Seleccion de Poemas: Eduardo Chirinos

Que en paz descanse, gracias por los bellos poemas de una vida breve y productiva, querido Eduardo

El equilibrista de Bayard Street

Para Roxana y Jorge, que las han visto.

Camina de puntas el equilibrista de Bayard Street,
evita el abismo la mirada y arranca de cuajo toda pretensión,
¿de qué sirven el heroísmo, la grandeza, el entusiasmo?
Poca cosa es la vida para el equilibrista de Bayard Street,
poca la indulgencia de llegar al otro lado y repetir cien veces
la misma operación.

Una mujer lo observa sin asombro,
tras la ventana acaricia el cabello de sus hijos
y turba con su canto los oídos del equilibrista de Bayard Street
Los vecinos lo ignoran, beben latas de cerveza, conversan
hasta altas horas de la noche,
¿quién repararía en tan inútil prodigio?
Sólo los niños señalan con el dedo al equilibrista de Bayard Strccf
ellos lo admiran, contienen la respiración y aplauden hasta
espantar a los gatos.
Una iglesia presbiteriana es el orgullo de Bayard Street;
fue construida a principios de siglo y tiene torre y campanario.
Fija la mirada avanza hacia la iglesia el equilibrista de
Bayard Street.
Su esposa ha preparado una pierna de pollo, ensalada de
tomates y un plato de lentejas,
con suerte harán el amor esta noche y tendrán un instante de
feroz alegría.
Es muy joven la esposa del equilibrista de Bayard Street;
es ella la encargada de tensar la cuerda, la que mide la
distancia entre la ventana y la torre, la que tiene
rostro de heroína de novela de amor.
A nada le teme el equilibrista de Bayard Street,
pero hace varias noches que no duerme;
dicen que soñó que sus zapatillas colgaban de la cuerda
mientras los niños esperaban que se despanzurrara de una
vez el equilibrista de Bayard Street.

Lee todo en: El equilibrista de Bayard Street – Poemas de Eduardo Chirinos http://www.poemas-del-alma.com/eduardo-chirinos-el-equilibrista-de-bayard-street.htm#ixzz40cfhbl8o

PUERTA DE ATOCHA-ESTACIÓN DE LOS DESAMPARADOS

Váca mi estómago, váca mi yeyuno.

César Vallejo

1

Paradojas del movimiento. En el interior del tren

el paisaje se percibe desde la quietud. Todo

lo sólido se desvanece en el aire, deja partículas

de polvo, su estela multicolor en la retina.

En el exterior, en cambio, el paisaje es inmóvil.

El tren perfora la quietud como una aguja en la

arteria, como la sangre que circula en un cuerpo

inerte pero todavía vivo. Y el sol. El sol benéfico

que arde en los metales, en la memoria que

agradece la llegada del tren. Y me adormece.

2

Ahora, por ejemplo, veo paisajes con vacas.

¿Por qué el tren me hace pensar en paisajes

con vacas? Del soporte de fierro cuelgan bolsas

como ubres. Están conectadas a mi cuerpo y mi

cuerpo, callado, las recibe. Miro sin entusiasmo

las ubres de las vacas. Su leche rosada y salina

que ha de llegar hasta mí. Una enfermera entra

a la habitación y pide mi boleto. Las vacas pastan

en las laderas de los Andes, vuelan por los tejados

de Madrid, aterrizan sin alas a orillas del Jocko.

Yo bebo su leche, palpo las ubres que cuelgan del

soporte de fierro. Siempre de pie, junto a mi cama.

3

Estación de los Desamparados, mayo de 1973.

Todo está en orden: el sol, el río, los asientos

numerados. Domingo familiar en las afueras

de Lima. Escucho la algarabía del tren, su

insistente y frágil traqueteo. ¿Quién hace

tanta bulla? Quiero descansar, pero tampoco

quiero que se vayan. Me hace bien tanto

alboroto, tanto laberinto. La enfermera

me pide mi boleto. No lo tengo, pregúntele

a mis padres, tal vez esté escondido entre

las sábanas. El tren partió con media hora

de retraso. Miro las aguas del río. Ellas

también viajan, pero en sentido contrario.

Conforme suben se tornan más limpias,

más violentas, menos habladoras.

4

Silencio. Lo que necesito es silencio. Cierro

los ojos, acomodo la cabeza en la almohada

y trato de dormir. Pero no puedo. En cada

estación los ambulantes ofrecen sus productos:

bolsitas de cancha, de camote frito, de maní

tostado. Artesanía barata para turistas pobres.

La enfermera me trae la comida en una bandeja

de aluminio. Dice que volverá en dos horas.

Se llama Eulalia como la santa del pueblo,

como la marquesa de Darío que ríe y ríe y ríe.

5

Estación de Atocha, septiembre de 1986.

Frente a nosotros viaja una familia de gitanos.

El compartimento es pequeño y huele mal.

Aquí no hay cante jondo, ni romance con luna,

ni sangre de cuchillos. Con una navaja el padre

corta un queso. La niña duerme en faldas de la

madre, el niño me ofrece revistas pornográficas

por tres duros. El destino se aleja a la velocidad

del tren, se adentra en la noche, se hunde sin

piedad en la pupila del lobo. Me aferro a los

barrotes de la cama (“váca mi estómago, váca

mi yeyuno”). En la próxima estación se bajan

los gitanos. Y yo debería irme con ellos.

6

Imagina un tren que parte de una estación

cualquiera. Imagina que en cada estación el

tren se multiplica. Que lo que fue al comienzo

un tren solitario y reluciente son ahora miles

circulando sin control. Invadiendo lentamente

y en silencio cada vía sana y libre de tu cuerpo.

7

Infiernillo es rojo y da miedo. Estoy hablando

de mi primer viaje en tren (Lima-Jauja, 1967).

Atrás quedó Desamparados, la cuesta amable

de Chosica, Matucana, San Mateo. Mejor no

mires, advierte mi madre. Estelas de sal en los

rieles podridos de la Oroya (3,700 m.s.n.m.).

El tren perfora la montaña y la divide en dos

en tres, en cuatro. La enfermera pregunta

si he comido ancas de rana. Hace tiempo me

arrodillé ante la Señora de los Desamparados,

me preguntó si leía revistas pornográficas.

No supe contestarle. Me perturban los ojos

del niño gitano, su insoportable olor a queso.

Mejor no mires, advierte mi madre. Abajo

camiones pequeñitos transportan minerales

a una fundición. Me siento mareado. Mejor no

mires, advierte mi madre. Mejor no mires.

8

Eulalia entra a la habitación y pide mi boleto.

Volteo nerviosamente los bolsillos, reviso una

y otra vez la billetera, rebusco entre las sábanas.

Si no lo encuentro tendré que bajarme en la

próxima estación. No te preocupes, me dice

un pasajero. Ahora ya eres uno de los nuestros.

9

El tren es una mancha que enturbia la pureza

del paisaje. Perfora la quietud como una aguja

en la arteria, como la sangre que circula en un

cuerpo inerte, pero todavía vivo. Y el sol. El sol

benéfico que arde en los metales, en la memoria

que agradece la llegada del tren. Y me despierta.

.

.

.

.

POEMA ESCRITO EL SÉPTIMO DÍA DE OTOÑO

 

 

La noche viene de Asia y no hace preguntas.

Adam Zagajewski

1

El humo enturbia el aire de septiembre,

enrojece la luna, estorba la visión de las

montañas. Para consolarme pienso en

la llegada del otoño, en el rojo incendio

del último Tiziano. La radio anuncia los

inconvenientes de hacer ejercicios, de

salir fuera de casa. Escribo sobre animales

para olvidar mi cuerpo, para huir de mí.

2

El humo estorba la visión de las montañas.

Ahora entiendo cuánto necesitaba esas

montañas. En septiembre mantienen algo

de verdor, su discreta y callada presencia.

Esta tarde hay música tranquila. Leo sobre

la vida de los químicos (Davy era amigo de

Coleridge, Scheele era buen tipo, a Lavoisier

le cortaron la cabeza). Escucha los nombres.

Aún conservan su misterio, su antigua y

poderosa magia: mantequilla de antimonio,

azúcar de plomo, licor vaporoso de Libavio.

3

Pobre y guapo Cristo, no se cansa de invocar

a los profetas. Rojo incendio en el Templo

de Jerusalén, legiones romanas apostadas

en las calles. Aquel día, recuerdo, me perdí

entre la multitud. Compré una jaula de

palomas, acaricié los cuernos de una cabra.

4

No entiendo por qué hablas de química,

a ti nunca te atrajo la química. Me gustan

sus metáforas. La mente del poeta, decía

Eliot, es un trozo de platino. Qué habrá

querido decir. Napoleón tercero usaba

cubiertos de platino. Tal vez lo confundía

con la plata, con el humo que oscurece las

ventanas del Templo y estropea el paisaje.

5

Si introduces un trozo de platino en una

cámara con azufre y dióxido de carbono

se forma ácido sulfúrico, pero el platino

no cambia. Los gases son las emociones,

los sentimientos. El platino la mente del

poeta. “En la adolescencia del año llegó

Cristo el tigre” escribió Eliot. Y estaba

equivocado. Ben Pantheras no fue el

padre de Cristo. Fue sólo una leyenda,

un soldado de Roma. Polvo y tumulto.

6

La radio anuncia los inconvenientes de hacer

ejercicios, de salir a la calle. Escribo sobre

animales para escapar de mi cuerpo, para

huir del olvido. Cada animal me recuerda mi

cuerpo. Cada animal me recuerda el olvido.

7

Pobre y guapo Cristo. Lectura obligatoria

de las nueve de la noche. El humo obstruye

la salida, el huerto donde lo espera su Padre.

Lavoisier publicó los Elementos en 1789, fue

una revolución en el mundo científico. Tres

años más tarde otra revolución le cortó la

cabeza. Antes de morir habló con su Padre

en arameo, acarició los cuernos de una cabra.

Miró el rojo incendio del último Tiziano.

8

Esa tarde salí a caminar por los alrededores

del Templo. En el patio había mercaderes,

recaudadores de impuestos, prostitutas

de Canaán. Una de ellas me preguntó si

me sentía bien. Le contesté que sí, que

no se preocupara. Me dijo el Templo es

un lugar seguro, el humo se desvanecerá

pronto, esta noche acuérdate de mí. Yo

le regalé una moneda de plata. Ella me

devolvió el ejemplar de los Elementos que

había perdido en el polvo y el tumulto.

9

Lavoisier fue recaudador de impuestos, por

eso lo condenaron a la guillotina. Eso fue a

finales de septiembre. Antes de morir repasó

la tabla de los elementos, olió el aroma del

bezoar. El rojo incendio del último Tiziano.

10

En septiembre las montañas mantienen algo

de verdor, su discreta y callada presencia.

Hay música tranquila. Y hay contemplación.

Leo y escribo para huir del humo, para huir

de mí. Leo y escribo hasta que llega la noche.

La noche viene de Asia y no hace preguntas.

.

.

.

.

LO QUE MI PADRE QUIERE REALMENTE DE MÍ

1

Anoche tuve un sueño. Acompañaba a mi padre

por un camino de tierra. Los dos íbamos a caballo

y apenas cruzábamos palabras. A lo lejos se veía

la sombra de unos sauces, las luces de un pueblo

desconocido y remoto. De pronto, mi padre detuvo

su caballo y preguntó si yo sabía a dónde íbamos.

Le contesté que no. Entonces vamos bien, me dijo.

2

Los caballos del sueño sabían de memoria

el recorrido. Era cuestión de abandonar las

riendas, de dejarse llevar. Eso me causaba un

poco de aprensión, incluso un poco de miedo.

Mi padre, en cambio, parecía muy tranquilo.

Pensé, parece tranquilo porque está muerto.

3

Aquí es donde vivo, dijo como si me quitara

una venda. Fue muy poco lo que vi. Sólo un

páramo de piedras, remolinos de arenisca,

huesos de caballos amarillos. ¿Qué te parece?

No supe qué decir. Tenía sed y me dolía un

poco la garganta. Es un lugar hermoso, dijo,

pero a veces me gustaría regresar. ¿Por qué

no regresas, entonces?, pregunté. Porque es

más fácil que tú vengas me dijo. Y desapareció.

(De: Medicinas para quebrantamientos del halcón. Valencia: Pre-Textos, 2014)

 

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