LA ORILLA DE DIOS. Oscar Malaga

Desde Auckland, el poeta, novelista y trotamundo Oscar Malaga comparte  generesamente 12112169_10153338985614531_8257074293462943942_nun  cuento  escrito en Beiging y ambientado en la playa de Lima en la que  los personajes, como los planos de la vida y el cine, se confunden  en el tiempo, la pantalla y los espacios globales y migratorios  de la imaginacion.

LA ORILLA DE Dios   

Oscar Malaga                                                

 

      ¿Sabes como era el culo de Ava Gardner?, asi, y golpea con el puño cerrado la mesa, no le entraba un maldito diente. Viejo, píenso, tan viejo que sólo le queda su instante de gloria. Dos luciérnagas ciegas detenidas en el aire salado, sus ojos. Duda. Si, si, has llegado tarde, hermano, muy tarde. Viejo, un hareng sobre el fuego mirándose obstinadamente en el espejo. Y deja la mano abrirse lentamente sobre la mesa.

       Con desgano, una mueca mas que una sonrisa, dirige su mirada hacia mi.

       –No te busco para recordar un culo.

       –50 de a mil, ¿que dices?, y su mano húmeda aprisiona la mía, 50 de a mil y nos despedimos como caballeros.

       Sin vacilar, pura, cónica, contra el furor marino del viento, la llama permanece en el aire. Enciendo un cigarro. El mozo abandona las diosas negras de ron-coca-cola-y-85bc4027b97b2deb4d3fe8ab3e53ccdalimón. Golpeando con la yema del pulgar cierro la boca plateada del Zippo. Negros sin camuflaje sus ojos sin esplendor esperan. Un ligero olor a rancio se desprende de la sonrisa del mozo. Y sus pasos se adelgazan  –50 de mil, ¿sabes lo que puedes hacer con 50 de a mil–  se olvidan sobre la cadencia salada que resuena en el aire.

       –Me han ofrecido menos por clavarte una bala.

       –Entonces, ¿de acuerdo?.

       –No hay acuerdo con un cadáver, es tu ultimo trago, si no te la clavo yo, lo hará otro.

       –Necesito tiempo, gánate hermano, 50 de a mil por unos minutos, tu decides, y choca su vaso contra el mío, sus cabellos resbalan, cubren sus orejas, ciegan sus ojos, me voy a  Hollywood.

       –Vamos, termina tu trago.

       –¿Adonde?, y de un golpe de mano los despeja, abundantes, lacios, deja su frente limpia.

       –A la playa.

       Y de un solo trago seco el cuba libre.

       –Te cagas de miedo, ni por 50 de mil tomas una decisión. Sonríe. Y, ¿vas a matarme?.

       –Si, -y encuentro sus ojos- asi es, sólo se trata de cumplir una orden.

       No hay sorpresa. Viaja. Recuerda toda la película. De mantener la moral del índice, solo de eso se trata, Un ligero pestañeo me anuncia que ha regresado. Y sonriendo lleva el vaso a sus labios, toma un sorbo, lo retiene. Lo escucho despeñarse por la laringe. Pura mierda, dice, ron, el de la Habana. Y fija nuevamente sus ojos en mi.

       –¿No comprendes que en este país de perdedores soy el único que se ha tirado a Ava Gardner?.

       El polo Lacoste estampa su vientre, es alto, águila cansada de nariz corta, sus brazos morenos tensan el borde celeste de las mangas, resbalan gotas de sudor sobre sus mejillas, brillan los pelos duros ceniza de su bigote. Con el dorso de la mano, fina, en un movimiento torpe, intenta secarlas.

       –Asi es, le digo, de repente ese fue el error.

       –¿Error?, estas loco, cuando vi ese culo creí en dios.

       –A mi me han prometido 40 de a mil por clavarte una bala, asi que vamos, yo también necesito creer en dios.

       Se pone de píe. Revienta en la tarde “Be Bop a Hula”. Puta -y señala la rokola- mas viejo que el arco-iris. Gene Vincent -digo-. Si, con los Blue Caps y las ricas hembras del Waikiki y James Dean. Un halcón soñando, píenso; y la coca gratis, digo. Si, y rica y en plato hondo y en la noche el cruce de la muerte encadenado al timón de un Impala -me mira con sorpresa- lo he vivido, puta, hasta la ultima gota lo estoy viviendo -y cierra los ojos- hermano, llegaste tarde, yo resucito cada mañana.  

       –Adiós nostalgia, a la playa, vamos, a vivir el futuro.

       Con la mano húmeda tira sus cabellos hacia atrás.

       –El futuro ya lo viví, ahora me gustaría vivir el pasado.

       Y avanza a mi lado. Sin compasión. Sin otro clamor que el girar frenético de su película. Una bruma ciega oculta la orilla. Solido, como acero muerto golpeando el agua, resuenan sus pasos.

       –¿Sabes?, siempre me gusto el mar de Lima.

       –Corre huevón, -grito-  escapa, hazme esta mierda mas fácil, por la puta madre, muere como un héroe, escapando, con una bala haciéndote mierda la espalda…..

       Y otra vez sus ojos, los mismos de siempre.

       –Tranquilo, no perdamos la calma, tienes razón, si El te dio la orden, cumplela, es lo único que sabes hacer, además, si no eres tu el que me clava esa mierda es cualquier otro huevón, y ya estoy muy viejo para correr, mas bien, dame unos minutos, tomemonos otro trago.

       Siempre el mismo, píenso, maldita sea, siempre el mismo.

       –No hay servicio a la playa.

       Sonríe.

       –Si, en este país faltan muchas cosas, por eso lo hice, ¿tu sabes porque vas a matarme?.

       –Tu me conoces, por 40 de a mil le clavo dos balas a mi madre.

       –No hables tonterías, y no, no se quien eres, no conozco a nadie, hermano, a nadie, creo que me gustaría que mi madre este aquí, tengo muchas cosas que decirle.

       Pronto volverás a ahogarte en su vientre, deseo anunciarle pero no estoy seguro de nada.

       –Aquí esta bien, digo, buen lugar para conversar, sentemonos.

       –Carajo, clavame esa maldita bala, si no hay acuerdo se acabo Hollywood, clavala carajo, estoy harto de vivir en este país.

       –Aquí te enterraré cuando te hayas cansado de implorar perdón, y quien decide la hora de tu muerte soy yo, no lo olvides.

       Y horadando la bruma que se oscurece hago refulgir el brillo del cañón.

       Sus ojos siguen mirándome. Sonríe.

       –Yo nunca pido perdón –en sus ojos hay algo de eterno-,  y sobre la hora de mi muerte, no te apresures, todavía estoy vivo, además, si disparas, anda pensando donde esconderte, el mozo te reconocerá.

       De verdad esta viejo, píenso.

       –Con dos de mil borras el pasado, ¿adonde vives?.

       Con dificultad se sienta sobre la arena.

       Un viento salado y fuerte remece sus cabellos.

       –El pasado son los sueños que me quedan, hermano, y estoy contento con cada una de las cosas que he hecho en mi vida, he vivido todo mi futuro, tu no entiendes nada, no puedes entender, nunca te ha sonreído Ava Gardner.

       –No jodas, a Ava Gardner se la han tirado decenas de huevónes.

       –Yo he pasado mi vida en Hollywood, hermano, la orilla del cielo, desde ahí te zambulles en los sueños, en este país no hay orillas, no hay sueños, ¿sabes lo que es vivir todo el futuro de tus sueños?

       –Cuando reciba los 40 de a mil voy ha vivir algunos.

       –Nunca entenderás nada, tus 40 de a mil no tienen riesgo.

       –Te voy a clavar una bala entre los ojos, eso es correr un riesgo.

       –Estas loco, en este país lo peligroso es vivir como yo he vivido, sin tregua, hermano, y traicionarlos como yo le he hecho.

       –No te lo perdonaran nunca.

       –Dispara, hermano, clavame esa maldita bala pero no hables cojudeces, te he querido comprar mi vida no te he pedido que me perdones.

       –Son tres kilos, y por tres kilos puedes implorar perdón un siglo, nadie te escuchara.

       –Son míos, mi indeminizacion, ya estoy viejo, y no me gusta el asunto de burlar fronteras, ya no me necesitan, y si no los denunciaba, me echaban, ¿comprendes porque no necesito de su perdón?, dispara si tienes que hacerlo, pero entiende: nadie me arrojara la compasión de su perdón, nadie, ¿comprendiste?.

       Inmenso, raptando nuestros ojos, el sol se hunde, rojo, sobre el ecran gris cruel sin padre ni madre de Lima; con suavidad despeña en el borde azul añil del horizonte. Exterior-noche de la película que seguimos desilvanando, en silencio, envueltos en esa bruma resplandeciente, secreta, que travestia el día, cargaba nuestros destinos con el olor nostalgia restallante de la noche. No muy lejos, un muelle abandonado se adentraba en el mar, detenía en la frontera de la muerte. Brillante bosque metálico negándose a ser devorado por las sucias aguas del mar limeño, protegiendo bajo su cola suspendida y clavada en la arena la sombra larga de decenas de conmovidos autos solitarios, que gemian desperdigados en la inmensidad de la costa que abarcaba nuestra mirada.

       –Antes las echabas sobre la arena -dice- y escuchabas miles de veces la música de las olas -con los ojos fijos en los autos- ahora el asunto es rápido, sobre plástico, vestidos, las ventanas cerradas, -y voltea su mirada hacia mi- estamos llenos de miedo, en Lima hasta el amor ha perdido su música, estamos jodidos, hermano.

       –¿Donde están los tres kilos?.

       –¿Sabes lo que es hacer el amor en la playa y luego desnudos meterse al mar?.

       Y lentamente hundo el cargador negro acerado en la culata plateada.

       –Si tu memoria colabora, algo puedo hacer por ti.

       –¿Serias el mismo sin esa pistola?.

       –No se, pero sucede que ahora tengo una pistola y la orden de clavarte una bala.

       –Hermano, tu nunca te hubieras tirado a Ava Gardner.

       –Bueno, si has perdido la memoria, llego la hora de decirnos adiós.

       –¿Puedo orinar?.

       –No vayas a cagar, me jode ver a la gente cagar.

       Dificultosamente se pone de píe, sonríe.

       –Son los tragos, no tengo miedo, estoy viejo para tener miedo.

       –No te alejes.

       Parece fundirse con la noche. Escucho el chorro de orines. Se curva un poco. Se está subiendo el cierre de la bragueta. Durante un largo instante se queda mirando el mar.

       Lentamente, lo veo, voltea hacia mi.

       –Y ahora, me dice, ¿como solucionamos esto?.

       En su mano brilla el cañón de una 22.

       –No te muevas, grita, te reviento el cerebro, carajo.

       Mi pistola reposa sobre mis píernas.

       –Perdí, hermano, -trato de sonreír-, perdí, sin nerviosismos hermano, me confié mucho.

       –Nadie perdió…

       –Entonces te ahorras 50 de a mil.

       –No eres mas que un perdedor, yo soy de los que despilfarran hasta la ultima gota de sangre. Rápido, carajo, las manos en el bolsillo del pantalón, -me ordena-  ponte de píe.

       Lo intento, la pistola resbala y seca cae muda queda sobre la arena.

       –No puedo, le digo.

       –Eres un asesino viejo, -y sonríe- triste, hermano, muy triste recibir ordenes a tu edad. Carajo, -grita- rápido, de píe.

       Vuelvo a intentarlo. Esta vez después de girar el cuerpo y poner la barbilla contra la arena logro ponerme de rodillas.

       –De píe, huevón, de píe, como si fueras un hombre, mierda.

       Poco a poco alcanzo a ponerme de píe.

       –Y ahora vete, desaparece, quiero estar solo.

       –¿Y quien me devuelve lo que invertí?, los dos de a mil que le di al mozo, los tragos, el tax…

       –Nunca has pateado la vida, tienes que aprender, jamas se conversa con la victima.

       –No eres la victima, eres un cadáver, no hay hueco para esconderte, estas perdido.

       Sonríe.

       –Regreso a Hollywood, a vivir mi pasado, a zambullirme de la mano de Ava en la orilla de Dios, nadie podrá encontrarme. No, no saques las manos de los bolsillos. Vete.

       –No me gusta que me disparen por la espalda.

       –Nunca he disparado a un hombre que no me mira los ojos, vete.

       La noche es húmeda, y lentamente le doy la espalda. Delante mío se abre el telón brillante desesperación densa de la noche; vetas de oro restallantes los faros de los autos emergiendo de la oscuridad; frenéticos y ruidosos, avanzando; oscuros y solitarios, hundiéndose en la bruma; fantasmas sin nombre, desapareciendo en la alfombra negra desolación del asfalto. Estrellas rutilantes, marquesinas tristes, las luces rojas azules verdes de los bares suspendidas arañas muertas en el firmamento sucio nostalgia de Lima.

       Empíezo lentamente a avanzar, soy un perdedor, píenso, debo correr, escapar, díablos, desaparecer. El ruido de las olas reventando me impide escuchar sus movimientos. No he dado diez pasos cuando seco revienta el ruido delgado de la recta perfecta de un balazo. Luego, a lo lejos, el espectáculo de las olas recogiéndoos sobre el mar, el golpe solido del acero abriendo la ruta secreta escondida entre las aguas. Y me detengo, Hollywood, mierda, la orilla de dios. Y no me atrevo a dar otro paso. No se si lo alcanzaré.

                                       

 

 

Beijing, julio, 1997.

 

 

 

 

 

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