces, es cuando se ha cumplido la hazaña del arte de “matar la muerte” con amor y poesía. Si aquellos que llevan amuletos en el cuello, celebran conjuros contra la muerte o rezan a diario buscando protección para los suyos y salvación para sus

almas, tuvieran la fortuna, al igual que los lectores de poesía, de adentrarse en los poemas de este libro buscarían al poeta para hacerlo su confesor, guía, adivino o curandero del alma.

1Ver el prólogo de Marco Martos, “Poesía y diálogo con la naturaleza”, en el poemario de Hernán Hurtado Trujillo (El lenguaje de los ríos. Abancay: Ediciones Parhua, 1998: [8-11]).

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