Logro germinar y dos caminos parten del mismo corazón. Fredy Roncalla

En 1978 o 1979 solía ir del Rimac a visitar a Pepe y Gaby en  Magdalena, a unas pocas cuadras de la Avenida Brasil, para hablar de la vida, de literatura y de Barbara, que estaba en el norte. Uno de esos días, vi una  flor de sapallo creciendo  al lado de un montículo de desechos  de los que solía haber en Lima, y me pregunté como será cam00482.jpgque esas plantas ven a los humanos. Resultado de ello, el presente relato ha sido rescatado de unos papeles viejos que recién  vuelvo a leer luego de varias décadas y he trascrito con algunas breves modificaciones de estilo. No se si  es literatura, pero reconcilio  una veta lírica que tal vez entonces fue apisonada por la política en el arte, o por simple desidia. Pero la década del setenta ya ha pasado hace tiempo, hay que dejarla descansar, acaso sólo escuchando  sus raíces de sapallo. (FR)

Logro germinar y  dos caminos  parten del mismo corazón.

 Fredy Roncalla

 

A Gabriela Salinas

y Jose Reynaldo Oviedo

 

Que me escuchen mis partes y me escuche el tallo destrozado que dejé en la calle. Y me escuchen los como yo si existen y si escuchar existe.

Mi cuerpo era casi redondo. Chiquito primero y luego inflándose tras algunos meses. Pero ahora esta medio redondo, un cuarto de redondo, un octavo, y con las sucesivas tajadas olvidaré de contarme. Tengo pena por mis partes separadas sangrando un liquido amarillento y brillante; por mis pepas que pronto dejarán de descansar en la cómoda suavidad de mi pulpa; de mis formas alargadas y mis sombrillas corazón verde de las cuales fui separado hace demasiado tiempo.

Tengo pena de llamarme zapallo. De que me coman. De hablar del zapallo y la pena. De usar la lengua y la palabra.

Cuántos corazones luminosos, brazos musicales, hojas abiertas como un cam00481.jpgsaludo al viento, raíces que pisan fuerte contrarias a la débil trashumancia de los humanos, flores trompeta amarilla ante las cuales bailan las abejas y las avispas son las que tuve, tengo?. Se irán separando de mi y ya no sabré quien soy ni de cual de mis partes hablo. Ahora mismo una de mis pepas cae a la mesa, tic, se bambolea un poquito. Sobre mi cáscara que antes crecía dura y resistente aprieta indolente a mano de la mujer que se apresta a inferirme otro corte. Quisiera resistir. Quisiera que demorara un poquito mas. Si así van las cosas no tendré tiempo de seguir hablando. Quisiera sobre todo que esa pepa me escuche y al nacer tome sus precauciones, porque ahora si estoy seguro de mi nacimiento y del partido y sancochado destino de los zapallos. Pero la mujer sigue, que desengaño. Tengo que apurarme.

Para comprender el origen es necesario observar la suerte de esa mi pepa. Será la única sobreviviente a las fauces extremadamente abiertas de la olla, que siempre tienen el fondo que hierve con un ploc lamentable, fatal, letal. Tras haberme puesto a esa olla la señora limpiará un poco y mandará la pepa a la basura. Para entonces la historia del zapallo estará final y digerida.

Soy esa pepa. He caído a la basura y ahí permanezco por algún tiempo, siempre inmóvil. Junto a una cantidad increíble de polvo, un mechoncito de pelos, un chisguete de pasta dental muerto con úlcera tremenda de barriga aplastada, vidrios rotos siempre con su alegría característica, pedazos de papel periódico destrozados o envolviendo cosas quien sabe, una lata de atún y algunas otras cosas mas que no reconozco o porque no me las han presentado, o por que no hay manera de verlos. A lejos se escucha un sonido de enorme moscardón que da lugar a un intenso sonido tilín, tilín. La señora pide disculpas a Linda Guzmán –quien será?- y sale corriendo:

-La basura! La basura!

Descubro la otra sensación del movimiento. Esa rapidez con que el camión se desliza por las calles y va pasando baches. Los demás cuerpos me aplastan. Soy envuelto por un liquido negro. Los hombres que van con nosotros aferrados atrás del camión se cubren el rostro, pero todavía puedo verles el ojo cansado. No tengo tiempo de pensar en el movimiento propio. Esa lenta sensación de que mis partes se inflan silenciosamente. Un trastabillo y caigo a la pista. Mi volumen salta fuera del concreto y cae hacia una pampita de tierra en un jardín abandonado. No hay otras plantas y la superficie es una costra de pisadas acumuladas, pisadas que los hombres posan mientras caminan en su propio mundo.

Ese fue el preludio. Estuve tirado por mucho tiempo. El lomo achicharrado por el sol y enfriado por la oscuridad. Si moverme pero contento de haber regresado a la tierra. Me fui acomodando poco a poco con la ayuda de un viento tardón que acumuló a mis lados un polvo envolvente. Entonces la oscuridad me convirtió en deseo de volver a ser planta.

Sí, la tierra estuvo reseca y extraño el agua. Solo de vez en cuando mi sed se calla con el orín de un perro o de un borracho. Logro germinar y entonces dos caminos míos parten del mismo corazón. Hacia abajo. Hacia abajo. Mis raíces rompen palitos podridos, esquinan filos de pequeños vidrios, envuelven piedrecitas y van acomodándose múltiples al calor de la tierra. El mundo de arriba ni se escucha ni se ve. No es necesario darse cuenta de la superficie. Tiene un lenguaje de humedad encontrada. Hacia arriba, siempre arriba, hasta romper la costra de la oscuridad, mi tallo tierno engorda con el tiempo. Salir al viento me produce una gran alegría pero también es la razón de este lenguaje. Es luego de aquel camino que ahora casi siento dolor mientras mis partes son machucadas con un palo contra las paredes de la olla.

Voy creciendo. Crezco. Crecí. Creo seguiré creciendo. Por los zapallos de los zapallos, amen. Crecer en esta ciudad me da mucho de humano. Pero la planta siempre es planta aunque hierba en una olla o se extravié en un poema. Mi vida limita hacia arriba con la muerte y hacia adentro con la tierra descompuesta. A medida que crezco vuelvo a aprender los atributos del viento y del espacio que me rodea.

Al rededor mío hay cosas y casas con ventanas empolvadas y maderas rotas en el techo. Algunas tienen un jardincito pequeño donde una grama bastante débil intenta abrazarse a si misma. De vez en cuando un rosal lucha por mantener sus pétalos estropeados por el paso de la gente apurada. Cerca mío un poste reproduce en las noches un sol ridículo. A veces una abeja llega con sus patas empolvadas y sé que viene de laguna parte donde hay mas plantas, plantas que (…..)

La pampita donde habito es lo bastante amplia como para desarrollar mis extremos. Adentro, mi raíz se nutre de cuerpecitos innombrables y tengo la certeza que en esta estación no vendrán los gusanos: soy un zapallo feliz.

Alguien ha dejado en la acera una aleta de pescado. Se pudre. Vienen las moscas y se cagan en ella y se alimentan y una araña teje su saliva y ahí caen las moscas y las polilla de la luz eléctrica que a veces vuelan bajo. Veo algunos ratoncitos que corren rápidamente de un lado a otro y los gatos los persiguen en las noches. Cuando los gatos están en celos sus gritos son perseguidos por los gritos de los durmientes. La vida continúa. En las noches los autos trazan líneas con su tiza de faros encendidos. La ausencia de las luciérnagas es explicable. La vida continua. La vida continúa.

También los perros. Son extraños animales. Encadenados al destino de los hombres, a sus huellas. Los siguen dentro de sus casas y los siguen en sus emociones. Los perros son hermosos cuando salen solos y se ponen a joder la paciencia: mas de una vez me han estropeado el traje. Corren de un lado a otro y se hacen un alargado amor luego de un cortejo de dientes afilados y babas esparcidas por todas partes. Ahí es cuando me gustaría conocer una señora zapalla.

Escuchaba casi siempre el gritito de los gorriones pero jamás comprendí el cielo. Salvo la vez que me sacaron para llevarme a ésta cocina, a ésta olla. Entonces estuve muy extrañado. Un montón de sorpresas me asaltaron sin darme lugar a comprenderlas. Un mundo nuevo se abría hacia mi sin yo saber si sentirme triste o alabado por el cambio.

Qué hago aquí junto al olor fuerte de la pimienta y los trocitos de queso volviéndose como legañas derretidas? Al niñito que me come jamás podré contarle mi historia. Los humanos de este lugar no saben qué son las plantas. Apenas las tienen de adorno o en el estómago.

Sí, también observo a lo humanos.

Ya tengo un montoncito de ramas y los veo pasar…

 

(escrito 1978 o 1979, entre Magdalena y el purito Rimac, tras observar un zapallo floreciendo en la calle. Esta historia se vuelve a leer por primera vez luego de trascribirla en diciembre del 2015. Imagen: “Sapallos en el mercado de Tarma” por Fredy Roncalla)

 

 

 

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