LA BOCA. Oscar Malaga

Recorriendo el mundo sabiamente Oscar  Malaga  comparte con nosotros  un bello relato acerca de los universos de la boca, la de Oscar es sin duda una palabra que recorre  conocimiento  y poesia de oriente y occidente.

La Boca

Oscar Malaga

Para Rafo León

     Ricardo Reis, personaje casi solitario de la novela de José Saramago ,”O ano da morte de Ricardo Reis”, heterónimo de Fernando Pessoa, hombre de existencia discreta, con una total ausencia de corporalidad pero insaciablemente vivo en las paginas de cientos de libros y escritos sobre poesía, tan vivo que José Saramago logra que abandone su exilio en Brasil para que regrese a una Lisboa poco iluminada y suspendida en las manos del Sabio-Dictador -así llamaba le Journal de Geneve a Salazar- y comparta algunas conversaciones, ciertas dudas e infinitas sospechas con Fernando Pessoa, que gracias a una muerte acertada en una cama del Hospital San Luis de Lisboa, podía desde su reciente perdida de corporalidad reconocer y temer la eternidad de su heterónimo.

Pocos días después de su reencuentro con Lisboa, de su instalación en un pequeño pero confortable hotel, el “Bragança”, Ricardo Reis logra, con poca voluntad, cierto desgano, y mucha lujuria, seducir a una de las criadas. Una noche, probablemente llevado por algún lejano recuerdo, dejo entreabierta la puerta de su cuarto para que ella, protegiéndose en ese anonimato lleno de nombres que son los pasadizos de los hoteles, especialmente aquellos cuyo olor a madera y sus grandes lamparas en el umbral de las escaleras les dan un cierto aire a vagón de tren abandonado, atraviese esa luz que él abría en la noche. Ricardo Reis aspiraba a que esa sombra se convierta en una existencia húmeda en la oscuridad de su cuarto. Muchos años de abstinencia, a pesar de haber vivido en el Brasil, hicieron que se mantuviera en una desilusionada pero constante vigilia, manteniendo los ojos, al igual que la puerta, entreabiertos, hasta que sintió que esa penumbra que lo envolvía cedía al peso de la mano precisa de ella.

         Lidia, así se llamaba y así siempre la confundiría, avanzo lentamente hasta la cama y sin decir palabra separo la sabana, dejo caer en el suelo su combinación, y todo ese cuerpo de cerca de treinta años, que se descubrían sin mucho mirar a la altura de la cintura, se acerco al cuerpo tembloroso pero ilusionado,   porque unas eran las certitudes del pensamiento y otras las de la sangre, de Ricardo Reis que acababa de cumplir cincuenta años. A pesar del gran desgano y poco orgullo que le deparaba este encuentro Ricardo Reis gozaba íntimamente del placer de saberse deseado. Sin embargo, al momento de enfrentar esos ojos que en la oscuridad lo sorprendían, la dureza nerviosa de esos senos que ya con cierto furor descubría, de estirar sus brazos para atravesar la bruma que los separaba, se pregunto, sin que nadie pueda ayudarlo a encontrar una respuesta “si debía besarla en la boca”.

     En “Tokio-Montana Express”, Richard Brautigan, conocido en las calles de San Francisco por la botella de cuarto de bourbon que llevaba como una pistola en el bolsillo trasero izquierdo de su bluying y por su extraña cualidad para convertir el mediocre ingles de los bebedores de “Four Roses” en una lengua tierna,   sugerente y llena de sueños, cuenta que mientras trataba de sobrevivir rodeado de amigos y de visiones en las calles de Tokio su vida se cruzo con el destino suicida de una larga muchacha cuyas intenciones, probablemente debido a ese sentimiento desaforado que es el amor, eran las de instalarse en la casa del escritor y ocuparse de tareas que ella, en su vehemencia, no comprendía que eran mas adecuadas a los ángeles o a los demonios que a las finas y marmóreas muchachas japonesas..

Brautigan, porque la vanidad o una extraña seguridad en la realidad de su existencia hacia que el también fuera su personaje, descubrió una mañana que ella, luego de prepararle un té con tostadas a la inglesa, que el ni siquiera probo porque consideraba que para quitarse la borrachera no había nada mejor que una coca cola helada, entraba en el baño con una bolsa de papel crack. Al salir, esta larga muchacha de ojos extendidos como el mar, sonreía y ya no llevaba la bolsa de papel. Poco después, con cierto jubilo conmovedor, es decir, no exento de tristeza, anuncio que iba al supermercado a comprar los ingredientes necesarios para preparar un verdadero almuerzo japonés, Brautigan, no bien ella cerro tras de sí la puerta, respondiendo a un presentimiento que siempre aqueja en los seres que han sido elegidos por la soledad, se dirigió hacia el baño adonde encontró que al lado de su cepillo de dientes se erguía otro, nuevo, reluciente, de cerdas rosadas y el mango adecuado a las finas manos de las muchachas japonesas. Lo tomo entre las suyas, durante unos segundos lo retuvo como se hace con una granada después de sacarle el seguro, y luego, respondiendo a un temor que lo agobiaba desde muy joven, y como si fuera una verdadera granada, lo arrojo por la ventana de su departamento.

La bella muchacha regreso tarareando una canción de moda y después de sonreírle y besarle el borde de los labios, entro a la cocina mientras el personaje y escritor Brautigan en común acuerdo se sentaron frente al televisor para ver lo único que a esas alturas de sus vidas les provocaba un inmenso placer, los dibujos animados japoneses Unos veinte minutos después ella regreso a la sala, que también era comedor, a anunciar una contundente victoria: todo estaba listo, y volvió a besar los labios del escritor. Ella todavía no sabia que iba a compartir con el el rol más eterno de personaje. Le pidió que no impacientara, que primero se lavaría las manos y luego serviría, siguiendo los pasos recomendados por una muy antigua tradición Menji, la secreta y japonesa comida que había preparado.

     Al salir del baño con las manos limpias y secas se dirigió a la cocina, luego distribuyo en la mesa baja los platos, tazones, dispuso los palillos, el té, el calentador de agua, los cojines, y le pidió, a el que miraba sonriendo, que abriera una botella de Veuve-Cliquot. El escritor se sorprendió. Estaba esperando una comida japonesa y ya tenia entre sus manos una botella de alcohol de cereales, pero ella , sin darle tiempo a que la sorpresa se convirtiera en negación, le anuncio que era una celebración. Él miro sus largas y victoriosas piernas y sin pronunciar una palabra puso la botella de alcohol de cereales sobre una ruma de libros, busco el Veuve-Cliquot, lo coloco sobre la mesa y con una larga daga japonesa, como un espadachín de la corte de Luis XVI, hizo volar de un solo y certero golpe, en esto se parecía a un aplicado alumno de l´Ecole Polytecnique, el cuello de la botella, dejo que la espuma del champagne mojara sus manos, era una celebración, y se sirvieron sus respectivas copas. Ella se llevo la suya a los labios, podría asegurar que no probo el champagne a pesar de las imprecisiones del escritor sobre este punto, sonrío y busco su cartera, saco un pañuelo de papel, se seco los labios y le anuncio con mucha calma que había olvidado una cita muy importante, le pregunto, con gran cortesía, si no le molestaba almorzar solo, él dijo que no y ella cerro la puerta. La cerro con tanta delicadeza que el escritor y luego el personaje comprendieron que esa larga muchacha japonesa se había ido para siempre.

       Freud, dicen los que se han encargado de garabatear su biografía, que mientras practicaba en el hospital de la Salpretierre , en el servicio del Dr. Charcot, escuchando día a día los delirios de mujeres atrapadas por un mal desconocido, descubrió lo que después, en su consultorio de Viena, que he visitado y he sentido como perteneciente a un viejo notario, llamo la “Talking cure”. El, que era hombre de poco hablar pero de continuo y metódico fumar, dedico parte de su vida a escuchar que de la boca de otros el fuera descubriendo los diferentes motivos de sus comportamientos; fue descubriendo que la infinita variedad de seres que se acostaban en su divan respondian a ciertas claves que el no vacilaba en identificar, como provenientes de nuestra primera infancia; clasificar, de una manera que sin temor afirmo en mi gran confusion, poco ortodoxa, en el armario de nuestros laberintica y oscura sexualidad. Esto, que él considero su descubrimiento, lo llevo, con la pedantería propia de los científicos y ausente en los poetas, a tratar de explicar desde la dimensión de este pequeño acontecimiento toda la armonía de la humanidad. Nunca podré negar que en ese trabajo puso la pasión que convenía a su tarea, pero confundió sus hallazgos con la existencia de un quimérico devenir de la cultura, Confundió un mundo de delirios provocados en el desacuerdo entre los hombres y su naturaleza con el delirio que es consustancial a la naturaleza y al orden sin continuidad de los acontecimientos que marcan y dan forma a la historia de la humanidad. Cuando estos descubrimientos y otros más terribles y cercanos, por ejemplo el furioso avance del nazismo, lo llevaron a vivir acorralado en Londres, un cáncer al paladar le impidió hablar durante sus últimos días. Es decir a no usar la boca, ni su consecuencia musical, las palabras, para poder seguir avanzando en sus descubrimientos. Diríamos, sin mucha presunción, que Freud se negó a develar sus últimos pensamientos o, en todo caso, les permitió perder formas, sustancia, significado, al pasar por la intermediacion de la escritura.

En Chino, el carácter mano derecha, mano que no goza de la siniestra victoria que goza en occidente, incluye la representación de una boca. La significación es que esta mano es la mas carcana a la tierra. La razón de la inclusión de la boca en este carácter o ideograma, es que esta sirve para comer, es el motor de la existencia en este mundo de abajo. De todos los objetos que poseemos en nuestro limitado inventario de lo que traemos para sobrevivir en este planeta la boca es además nuestro único instrumento musical, y toda música proviene de la tierra, se elabora en el aire pero su destino son los cielos. Sus fronteras, y hablo de los imaginarios limites de las cualidades de la boca, son tan poco precisas que Ricardo Reis, podemos presumir, temía ser comido, conmovido, descubierto, traicionado, desposeído, silenciado, y en ultimo caso mordido, o besado. Todos estos temores provenían de saber que si entregaba la boca estaría desprotegido en ese lugar que lo comunicaba con el mundo de arriba pero alimentaba ese cuerpo que le permitía vivir en el mundo de abajo. El temor de que ese puente fuera tomado como cuando una tropa enemiga toma una ciudad, que ese único vinculo con la divinidad cayera en manos de algún enemigo y entonces de el, de Ricardo Reis, no quedara nada mas que una frase sin principio, un recuerdo de una voz, un poco de polvo en un mundo desértico, pero jamás ese dios inmenso que día a día amanecía y se acostaba en su interminable nombrar las cosas a través de su boca. Eso mismo descubrió la larga muchacha japonesa de la rosa tatuada. Alguien, a quien ella entregaba sin resistencias ese puente -le entregaba una delicada promesa: el cepillo- se negaba a tomarlo, se negaba a ocuparse de otra divinidad que no fuera la suya, se negaba a recibir una muchacha que con ese acto se había convertido en un poco de polvo, a recibir esa muerte que ella enamoradamente le ofrecía. El suicidio simbólico de ella no interesaba al escritor, menos aun al personaje, este y el otro, ambos, poseídos por un extraño temor propio de este siglo, buscaban otro dios tan solitario y confuso como el que los habitaba para compartir sus tragos de bourbon , sus dibujos animados y su soledad. En el caso de Freud, el caso es diferente, el se negó a seguir escuchando ese poderoso dios que él había alimentado, que lo llevaba por laberintos llenos de errores pero no exentos de una gran preocupación por la humanidad, pero en un acto que yo no tengo ninguno derecho a calificar, S. Freud le cerro la puerta, se negó a seguir escuchándolo, a seguir siendo su portavoz. Probablemente a eso acto de eliminar la boca se deba su joven inmortalidad.

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