Al otro lado del muro. Blas Puente Baldoceda

 

Die Grenzen sind auf

Ich sag “Ihr spinnt ja total”

War mein Vater ganz emotionel um hat geweint. Un er weint

heute noch, wenn er das im Fenstehen sieht, ja,  glaub ich.

Easy German 61. The fall of the Berlin Wall

Al reparar detrás de mostrador el cruce de piernas al desgaire sobre la butaca, Braulio se pulió para fisgonear, pero la mujer se puso de pie en un santiamén y le replicó que sí podía partir de Hamburg para llegar a West Berlin.  Por supuesto, debe contar con un  pasaporte y cambiar dólares a marcos con antelación. Para mitigar el desliz,  Braulio simuló contemplar  el  cieloraso de la estación. Era una sombría concavidad sin el millar de estrellas que en noches de helada esplendían en el firmamento de Tarma. Mierda, ¿la bucólica? No, la telúrica.  Al diablo con las atribulaciones.  Braulio recobró  los documentos  y se desplazó a trancos hacia la zona de abordo. Se desparrató en la cabina y las artimañas de la somnolencia lo sedujeron.  Por la ventanilla advirtió una leve penumbra  que se adueñaba de  la plataforma de la estación. Y antes de sumirse en el sueño, rescató siluetas en uniforme al acecho de posibles víctimas que volaban a la velocidad de la luz en el seno de un paisaje lunar donde se cernían fragosas las franjas de ceniza.

¡Putamadrina! Enceguecido por una linterna rozándole la punta de la nariz, se quedó inmóvil por unos segundos frente a un ogro de inspector ataviado con uniforme cuasi nazi. El vozarrón le conminó de inmediato la documentación. Aterrorizado –por la mente fugaz el ático de Ana Frank  de unos días antes en Amsterdam –, Braulio recogió los bártulos que esparció al desabrochar el cinturón de estilo hippie.“Se le deportará en la próxima estación,” sonaron en buen inglés las guturales del conductor. Braulio tartamudeó que no era culpa suya, señor, la  despachadora en el mostrador le aseguró que podía viajar sin obstáculo desde Hamburg hacia West Berlín.  “Usted está violando el territorio de East Germany,” replicó el susodicho revisando la documentación.  “Y el pasaporte carece del sello de autorización de Hamburg”. El gigante dio media vuelta y se esfumó por el larguísimo corredor de los vagones deslizándose  por rieles cómplices de atrocidades sin nombre.  Alucinándo con un uniforme de fatídicas rayas blancas y grises, las posaderas en las asperezas de una piedra, palmas en las mejillas, Braulio batalló para no dar rienda al llanto de un infante en territorio germano.  ¿Desde allí con destino a Lima, la horrible? ¿Y una sola muda de ropa? Y los libros, la cuenta de ahorros, ¿los dejaría al cuidado de Daniel, el compañero de apartamento en Buffalo?.

Rabia, amargura, resentimiento. Un tajo más en la la cara de la desgracia. No, los hados no podían abandonarlo en las ciénagas de la mala racha. Y, entonces, el acierto del cubilete con los dados del azar: en el umbral de la cabina, alta y rubia y blanca,  ciñendo de la mando a un niño mulato, la mujer deslizó la puerta corrediza desgañitando sin preambulo  que ese agente KGB lo timaba con la engañifa de la deportación,  póngase de pie, hombre, había que recobrar sus cosas. La estridencia de los vagones sacudiendo sobre las rieles, las pitadas rasgando la noche, atolondraban a Braulio, quien, brazos en aspa para guardar el equilibrio,  indagaba detrás de la mujer y el niño. ¿Ah el acento, amigo? Era oriounda de West Berlín pero radicaba hacia muchos años en California. ¿El niño?   Del divorció  con un ex-miembro de los Black Panter. De vuelta al terruño por unos días para cuidar a la madre enferma.  Eran retazos de la historia de la mujer que trotaba con arrebato por el pasadizo que se dilataba más y más a medida que se avanzaba  sin hallar todavía los rastros del inspector cuasi nazi.

Finalmente, un relumbre cercenó la penumbra en el corredor. Era la cabina del maquinista y allí, de espaldas, el conductor vociferando para sortear el estruendo infernal, mientras el maquinista, sin dejar de operar los botones de un panel, pausaba  para sorber de un termo, y no hacía el mínimo esfuerzo por oir.  La mujer se aproximó al ladronzuelo bolchevique y lo encaró con menosprecio y virulencia. Sin dejar de estudiarla de pies a cabeza, la voz del maquinista  se impuso al traqueteo ensordecedor de los vagones en las rieles.  El conductor asentía ahora  con la cabeza gacha, y de manera sesgada le devolvió a Braulio el pasaporte, el pase europeo y la chequera de dólares.

De retorno a sus respectivas cabinas,  Braulio, el resto del viaje, mantuvo los ojos fijos en las ventanilla donde irrumpían esporádicas centellas en las tinieblas de la noche oscura. Ah, las palabras, un vano sesgo para la desdicha sin tregua alguna. En la oficina de cambio de la nueva estación, Braulio sonrió al fin; y, en seguida, le devolvió a la mujer el monto prestado para pagar la multa por carencia en el pasaporte del sello de Hamburg. Se despidieron adoloridos con abrazos y palmaditas. Y qué bálsamo cuando ella le susurró en el oído que tal vez se reecontrarían en algún rincón del mundo.

La estación era una extenso zótano con una escalera que conducía  a las llantas y guardafangos de una procesión de vehículos. Conciliado con el mundo, pero enmohenido para emprender el ascenso, Braulio merodeó por un buen rato hasta que un espectáculo lo cautivó: una bella mujer con abrigo negro, bufanda blanca y  boina roja, descalza, cantaba circundada por un perimetro de beodos sentados en el suelo. ¿Y si cruzaba las piernas al desgaire? Sería otro cantar. Al término de la canción, la bella mujer eruptó y tronó un pedo; los vagabundos lo celebraron levantando al únisono sus botellas. Qué conchuda, la hija de puta. Braulio emprendió asqueado las escaleras a trancadas y, de pronto, en la venida se vio rodeado de mendigos, borrachos y mujeres provocativas en la indumentaria.  Un escolosfriante déjà vu: West Berlín le pareció nada menos que una versión precaria de Manhatan, y hecho un bólido se internó en las sombras  de un bar a la vuelta de una esquina. Ordenó  una cerveza, mientras se acomodaba con dificultad en la butaca. ¿Un oasis capitalista en un desierto  comunista?  ¿Metáforas de pajero a estas alturas?. No jodas, pues.  Afuera del antro el cielo nebuloso pronosticaba malos augurios. De pronto, una mezcla hedionda de tabaco, alcohol y sexo, lo avasalló y una pesada mano se posó sobre su hombro y estuvo a punto de ser derribado. Cuando ya se aprestaba a escabullirse, otra  mano lo detuvo afablemente: era un parroquiano que, al momento de solicitar una cerveza con el índice, le cuchicheó con acentó británico:. “Al otro lado de  Checkpoint Charlie, la cerveza te cuesta la mitad de un dollar.” A cinco cuadras del bar, debía encontrar la calle Kurfütendamen, y de allí, de acuerdo a las instrucciones para llegar a Checkpont Charlie, era pan comido. Un uniformado entre gris y verde, robot uno, detrás de un vidrio a prueba de bala, revisó el pasaporte, mientras en la parte posterior de la garita de control, robot dos, controlaba varias pantallas al mismo tiempo que dictaba al tercer y cuarto robot, ambos de pie y con sus cuadernillos de registro.

Y como si habiera sido trasladado por una alfombra mágica, Braulio se vio de golpe caminando por una amplia avenida que  parecía infinita. Antes de proseguir, miró con el rabillo del ojo las torrecillas donde los vigías se disponían a disparar con sus metralletas en cualquier momento. Las veredas franqueaban monumentales edificios que se reiteraban infatigables con puertas y ventanas clausuradas.  No habían ningún tipo de vehículos ni tampoco transeuntes. Exhausto, en una quietud pronta  a quebrarse por  el bombardeo anunciado por las sirenas en frenesí , Braulio se arrepintió de haber cruzado el Chekpoint Charlie. ¿Había que refugiarse como todo el mundo en las guaridas de concreto? Con las piernas doblegándosele, acalambrándosele, un  escalofrío que le agorrotaba sin misericordia, se sentó en la cuneta de una esquina  con la mirada fija en las rieles de tranvía.  Las histeria de las sirenas, entonces el bombardeo arrasaría Berlín hasta que el asfalto  se derritiera y se fundieran el soporte de las edificaciones. Sí, lenguas de fuego que se propagaban implacables  en  las tinieblas de la noche oscura de Berlín.  De golpe, Braulio, se puso de pie y se secó el copioso sudor con el dorso de la mano. Chispearon los cables por dónde discurría un tranvía lentamente, y abordó casi a ciegas, a pesar de la  estridencia de la frenada, que le  puso los nervios en punta. Los pocos pasajeros lo escrutaban sigilosamente y cuando Braulio ensayó un gestó amical, ellos deviaron las cabezas hacia ventanillas. Una anciana en un asiento posterior murmuraba furibunda a la vez  que señalaba con él índice acusador la ruinas de una templo ceniciento cuya mitad era un montículo  de escombros. Luego el tranvía recorrió calles donde las casas todavía exhibían vestigios de la guerra – descascaradas y con fisuras y agujeros por doquier–, el escenario de la demoniaca conflagración y la represalia  rusa violando brutalmente millares de mujeres y los niños reclutados que resistían heroicos, pero fanatizados con la victoria y la solución final. Horrorizado por las remembranzas de innumerables salas de cine donde solía llorar en silencio, horrorizado, sí, por el miedo de morir en los campos de concentración, Braulio se levantó del asiento al auscultar la misma esquina de donde partió el tranvía un rato antes. Saltó a la ancha vereda como si se tratara de la única tabla de salvación en el naufragio de la alucinación.

De vuelta, pues,  trotaba por la avenida sin límite con la mochila colgada de un hombro, mientras del otro pendía la cámara Pentax. Al cabo de un tiempo, un oasis de tímido sol se dibujó a lo lejos. Con el vigor recobrado en el tranvía, se desplazó jadeante  hasta que un par de jóvenes se aproximaron para preguntarle  en un inglés aceptable si vendía el bluejeans que llevaba puesto.  Ante el desconcierto de Braulio, los jóvenes, oteando entorno, se dispersaron  en la procesión de peatones que se engrosaba cada vez más en la plaza en cuyo centro se elevaba una torre circular con una simetría de ventanales.  Circundaba ornamentando una fuente con pilares cuyas crestas de espuma acariciaban el aire cálido del mediodía.

Braulio permaneció estupefacto por unos segudos cuando de repente advirtió que una joven corría hacia él portando en la mano una pequeña cámara. Henchido de felicidad entendió sin dificultad el lenguaje de señas: que le tomara una foto, por favor, ella no hablaba inglés pero si sabía escribirlo y leerlo. Le indicó que la siguiera y cruzaron uno detrás del otro una calle que conducía a un parque de cesped acicalado.  Braulio trémulo por el nerviosismo cuando ella cruzó gracilmente los pies frente a la camara. Mediana, espigada, sonreía dulcemente, Braulio se  engolosinaba enfocando con la Pentax la volupuosidad de sus caderas, la sutileza de su cintura. En seguida, Braulio le hizo señas que él también quería una foto para el recuerdo y le dio instrucciones  de cómo manejar una cámara del orbe capitalista. Ella asintió echándose con picardía la melena rubia sobre el hombro. Y cuando ella le propuso por escrito enrumbar a un club ruso donde podían comer, beber y bailar, Braulio se quedó lelo, mudo por una fracción de tiempo, con un nudo en la garganta. Mientras caminaban, Braulio atinó a lisonjear  la cambinación de los colores amarillo de la blusa, marrón oscuro de los pantalones en corduroy, y el beige de la chaqueta de cuero de la muchacha. Ella, a su vez, anotó en el cuadernillo que le impresionaba muchísimo el blujien amaricano. Más aún:  pasó la yema de los dedos por la tela de la chaqueta y comprobó que había sido confeccionado con el mismo material que el del pantalón.

Subieron a trancos al segundo piso de uno de los edificios que bordeaba la plaza. Un grupo de personas se apiñaban a la entrada del club ruso y eran impedidos de entrar por un par de robustos porteros. Abochornada, ella se dirigió hacia la escalera adosada al edificio, bajó veloz, y antes de detenerse frente al edificio contiguo, se cercioró si Braulio la había seguido. Frente a la portezuela de cristal una orquesta interpretaba melodías marciales, mientras un círculo de niños en el centro del salón jugaba a la ronda.. Los espectadores apostados en las barandas del segundo piso la  contamplaban con aire adusto. Juta –en algún momento había escrito su nombre–, exasperada, balbuceó en su lengua antes de reiniciar el aventurado itinerario. A espaldas de ella,  Braulio elucubraba febrilmente las más aberrantes maquinaciones: los agentes de la Gestapo –ella era una doble agente– tramaban capturarlo infraganti en territorio de East Berlín, y por un brevísimo momento abrigó la idea de ocultarse  y abandonar a Jutta y sus simulacros, pero  ella, de manera imprevista, giró en redondo, y otra vez hablando en alemán señalo un bar restaurante en medio de otras tiendas alrededor de la fuente en la plaza de la torre que ascendía entre el reverbero del mediodía.

Meseros con pantalones negros y camisas blancas llevaban en fuentes inmensos vasos de cerveza asiendo entre los dedos diminutos recibos. Comenzaron a beber al mediodía y a la hora crepuscular –los transeuntes translucían vagos colores y las cervezas eran azules–, Juta seguía escribiendo profusamente en las servilletas.  El mesero era un abusivo que  estaba cobrando demasiado, que ella laboraba en la oficina del quinto piso de un edificio –y dibujó una flecha en una tarjeta de turistas–, pero vivía en un pueblo cercano, sí, los días de la semana viajaba en tren durante media hora. Cuando las tinieblas de la noche oscura apretaron los alrededores de la ciudad, Jutta guardó el cuadernillo y la cámara en una bolsa de cuero, sus ojos verdiazules brillaron de tristeza, y se levantó con singular impulso de la mesa. A despecho de la ebriedad, Braulio logró mantenerse enhiesto. ¿Cuántos litros de cerveza  de East Berlín habían libado insaciablemente? Jamás sabría este cronista de las germanías, ni qué signos o señales, si en inglés o alemán o español o quechua, o si se lo escribió, el hecho incontrovertible fue de que acordaron viajar juntos a la villa cercana porque Jutta quería, en verdad de realidad, presentarle a sus padres. También podria cuestionarse la verosimilitud de cómo fueron capaces de llegar al lado opuesto de la torre donde se ubicaba la entrada hacia el el tren subterraneo. ¿Descendieron las gradas tomados de la mano hacia la plataforma de abordaje? Lo único cierto es que a Braulio se le ocurrió de repente guardar la cámara Pentax en la mochila, para lo cual se puso de cuclillas, sin percatarse que Jutta siguió caminando. Al percibir la ausencia de ella, él recobró de golpe la sobriedad, corrió tan rapido como pudo, pero las puertas se cerraron implacables  a escasos centimetros de la faz desfigurada por el terror. Alguien lo atrajo hacia atrás con tal ímpetu que Braulio trastabilló y estuvo a punto de caerse de culo. Cómo olvidar el dulce y bello semblante, lastimado por el espanto y el grito de pánico que se filtro sin misericordia a través de vidriosa portezuela.

Vapuleado por la adversidad, Braulio, ofuscado, merodeó por los alrededores de la gran plaza hasta que por fin llegó a una avenida paralela a la del arribo. Era menos ancha y el alumbrado dejaba trechos en tinieblas donde había que andar casi a tientas. De pronto un chorro de luz materializó un autobus que paró en seco.  Al abrirse la portezuela, el chofer lo invitó cortesmente a subir en un inglés correcto dizque para conducirlo al paradero ubicado a sólo tres cuadras de Checkpoint Charlie. Le recomendó que se cuidara en las escalerillas porque en las tinieblas de la noches oscura en Berlín eran frecuentes los traspiés. Se sentó a un costado del chofer y a Braulio le conmovió sobremanera el  auténtico interés del chofer por el bienestar del único pasajero del turno de la noche, Entonces, sin dilaciones ni tanto aspaviento, Braulio empezó a desmenuzar  prolijamente  el tiempo que gozó al lado de Jutta. Sí, hubo instantes de manos apretadas con ternura, mientras brindaban prodigiosos con la cerveza de East Berlín, sí, como si pronto fuera ya el fin del mundo. Sólo Dios sabe si Jutta era la mujer de su vida (Die liebe maines Lebens), a quien venía persiguiendo por todos los confines del planeta. Oh, Jutta, si supieras cómo la ausencia tuya lacera sin tregua mi encandilado corazón. Braulio se limpio los ojos con el dorso de la mano y luego lanzó una retahila de suspiros a guisa de su venerado Quijote, El frenazo de sopetón lo expulso de sus cavilaciones y, obviamente, del autobus,
Braulio  zizagueaba en menor escala por la vereda también menos tenebrosa por las linternas de control que se erizaban en la cima del infinito muro de Berlín. Tuvo ganas ubérrimas de orinar y se arriesgo por un cesped franqueado por una hilera de arbustos enanos, y de pronto, justo cuando inhalaba y exhalaba el alivio, Braulio encegueció por segunda vez por un relámpago de luz y por el trueno de un vozarrón que lo exhortaba a proseguir la marcha. Déjenme mear, jijunagranputas, gritó a todo pulmón.  Estaba en el jardín frontal de una casa, y al darse la vuelta vio a dos agentes de la KGB o la Gestapo con sendas linternas y el fulgor azabache de los gruñidos de un par de Doberman que se obsedían en atacarlo. Desembocó en otra amplia avenida con el patrullero a sus espaldas: lo controlaban con una luz oscilante instalado encima del parabrisas. Braulio cruzó la avenida sin una ñizca de miedo y se detuvo frente a un club con música tropical para espiar a los africanos y cubanos que danzaban con las germanas. El vehículo de los agentes tuvo que dar una vuelta en la avenida y los cuasi nazis lo amenazaron con detenerlo si no reiniciaba la marcha. Y en ese preciso momento Braulio decidió aligerar los pasos, sudoroso y jadeante, porque se acordó por un golpe de suerte que debía presentarse en Checkpoint Charlie antes de las 12.00 de la noche en punto.

–En tres minutos más, quedaba deportado –le dijo el soldado desconocido de Checkpoint Charlie– Prosiga, prosiga rápidoús.

 

Posted by Blas Puente Baldoceda at 22:18 2 comments

Enviar esto por correo electrónicoBlogThis!Compartir en TwitterCompartir en FacebookCompartir en Pinterest

Links to this post

Reactions:

martes, 9 de setiembre de 2014

Ángel de la Guarda

A Devo, mi doberman,

In Loving Memory

Mi Ángel no es de la Guarda.

Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,

Que me lleva sin término.

Tropezando, siempre tropezando,

En esta sombra deslumbrante

Que es la Vida, y su engaño y su encanto.

Martín Adán

A Samudio le encalabrinó los tímpanos el estremecimiento del ascensor, pero al conjuro de los hados deslumbró fugazmente en el vestíbulo un Ángel de la Guarda. “Ya no huele tan mal, chico –le dijo alisando el atavío de lino crema–. Sudaste la gota gorda, pero eres, sin lugar a dudas, un titán” Petrificado, mudo por una eternidad, Samudio contempló cómo se evanescía el aroma de las alas en la larga penumbra del corredor ¿Titán como un Gengis Khan? ¿Y la protuberancia a trasluz del braguetón? ¿Acaso se manejaba una envergadura de burro en primavera? Igualito a los burros de Huaricolca que rebuznaban de arrechura en las colinas donde pastaba el par de ancianas con quienes solía agarrar chamuyo en Quechua. Fumigó apresurado en torno al umbral del ascensor. That’s it is all for today, sonabitch. ¿Remordido por la genuflexión de pongo sapo? ¿Por las lágrimas que por poquito no derramó, alicaído por las punzadas del miedo y la ansiedad? No, no era para menos: hacía casi tres semanas que Samudio devino el apestoso del recinto universitario. Lo eludían subreptíciamente, sí, evitaban sentarse cerca del indigno. No, no alucinaba porque incluso los coterráneos, en las veredas de las cinco cuadras del centro del pueblo, se rajaban de modo sesgado hacia el sardinel de la calle cuando Samudio trotaba viciando el aire con una pestilencia de guiso de pollo achicharrado. Un ultraje a despecho de haberse agenciado los más diversos jabones, detergentes y desodorantes. After all, le importaba un ojete este pueblo de mierda donde toditito le llegaba a la punta de la pichula. ¿Pichula Cuellar?. No uno sino muchos suspiros de alivio, jijunagrampú. Sólo le resta por rociar la alfombra del piso y el tapiz de las paredes, ambos de un rojo burdel. Sí, aquí mismito, carretas, el primer piso de un edificio de cinco y tan solo a cinco cuadras del campus, albergue de por lo menos un centenar de gringachos que roncan en los brazos de Orfeo.

Camina ahora con roche las tres cuadras atestadas de estudiantes hasta la esquina donde contempla por milésima vez el portal de la universidad, dos columnas de piedra coronadas por un arco con una larga inscripción en latín. Tiempo, tiempo, asómense pronto el sonido y la furia de la noche en Champaign-Urbana, chasumá. ¿Y si por ende mi duende te quedas dormido en la clase de fonología? Espera, gilipollas, por el muñequito blanco. No vaya a ser que un red neck te meta el guardafando por el culo, así al saque nomás, en plan de joda.

Con los ojos bien abiertos, pero fijos en los profesores a quienes no les entendía ni maca, ni olluco ni oca, Samudio urdía el ardid de pegarse una siestecita de segundos en plena clase. Y esto porque aquí, en un remoto lugar del mundo, aprisionado por un infinito maizal, Champaign-Urbana, las aldeas gemelas, dónde miche encontraría la machiquita que le haría funcionar su cerebro de chuto como un reloj de Suiza. ¿Se ponía, acaso al nivel de sus pupilos?. Estos cojinovas se tapaban ahora las narices en tu propia nariz, Samudio, un desafio de los jumentos que sufrían con la lengua de Cervantes. Y si estuvieran en el terruño ni a chicotazos ni a cocachos, ni tampoco a huaracazos, la aprenderían. Viejos tiempos de la letra entra con sangre. Ladillitas. Si asistieran a clase con regularidad y pusieran toda su concentración, sería otra la historia para contar al califa, Sherezade. Y al caer la noche de hielo –luego de estudiar, corregir exámenes, y hacer los cagadísimos análisis de fonología, asignados por los errantes de Judea (justamente fueros estos galifardos quienes fraguaron su estadía por cinco años en pos de un probable doctorado; si, pues, esta olla de cucarachas cojudamente asumió que el estudiante Samudio era hablante nativo de un dialecto Quechua. Qué cacanuzas, los académicos, siempre cagando fuera del bacín),– iría al barcito de los country folks, a sólo dos cuadras del edifició de los cien gringachos donde pernoctaba en un camastro de soldado, con estufa, escritorio y estante: una pieza y baño compartido,  ad hoc para un chato voyerista bajado de las alturas de Cochas. Y en el Irish Pub, los labradores,  que hedían  a estiercol, se quitarían los sombreros guardando distancia, pero sin herir la susceptibilidad del stinking peruvian. ¿Y ellos, ah? Apestaban a boñiga en el bullicio de humo que se desleía en el barra, pero patas al fin y al cabo. Borrachísimos, los viernes en las noches, condimentaban sus historias con dientes manchados de tabaco y aliento de mil demonios Sin embargo, lo aseverado no era tan relevante como la vikinga del vitral en cinemascope: desde la una y media hasta las dos de la mañana, Samudio debía clavarse en el escritorio de miniatura: la muchacha en flor empezaría a quitarse lentamente la ropa en el ventanón de enfrente, engolosinada con las ondulaciones de cuerpo, se enfundaría en el piyama a media luz, y se escondiría debajo de las cobijas, no sin antes de jalar –coqueta, veloz– la lámpara de Aladino. Es, pues, el caso que la escena se desarrollaba en un quinto piso, cosa de brujería, el cinco. Y, entonces, Samudio, dándose ínfulas de versificador declamaba para sí mismo, mientras se deleitaba con el striptease gratis: oh ninfa de Onán, –presurosa brisa que en tardes de verano mitigaba la canícula con el feroz bamboleo de las nalgas— ¿torturas, acaso, falsa perjura, con saña, alevosía y premeditación? Solamente Dios sabe si percibía que los edificios contiguos se acunaban con la arremetida de las ventiscas de nieve galopando desde de los lagos en Chicago. ¿Y con la pajita?

–Pongan libros y cuadernos bajo los asientos, por favor –dice ahora Samudio cerciorándose de que el cierre del blujeans le quede bien afianzado. Más vale pájaro en mano que cien volando. Luego, distribuye el examen entre los cabezas de las filas de carpetas. Les ordena de inmediato escribir las repuestas. Y les recuerda una vez más que en esta clase guerra avisada no mata gente, borricos. Suspira de alivio y se dirige al alto ventanal para dar rienda suelta a las remembranzas, mientras se deleita con el cromatismo del otoño en las hojas enloquecidas por los huracanes que despeinan los maizales de alrededor.

Del destierro que le deparó el destino, Samudio jamás se olvidará el día que, por fin, se cumplió el plazo que le fijo la bestia de la administración: un cerdo de crencha pelirroja. Recostado el hombro en el quicio del ventanal, Samudio evocaba en ese momento la furia del sol en los vitrales de la entrada al edificio. Aquella tarde aciaga el cerdo recorrió los cinco pisos y se detuvo acezando frente al umbral del ascensor donde Samudio lo aguardaba con un agobio de siglos. “Bueno, labor cumplida –gruño babeando babas del diablo–, así que tranquilícese, ahora sí la migra no lo deportará” “¿Y esta vez te olvidaste de traer tus patrulleros –retrucó Samudio, iracundo–, comemierda?”. Y no le importó los colmillo del jabalí de la bestia que, voraces, lo embestirían, ya que en el acto, agregó: ” ¡Gringo, hijo de puta! !Abusivo, concha de tu madre!. “What the hell are you yelling to me you mother fucker. Go back to your country but before I smash your monky face”. Samudio se cubrió los ojos, pero por las ranuras de los dedos vislumbró al Ángel de la Guarda con las alas enhiestas y erguido el vergajo de burro en primavera. “Samebody can go to jail for domestic violence”, gritó con un vozarrón de ogro. El gringo sonabitch sobre el pucho quedó inmóvil. “But he yelled at me first in his fucking language” alegó cobardemente y se escabulló con el rabo entre las piernas, mascullando algo que a Samudio y al ser angelical les valio un pito averiguar. Cuando éste desplegó el plumaje para felicitarlo por haber perfumado con diligencia la alfombra de los corredores y los tapices de las paredes del cuarto piso, Samudio desfalleció a diestra del Señor de los Milagros. Sí, pues, no pudo más y se echó a llorar con honda ternura. “Mira, chico, ven pa’ca –dijo el ente celestial , posando las alas en los hombros abrumados de su vecino.– No es para tanto. Dejá de llorar, coño. Estamos en el medio oeste, en una villa de rústicos, en el epicentro de un maizal, y para esta gentuza somos unos extraterrestres. Racistas de cuna hasta la sepultura. Poor people. They can not help themselves.” Y ese día Samudio se enteró de que el Ángel de la Guarda se llamaba Ricardo –Ricky, por estos lares– era venezolano y estudiaba arquitectura. Y no era un huérfano parajarillo en tierras extrañas. Todo lo contrario: era un atarantador bien macho y camacho por los cuatro costados.

De vuelta a la buhardilla. Resignado a sufrir otra noche de desolación en Champaign-Urbana. Tan pronto deslizó el seguro de la puerta, se despabiló frotándose las manos fuertemente. Había que calentarse el resto de guiso de pollo. Siempre cagándose de hambre, caracho. No bien puso la ollá en el fogón, escuchó que alguién tocaba la puerta ¡Mierda! Una muchacha liviana, de cabellos rubios y revueltos, se desprendió de la chaqueta mientras, casi empujándolo, traspuso el umbral. Luego de unos segundos de ofuscación, sin atinar por deshacerse de la intrusa, de golpe la recordó: era la que sentaba en la tercera fila del salón de clase. “No le devolví la segunda hoja del examen. No quiero que me acuse de plagio y me ponga una mala nota” A Samudio el piso se le derretía: trémulo, recibió la segunda hoja del examen, imaginando que los policias de la universidad le rompian ahorita la puerta a culatazos. Sin quitar la vista de la turgencia de los senos, empezó a tartamudear que saliera de la habitación, pronto, por favor. ¿Cómo se le ocurre, señorita, que la desapruebe por semejante estupidez?. Trastabilló hacia la puerta demudado por el terror y le ordenó que se pusiera la chaqueta de inmediato. !Nunca jamás se le ocurra venir así! !Me cago en mi puta vida, carajo! Y mirando el techo puso como testigo a Jehova que no la tocó a la idiota ni con el pétalo de una rosa. La muchacha espantada por la vociferación del transtornado Samudio, sin entender absolutamente nada, corrió despavorida por la penumbra del pasadizo. Aún más: tan luego de asegurar la puerta, Samudio escuchó en el acto unos golpecillos díáfanos pero esta vez le pareció que sonaban cargados de veneno. !El colmo de la mala racha, putamadre! !Ahora si que me fregué de por vida! No faltaba más: ¿la cagada en colores, Diosito lindo? Se secó el sudor de las manos en el pantalón. Antes de abrir, respiró profundo para defender a capa y espada, la inocencia y el honor; empero, cayó de espaldas y, por poco, no destroza el camastro. No, no era la policia de seguridad del campus universitario, era Ricky luciendo anteojos ahumados en plena noche y asiendo gracilmente una cajita envuelta en papel celofán. Después de prestar oídos a las penurias de Samudio, esbozó graciosamente una sonrisa en la comisura de sus labios carnosos, agitó las vigorosas alas y lo alzó en vilo. “Siento orgullo de ser tu amigo. No me defraudaste. Cualquier otro sinvergüenza se aprovechaba de la pobre chica. Y olvida el susto, más bien adivina, adivinador, tu regalito—le dijo soltándolo en el vacío a la vez que le daba la cajita envuelta en papel celofán–sí, mi amor, olvida esos senos probablemente sin sostén con empanaditas de Puerto Rico via Chicago. Y para cualquier cosa, cuenta conmigo. Y una nueva voz tenue, meliflua, nuevos ademanes y gesticulaciones, le exigieron a Samudio que sonriera, chico. Aquí no pasó absolutamente nada. Y dándole un peñiscón en la mejilla, lo abrazó y le susurró que se caía de sueño y que ahoritica se iba a dormir. Petrificado, enmudeció otra vez por una eternidad, Samudio, y al toque se puso discurrir el por qué de mi amor, chico por aquí y por allá, y la retahila de icas e itos. ¿Cabritilla, el macho camacho? ¿Perturbado? ¿No te la olías, ah? No, no la barajes, pues, deschávate ¿Y ese nerviosismo al sentir el culebrón adormilado en tu entrepierna era, por si acaso, puro vacileo? O en plan de Narcizo, Samudio, ¿tú mismo te vienes meciendo? ¿Mariposa en el jardín del olvido?

Y fue de ese modo que comenzó a beneficiarse Samudio con las tiernas bondades de Ricky. No siempre eran empenaditas portorriqueñas sino una gama de pasteles de todo sabor y de diversos países hasta que un día digno de recordación se presentó engalanado con un coqueto mandil de colores, aferrando un plumero y una mini escoba. Samudio acababa de salir del baño enrollado en una toalla desde la cintura para abajo. “No, m’hijo, así a mitad desnudo no te toco, así me manden al paredón de fusilamiento. Bueno, al menos que me deleites con un exquisito eau de toilette de París. No, no te me desmayes, s’il vous plaît. Tan sólo te estoy bromeando, bobito” Para sopresa suya, el ama de casa que ostentaba nalgas de mujer pero pichula de burro ni siquiera había tocado la puerta y ya estaba en plan de desenpolvar un polvo inexistente para Samudio “Y ahora dime, m’ hijo, la verdadera historia del incendio que chamuscó a un centenar de gringos aquella fatídica madrugada. Y apúrate que termino en un dos por tres de limpiar y poner en orden esta pocilga. Dios santo, como puedes vivir así”, le sonrió con leve sarcasmo. “Quieres leer esta vaina”—le replicó Samudio con cierto desgaire, al mismo tiempo  que le alcanzó un folder del escritorio.

Agobiado por el análisis fonológico y la inacabable correción de quizes, salió por alivio y solaz en el bar de los hediondos. Había que desfogar las miserias de ser un intruso en territorio ajeno. Esa noche de viejos discos de música del campo, todo el mundo desgañitaba el humo de sus memorias. El extranjero permaneció callado; de rato en rato, emitía un monosílabo, una palabra, una frase de impecable inglés. Los coboyeros lo palmearon en la espalda porque se quedó dormido despues de sorber el segundo vaso de espumosa cerveza negra. La senda entre montículos de nieve sucia y charcos con natas de hielo donde refulgía sombriamente la luna, era tortuosa. No recuerda si tomó el ascensor o subió la escalera del extremo opuesto con acceso a todos los pisos. Ya en el cuarto procedió a desnudarse, luego puso a calentar el estofado de pollo en el fogón más grande, mientras se sentó a esperar. Y de pronto era mama de cuando niña, viajando de la mano del abuelo en un tren de carga. La criatura temía morir exfixiada con el vapor que vomitaba por ambos lados la cabina del maquinista. El pito erizaba la helada bajo un sol enceguecedor y acicateaba el vuelo de los patos en los lagos entre las cumbres nevadas de Morococha. Y cuando empezó a granizar en las calaminas de las bodegas del abuelo Sebastián, los dedos de mamá se deslizaron de mano callosa, y la criatura cayó a un lado de las rieles, ya sin respiración, pero logró postrarse, y a fuerza de ruegos a todos los santos habidos y por haber, pudo movilizarse hasta el borde del camastro. El golpe de su cuerpo en las lozetas, lo despertó a medias, y entonces, casi a ciegas, empezó a gatear hacia el picaporte de la puerta…

“Y entonces se abrieron al unísono un miriada de puertas encuadrando piyamas y batas. Gritos de sorpresa, odio y terror. Un latino desnudo, con la pija bien erguida, envuelto por la humareda que brotaba a raudales…algo así. –dijo Ricky embargado por el entusiasmo– Por supuesto, yo, uno de ellos, en la mitad del pasadizo, coño. Pero ven pa acá, chico y esto –agregó blandiendo la hoja—coño madre, no sabía que escribías. Y cuando lo terminas” “¿Terminarlo, yo? –le replicó Samudio– ¿Con que tiempo, mi estimado?. De vez en cuando garabateo una que otra vaina que se lleva la hojarasca de Macondo.”

Fue a raíz de esta conversación que Ricky surgía del ser y la nada, una y otra vez, con sus pastelitos de mil sabores y cada vez lo conminaba a escribir la historia del guiso de pollo o del pestífero, títulos que entre otros le sugería como un hincha bien fanático. Al sospechar que el escribidor no avanzaba ni siquiera una línea, el Ángel de la Guarda asumió la responsabilidad de la corrección de quizes y exámenes, de modo que el escribidor en ciernes contaría con más tiempo a su disposición. El mecenas sólo requería las instrucciones para calcular el puntaje y los promedios, y, por supuesto, todo se llevaría a cabo con prontitud y absoluta discreción. Más aún: el Ángel de la Guarda era ducho en menejar dos o tres cosas a la vez, pero, eso sí, bajo una rígida condición: jamás de lo jamases se le ocurra perturbarlo las noches de los viernes y los sábados. Era el tiempo exclusivo para sus amigos árabes con quienes armaba un jolgorio del divino carajo: coño, cocinamos, bebemos, cantamos y bailamos en la estrechés de la cueva. Por supuesto, m’hijo, durante la sobremesa cambiamos ideas sobre asuntos de política y cultura a nivel internacional. El lema de círculo es ejercitar la mente en cuerpo sano. Al toque Samudio –herido y quebrantado—receló una insidiosa patraña: el ser angelical se transfiguró al instante en un bicho horripilante debido, quizás, a tus celos de chacal, Samudio, o a tu envidia de hiena. Con el transcurso de los días, Samudio devino una tarántula obsedida por desmadejar el ovillo del misterio. Tan pronto como la noche se cernía en el pasadizo, montaba guardia al extremos opuesto al elevador, cobijado por el mortecino Exit rojimio que antecedía al tenebroso lobby de las escaleras. Desde allí, semioculto, espiaba el sigiloso advenimiento de los cuatro árabes altos y espigados. Cuando empezaba el bullicio de la orgía, Samudio, de puntillas como el pantera rosa, o como una danzarina de ballet, atravesaba a un paso de distancia de la puerta prohibida. Y, entonces, mientras repasaba una y otra vez la puerta del Ángel de la Guarda, evocaba los comentarios del círculo de amigos o daba rienda al frenesí de la imaginación. Acicateado, no por la melancolía de la añoranza, sino por el odio y el resentimiento acérrimos de serpiente en paraíso perdido, recuerda que te recuerda, a guisa de un demente: es la aberración de la contranatura, dictaminó la catalana que le invitaba los domingos tortillas españolas en su cuartucho atiborrado de folios del siglo de oro. El veredicto de Jimmy fue atroz: mira, huevón: es una caterva de degenerados del coito anal, gozan el encanto de la mostaza. Una cáfila de cacaneros, huevón, chivatos de pura cepa. Al acecho en las tinieblas, Samudio, afiebrado, afanado en el delirio de la conjetura: se delineaban las alas –ya no de ambar sino de azufre– del libidinoso en la pose del perrito, al filo del catre, ora bramando, el fauno, ora gimiendo de extásis u ora ululando el climax, la ninfa, que le hacían alcanzar los eunucos de Arabia, resoplando blasfemias y maldiciones. Ahí, la Ricky, regocijándose, la insaciable chuchumeca. Y fue un dardo en el meollo mismo cuando el borinque Abraham, meciéndose la barba azabache, emitió el juicio final: es puto, en definitiva, un pervertido, un sofisticado artífice de la seducción. Ven pa’qui, muchacho, cuando menos lo pienses, ¡pum!, ese pato de doble filo te viola, te desvirga, te clava ese vergajo de aventajado. Y te hace feliz –chinga que te chinga, intervino el chicano Jairo,– porque seguramente adoleces, chingón, de la misma tara congénita de tu compatriota, el joto Jimmy, que hizo tragar el cuento de las mil palabras de que todos los calzones negros que colgaban por doquier en su apartamento eran de las gueras que se cogía cada noche. No, chavo, a ese buey lo vi en el mero Chicago, chambeando en una barra de trasvestistas de mala muerte. ¿Y tú? ¿Qué diablos hacías en ese antro?, indagaste al tiro, Samudio, pero en su boca cerrada no entraron moscas.  Fue el gusanito cubano, Bobby, el que te aseguró que el charro Jayro estaba allí por la heroína que se inyecta para poder sobrevivir las desventuras de su existencia, en tanto que el otro desdichado, el indiecito Jimmy, se armaba unos pitillos de marihuana, juntitos y ocultos detrás de las bambalinas, antes de la mediocre actuación, ya que ambos, coño, son trasvestistas. Dile que te invite a su apartamento y verás calzones, no negros, sino rojos. Entonces, sonriendo con amargura, Samudio interrumpió bruscamente el entretenimiento de la memoria, la recreación de libre albedrío, y colocó el ojo en la cerradura para corroborar la supuesta orgía. De pronto, un silencio de sepulcro. Al toque Samudio se las picó disparado por el pasadizo, se metió en la cama con la ropa puesta sin importarle el striptease de la vikinga detrás del ventanal de enfrente. Entonces, sin apagar las luces, se refugió debajo de las cobijas. En las tinieblas del pecado, se masturbo rabiosamente, entre sollozos de desconsuelo.

Después de esquivar al Ángel de la Guarda por una semana y media –se asilaba en el quinto piso de la biblioteca hasta las doce de la noche y acompañaba en ocasiones a la encargada de esta sección de lingüística, una enorme gorda con cara de muñeca que solía invitarle sus caramelos de sabores exóticos dizque para paliar los padecimientos con la fonología abstracta–, Samudio, estupefacto por los caprichos del azar, se dio de bruces con el Lucifer de la contranatura cuya fosforescencia de azufre lo encegueció por un instante antes de fingirle una sonrisa de circunstancias. Sin preambulos, y con cierta premura, el ser angelical se excusó de no haberlo buscado antes, es que andaba bien ocupadísimo, chico, con una serie de proyectos. Pronto se graduaría, de modo que para este fin de semana mi peruvian buddy será el invitado de honor a mi castillo para una cena en francés y a la francesa. Ah, casi, casi me olvido, ponte una ropita presentable. Mira, pues, no es una imposición, pero hazlo, mi amor, siempre en cuando te sea posible. Era, pues, la tercera vez que Samudio se quedó tieso, mudo. Experimentó una suerte de vértigo, un revuelo en la mente, una aceleración de los latidos, otra vez los estragos del miedo. Míechica, me cago en la tapa del loro. ¿Una declaración de la locaza? Púchica, ¿Y ahora, hombre, qué te diré? Le asaltó un agudo palpitar en las sienes, mientras Ricky se esfumó  por encanto en la leve penumbra del pasadizo.

Viernes al anochecer Samudio atravesó con los nervios en punta el corredor bajo las bombillas de precaria iluminación. Tocó con suma discreción la puerta y quedó deslumbrado con la policromía de una lámpara de pie y un par de rosas en el centro de la mesa en alianza con dos sillas cubiertas de un gamuza rosa. Seducido por el ambar del aroma no supo que responder cuando el Ángel de la Guarda, alcanzándole una copita, le preguntó si se le antojaba cogñac francés como aperitivo, al mismo tiempo que destapó la fuente con la punta de los dedos de damisela –era un juego de loza con flores buriladas, obra de un artífice –, esparció otro aroma peregrino al paladar de Samudio–. “Bueno, para que te relajes –agregó el Ángel de la Guarda—con la cena beberemos un antíquisimo vino frances para acompañar el Beef Bourguignon–. Por favor, siéntate. Empecemos ya, m’ hijo” Durante la cena Samudio se enteró de que era uno de las viandas que ordenaba el mayordomo de la mansión en Caracas, quien le exigió que trajera el juego de cubiertos de plata para agasajar a los amigos en Champaig-Urbana. Pulcritud, elegancia y orden, era el lema del cabrón de su padre –congresista, ministro y ahora embajador—, impuesto a la servidumbre y cada cena era una liturgia del silencio. Prohibidísimo si uno hablaba con la boca llena. Sí, coño, un cabrón de alta alcurnia, mi progenitor. Después de brindar por la amistad eterna, el Ángel de la Guarda dio una palmada y se amainaron las coloridas luces del primoroso lenocinio, bostezó largamente, y con pasos de ballet enrumbó hacia la colcha púrpura con borlas doradas. “Déjame tomar la siesta de solo un par de minutitos, y si te apetece abre otra botella de vino. Volvió a bostezar pero, esta vez, soñoliento, mientras musitó palabras de amor: si se te antoja una siestecita, bienvenido al nido. Por supuesto, Samudio debería haberse puesto del pie al instante y se debería haber largado de inmediato. No le cabía le menor duda: un degenerado de la contranatura con diabólicas artimañas para seducir a sus víctimas. No obstante, Samudio se quedó clavado en la silla. Engatuzado quizás por la miel de la siestecita, se arrellanó al lado de la bella durmiente que se deslizó sensualmente hacia el borde que colindaba con la pared. El corazón le latía furiosamente,  desfallecería en cualquier momento, y era imposible controlar convulsión en las piernas, pero al final se las ingenió para cenirse tímidamente a las espaldas del Ángel de la Guarda y apoyar con discreción la palma de la mano sobre el hombro. Al reparar cierta aquiescencia, resucitó Pichula Cuellar y naufragó sibilino en la raja del ser angelical. Al instante, impelido por un soplo de Satanás,  levitó, el Ángel, divinamente, de la Guarda,  por unos segundos, antes de descender y reposar en la orilla del camastro con sendas manos cubriendo el rostro anegado en un sollozo casi infantil. Abrumado, derrotado por la desilución, le bastó un par de carraspeada para agravar la voz de macho camacho y recuperar la férrea serenidad. Mira, imbécil, tú no eres mi tipo para acostarme. Eras el amigo que siempre añoré encontrar algún día. Como si le hubieran marcado con un fierro al rojo vivo en la espalda, Samudio se defendió con retorcida astucia: pucha diablos, era sólo una muestra de cariño por todas las cosas que haces por mí. Yo ignoraba francamente que eras. . . eras del otro equipo. ¿De qué equipo hablas, idiota? ¿De fúlbol? ¿Ah, qué no lo sabías? Esto es el colmo de los colmos. No la embarres más. Secándose un resto de lágrima con el dorso, lo expectoró con el índice firme hacia la puerta. Vete, por favor, vete, coño. En la densa penumbra del pasadizo Samudio retornó a su cuarto dando trancos de homicida. Le importó un carajo su vikinga agachada exhibiendo la vulva con pelos rubios entre sus poderosas nalgas porque ahora fue él y no ella quien se refugió una vez en la tiniebla de las cobijas y se masturbó no de rabia sino entre sollozos de arrepentimiento, vergüenza y humillación.

Hace exactamente un mes que se esfumó sin dejar rastros el Ángel de la Guarda, pero a Samudio le parecen años y años cuando merodea sin rumbo fijo hasta que le cae la noche sobre los hombros agobiados en las escasas calles de Champaign-Urbana. Sí, pues, vagabundea como si fuera un perro sin dueño. Mugriento, desgreñado, e impúdico, se devana los sesos con incoherencias que engendran los resquicios del subconsciente, un efluvio cuyo hedor husmea con repugnancia desde aquella noche nefanda del desatino que canceló un glorioso tiempo de benevolencia y ternura. De transparencia sin límites. Las últimas tardes del verano languidecían tristemente. Las esporádicas ventiscas levantaban remolinos de polvo en las veredas, pero sin trozos de periodícos arrugados y amarillentos, que ora el hobo de trenes perdidos en el infinito laberinto de rieles del Oeste, u ora el hypie de rutas trasnochadas entre los rescoldos de la ciudad, extraña con el desaliento del fracaso.  Sí, aquí, mismo, maniatado por las cinco cuadras del centro de Champaign-Urbana. Hojas de periódicos que se agitaban en las polvorientas veredas del Porvenir de La Victoria en cuyo hormigueo de lineas en deterioro Samudio creía leer el lenguaje de los dioses que le recordaban por boca de su hermano de aquel viejo general en retiro que andaba exhibiendo una verga de burro en el sauna de la Colonial, y papá diciéndole los suicidas nacen, no se hacen, pero en cuanto a la mariconería, no sabría opinar con justicia, ya que dicho general era un maricón por los cuatro costados, pero bien requetemacho. O los maricas del barrio, muchos de ellos, malogrados en la isla El Frontón, que se bronqueaban con los asaltantes que bajaban de cerro El Pino o los achorados de las cantinas del puterio de la calle Floral, y no se dejaban pisar el poncho, sino que volaban repartiendo puñetazos y chalacas como el chino del karate, Bruce Lee. Sí, pues, a lo puro macho. ¿Un homeless en la encrucijada de la recordación, Samudio? No me interrumpas, narrador, mi hermano afirma que los maricones son mejores que las mujeres porque son amenos en sus conversaciones y sienten mayor aprecio y saben valorar lo que significa ser hombre. Y ahora sí, te cedo el podio, huevo frito. Ya ni siquiera iba al bar de los coboyeros del maizal ni buscaba consuelo para el dolor de espíritu en la vieja catalana, ni en el chicano, ni en el cubano, ni en el borinque, porque todos empezaron a tratarlo como si hubiera enloquecido. ¿Un orate anacoreta? Sí, pues, un hermitaño ya sin los tornillos bien puestos que se enclaustraba en su cuarto a contemplar la lejana calle desde la ventana de cristales corredizos, horas tras horas con la mente en blanco. Horas y horas imaginando cómo salir del tenebroso tunel de su existencia en este preciso instante a casi cien grados de resplandor. La maldita canícula de Champaig—Urbana. Hasta que por fin el mediodía sobrevino maravilloso porque un flamante convertible se estacionó frente a la entrada del edificio y érase otra vez más un Ángel de la Guarda, escoltado por un séquito de árabes. Llevaba la indumentaria de los graduados con un diploma bajo el brazo y, desde el quinto piso en su ventana, Samudio inhaló el aroma de ambar aflorando en la reverberación en torno a Ricardo. Al toque, sin pensarlo dos veces, bajó en el ascensor que por arte de magia lo había aguardado con los brazos abiertos. Le importaba un carajo que lo viera así, hecho una mierda. Pero pasaría silbando con concha y de largo con roche por la vereda tropical. Ignorándolo todo a su alrededor, invisible bajo el zenit de un sol implacablemente perpendicular. No bien dio unos pasos cuando de golpe se enterneció hasta que se le anudó la garganta porque por detrás lo aferraron por las axilas y lo alzaron en vilo y por una ráfaga de segundos era un Icaro de Huaricolca que ascendía velozmente hacia el cielo de Champaign-Urbana.

–Coño, chico, no tienes por qué huir. ¿Todavía eres mi amigo, no? –le dijo Ricardo soltándolo y pasándole el brazo por el hombro—Mira, llegué solamente para graduarme y con la misma me regreso a Caracas.— Luego de señalar con el llavero la maletera del convertible, uno de los árabes procedió a abrirla, y presionánlo suavemente para alejarse del vehículo, le susurró al oído: “Me casé con mi novio, el amor de mi vida, y soy feliz. Mi padre me quitó el apellido porque le nací marica, pero no logró deshederarme gracias a la lucha sin tregua de mi madre que me apoyó como una leona todos estos años. Mi amorcito y yo fundamos una compañía constructora con oficinas en el centro de la ciudad. Tú eres el único en este pueblito de mierda en quien puedo confiar lo que fue toda una via crucis. Mis amantes, tus odiados árabes de Las Mil y una noches, –continuó despues de recibir un paquete de uno de sus Aladinos– no saben absolutamente nada de mi cuento. Y este regalo es solo para ti, mi chiquitín. Es un traje de casimir inglés con chaleco y todo. Y ahoritica déjame subir para entregrar las llaves al cerdo sonabitch del edificio que casi incendias y achicharras cien gringachos, incluído yo –dijo abrazándolo. Y agregó, besándolo tiernamente en la frente, antes de voltear y dar el primer tranco: Y todo por culpa de un guiso de pollo, coño.

Blas Puente Baldoceda

Cincinnati, OH 2014

 

 

 

 

Posted by Blas Puente Baldoceda at 18:50 0 comments

Enviar esto por correo electrónicoBlogThis!Compartir en TwitterCompartir en FacebookCompartir en Pinterest

Links to this post

Reactions:

lunes, 15 de julio de 2013

EL FABULOSO PITO DEL SIGLO

 

Mi cuerpo mismo es un cementerio

de muralla de piedra

lapidas de puta magdalena

los muertos se cobijan en mi

hay muchas tumbas subyacentes

que se escapan por mis dedos

en mi mirada

en una noche contigo

en que termínanos oliendo

a fétido mortuorio.

Zoila Capristan

 

HACIA la pichi al pie de un árbol alumbrado nebulosamente por el foco del poste cuando de repente el bardo entorpeció su recitación en oh nalgas de paloma, de nácar y alabastro, y se tocó los labios acorazonados con la yema del índice: “Corre, Filito, corre que ahorita esos hampones nos masacran.” En el acto me subí el calzón y me acordé en ese instante del sermón de la beata Angelina: “Lo único que busca ese mañoso es desflorarte. Ojalá no te deje chantada con tu bombo”. Esa noche, pues, me descalcé los tacos para huir a través de los sendas donde acechaban las guadañas del Jardín Botánico.

–¿Y el trovador?

Con ojos desquiciados escrutaba el siniestro contrapunto de búhos, murciélagos, lechuzas y palomas cuculíes. Desde la elevada hojarasca espiaban los pajarracos nuestra desventura. Qué horror, hija, y el vate dale que dale con su fatalismo: “Si logran alcanzarnos, esos chaveteros nos desfiguran el rostro sin misericordia. Aligera los pies de gacela, mi musa”, pero hermético a mis súplicas para que revelara la causa de la desaforada huída. Las sendas se enmarañaban por doquier bajo el denso follaje, pero todos convergían hacia del Paraninfo de San Fernando. A juzgar por los ecos del trote en la vereda, al otro lado de la pared, podrían ser varios los perseguidores. Y pronto, prontito, empujarían las herrumbrosas rejas del portón de la esquina. Por un segundo, los rugidos de la jauría se esfumaron en la lejanía de la noche, pero no, Dios santo, el ultimátum de hacernos añicos, si nos atrapaban, se tornó más apremiante entre ellos. Ya te figuras, hija, un terror de los mil demonios.

–¡Qué pavor, corazón mío!. Pero dime a lo franco, ¿un cuchicuchí allí?.

Allí mismito. Y te quedarás turulata cuando sepas la razón de la sinrazón. Ay, mujer, hacia meses que el poeta maquinaba mil mañoserías para romper su fabuloso pito del siglo, pero nones. Nada de nada: todavía pertenecía yo a la inmaculada concepción, aunque en aquellos tiempos del cólera nadie se dignaba a creérmelo. Si la memoria no me traiciona, esa noche habríamos salido a eso de las diez de un chifa de la calle Capón; entonces, engolosinado con sus caramelitos chinos de tamarindo, agarrado de golpe por la inspiración, me susurró: al cabo de la travesía por un tempestuoso piélago se avizora la isla de nuestra felicidad. Para que te cuento, hija, un lírico de la melcocha. Y justo cuando me descalzaba los tacos para correr flanqueada por árboles sombríos, en una fracción de segundo, recordé, no sé si con resignación o nostalgia, la antelación a la fuga del siglo. Agarraditos de la cintura, veníamos acariciándonos como gatos cimarrones, sí, alucinados de pasión por esas callejuelas que olían a un antiguo incienso de beatas. Un sátiro, le enrostraría la cucufata Angelina, sí, un fauno sibarita, pregonaría a los cuatro vientos, acicateada por la envidia, pero ignoraba, la melindrosa, que mi declamador era diestro en armonizar ternura y pasión en el amor.

–Ajá, un idilio en jaque mate. Y dime por qué tu amante a carta cabal y hombre de letras quería saciarse en ese sitio.

Te caes de poto, preciosa, y perdona si te soy vulgar. No era sino una hilera de cabinas con los retretes sin tapas; las puertas corroídas por la intemperie, sin techo. Una fetidez emanaba del agua estancada, ocre, coronada por una nube de moscardones. No sé cómo me contuve las ganas de vomitar en aquel tugurio.

–¿Yo? Por amor de Dios, no pongas esa cara de fiscal.

–Sí, tú, virgencita del socorro.

–Yo ni la tos, corazón de melón, una vez que mi juglar agarraba embale, no había quien lo pare.

Sí, pues, bien ardía por la pasión o bien andaba chiflada por la ternura, una de dos, pero, recostada en la pared con telarañas, me subía yo misma la falda con desparpajo; entonces, el flores del romance se marchitaban en un tris ; en su lugar, un lobo feroz me bajaba la prenda íntima de un solo tirón. No te miento, mi amor, un energúmeno. Bueno, qué diablos, confieso que yo no me quedaba atrás: con la yema de los dedos apuraba su fosforito a mi mecha.

–¡No te lo puedo creer, Filito, La caperucita roja ! ¡Qué descaro de mujer!

–Sí, pues, cariño, una puerca regodeándose en su chiquero, me lo reprocharía Sor Angelina. Esa puritana de mil aspavientos solía imaginarse mil porquerías sobre mis caprichos de aquellos tiempos. Pero me importaba un comino para que lo sepas. No me avergonzaba de nada ni a nadie le permitía el derecho de juzgarme.

–Uy, uy, uy, Filito, ¿no aguantas bromas de tu patita del alma?. Sigue, mi amor. Odio que me dejen colgada en medio de la historia.

Pues bien, esa noche, no funcionó tampoco el piquiriquí del rapsoda. Y yo, Dios mío, al borde del colapso, a punto de asfixiarme con la apretadera y las embestidas, pero nada de nada. Quizás todo por la culpa mía. Lo recuerdo así: estaba yo de bruces en un espantoso paraje, sin poder cerrar los ojos: por una llanura una horda de hunos, mis cinco hermanos; un fiero Atila con crenchas erizadas, mi padre; me arrollaban triturándome con herrajes al rojo vivo. Un escarmiento de ser cierto el chisme de que andaba puteando con el jijuneta del Taunus. Era la única hija en un hogar de machos, prometida de un cadete del ejército, amigo de infancia, medio huamanripa pero todo un caballerito que le aseguraba a su tesoro, o sea yo, un buen porvenir. Y en el nombre del padre y su rollo, amén.

–¿Y qué? ¿Este fulanito ese no te prendía la mecha? O ni siquiera se sacó el fósforo.

–Tú sí que te le aguaytas todas juntas. Bueno, cada vez que la familia me hacía corralito para ir con el orondo y lirondo cadete al Parque de los Enamorados, era como si estuviera abrazada a un poste con uniforme, y no a un adonis de buen porte y bien maceta. No te miento, tan sólo un recatado paleteo y uno que otro besito con la punta de los labios. Todo él tan acicalado con los dorados botones de la guerrera.

–Y ahora sin más rodeos, sigue, por favor.

–Aguánta, me doy un respiro y al toque voy al grano.

Esa noche, pues, el bardo de los pies ligeros –bufando de pánico, quizás meándose en los pantalones, un mequetrefe en cada encrucijada–, se corría el albur de emprender el correteo por la senda equivocada. Y cuando empezó a tartamudear, jadeante, sus mandados y conjeturas, yo también empecé a sentirme frágil, vulnerable, sí, asida a su mano, una hoja estremecida al roce de la brisa. A despecho de todo esto, juntos, enfílabamos como flechas por esos umbrosas galerías de la hojarasca. Y mientras el arisco cascajo me laceraba sin consideración los pies de gacela, le suplicaba, que pasó, mi poetita, por qué y hacia dónde escapamos. Colocando otra vez el índice entre los labios, a punto de tropezar y pisotear sus anteojos, parecía escabullirse hacia las brumas de la incertidumbre; a las finales se desvió torpemente por una senda que nos alejó de los gritos airados de los malandrines y sus maldiciones de rabia y sus amenazas de ira: una algarada que arrojaba la espesura del boscaje y el espantoso concierto malagüero de grillos, cigarras, sapos y renacuajos.

–¿Y todo ese pandemónium en la primera vez, ah?

–Qué va, hija, era la segunda o tercera vez. Pero la primera vez no fue un chasco completo, pero mejor no te lo cuento. Es para mayores.

–No te arrugues, bandida, me picaste ya la curiosidad.

Después de caminar cogiditos de la mano una tarde de crepúsculo por el Estadio de San Marcos –en abandono, desierto, con sus agrietadas graderías –, así nomás, de improviso, hizo girar el timón del Taunus por una esquina de la avenida Colonial y agarró rumbo hacia el puerto. Esta vez el anzuelo era un ceviche de conchas negras que lo pondría dizque como la torre de Eiffel para consumar sus bajos instintos en un motelito de mala muerte. Ciega de amor, o bajo los efectos de la cerveza negra, me fui detrás de él hecha una sonámbula. En la penumbra de un cuarto se destacaba una gruesa colcha con borlas. La ducha era una adición cuyos tabiques alcanzaban el cielorraso.

— El escenario de la desfloración luce mucho mejor.

–No friegues, caracho. Me rompes la hilación.

Y ahí tampoco, nada de nada, porque de tanto embestir sin ton ni son terminó limpiándose la entrepierna con la almohada mientras maldecía su suerte con una retahíla de groserías, Luego deslizó los labios sobre mi vientre, le acaricié el pelo ensortijado como en las películas, mientras el bardo devino un picaflor en el monte de Venus. Solamente nos faltaba la luz de la luna filtrándose por los intersticios del cortinaje. Antes de que mi cerebro estallara, mi cuerpo se movía con un ritmo acompasado, ajeno a la voluntad mía. Cuando volví en sí, mi romancero era el idiota de la familia con los ojos fijos en el pito todavía intacto. Mientras regresábamos velozmente a mi barrio, se vanagloriaba de su gran faenón: me había hecho vaciar mediante una sopa magistral. Imagínate, qué diablos era eso. Y en vez de aclararme el embrollo, se rio a carcajadas, el fauno sibarita de la monjita Angelina, quien, esgrimiendo el catecismo, me repetiría: esas son porquerías de un pervertido, un degenerado. Te lo advertí a tiempo, ilusa.

–Sabías que estuvimos en el Cinco y medio. Aunque te mueras de envidia.

–¿Envidia, yo? Deliras o alucinas, una de dos.

Esa tarde el poeta casi muere decapitado con la pierna triturada, una piltrafa. Yo, por mi parte, podría haber quedado desfigurada por el resto de mi vida. Y todo por el maldito Cinco y medio. Se abrió la cochera a control remoto, en el umbral de una puerta nos aguardaba un crolo bien elegante. Nos condujo por una escalerilla en espiral hacia un alcoba tapizada de rojo y espejos en las paredes y en el techo. A pesar de la tentación del ambiente, mi mente, permanecía obsedida por la aciaga secuencia de eventos: el vate que cuadraba el Taunos en la medianera de la doble pista: quería cobrar energía para el pitongo con una negra bien helada. Mientras abría la portezuela, ví un Volkswage en la transversal que, al girar en la esquina, desbordó la pista, y aceleró de golpe hacia la el lado izquierdo del Taunus. Dí un salto no sé si felino sobre el asiento y pude jalar de la ropa al juglar dentro del Taunus. Una brizna de vidrio trizado le rasguño el brazo que me cubría el rostro. Le llovimos improperios a la conductora que yacía con los brazos en aspa sobre el timón del Volkswagen hecho un acordeón. Cruzamos la avenidad velozmente y dentro del bar, ordenó una cerveza y brindamos ambos temblorosos por estar todavía con vida. Acto seguido, me reveló que carecía de brevete. Iría en busca de su padre, no demoraría mucho puesto que vivía por los alrededores. Se me hizo una eternidad, sola, frente a la botella. Cuando se apareció con el índice en los labios acorazonados, corrimos hacia la esquina por un taxi, mientras su padre cruzaba la pista blandiendo su brevete al policía que lo aguardaba en medio de un tumulto de curiosos alrededor de la colisión.

–O sea que todavía eres Virginia del Sur.

–Si, lo soy. Y que conste: a mucha honra. La manchita en el albor de la sábana era del periodo de Leguía, pero no era de vanguardia revolucionaria. Y agárrate fuerte que ahorita te hago sangrar los tímpanos.

–Si es la peor de las asquerosidades que me vienes confiando, me tapo los oídos.

–No me vengas con mojigaterías, Sor Pendeja de la Cruz

Bueno, pues, basta de cochondeo. Después de todo, tú eres el único baulito de mis cuitas y mis quebrantos. Resulta que el poetita se las ingenió para conseguir las llaves de la oficina de un burócrata de alto vuelo. Era un domingo de ramos sin moros en la costa. Me hizo echar boca abajo en un inmenso escritorio después de agotar sin resultado alguno el repertorio de alambicadas poses. A través de los gruesos vidrios de los ventales se dibujaban en el horizonte siluetas bañadas por la luz del crepúsculo en una sinuosa colina cubierta de césped. Parecían romperse los ojos con una lejana pantalla en el cuarto piso de un edificio recién construído. La superficie lisa y fresca bajo mi piel me trasladó al país del ensueño cuando de pronto sentí un latigazo de dolor que me caló la médula del espinazo. Mujer, que te diré, no sé cómo retorné del más allá.

–Colorín colorado, cuentito terminado, y ahora sí de vuelta a la noche de los cuchillos.

–Tú, chismosita de buena leche, sigue imaginando el resto. Déjame descansar en paz.

**************************

Por un buen rato los gritos airados se extraviaron en el rumor de la nocturnidad. Cuando ambos de la mano rodearon la fuente sin agua con ángeles desportillados y manchados con las deposiciones de los pájaros, se quedaron paralizados porque de la aldaba del portón pendía un manojo de cadenas arruinadas por la intemperie. De inmediato, dieron media vuelta y corrieron más de prisa porque les pareció que la grava, los guijarros, trepidaban con el resuello de los perseguidores . Se detuvieron de golpe frente al antiguo caserón de altos ventanales y portones cancelados. Unos días antes, después de salir del comedor de los estudiantes, se detuvieron de golpe, subieron de puntillas los peldaños de largo corredor orillada de columnas dóricas, deslizaron los cuerpos sin tocar el ala entreabierta del portón y allí yacían cadáveres translúcidos y preservados en tinas con formol. Se cubrieron con los pañuelos porque el hedor era mortal. Los futuros galenos inclinados sobre mesas metálicas de disección manejaban con precisión los escalpelos, las tijeras, las pinzas, los bisturíes, mientras otros, avezados carniceros, destazaban los cuerpos con machetes, sierras, martillos, sobre unos rústicos troncos aserrados por la mitad. Y cuando crujió el ala entreabierta por un ventarrón extraviado en el cielo sin cielo de la ciudad, el poeta dio un brinco de alegría: “Nuestra salvación, Filito, Dios no podía fallarnos”. “Ah, no, sálvate tú, yo no entro a esa carnicería humana ni a empujones” De rodillas, lloriqueando, te suplicó que no fueras terca como una burra de chacra, acaso no sentías cada vez más cerca el trotar de los persiguidores, seguro que agarraron el atajo hacia el Paraninfo, y ahorita nos dan alcance. Estando en eso, tú, tajante: dime de quienes y por qué escapamos. Entonces, cabizbajo, removiendo el cascajo con la punta del pie, confeso que al salir del baño, mientras tú orinabas en solaz con oh nalgas de paloma, de nácar y alabastro, se percató de que el condón se le había roto, se horrorizó ante la posibilidad de una preñez debido al desliz del semen por las orillas del pubis. Atacado por el pánico, se sacó el condón chorreante y lo lanzó, furibundo, por encima de la pared, y ahora se volvía loco por saber si aterrizó en la caras de uno o varios maleantes cuyas voces airadas, amenazantes, tronaban cada vez más cerca. Fue el momento más amargo de tu vida: reías y llorabas al mismo tiempo. Nunca antes habías sentido odio y desprecio sin límites. De modo que cuando crujió el ala entreabierta del portón, ocurrió un feroz rechazo a la mano suspendida en la tenebrosa lluvia de hojas en la floresta. Cerraste los ojos: lo imaginaste, vil y nauseabundo, poniéndose a salvo después de asegurar la aldaba del portón tras de sí. Respiraste hondo, levantando el rostro hacia firmamento sin estrellas, y esparaste con firme serenidad a los perseguidores.

–¿Otra vez con las musarañas? –me resondra Angelina sin dejar de arreglar las flores frente al nicho–. Basta ya de adornitos a la golosina de la muerta. Con la maguera del pabellón del costado, llena la jarra hasta el borde. A ver si a la salida del cementerio nos damos un paseíto en bote en el lago de alrededor.

–Sabes, Angelina. No, no era tanto el gusto por el chocolate sino la fascinación de la pobre con la palabra sublime.

–Mira, Belisa, déjate ya de locuras. Y apúrate con el agua.

Blas Puente Baldoceda,

Cincinnati, 2013.

 

Posted by Blas Puente Baldoceda at 19:37 1 comments

Enviar esto por correo electrónicoBlogThis!Compartir en TwitterCompartir en FacebookCompartir en Pinterest

Links to this post

Reactions:

sábado, 28 de abril de 2012

NIDO DE SERPIENTES

 

Los seres humanos no pueden vivir sin ficciones-mentiras que parecen verdades y verdades que parecen mentiras-  gracias a esa necesidad existen creaciones tan hermosas como las bellas artes y la literatura, que hacen más llevadera y enriquecen la vida de las gentes. MVLL, Las ficciones malignas

Shanti y Leo estuvieron libando hasta que las campanas de la iglesia de Tarma tocaron a rebato en el oscuro silencio de la medianoche. Abandonaron de improviso el bar La llegada y trastabillaron hacia los quioscos de caldo de gallina. Cabeceaban sentados en las banquetas, sin dejar de lanzar piropos a las muchachas en flor que servían a los choferes las suculentas presas. Se les hacía agua la boca, pese a los estragos que sufrían por la resaca. “Oiga, caserita, para mí la pechuga. Y para Cahide, el culito de la gallina –dijo Shanti apretujando el cuello de Leo, y con una venia a las carcajadas de la clientela. Después de las últimas cucharadas, se durmieron al unísono con los brazos cruzados sobre el mostrador. Leo se despertó cuando una de las muchachas, empinándose, sostenía de los hombros a Shanti para evitar que se rompiera la crisma. “Ti lu vas cair fuirti, juvin”, repetía  cada vez que el borrachín se tambaleaba. A las finales, éste se despertó por el denso vapor de la paila donde flotaban las presas. “Ya, carajo, aborigen, deja de joder la pita”, dijo acariciándole el fondillo. Acto seguido, se puso de pie y llegó bamboleándose la puerta abierta de uno de los ómnibus cuadrados en las afueras del Estadio Municipal, y trepó las escalerillas apoyándose en el vano del umbral. Leo fue tras detrás de él, zigzagueando: un  rescoldo de lucidez le reveló que se trataba de una nueva fechoría de Shanti, apodado Tramboyo de la Granpú por los yuntas del barrio. Vaciló un instante, pero sorteó un corto trecho: ”No sé en qué mierda va a parar todo esto”, pensó colocando un pie en el estribo.

Desorbitaron los ojos al despertar frente al ayudante que les obligó a ponerse de pie, mientras, volteando la cabeza hacia adelante del ómnibus, grito: “!Hay dos forajas sin boleto, jefecito!” Sí se detenían, el ayudante, con el puño en alto, los obligaba a abrirse paso por el pasaje atiborrado de bultos. El chofer –una cabeza de pelo crespo con los ojos fijos en el parabrisas– desgañitaba en el volante: “A estos pendejitos me los bajas a patadas en la  garita de control. Allí los cachacos les sacarán el último centavo”.   Gestos y voces de los pasajeros le manifestaron solidaridad. Al trasponer el estribo, el fuego en el aire fulminó al par de facinerosos. El pobre Leo embrutecía de sed.

En el claro amanecer de ceja de selva, la polvareda  de la carretera los cegó, pero luego se conciliaron con la  canícula. Sudaban, trémulos, la cerveza de la víspera. Shanti sonrió con malicia. ¿Estaría el hermanito a punto de quebrarse abrumado por el miedo, la angustia y el pánico? “En la vida hay que tener los cojones bien puestos” –le exhortó agarrándose los testículos”. Estando en esto, soltó una carcajada cuando vio al guardia de la garita de control que le hacía un guiño cómplice. En un santiamén, palmeándole el hombro, el guardia le aseguró al chofer que informaría a su superior sobre el incidente. Leo se enteró que el susodicho y Shanti habían estudiado en la Gran Unidad Escolar Pedro A. Labarthe y, por eso,  compartían memorias sobre la promoción de la Seccion F. Después de darle un billete a Shanti, el guardia detuvo pitando un volquete cargado con bolsas de cemento: “Un aventón para mis primos. A San Ramón nomás, campeón” le ordenó al chofer.

San Ramón lucía desierto. Algunos feligreses cruzaban la plaza, unas beatas cubiertas con velos blancos y unos viejos vistiendo ternos oscuros. “Al recinto de Dios, sacristán, a curarnos con la sangre de Cristo”, ordenó Shanti al doblar la esquina. “Alabado sea el Señor”, replicó Leo. Se sentaron junto a una hilera de fieles. El recogimiento en el claustro los durmió. Casi al término de la ceremonia, Leo se despertó de repente y por una segunda vez.  Alguien en la penumbra le piñizcó el brazo. No, no podía ser la anticuaria de al lado, coronada con un halo de santidad. ¿O era, acaso, por el  reflejo de los cristales burilados de los ventanales? Sí, fue una de las viejas de hinojos en el reclinatorio que a espalda suya le cuchicheó con un aliento de moho: “ Haz callar a ese demonio, por la Santísima Trinidad”, y otra más vieja, irguiéndose, le musitó, colérica, mientras blandía el índice:  “Tú, Barrabás, y tú, Caifás, jamás harán caer en tentación al Padre Josefino”. Las notas celestiales del órgano no silenciaban los ronquidos de Shanti. De rato en rato, entre sueños, gritaba: “Oye, Rumi Ñawi, dile al cura de mierda que ponga otra música, carajo”.  Entonces, se formó  alrededor el círculo de la Santa Inquisición, y vano fue el canturreo destemplado de Leo para camuflar la blasfemia del sacrílego que adolecía, en estado etílico, de un agudo complejo de conquistador español. Cuando el sacerdote elevó el cáliz hacia el cielo, auscultó por un segundo el aquelarre. En ese momento, Leo jaló a Shanti, y ambos se balancearon hacia el pórtico. Afuera el sol quemaba a los mil demonios. En fila india de a dos se dirigieron al paradero de los colectivos a La Merced

Merodearon sin rumbo por la plaza, pero fustigados por el sol se cobijaron bajo las sombras de las palmeras. En el sopor del mediodía, alicaídos, se morían de sed; sin embargo, esperaron sentados otro milagro. De pronto, apareció en una esquina el colectivo del tío Chalupín. “Va ser bien tranca sacarle unos chivilines al cascarrabia” dijo Leo blandiendo la mano. “Al final atracaría –le aseguró Shanti–. Jamás se le negó un plato de lentejas en la casa de Tarma”. Dicho y hecho, el tio cuadró su auto negro en el paradero, y cuando salió el último pasajero, requintó a sus sobrinos.” Otra vez estos mataperros de la Toya fregando al prójimo. ¿Acaso no se han visto la facha en el espejo? ¡Qué vergüenza para la familia! Y no se hagan ilusiones, no se merecen ni un pito” Sin embargo, desarrugó el entrecejo y les refiló un par de billetes con los que compraron un par de raspadillas de doble porción. “Al menos algo le sangramos a Chalupín” dijo Shanti lamiendo el cono de hielo coloreado con jarabes de tres sabores. Estuvieron sentados por un buen rato en una banca al pie de la palmera, mientras crecía el número de viandantes en las veredas de la plaza. “Chinea esa selvática de poto ardiente” “¿La que lleva la falda pegada a la piel?” Cuando la muchacha pasó cerca cimbreando las caderas, ambos se pusieron a corear; “ Patí, pamí, patí, pami”. De golpe, Shanti sugirió subir a la chacra de la tía Ludmila.”¿Estás loco? –dijo  Leo—Ni a cañones me muevo yo de aquí. ¿Subir por la carretera con los muñecos, llegaremos allí en un siglo” “Y cómo diablos regresamos a  Tarma. ¿Sin la guita, ah?. Último recurso, tu madrina. Y deja de ser un huevo frito –agregó, con perfidia: — Hay una subidita al camino de herradura, desemboca justo en La Cruz.  De allí al río Toro, el trecho, una bicoca.”

Llegaron a un desfiladero por donde discurría un riachuelo en tiempo de lluvia. Shanti tomó la delantera por su buen instinto para superar cualquier escollo en las aventuras; por consiguiente, Leo le debía prestar ciega obediencia. “Pon la pata en esta piedra, Chuto, no en ésa, no”. De lo contrario, se despeñaría al abismo y se desportillaría la calavera. Por fin, llegaron a una leve colina y luego de unos minutos trotaban ya en las huella del camino de herradura dividido en el centro por un  rastrojal poblado de mantis. Pasaron por el tambo con techo de humiro a dos aguas donde se almacenaba maíz, yuca, coca,  plátanos verdes  y granos de café. Afuera, los jornaleros de la sierra del sur aguardaban al capataz de la hacienda Don Carlos. Por fin, al trasponer un recodo, apareció el robusto tronco a guisa de puente: por fortuna no había sido arrasado por la avenida de las lluvias torrenciales. En las enormes piedras del lecho se soleaban las lagartijas impasibles a los chillidos de los guardacaballos. De una ruma de maderos, Leo escogió uno de ellos –largo,  grueso y fuerte– y trepó el montículo para equilibrarse en el tronco cual trapecista de circo, pero no pudo dar el primer paso: en la orilla, Shanti, destornillándose de la risa, le grito  que no fuera tan pelotudo de cruzar como acróbata de circo. Leo se ofuscó, y a punto de caer en el lecho de aguas magras, apoyó un extremo del madero en el lecho.
Habían caminado casi una hora. De golpe, Shanti se detuvo al pie de una colina cuya cima se perdía en las nubes. Se negó a seguir por la carretera que circundaba el monte. “Mira, Chiricuto, estamos justo debajo de la chacra de la tía Ludmila—dijo levantando la voz. Era ensordecedor el concierto de las cigarras  los búhos, las ranas y los grillos el monte. Levantando bien alto el índice, agregó: — Cortamos camino por esta cuesta y en dos por tres llegamos al cafetal”. “O sea, quieres abrir una trocha sin contar al menos con un machete—dijo Leo haciendo un ligero amago de retornar– Ni cagando, no estoy loco para suicidarme. No me muevo de aquí ni con la muerte de un obispo” dijo Leo, lívido por la cólera. Shanti dio media vuelta y se orientó hacia cuesta pestañeando por el reverbero que se astillaba en la espesura de la floresta. Paralizado, con la tortura de la duda. Leo calibró lo bien escarpada que era la cuesta. ¿Emprender solo la travesía de retorno?. Ni cagando. ¿Y si se le atravesaba una culebra? No, no quería ser carroña de una manada de zajinos con fieros colmillos y una parvada voraz de buitres. Entonces, no le quedaba otra alternativa que seguir al perverso con sonrisa de hiena y  que jamás mira de frente. “ ¡Oye Tramboyo de la Grampú –gritó a todo pulmón, y   los ojos que le ardían por las lágrimas– donde chucha estás ahora, carajo, que me cago en mi puta vida”. “Date prisa, Chulillo, si no quieres que te coman vivo los pishtacos”—le respondió Shanti con los ecos de una voz resonando en una caverna profunda.

Al principio de la cuesta, Leo cubrió un trecho cubierto de una fina arenilla dorada. Los matorrales se esparcían alrededor de un boscaje que todavía dejaba filtrar el sol. Al cabo de un rato, el desnivel se acentuó de manera gradual sobre un terreno ahora cubierto de cascajo y pedruscos, a la vez que la maraña de la maleza se tupió imprimiendo cierta viscosidad en el aire. Después de un arduo ascenso, la pendiente se empinó abruptamente justo en el momento en que Leo dio alcance a Shanti. Ahora ambos se desplazaban, casi a rastras, sobre una superficie fangosa de un socavón techado por una hojarasca sin resquicios: una turba de diminutas pupilas fosforecía en las tinieblas cada vez que embestía  una miríada de lancetas. De pronto, Shanti, en virtud de sus cojones bien puestos, adelantó cierta distancia y pudo avizorar en el extremo alto del socavón el deslumbre del sol. Entonces, espero a Leo haciéndose la señal de la cruz. “Llegamos, hermano, te lo dije mil veces, mis cálculos nunca me fallan” “Ya, carajo, no hagas tanta alharaca –dijo Leo limpiándose el sudor y la sangre por los arañazos de las ramas—Estoy vivo y culeando. Te fallaron tus cálculos, Caín. Jamás heredarás la casa de Tarma” “Pucha, no jodas con tus mariconadas. Mira dónde pones el pie, si no quieres resbalar al fondo del abismo. Y ahora subamos a lo macho.”. Esta vez treparon uno al lado de otro dándose la mano por si acaso deslizaban unos centímetros. Shanti se puso a la vanguardia a fuerza de fornidas brazadas y cuando fue capaz de sacar medio cuerpo del agujero le gesticuló a Leo para que se apresurara en silencio. Cuando éste último resucitó como Lázaro en la superficie, vociferó:

–¡Padrino!

El viejo Anchi, que en ese momento curaba las plantas de café — sombrero de fieltro verde con el cendal debajo para protegerse de las picaduras, botas con polainas y la infalible casaca de becerro en pleno calor–, se cayó de culo y patas arriba, pero antes cerrar los ojos alcanzó a increpar:

–¡Salgan rápido del nido de serpientes, locos de mierda!

Blas Puente Baldoceda

Cincinnati, 2012

 

tomado de Un Hipocrita Lector

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s