BORGES Y MI ABUELO. Fredy Roncalla

Entré cansado como siempre. Listo a tomarme unas tasas de café y sentarme para delinear, deprimido dulcemente, mi próximo atentado literario. Fue extraño escuchar castellano aquí, mas aun si esas voces hablaban de literatura. Sentí una mezcla de gratitud y resentimiento por aquella ruptura del exilio perfecto, aquel que añade una lengua distinta a la patria ausente. Al voltear a ver de dónde venían esas voces vi unos viejitos bien vestidos conversando ceremoniosamente sobre versos y novelas. De inmediato su presencia me molestó y dije que aquellos eran unos simples académicos, que quedaban desautorizados, y que su modales no valían ante mi situación de marginal. Pero al momento de pedir mi café John, el dueño del restaurante, me preguntó si conocía a uno de ellos, que al parecer era un escritor famoso. Voltié y dije sin esconder mi sorpresa:

-Es Borges!

Y todo fue tan diferente que cuando lo vi en Lima hace unos años frente a una multitud de esnobistas, feligreses, conocedores e improvisados fanáticos literarios. O como cuando lo estudiaba a la luz de Sábato y me

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Borges, mirando lejos

preocupada el lado místico de su literatura así como esa ceguera que parecía maleficencia divina. Ahora tenía al lado, apenas a unos cuantos metros, al hombre, la carne, la presencia real detrás de tantos libros y fotografías, de alabanzas y acusaciones. Hablaba lenta y casi infantilmente de la calidad del café y de las bolistas de azúcar y se le notaba tranquilo, limpio. Ajeno a ese espíritu agnóstico que hacia trizas a sus interlocutores literarios. Además le acompañaba una flaca hermosísima. Y tal vez por eso –digo ahora para salvar cierta dignidad- se me esfumó el rechazo de mi entrada y empecé a aceptar, hidalga y dolorosamente, que si, en verdad existían esas grandes figuras que los que aun estamos buscando palabras por todos los rincones del mundo negamos para contentarnos un poquito. Al que final uno tiene que asumirlos de algún modo.

Y qué mayor aceptación que mirarlo a la distancia. Sorprendido por la casualidad de verlo aquí tan lejos, entre otra gente, ahí donde el Oliver’s era último refugio para ver el pasar el tiempo y sus caosas.

Entonces recordé a mi abuelo.

Jamás conocí al policía y bohemio que encontraba infinidad de tíos y tías en cualquier pueblo al que era destacado, y que cierta vez ganara un concurso nacional de poesía dedicado a Santa Rosa de Lima, patrona de la

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abuelo Rodolfo Fernandez

Guardia Civil. A él lo había matado un primo, a causa de unos chismes. Y dejó, a parte del gran cariño de sus hijos, muy poco de herencia. Tal vez una solo una incógnita barra de platino y unos cuadernos de apuntes por los cuales se peleaban mis tíos y mi madre.

Ya no se dónde están esos cuadernos escritos a lápiz, de cuidadosa letra corrida y llena de orejitas. Pero los tuve por un tiempo y a los quince años, cuando ya me brotaba la necesidad de

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abuelo y mama Teresa, Tia Marina y Lolo Fernandez en Piswa

decir palabras extrañas. Los leí cuidadosamente. Hasta que ahora, tan lejos y después de tanto tiempo, recordé que ya en los cuarenta mi abuelo citaba a Borges. A quien había jugado tanto con el tiempo. Y al que tenía sentado cerca mientras lo veía conversar con cortesía cansada con un gringo de pelo largo, tan inocente él, que se le acaba de acercar con un mal castellano para decirle:

-Borges, yo escribí un papel sobre su obra

 

 

 

 

 

 

Fredy Roncalla

 

Ithaca, circa 1982

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