LA CARRETERA MARGINAL. Armando Arteaga

Con motivo del martes poetico de la Municipalidad de Lima, Wilfredo  Herencia acaba 14359029_10209791120788333_8880023082000135522_nde republicar un poema de Armando Arteaga que aparecio en el numero 2 de la Revista Maestra Vida, alla por los ochenta. Una relectura despues del tiempo nos muestra la gran libertad de imagenes, musicalidad  y mezcla de lo cotidiano con lo maravilloso de lo real, aparte de un tono profetico, no solo por la actual emergencia  de las poeticas amazonicas, sino tambien por lo acertado de los versos del cierre del poema:

El oro nunca podrá más que el agua.
Hasta que venga el tiempo de la muerte
Y pinte de negro todo el oro del mundo.

LA CARRETERA MARGINAL

Armando Arteaga
La carretera era una línea larga
Jack Kerouac

Yo caminaba
Por aquella corbata de tierra
–una selva amable me llevaba–
por esa garganta hundida de pantanos
Al costado de un río –serpiente estupenda–
Donde los peces sesionaban
Sobre el color celeste –dictatorial–
Del varaseto
Hacia el fondo del camino
Miles de árboles reclamaban
su ciudadana madurez
–todos los árboles son verdes–
para intervenir
en aquel concierto extraño de pájaros:
un debate constitucional sobre la papaya
–pudo haber terminado en gresca–
pudo haber terminado en guerra nuclear.
Un desastre mundial provocado por los árboles
y los peces más desquiciados –en discrepante actitud científica–.
Al borde de una hecatombe.
¿Quién quiere celeste que le cueste?
Yo habitaba
–también–
la oscuridad de un cine-club:
“Celeste, la muchacha de mi barrio…”
fue mi primera película filmada en Super 8 mm.
las piernas más bellas y suaves de esta historia sublíminal.
La carretera era larga -llena de tierra roja-
Arcilla pura, barro, adobes, casas nada celestes, ni terrenales.
Un día era Resnais.
Otro día era Godard.
Y el fin de semana era café con leche
y/o pan con mantequilla.
No sólo de trigo y kultura vive el homo sapiens:
Un maquisapa desafiaba el Teorema de Ptolomeo
un picaflor –muerto de amor– por una flor
sufría de insomnio
y una pléyade de luciérnagas
iluminaba el siglo de las luces,
Yo bebía un néctar de flores violetas
Desde la rama añeja de un enmelado árbol invicto
Ante la lluvia, quimera del caucho
Y el sol era
Un fruto anaranjado
Una naranja verde/ un limón amarillo
Un melocotón rosado
Y sonrosada era –entonces–
aquella –nimia– sensación mía
por la Amazonía
mientras Ernestina me agarraba de la mano
me acariciaba la rota rutina
de tanta ternura agreste
–a primera y simple vista–
era mejor vivir así
salvajemente, el buen salvaje
era el inolvidable chuncho Gauguin pintando flores
en enormes lienzos
que una estupenda marchand brasileña envalijaba
a Miami con enormes mariposas
emborrachadas con alcohol
a borde de otro río –el tiempo inmediato– se fue perdiendo
como un astro lejano
aquella noche, una estrella se perdía
otra estrella se apagaba
las gotas de la lluvia jugaban su propia marimba
tocaban el instrumento propio del ocio:
mi ociosidad de escribir
–justificación de soñar con un amor imposible–
un verso es bello si es una nariz perfecta (aunque estropeada)
por la natural visión distorsionada de estos ojos:
es el perfil más frágil de este sonido gótico
más la irreverencia de los años vividos
en esta militancia:
pico de oro,
esclava de oro,
cuna de oro,
caca de oro para el loro
jaula de oro para el moro
jarra de oro para el vino
adoro el dorso, el domo, el dórico equilibrio
de una Dríade desnuda
diz la disecea, el dolo, la disforme melodía
de su diteísmo grave y divergente
tan diversa cuando divaga
a la deriva como un díscolo barco
trayendo el barrunte
destructivo del oro
el dublé, la duna triste, el dosel, el dolmen, el dock
tan disparatado es el oro que se sumerge
irresponsable
como un ogro en el lodo
en la disuria de la codicia de la selva
–tan indiana y tan ibérica–
tan divergente
que el oro puede irse a orar al cementerio de los muertos
colgarse de una driza dondequiera
para que la dioptría, la disensión, la diorita
lo ubiquen en el discernimiento milimétrico
del discursivo humano
en el diastema del hambre
en la diástole del lenguaje
en el diatónico paisaje
en el diantre compungido
en el digesto de un pueblo
ignoto
desoír al oro
deslindar
con el aurífero metal
respetad el destino natural del oro
darle el desiderátum de su rol histórico
para que el amor haga su propio idioma
en el concierto salvaje de la vida:
Yo era apenas un caminante, un necio
Mirando diásporas, un diarista,
Que perdía su tiempo buscando colores, reconociendo
En las flores deicidas y disépalas, el desencono.
Por avivar el debate sobre los derechos supremos
de la humanidad contra la secuela nefasta del oro
(materia que no tiene la culpa de estar
en la Tabla Periódica de Mendeléiev).
El oro nunca podrá más que el agua.
Hasta que venga el tiempo de la muerte
Y pinte de negro todo el oro del mundo.
ARMANDO ARTEAGA
(Maestra Vida revista de literatura # 2)

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