LLanta Baja*. Fredy Amilcar Roncalla

A Robert Roth

 llb2Justo ayer estuve hablando sobre Ithaca y fui a Newark a balancear las dichosas llantas, así que voy a contar sobre un viajecito a los Finger Lakes.

Suelo manejar por las rutas del recuerdo por un bello tramo de la ruta 17 entre Liberty y Bingtamton, pensando que ese ahí será el próximo capitulo de mi novela inconclusa. Desde antes, paraba en un solitario restaurante griego ubicado cerca de un riachuelo, que ya no se pueden ver a causa de una nueva autopista.

Esta vez era en Greyhound. Las catacumbas de Port Authority y I 80, I 380, e I 81 antes de retomar la ruta 17, transitando el paisaje como poesía concreta.

Había pasado mucho tiempo desde aquel viaje en la llaqta cuando el chofer paró en un restaurante y toco “qansi perdichiwabki chofer kakunayta” en una guitarra desafinada, y mas tarde los pasajeros jugaron carnavales con agua y talco. Tal vez algún suertudo y se tiró una cana al aire, pero lo cierto es que el chofer pedía a los pasajeros que sigan cantando para no quedarse dormido.

Ahora todo el mundo estaba tranquilo, perdido en sus pensamientos. Un señor mayor se sentó a mi lado y nos saludamos tímidamente. Entonces recordé a John Sayles en el Central Park, contando la historia de un grupo de mujeres viajando en un bus a visitar a sus maridos presos. Leyendo como una mujer portorra, el Brother from Seacaucus, logró contar varias historias desoladas.

Al momento que terminó la ultima ya habíamos pasado el Delaware Water Gap. Unas millas mas allá el I 380 te lleva a Scranton. Tomamos la salida y luego escuchamos una pequeña explosión: una llanta baja. El bus se arrimó a la cuneta y el chofer salió.

Entonces vi el mas increíble comportamiento que un chofer puede tener frente a un vehículo malogrado: nada.

Que extraño e irracional.

No supe qué era peor. Estar ahí varado, o aquella vez cuando sacamos la camioneta volcada de un borracho, sólo para que salga disparado dejándonos caminar por horas hasta el próximo pueblo.

Un chofer normal trataría de arreglar la llanta, el motor o lo que sea. Y los pasajeros ayudarían. Incluso empujarían el bus fuera de un huayco hablando a mil por hora todos a la vez. Cómo es que se toman las decisiones en esos casos en un completo misterio.

Los pasajeros empezaron a salir lentamente a fumar un cigarrillo y estirar las piernas. Todo el mundo se alineó al lado del bus mirando al vacío, casi sin hablar con nadie “chika chinka niwasayki chinka chinka”, como si no estuviéramos esperando ni a Godot.

En ese entonces no habían los celulares que te permitían esconderte de ti mismo en momentos de silencio inesperado y espacios abiertos.

Por fin llegó un camión y arregló la llanta baja. Todos subieron al bus y partimos a Binghamton.

Pero ya no íbamos a ninguna parte.

Estoy seguro que el terminal de bus de Binghamton es donde Rod Serling se inspiró para crear “ La Dimensión Desconocida”

Pero esa es otra historia.

 

Chelsea 11-15-15

 

* Este breve relato fue escrito en ingles  para la revista And Then del Brother Robert Roth, a quien se le debe el titulo leuigo de una conversación sobre el tema. Tambien luego de una conversacion virtual con Juan Guillermo Sanchez acerca de Ithaca como metafora pakarina de la poetica occidental oficial.  La versión en español es del autor.

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