Confesion de parte. Eduardo González Viaña

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Eduardo firmando su libro en su ultima visita a NY
El día de mi cumpleaños, quiero contar una historia de mi vida. Desde los tiempos de mi primera comunión, fue mi madre quien todas las semanas preparaba un papel con la lista de mis pecados para que yo se los leyera al sacerdote. Esa costumbre se prolongó hasta el comienzo de mi adolescencia en que comencé a escribirlos yo para hacer las historias más interesantes. No tengo ya a mi madre, y la mía es ahora una concepción más amplia de mi religión. Por eso, he preparado una pequeña reseña de mi vida para ser leída el día de mi cumpleaños. Confesaré primero que cuando tenía 7 años, mi maestra del jardín de la infancia habló con mi madre acerca de mi destino. -No creo que Eduardito llegue a leer ni escribir- le dijo. -Fíjese que apenas llega a la letra “che” o “de” de la cartilla, y de allí no pasa.- Y al ver la cara desconsolada de doña Mercedes, añadió: -Pero no se preocupe, puede mandarlo al fundo de su padre, y allí hará dinero, o hacerlo que se enrole en el ejército. No ve usted cómo el General Odría ha llegado a ser presidente… No recuerdo si, tiempo después, llegué a dominar la lectura, pero de lo que sí estoy seguro es que, a partir de entonces, comencé a tratar de aprender a escribir, y en esa tarea me voy a pasar toda la vida. Debo confesar que, en la escuela, nunca estudié con seriedad la gramática. Por fortuna, mi profesor de castellano era un sabio. Se dio cuenta del asunto y me dijo que no tenía por qué aprenderme las definiciones de sustantivos, adjetivos o verbos, que le bastaba con que yo escribiera pequeñas historias en las que esas categorías se expresaran, y añadió que de esa manera, no sólo aprobaría el curso sino que sería escritor. Confesaré además que a los trece años de edad –después de haber imaginado que llegaría a ser actor de cine, director de orquesta y dictador del Perú, soñé con ser astronauta y, con otros dos cómplices, prometimos ser los primeros hombres en llegar a la Luna. El que más se ha acercado es mi gran amigo, Cayo Cabrejos, quien es general de la aviación… (Aunque tampoco puedo estar muy seguro de eso porque cuando su madre le dijo a la mía que el entonces joven piloto estaba más cerca del satélite, la mía replicó: No lo creo porque Eduardito ha estado siempre en la Luna.) No quiero seguir hablando de mis frustraciones infantiles. Les confesaré más bien todo aquello que, a estas alturas de mi vida, me ha hecho sentir que la he vivido bien y que aceptaría quedarme otros cien años. No soy ambicioso. Me contento con ser feliz. Y para saber que estoy en forma, en febrero de este año, logré ser designado para representar a mi universidad como nadador en una prueba de pentatlón en la que competía junto a estudiantes y algunos pocos profesores. Y lo hice bien. He sido periodista, profesor, abogado, juez por algunos meses y, por fin, escritor todos los días desde las 4 y media de la mañana. Trabajo así porque creo que quien escribe unas cuantas carillas a diario tiene que ser muy malo para que en 365 días no le salga una buena novela. Y debo confesar que mi trabajo, en uno y otro lado del mundo, ha sido siempre indesligable de mi completa adhesión a la causa de los que padecen y de los que pelean por amor a la justicia. Y entre todos los bienes terrenales, la grandeza moral es lo que más me importa, y sólo quiero ser en esta vida un hombre decente. No he llegado a ser astronauta ni corredor de tabla ni pianista y mis esfuerzos como hombre de prensa no han sido suficientes para evitar que la gente vote por los necios y los malvados, pero hoy, día de mi cumpleaños, sé que estaré en cualquier lugar donde se erijan murallas contra los seres humanos y haré todo lo que pueda por derribarlas. Ya está en los bordes del universo la estrella que vendrá a llevarme, pero cuando mi voz sea apagada por la muerte, y cuando me haya ido a los mundos de allá arriba, seré sombra que flota y relámpago dormido para siempre, pero mi corazón ha de seguir hablando.

 

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