El enigma de Xavier Abril: ¿un caso de damnatio memoriae? Antonio Melis

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El enigma de Xavier Abril: ¿un caso de damnatio memoriae?

Antonio Melis[1]

 

Para mí no es muy fácil hablar de Xavier Abril, porque me doy perfectamente cuenta de que estoy a riesgo continuamente de no mantener la supuesta imparcialidad que se exige del crítico. Por otra parte, el rigor necesario en las valoraciones literarias tampoco puede traducirse en una actitud aséptica. Hace muchos años que quisiera plantear el “caso Abril”, por razones objetivas, pero al mismo tiempo por una deuda inmensa que tengo con este poeta e intelectual. Escuché por primera vez sus palabras en los Sesenta, cuando era estudiante en la Universidad de Padova y mi profesor de Literatura Hispanoamericana, el conocido vallejista Giovanni Meo Zilio, lo invitó a dar una charla a sus alumnos. De 1965 a 1967 tuve el privilegio de trabajar a su lado en el Istituto Ispanico de la Universidad de Firenze, dirigido por el gran hispanista Oreste Macrí, junto con el ya recordado Meo Zilio, con el traductor de Vallejo, Eguren y Belli Roberto Paoli, y con Giuseppe D’Angelo, quien más tarde fue un excelente agregado cultural de Italia en el Perú, durante el gobierno presidido por Velasco Alvarado. Entre los que frecuentaban casi diariamente nuestros despachos estaba Jorge Guillén, quien entonces vivía muy cerca de la Facultad de Magisterio, al otro lado del río Arno.

Justamente el Arno fue el protagonista de la gran tragedia del 4 de noviembre de 1966, cuando se desbordó inundando la ciudad, arrasando casas y tiendas, destruyendo obras de arte y dejando un alto precio de decenas de víctimas. Ese día era el 61° cumpleaños de Xavier, y la torta que yo había comprado para festejarlo pude llevarla a su casa sólo el día siguiente, cuando las aguas volvieron a su cauce, puesto que el poeta vivía justamente al lado del Ponte Vecchio, afortunadamente en un piso alto.

Para mi formación hispanoamericanista y sobre todo peruanista, esos dos años florentinos fueron decisivos, puesto que Abril, debido a sus frecuentaciones literarias y personales, era un auténtico archivo andante del Novecientos. Nos reuníamos casi diariamente fuera del trabajo, en mi casa o en su casa, alrededor de un botellón de Chianti y algo de comida. Xavier hablaba y yo, sobre todo, escuchaba boquiabierto y hacía preguntas. Muchos de los personajes literarios y artísticos de la primera mitad del siglo XX, que para mí (nacido casi cuarenta años después de Abril), eran figuras casi míticas, habían formado parte de los interlocutores diarios del poeta en sus años juveniles vividos entre París y Madrid. Otro elemento que jugaba un papel fundamental en estas conversaciones, era la formidable memoria de Xavier. A través de sus citas yo empecé a conocer a algunos poetas cuyos textos, en esa época, eran prácticamente inalcanzables: un nombre para todos, el de Carlos Oquendo de Amat. Al mismo tiempo, a través de sus referencias verbales, empezó mi interés, destinado a ser permanente, hacia la obra de José Carlos Mariátegui.

Pude leer en su casa los poemarios suyos y de sus compañeros de generación, editados en los Treinta y desde mucho tiempo inhallables. Me llamaba la atención, desde luego, el largo silencio de su poesía, a partir de esa época ya lejana. Las respuestas del poeta a mis preguntas sobre ese asunto eran bastante evasivas. Hasta que una noche en su casa, con la complicidad del Chianti, aceptó leer algunos poemas recientes, que me dejaron deslumbrado por su calidad. Al poco tiempo los publiqué en el original y en traducción italiana, con una breve presentación, en una revista que algunos amigos de mi adolescencia habían empezado a publicar en la ciudad de Urbino (Abril, 1967), con el título muy significativo de Ad Libitum, dentro de un clima de efervescencia cultural muy intenso sobre todo en la provincia italiana, como anuncio del estallido de 1968De allí fueron sacados para publicaciones de mayor difusión en el mundo hispanohablante, como la preciosa revista peruana Creación & Crítica (1971)y, parcialmente,  la muy conocida revista cubana Casa de las Américas (1972).

   A partir de este pequeño evento empezó a plantearse la idea de recoger en un volumen toda la poesía de Abril, publicada e inédita. Y el mismo poeta se dedicó pacientemente, casi con ritmo diario, a trascribir un ejemplar de todos sus poemas, para obsequiarme al final una copia de las hojas mecanografiadas –hasta hoy las conservo como un regalo precioso– reunidas bajo el título La obra soñada. En la recopilación de sus poemas que, por fin, se realizó en 2006 (Abril, 2006), el autor del excelente prólogo, Marco Martos, me atribuye erróneamente el título Poesía soñada, escogido por los editores. La historia de la recopilación de los poemas de Abril en una nueva edición integral, es muy atormentada. Una primera oportunidad de publicarlos se presentó en la segunda mitad de los Setenta, cuando Jorge Cornejo Polar asumió la dirección del Instituto Nacional de Cultura del Perú. Entre sus proyectos figuraba justamente la edición de La obra soñada de Xavier. Por sugerencia del poeta, Jorge me pidió que escribiera un estudio introductorio y me puse con entusiasmo a la obra. Cuando estaba casi a punto de cumplir con mi encargo, Abril me dijo que podía suspender el trabajo, porque Cornejo Polar ya no era director del Instituto, habiendo sido reemplazado por un personaje con el que el poeta no quería tener nada que ver. Supe, más tarde, que el personaje en cuestión era un pariente suyo, de cuyo nombre no quiero acordarme.
Imagen 1. Xavier Abril y Antonio Melis en el Istituto Ispanico de Firenze, 1965. Archivo del autor

Aquí aparece uno de los rasgos típicos de la personalidad de Xabier Abril: la falta total de diplomacia para enfrentarse con las personas que le desagradaban. Se me ocurre, a este propósito, otro recuerdo, vinculado con mi primer viaje al Perú, en el año 1970. Entre las personas que me estaban esperando en el aeropuerto (Alejandro Romualdo y César Calvo, que había ya conocido en Cuba, durante los días borrascosos del “caso Padilla”; los hermanos José Carlos y Javier Mariátegui; Arturo Corcuera, etc.), para mi grata sorpresa apareció Xavier Abril, quien estaba pasando una temporada en su país. En esa primera estadía peruana, después de que muchos me preguntaron por mi padre (supuesto autor del ensayo sobre Mariátegui que yo había publicado en Italia en 1967), porque me vieron muy jovencito, hablé sobre temas mariateguianos en la entonces llamada Casa de la Cultura Peruana. Entre paréntesis, en esa oportunidad tuve el inmenso placer y la gran emoción de conocer a Gustavo Gutiérrez y de allí empezó una profunda amistad que sigue hasta hoy con uno de los intelectuales latinoamericanos que más admiro. Xavier Abril tenía que sentarse conmigo en la mesa, pero cuando vio de lejos el entonces director de la institución tuvo una reacción despectiva y decidió sentarse en medio del público. He recordado estos dos episodios, porque tal vez en esta actitud conflictiva y nada formal puedan encontrarse algunas explicaciones del problema que analizaré más adelante.

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De hecho, la edición proyectada se quedó en el aire, hasta que después de algunos años se presentó otra oportunidad. José Carlos Mariátegui Chiappe alternaba su actividad fundamental de tipógrafo –y de editor, junto con sus hermanos, de las obras del padre– con la publicación de libros de los amigos, sobre todo de los poetas. En el año 1980 había editado también el tercer libro vallejiano (o cuarto, si se incluye la antología del poeta publicada en 1942) de Xavier Abril, Exégesis trílcica (Abril, 1980)El poeta había desaparecido el primer día del año 1990, y en los últimos años de vida él y su esposa Sara Acosta tuvieron como apoderados dos amigos uruguayos, Rafael Gomensoro (en una época director de la Biblioteca Nacional de Uruguay) y su esposa María Luz Canosa Ortega. Aprovecho la oportunidad para rectificar una nota que la señora Canosa puso en la Noticia bio-bibliográfica que figura como prólogo a la edición de la Poesía inédita (Abril, 1994) de Abril editada en 1994 y que ha sido reproducida en la edición de 2006 citada. En esa nota se habla del gobierno peruano como interlocutor del proyecto de edición, mientras, hasta donde yo sé, el contacto fue, como aclaré arriba, con José Carlos Mariátegui Chiappe y su editorial Labor. José Carlos me contó, en cambio, que el proyecto quedó varado porque nunca llegaron de Montevideo los textos del poeta y además la señora, como apoderada, reclamó un pago de derechos que no estaba contemplado, puesto que la oferta era la de imprimir el libro asumiendo todos los gastos a cargo de la editorial.

Por lo que se refiere al contacto personal con Abril, recuerdo con emoción la última ocasión en que tuve la oportunidad de conversar largamente con él en el año 1985. En el período anterior conservamos un contacto epistolar intermitente, al estilo antiguo (anterior al correo electrónico), con largas cartas escritas a mano o, raras veces, a máquina. En Uruguay me invitaron para dar tres charlas, antes de regresar a Europa al término de una estadía en Buenos Aires donde había dictado un cursillo en la Facultad de Filosofía. A pesar de la edad avanzada y los achaques, Xavier estuvo presente en todos los eventos, cada vez reiterando su felicidad por verme ya hombre maduro, después de haberme conocido tan jovencito. Luego vinieron los últimos años, las enfermedades, hasta su fallecimiento en el primer día del año 1990.

Después de este excursus un poco autobiográfico, quisiera volver al asunto fundamental que quiero plantear en forma problemática y abierta. Me parece que alrededor de la figura de Xavier Abril, en su patria peruana, se ha creado una cortina de olvido e indiferencia. Una de las manifestaciones más llamativas de este obstracismo es la ausencia de su obra en antologías dedicadas a su generación, así como la omisión de su nombre en ensayos que investigan esa época de la poesía peruana.

Cuando he intentado comprender las razones de esa extraña actitud, he recibido respuestas evasivas o referencias bastante livianas al mal carácter del poeta. Ese último aspecto es indudable, si se refiere a los juicios cortantes que le merecían algunas personas, entre ellos muchos escritores e intelectuales. Pero en ese lenguaje contundente vive el espíritu polémico y agresivo de las vanguardias, mezclado en forma singular con la tradición satírica del Perú colonial. A veces tuve que pelearme con él, sin faltarle de respeto, porque no podía compartir su adversión tremenda hacia Neruda (tema de mi tesis y de mi primer libro), así como la idea de que la poesía de Nicolás Guillén fuera mero folklore. Por otra parte, me había acostumbrado muy temprano, a través de mis frecuentaciones, a escuchar y a tolerar las afirmaciones arbitrarias de los creadores sobre sus compañeros y rivales. La ventaja que tenemos los críticos literarios, a pesar de nuestros gustos personales, es la posibilidad de ser “ecuménicos”, de celebrar misa en diferentes altares.

Pero después de esta amplia premisa, parcialmente autobiográfica, ha llegado el momento de ingresar en la obra poética del autor.

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