Cima de la Libertad. Diego Luzuriaga

Cierta vez, frente a la biblioteca de  Columbia Universty, a donde había llegado a vender mis cacharpas, se apareció Dieguito Luzuriaga y dijo que  ya no quería ser músico  sino poeta. Otra vez viajando en mi station wagon marrón,  él  y su esposa Clarita, se dieron en primer beso.  Tres hijos mas tarde siguen juntos y converso y escucho de cuando en cuando a Dieguito, que además de  haber hecho  varias producciones en grande sobre Quito y Manuela Zaens, por ejemplo, no ha dejado la canción popular, que  aborda con el más limpio estilo poético. Porque su poesía es clara y diáfana y celebra la vida en todo momento, como agua que corre en los prados de su nativa Loja. En “De memoria y al revés” Dieguito nos ofrenda algunas  crónicas poema de su infancia junto a sus once hermanos. Abrazo Dieguito. Así sin permiso acompañamos tu entrada con  Cantuña y una entrevista sobre Manuela y Bolivar

dieguito

Provincia de Pichincha. Cima de la Libertad, Montaña Rucu Pichincha, Montaña Ilaló, 1973.

 

I.

 

Los tres (el Tico, el Oso y yo), hemos subido hasta la Cima de la Libertad, en el sur de Quito, para hacer un pacto de sangre. Hay que cambiar todo, repensar todo, reconstruir todo. Hay que reinventar la religión, los partidos políticos, el deporte, la policía, las costumbres, el amor, los vestidos, los presidentes, los profesores, los himnos, todo, todo. Y esto no es cosa de un momento, esto lo hemos venido conversando por meses y meses de colegio. Y no sólo hemos conversado sino que también hemos escalado montañas, corrido, leído, hemos tomado buses a lugares extraños, nosotros tres, buscando la idea, el rayo de luz, la varita mágica que cambiará el mundo.

 

II.

 

Un día, por ejemplo, en el ímpetu y calor de la conversación, a media mañana de un sábado, decidimos subir a la cumbre del Rucu Pichincha, así, con zapatos de ciudad y sin guantes (aunque con doble suéter y gorra). Después de horas de caminata llegamos al famoso Paso de la Muerte, que queda cerca de la cumbre y que es una cresta formada de rocas, flanqueada por dos profundos precipicios. Por ese filo caminamos, angustiosamente, hasta el otro lado, en donde nos espera una roca alta que hay que escalar para poder llegar a la cumbre. Ahí se nos acaba el coraje. Imposible escalar esta roca. Pero imposible también volver atrás por el escabroso y húmedo camino de piedra por el que acabamos de subir. “De aquí sólo me sacan en helicóptero”, dice el Oso en su desesperación. Después de una buena hora de vacilación decidimos descender por uno de los rocosos precipicios laterales, por el lado superior, por el que luego, con suerte, llegaríamos a un arenal y después a la cumbre. Yo inicio el descenso, adivinando dónde poner el pie, agarrándome de las rocas con mis manos. El Oso me sigue arriba muy de cerca, ayudándole yo, con mi mano, a poner sus pies en el sitio propicio. Después de tensos y largos momentos, llegamos a la base, e inmediatamente subimos por un empinado arenal hasta la cumbre. Sí, a esa cumbre de 4.800 metros y con zapatos de suela. Nuestras suelas de cuero liso pisan ahora la cumbre del Pichincha, la montaña mítica de todas las culturas que han ocupado Quito.

 

Pero no se ve nada. En la cumbre hay una neblina espesa, como algodón impalpable, que nos tapa los ojos. El aire es ligero, húmedo, frío, como de otro mundo. Seguro. La misión del día está cumplida. Seguro. Pero no se ve nada. Ni el mar, ni la cordillera oriental, ni la ciudad, ni el norte ni el sur, nada.

 

III.

 

Otro día decidimos aventurarnos a pasar dos noches en la montaña Ilaló, al este de Quito. Comenzamos la excursión desde el valle de Tumbaco. Ascendemos entre potreros y maizales, en la lluvia, por caminos delgados y llenos de barro. Al fin de la tarde llegamos a la cruz del Ilaló y allí, muy cerca de su base, armamos la carpa. El paisaje con nubes es inmenso y pacífico. Llegada la noche, comemos algo y entramos a la carpa a descansar. A la medianoche el ruido ensordecedor de un rayo nos despierta, y después otro y otro. Nadie se ha dado cuenta de que la enorme y metálica cruz del Ilaló, a más de ser cruz, era pararrayos. Pasada la agitada noche, asoma una mañana azul. Dejamos la carpa allí, armada, y marchamos, animosos, hasta llegar al lado opuesto de la montaña. Descendemos por ahí al otro valle, al valle de los Chillos. Llegamos a las piscinas termales de El Tingo, donde nos relajamos toda la tarde. Al final del día, con los últimos rayos de sol, comenzamos a desandar el camino hacia nuestro campamento, al otro lado del Ilaló. Todo va bien hasta que la noche se pone completamente negra. Sin ninguna linterna, ascendemos en la oscuridad, tratando de identificar el recorrido que hicimos por la mañana. Nos guiamos por mínimos reflejos en el camino, sin saber si estamos perdidos o no. En un cierto punto sentimos a la distancia el ruido y el humo de la casita por la que pasamos hace unas horas. “¡Somos los estudiantes que pasamos por aquí de mañana! ¿Cuál es el camino a la cruz del Ilaló?”, nos ponemos a gritar, esperando recibir alguna respuesta, que sólo viene en forma de un par de tiros de escopeta y ladridos frenéticos de perros. Nos tiramos al suelo. “¡No dispare, somos los estudiantes!” Pero nada. Sólo más tiros y perros, que pensamos vienen en nuestra dirección. Huimos del camino como podemos, por una ladera, sin poder ver nada, hasta acabar en un maizal inclinado. Allí nos quedamos echados en la tierra hasta que los ladridos y los tiros se acaban. Nos quedamos ahí toda la noche, en el mismo rincón, tiritando de frío, sin guantes ni ropa adecuada. El Tico está preocupado de que nos quedemos dormidos y que nos muramos de hipotermia.

 

La noche interminable por fin da paso a un amanecer maravilloso. No por la temperatura, ni la vista, ni el aire puro, ni la esperanza, ni nada de eso; maravilloso porque la simple luz nos permite ver en dónde estamos, y ver cómo podemos retomar inmediatamente el camino de regreso a la cruz del Ilaló.

 

IV.

 

Cima de la Libertad,

colina de nombre redondo, épico, bolivariano

(en esta colina se libró la Batalla de Pichincha,

que sellara la independencia de Quito en 1822),

testigo frío

de tres muchachos colegiales en la noche

que han venido a juntar tres gotas de sangre

buscando la idea,

el rayo de luz,

la varita mágica que cambiará el mundo.

 

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