RODOLFO CELSO TORRES NEYRA. Por:Luis Salazar M.

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RODOLFO CELSO TORRES NEYRA  

Luis Salazar M. 

Desde que, en los Coliseos de Lima, escenarios importantes donde las múltiples expresiones del canto peruano se mostraban allá por los años 40, surgió el fenómeno de las / los cantantes solistas acompañados por un “marco musical”. La denominación “marco musical” especificaba el papel que  debían tener los conjuntos y orquestas acompañantes:  el centro de atención debían ser los solistas quienes ocupaban la parte delantera del escenario y con su desplazamientos y bailes “llenaban” el espacio reservado para ellos  mientras que los músicos acompañantes o  se apiñaban  alrededor del sólo micrófono ubicado en la parte trasera del escenario o se desplegaban casi como telón de fondo. Mientras que el solista bailaba, y conversaba con el público los músicos acompañantes generalmente se mantenían inmóviles limitándose a ejecutar sus partes. 

Este mismo esquema se trasladó a los discos comerciales que comenzaron a venderse a raudales a partir de la década de 1950 y sobre todo a partir de la década de 1960. Entonces fue que surgieron las primeras estrellas del cantar andino cuya fama alcanzó a casi toda la república y luego rebasó sus fronteras. Los discos de “Pastorita Huaracina” y el “Jilguero del Huascarán” y luego “El picaflor de los Andes” y “Flor Pucarina” batieron records de ventas. En las carátulas de las decenas de Long Plays que grabaron cada uno de estos artistas aparecían sus fotos y algunas veces, en segundo plano, las fotos de los conjuntos y orquestas acompañantes, pero casi nunca la relación de los músicos que integraban esas agrupaciones. A pesar que algunos, sobre todo los directores, alcanzaron a llegar a la memoria popular, la mayoría sólo fueron conocidos en los círculos cercanos. Nuestra carga fuerte de oralidad impidió casi siempre la existencia de fuentes escritas. De ahí la gran dificultad de conocer la biografía de la mayoría de músicos andinos. 

Rodolfo Celso Torres Neyra, nació en Lima el 22 de junio de 1957, sus padres fueron migrantes de  Aycará, anexo del distrito de Cora Cora de la provincia de Parinacochas, al sur de Ayacucho. A los dieciséis años viajó con sus padres a la sierra y quedó prendado de sus paisajes y de su música.  Sus dotes musicales se evidenciaron cuando comenzó a tocar el  charango, instrumento preciado por los parinacochanos, la guitarra y ese instrumento que en la década de los 80 del siglo pasado tuvo gran auge: El acordeón. En ese tiempo, casi no existía conjunto musical andino que no contara con un acordeón. “Es que es un instrumento muy alegre” respondían invariablemente las personas a quienes se preguntaba el porqué de su preferencia hacia los conjuntos con acordeón. El acordeón fue utilizado con gran éxito por dos conjuntos ayacuchanos “Los Puquiales” y “Los Heraldos” y esto hizo que surgieran acordeonistas que tocaban los principales géneros de música andina en acordeón. Entre ellos estuvo Celso, como lo llamábamos los que lo conocíamos. 

A fines de la década de 1970, Celso integró el Conjunto Larcay,  y luego "los altivos de Apurímac".  “Tocaban muy rápido, como apurados” dice Don Antonio Gutiérrez Cateriano, gran guitarrista y dueño del sello “Volcán” que tenía su estudio de grabación en la esquina de los jirones Quilca y Washington, en el centro de Lima. En su estudio grabó Edwin Montoya algunos de sus L.P. de gran éxito. Don Antonio tocaba la guitarra y dirigía las grabaciones. En realidad se ocupaba casi de todo: era productor, director, arreglista, tomaba las fotos para las carátulas en fin… Don Antonio dice “A pesar de lo que piensa la gente, Celso no grabó con Edwin, fueron cuatro diferentes acordeonistas. Pero en el sello “Volcán” , Celso grabó con “Soledad Puro Corazón”, Nelly Munguía, Bertha Barbarán, Martina Portocarrero y muchos otros artistas. Sus trémolos en terceras, técnica que  transfirió del charango al acordeón,  hacía que tuviera un toque muy “dulce” y rápidamente fue uno de los preferidos para integrar los marcos musicales de las principales cantantes de la época y también muy solicitado para hacer marco musical en las peñas. Nicolás Espinoza “El trovador ancashino”, me hizo recordar que a inicios de los 80 tocamos en la Peña “Hatuchay”, muy de moda en ese entonces con el grupo “Neblina”. Los integrantes éramos: Nicolás Espinoza (Director y cantante), Eberth Álvarez Salinas (violín), Celso Torres (acordeón) y en las guitarras Hugo Pacheco y el autor de estas líneas. Tocábamos música ancashina. Celso no tuvo problemas para integrarse. 

Recuerdo que ya en esa época tenía problemas de salud. Celso era alto y grueso, parecía muy saludable, pero sin embargo su salud era frágil. Se acercaba navidad en diciembre de 1982 y fuimos contratados por el Sindicato de Sedapal para tocar en la fiesta que organizaron con tal motivo. Casi al momento de subir al escenario Celso sufrió un acceso de tos terrible. Encargamos a un “compañero” que se ocupe de él y los restantes subimos al escenario. Al terminar el compañero nos dijo que lo habían internado en el Loayza. Permaneció quince días hasta recuperarse. 

En esta última década tocamos juntos esporádicamente. Él tenía su conjunto "Los Acordes del Perú" y luego "Amistad Andina"con los que amenizaba fiestas y actuaba en algunos locales. Pero a veces algún cantante nos convocaba y coincidíamos. Viajamos a Buenos Aires y Santiago de Chile para tocar en las actividades organizadas por peruanos con motivo nuestras fiestas patrias. Él hizo otras giras, una de las últimas a los Estados Unidos como integrante de los famosos “Pacharacos” (aunque en esa gira el único músico de la formación original fue César Zárate, estando fallecidos los demás). 

En el mes de febrero de 2016 fuimos a tocar a Paracas. Viajamos en bus, conversamos bastante durante el trayecto. Llegamos y fuimos atendidos por el organizador que era dueño de un hotel. Para prepararnos para la actuación no había un ambiente propicio, así que se decidió ensayar en una de las habitaciones del hotel, en el tercer piso. Celso pidió que el ensayo se realizara en el primero ya  que se agitaba mucho al subir escaleras (el hotel no tenía ascensor), lamentablemente tuvo que subir los tres pisos. Ahí pude darme cuenta que su salud estaba bastante deteriorada. Esa también fue la última vez que lo vi con vida. Una consecuencia de  los graves problemas para movilizarse que sufrimos los habitantes limeños es que los músicos nos hemos sectorizado. Los que viven en el cono norte tocan ahí, los del cono sur rara vez salen de sus predios, y así. Eso impidió que lo vea más seguido. Como su enfermedad se agravó algunos más cercanos lo visitaban y se organizó una actividad de solidaridad “pro salud” que ahora se ha convertido en una actuación en homenaje a su memoria. 

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