Un mundo sin reino. José Luis Reyes

Desde lo alto del único torreón que quedó de pie, el teniente aún podía controlar el pueblo, lograba otear el panorama y alcanzaba a ver en

1979673_10203281745587688_7975374_n lontananza un sombrío futuro. Estaba vivo pero ¿para qué? ¿A quién le importaba? Mejor estaría muerto. Despertó después de un largo sueño, no quería salir de aquella ilusión que lo mantenía mas vivo que nunca. Abrió los ojos. Vio el madero que lo había conducido al sueño, se levantó como pudo, caminó, se tambaleaba y no podía conducirse. Avanzó apoyando sus manos en las derruidas paredes. Respiró profundamente, miró al cielo, no había techo, los rayos del sol eclipsaron su vista. Se frotó la cara, se agarro el pelo tieso cubierto de sangre seca.

-¿Dónde están todos?, gritó

-Por aquí teniente…,

-¿Eres tú Pariona?

En efecto, el cabo Pariona estaba aún parapetado, acompañado de su fusil, su mejor amigo, en lo que quedó del búnker. No tenía ningún rasguño, “gracias a Dios”. Tomó del brazo al teniente Alburquerque y lo sentó.

-Quiero que me digas la verdad y júralo por tu madre.

-Lo que diga mi teniente.

-¿Lograron escapar?

Pariona no necesitó decir una palabra. Rompió en llanto desgarrador, todavía temblaba por las horas de pavor vividas. Se esforzaba para articular una palabra.

-No mi teniente sólo usted y yo estamos vivos de milagro.

Alburquerque nunca había llorado frente a un subalterno y sacando fuerzas de la nada se levantó y marchó a buscar a sus seres queridos. Ingresó al baño, removió algunos escombros y soltó un gritó destemplado dirigiéndose al cielo. “¿Por qué conchas de su madre?”¿Por qué?

 

 

Alburquerque llegó a la serranía en medio de un día tempestuoso. Cada gota de lluvia golpeaba con fuerza los alicaídos tejados de las viviendas y cada tronada remecía sus estructuras. “Carajo, está bien que yo sea loco, pero me han enviado a un infierno”, dice el teniente. Siete horas de interminable viaje hacia Chuschi, un paraje lejano, un caserío olvidado, un pueblo en disputa.

Ya estoy con la yuca, no puedo hacer nada, fue mi elección, evoca Alburquerque.

No había forma de evitarlo, siempre quise ser policía, me gustaban las armas y los uniformes. Mi padre quería que yo fuera abogado. Por alguna razón yo los odiaba, detestaba estudiar los interminables mamotretos legales. No quería ser como mi hermano Rubén, él más inteligente, el ejemplo de la casa, el famoso y reputado hombre de leyes. Era la sombra de todos en la familia. Siempre conté con el apoyo de mi madre. Ella convenció a papá y pude ingresar a la policía. No era el mejor momento para elegir esa profesión. Y yo lo sabía. Todos los días sepultaban un policía, a esos héroes de la nada, sangre derramada, cuerpo hecho polvo.

En diez años de carrera policial, el oficial había pisado, en más de una oportunidad, la línea fronteriza entre la vida y la muerte. Mientras poseía 17448.jpgmás experiencia en las zonas conflictivas, sus actitudes díscolas lo hicieron temible entre sus compañeros. Ya no había un puesto seguro en todo el país. Ahora ¿a dónde iré? pregunta. “A Chuschi”, le respondió su comando. Chuschi, pueblo modelo para los rebeldes, pueblo fantasma e infierno para los policías. Está en medio de cerros coronados por roquedales. El frió nocturno deshace los huesos, es una hondonada por donde la helada llega para no irse. Los comuneros sólo creen en ellos mismos y miran a los forasteros con ojos hostiles. El teniente era de Lima y no entendía este pueblo de campesinos andinos, miembro de una cultura distinta a la suya. La alcaldía no tiene huésped, el último renunció por las amenazas. La iglesia católica ha cerrado sus puertas y no hay sacerdote que quiera hacerse cargo de los feligreses chuschinos.

“En la década de los setenta, los comuneros trabajaban para los taita-curas. Pasteaban su ganado y sembraban su tierra. Trabajaban de balde en los campos agrícolas de la iglesia. No les pagaban y los sacerdotes decían que tenían que trabajar por que era orden de Dios. Los explotaban mucho, mi teniente. Cuando llegaron los primeros profesores abrieron los ojos a los campesinos de Chuschi y los aldeanos tomaron control de todas las tierras de la iglesia y echaron a los curas”, cuenta Pariona al oficial recién llegado.

-¿Chuschi? A quién le importa lo que suceda en ese pueblito que está en medio de la nada dice el teniente. El se hizo cargo del puesto en enero y tiene a su mando nueve policías, entre ellos su lugarteniente, el cabo Pariona.

– A ver cabo, ¿de dónde es usted?

-Soy de Huanta mi teniente.

-¿Sabes hablar quechua?

-Sí, mi teniente.

-Me han dicho que está jodida la cosa por acá.

-Siempre, mi teniente.

-¿Cómo que siempre?

-Hace dos noches, desde las alturas, nos dispararon, los repelimos, mi teniente.

-Bueno, aquí lo único que importa es mantenerse vivo.

Alburquerque se dirige a sus hombres, se acerca y los mira uno por uno directo a sus ojos. Nadie puede resistir esa mirada perdida, desorbitada e inquisidora del loco Alburquerque.

-Alguien tiene miedo. ¡Ah!. Todos tienen que estar alertas, duerman con sus hembritas y manténgalas cargadas y si saben rezar empiecen a hacerlo.

Alburquerque pensativo, recorrió las precarias instalaciones de su búnker, no había agua, ni electricidad. En la noche se alumbran con una lámpara de kerosene. “Puta madre ¿a dónde me he metido? Mi hija acaba de nacer y yo jugándome la vida por estos serranos.”, el teniente soltó su ira. Estaba en medio de un pueblo inexistente, lejos de las comodidades de Lima y muy cerca de la realidad andina. Recordó que durante su camino hacia Chuschi, algo extraño sucedió entre los comuneros. Todos le pedían que se regresara por donde vino, el paro armado dejaría secuelas y los campesinos lo sabían.

Una mañana, Julián Páucar, líder la de comunidad y jefe de las rondas campesinas, se acercó al puesto policial. Quería advertirle al teniente del inminente ataque masivo que sufriría el pueblo y su estación. “Pida usted refuerzos. Con nueve policías no se puede pues defender”. Páucar era un hombre menudito, con rostro duro y enjuto, sus mejillas lucían quemadas por el frío. Venía cubierto con un poncho, un pantalón beige gastado y un chullo resquebrajado. Sus pies, eran reflejo de la vida dura del campesino. Calzaba unas hojotas de llanta y sus dedos asomaban tiesos, flagelados por el despiadado clima. Miró con resignación al teniente y se retiró.

El cabo Pariona, rápidamente, alcanzó un reporte de inteligencia donde le daba la razón al comunero. “En los siguientes días el puesto policial de Chuschi sufriría hostigamientos con disparos de fusil, instalazas y granadas”, rezaba el reporte. Los refuerzos nunca llegaron. Dos de los torreones cayeron por los ataques nocturnos con instalazas y parte del techo cedió. Alburquerque se encerró en su pequeña oficina y comenzó a masticar hoja de coca, como se lo había recomendado Pariona. Quería olvidar dónde estaba y sólo pensaba en su esposa y en su flamante hija a quien llamó Esperanza. El oficial se sumerge en sí mismo y bebe un largo sorbo de aguardiente: Y si me matan, quién va a cuidar a mis angelitas. Esto debe ser una pesadilla. Tendré que hacerlo yo. Las mandaré traer y vivirán conmigo. Ella me quiere y me comprenderá. Si es posible moriremos todos juntos en este pueblito de mierda.

Angélica Iturralde nunca había salido de la ciudad. Era alta, flaca, de piel extremadamente blanca, su cara era larga y a pesar de su nariz corva, poseía un rostro bello con unos ojos pardos encendidos. No dudó al llamado de su esposo. Por él haría lo que sea. Se le hizo difícil abordar un taxi que la transporte de Huamanga a Chuschi. Nadie se arriesgaba pues había un paro armado. Un joven de unos 18 años, al timón de un destartalado Datsun, se animó y dijo “a lo que quiera nuestro Señor, señorita”. Estaba a punto de rayar el alba y se inició el camino a Chuschi. “Cuanto falta para llegar a Chuschi”, pregunta Angélica con insistencia. “No se señorita, nunca he ido a Chuschi, pero preguntaremos por ahí”. El viaje fue un calvario para Angélica que no podía controlar el llanto de su hija. El frió y la lluvia azotaba y la esposa del teniente perdía la paciencia. Tras cuatro horas de recorrido, el chofer se acercó a unos campesinos y les preguntó:

-Cuanto falta para Chuschi paisanos.

-Aquisito nomás está paisano” respondieron al unísono tres campesinos que cargaban leña bajo sus espaldas, y señalaron detrás de unos cerros.

Nadie sabía donde estaba el pueblo y mientras más aceleraba por esa carretera maltrecha, daba la impresión que se alejaba más del objetivo final. Extasiada y estando a punto de volver a su añorada Lima, llegaron a Chuschi, justo donde se acabó la carretera. “Dios nos ha acompañado”, exclamó el conductor.

El teniente, pues había cumplido con su palabra: su esposa Angélica y su hija Esperanza arribaron a Chuschi en medio de otra tormenta invernal. Los tres se instalaron en la oficina del oficial, tomaron café y procuraron descansar, mientras se podía.

A lo lejos se escuchaban tableteos de metralletas. Los campesinos se enfrentaban a los rebeldes en las alturas de Tocctos y Sillacasa, allí no había policías. Alburquerque ordenó a Pariona y a tres policías que salgan a patrullar. Pariona miró al cielo, se persignó y se encomendó a todos los dioses. De pronto, simultáneamente, las faldas de los cerros se iluminaron. Las figuras de la hoz y el martillo rodeaban Chuschi. Las antorchas alumbraron la noche y ya estaban ahí, frente a ellos. Pariona refugiado en la vetusta alcaldía observa como una serie de luces multicolores caen sobre su puesto policial. En ese intercambio de luces, las luces de los rebeldes son más incesantes. Uno por uno los muros policiales iban desmoronándose. Alburquerque ocultó a su familia en el baño y salió a enfrentar a los rebeldes.

-Vamos carajo, disparen” exclama.

-¿A quién mi teniente?, no vemos a nadie”, respondieron los aterrorizados guardias.

-Disparen a todo lo que se mueva ordenó Alburquerque.

Pariona, desde su posición pudo ver a los insurrectos que rodearon el puesto policial, eran muy jóvenes, la mayoría mujeres, armados con fusiles, palos, machetes y hondas. Todos estaban vestidos con ponchos y chullos y daban incesantes vivas a la lucha armada. Esa noche, duro como todo un año.

Al amanecer, un cóndor apareció de entre los cerros, volaba al ras de los picos y sus alas manoteaban la luz solar. El ave se desplazaba por los aires, triunfante, con soltura y parecía ingresar directo al corazón del sol. Pariona sintió el aleteo del mítico pájaro y lo siguió con la mirada hasta que desapareció de un fogonazo. En tierra quedaba la representación de la muerte y el infierno. Pariona quería que la tierra se lo tragara. Caminaba por inercia, sin rumbo, llegó al puesto, no había sobrevivientes. Vio también al teniente, casi desaparecido entre palos y ladrillos, y pensó que ya no respiraba.

-¿Dónde están todos?, Pariona escuchó una voz adolorida.

-Mi teniente, ¿puede caminar?

-Sí, pero ayúdame.

El teniente se paró e intercambió miradas con Pariona por largos minutos. Sus ojos estaban cristalinos, fijos, atónitos como los de una persona sin alma. Lo sabía. Caminó y con mucho esfuerzo, alcanzó la altura del único torreón que parecía haber quedado suspendido en el aire. Su vida pendía de ese torreón. Su mente estaba cercada por las imágenes de su esposa, tirada en el piso de cúbito ventral. Debajo ella, yacía Esperanza, protegida por su madre. Alburquerque entonces eligió el camino de los suyos, un sendero hacia el infinito.

Escribe: José Luis Reyes

 

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