Killincho pateador de precipiciosmanta. Fredy Roncalla

Manaraq mosoq wata chayachkaptin, aswan kay qayna wata qellqasqay hamutayta qespichisaq. Icha nan wayki Alejandro Medina Bustinza (Apurunku) novelantan reqsichirqana. Imaynapas kaptinqa, dicen las malas lenguas que el Guardia Tamayo y su sobrino habian estado en la jarana de Adelaida y dona Felipa en Wanupata, y que ya llegan, tomados de la mano de Aurunku, Tulancha, Canciocha y el joven narrador de esta  novela, que ha caminado los mismos pasos que el nino Errnesto, pero como waqcha de la kikin comunidad. Kuska chiki iman aqa wasipi pasasqanta rikunqaku. Antes y ahora la vida es dura, pero acaso somo killinchos pateando  precipicios congresales.

 

Sobre Killinko pateador de precipicios de Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

 

Fredy Roncalla

 

 

 

Conversando acerca de su artículo sobre los cambios en la narrativa quechua reciente, donde primero comenta “Memorias de un soldado desconocido” de Lurgio Gavilán, Ulises Juan Zevallos sostiene que se trata de una narrativa quechua escrita en español, coincidiendo acaso con el planteamiento de Hugo Carrillo, en el sentido que al contar los quechua hablantes en el Perú, hay que tomar en cuenta los quechua pensantes. Que no hablan la lengua, pero tienen un español de evidente sustrato quechua en la fonética, morfología, y sintaxis. Estos tres niveles espero en un futuro no muy lejano sean cimiento del análisis no solo temático sino estilístico de la literatura quechua escrita en la actualidad. Porque si hay algo que define la narrativa de Apurunku, es un estilo donde actos y desarrollos narrativos son presentados con una serie de modificadores del núcleo verbal discursivo trazando matices no solo con la adjetivación, sino con una serie de frases subordinadas que conducen a la imaginación a infinidad de tonalidades que reflejan la sintáctica y la morfología aglutinante del quechua:

 

Inmediato, interrumpiendo los instantes lúgubres del silencio, otra vez los grillos empezaron entonar sus habituales jaranas bulliciosas, dejándose escuchar sus bandurrias chillosas por todos los rincones de los caminos extendidos. Se les oían por las calzadas rigurosas y zigzagueantes, que se iniciaban o culminaban en el centro de la plaza de armas del pueblo. Hacían sentir sus singulares chirridos desde agujereadas paredes de adobe de las casas añejas, incluso, desde entre piedras de los perímetros espinosos que bordeaban a las chacras alejadas de la población

 

Antes de recalcar en la dulzura y la musicalidad del lenguaje de Killinchus… es necesario incidir sobre un aspecto poco estudiado de la presencia quechua en la escritura en español: en la narrativa de Apurunku el español quechua es de permanencia. Me explico. Si algo caracteriza a la escritura literaria andina, de autores bilingües o monolingües de entorno quechua, es el esfuerzo intencional por acercarse a un español “limpio”, concordante con las norma narrativas del momento, con la posibilidad de retornar al quechua posteriormente. Un antiguo viaje de ida empezando por Garcilaso, El Lunarejo, José María Arguedas, y narradores y poetas andinos mas recientes. Incluso Juan José Flores, cuyo Huambar aborda el quechua y el español mejorado desde planos narrativos de un español estándar impecable. Siguiendo el hilo, el viaje de vuelta sería la incorporación por estos autores del universo lingüístico y temático quechua, como se puede ver en los tardíos textos quechuas del Lunarejo, o en la opción de segundo momento por la literatura quechua en autores más recientes. Pero hay un viaje de permanencia, que no necesita el refinamiento estilístico en el estándar para dejar su huella. El primer caso es el de Wamán Poma, pasando acaso por Gamaliel Churata y continuando en narradores como Apurunku.

 

Pero chay palta rimayqa qallarinallan kachkan. Porque la narrativa de Apurunku es una fiesta del lenguaje, hasta tal punto que el idioma es casi un personaje del relato. La descripción del chillido de los grillos, inicia el relato al momento que anochece sobre Tiaparo y sus habitantes, mientras un pesar silencioso cae sobre el narrador personaje. Un niño recién llegado que vive con su abuela Mamay Anqui, y que acaba de desafiar al hijo privilegiado con el guardia del pueblo, Gonzalucha Tamayo. Si bien de entrada la novela nos sitúa en ese lugar lleno de conflictos y divisiones sociales y lingüísticas como es el de una escuela rural, lo que afecta al niño no es tanto el temor a pelearse con el hijo del guardia un par de días mas tarde, sino la insistente pregunta de si el hecho mismo es un acto correcto, ético. Esta indagación ética lo mueve a explorar el mundo interno de su abuela, del guardia Tamayo, de sus amigos comuneros, del profesor cusqueño, y de los hijos del guardia. Pero como en el Ande el mundo ético no está solamente ligado a las personas, la mirada también explora lugares sagrados y peligrosos como una antigua cueva o una piedra encantada camino a Tiaparo. Y el canto, que es cimiento espiritual de la geografía ética del Ande, es presentado en varias transcripciones y traducciones excelentes, de un narrador en constante reflexión sobre el lenguaje.

 

No solo el de la discriminación, por parte de los “principales”, sino las zonas intermedias, de presencia precaria del español en un entorno quechua, que produce efectos risibles en los limacos, y dificultades expresivas en los comuneros. Que sin embargo al momento de hablar en quechua despliegan estrategias verbales ético poéticas que sustentarían el ideal del “buen vivir” de una comunidad quechua aymarina. Feliz paradoja de la primacía expresiva del quechua comunero relatada en español andino. Aquí destacan las reflexiones en torno a Tulancha Huamani, a un anciano moribundo que resuelve el conflicto con Gonzalucha al final de la novela, y Mamay Anqui, cuyo rezo viaja desde el territorio de los vivos hacia aquel de los difuntos y los Apus locales.

 

Uno de los momentos mas bellos es cuando se describe el inicio del conflicto con Gonzalucha:

 

La pelota rodaba, conduciendo su figura esférica hacia el área donde nos hallábamos brincando con nuestro juguete hecho de harapos, pero firme y resistente. Mi curiosidad mostraba expectativa por aquella pelota extraña de jebe, entrometida, desde su aparición inesperada en nuestra cancha; con su girar suave sobre el pasto, parecía dirigirse precisamente hacia la dirección mía. Siendo notoria las maniobras indiferentes de los majktillos de los dos barrios, frente a este hecho que ha de suscitarse, en ningún momento ningunos intentaron detener el recorrido del balón. Algo muy extraño sucedía. Mayor fue mi impresión al advertir las actitudes evasivas de mis amigos de calle arriba con respecto a la pelota intrusa. Ésta, venía rodando hacia donde yo me hallaba. Ya estando a mi alcance, no me quedó otra opción y detuve su marcha mediante un pisotón firme; con la seguridad de haber atajado su girar esférico. Así pues, prensándola con mi pie diestro, de inmediato frené su recorrido.

 

Efectivamente, aquella pelota agraciada, traída desde la ciudad, con su desplazamiento globular había llegado hasta mis pies. Yo, lo que hice fue, cualquier otro lo habría hecho igual, es decir, contuve su recorrido con un pisotón contra el suelo. Qué mansito sentí el círculo de la pelota bajo mi pie. Los chiuchis de Uman Calle siempre habíamos soñado en poseer algún día, una pelota similar para nuestros juegos comunes. Ahora, yo la tenía bajo mi pie. Consideré apreciada la delicadeza de su cuerpo de goma, su matiz verde retama, tamaño regular. Qué duda cabía, con una pelota similar los chiuchis jugaríamos igual que los campeones de las provincias; segurito pues nuestros juegos serían maravillosos. Nos enfrentaríamos a cualquier equipo.

 

Pero tocar la pelota de hijo del guardia Tamayo es una trasgresión. Eso lo deja claro Gonzalucha Tamayo que se acerca con su hermano y sus empleados. Su tono es agresivo e insultante. En parte porque el narrador es un niño recién llegado y no esta al tanto de todos los modales de la subordinación, enfrenta a Gonzalucha y patea la pelota de hule hacia más abajo, cual killlincho enfrentando al gavilán en los abismos de la discriminación. Sigue una confrontación y el acuerdo de resolver la pelea un par de días después.

 

Como ya se ha dicho antes, este incidente mueve al narrador a buscar resolver sus dudas con una observación minuciosa de la vida de los comuneros quechua hablantes de Tiaparo desde el punto de vista de un niño de padres separados. Ir a recoger pasto para los cuyes, por ejemplo, le permite explorar la interrelación y sicología de sus compañeros, entre los cuales destaca el Tulancha Humani, que es un joven estudiante ejemplar (cría a sus hermanos huérfanos) y Canciocha, que tiene una gran habilidad verbal, heredada de su tío Sinforiano Huillca Huamani:

 

Viejo libidinoso, chanzador y pícaro. Poseía voluminosas mañas para construir frases insinuadoras y lujuriosas cuando se dirigía a las pasñas más bonitas del lugar. Ninguna mujer, casada o soltera escapaba de sus piropos carnales. Fue una vez, cuando vimos y escuchamos su actuación frente a una moza tiaparina, al entrecruzarse en medio del camino, le oímos decir al viejo Sinforiano:

 

― ¡Añañau sumac warmicha, (que sabrosa eres hermosa mujercita)… si pajarillo yo fuera, a tu huertita buscaría para dormirme allí, bien calientito abrigadito nomás…!

― ¡Duerma pues en tu huerto, para eso tienes lo tuyo…! ― Respondía la mujer piropeada.

― Ay negra…ay zamba,… en mi huerto ya ni ajenjo, ni hierbita buena crecen, tampoco la rosascha ni las chirimoyas dulcecitas como las que tienes. Por eso nomás estoy queriendo ser el pajarillo de tu pastito verde y olorocito ―Decía el viejo Sinforiano.

― ¡Mi pastizal tiene su dueño…viejo mañoso…!

― ¡Cámbiame pué niñachay paser tu dueño, ya verás negrita del alma, cómo tendremos montones de duraznillos y manzanales coloraditos. Te cantaré bonitas mañaneras; arrodilladito bajo tus agraciadas rabadillas yo estaría siempre, regando con aguita de lluvia fina a tu huertita de hierba luisa y paico ― Respondía machu Sinforiano; y todos los muchachuelos después de escucharlos, terminábamos carcajeándonos. Claro está, todo eso lo decían en quechua.

 

Y lo trasmite el narrador en una traducción impecable. Si estas exploraciones muestran el ideal de vida y las peripecias de los pobladores de Tiaparo, y si acaba de pactar una pelea con Gonzalucha Tamayo, la novela no cae en una visión maniquea, por la cual el guardia Tamayo podría ser visto negativamente. Es más, el narrador vuelve al guardia Tamayo como una figura ejemplar, que representa el estado, y tiene un rol benefactor y equitativo en la administración de justicia, sobre todo “hablando” temprano en las mañanas con unos sendos tragos. Si el guardia Tamayo es buen policía es también un gran bohemio. Varios episodios junto con su sobrino, que es quenista consumado, permiten al narrador presentar sendos huaynos con su respectiva y excelente traducción. Se podría decir que toda la novela es una traducción por que ha sido pensada en quechua y escrita en español. Pero, por el mismo hecho del español andino, miski, no estamos frente a una traducción cultural. Creo, sin temor a equivocarme que el lector ideal de Apurunku son sus llaqtamasis.

 

Pero para el niño el problema de saber si ha hecho bien en desafiar a Gonzalucha sigue. Piensa en quien apoyarse para un consejo. De las opciones descarta al director del colegio, que es un personaje que usa su posición para apropiarse de tierras comunales gracias a sus mañas de tinterillo.

 

Llegado el momento del enfrentamiento, el niño ha esperado a Gonzalucha en el lugar pactado. Este ni se acuerda de la pelea, y no puede creer que en verdad el niño esta dispuesto a pelear. Al final hay una breve pelea que es interrumpida por los gritos de una niña, que da la mala noticia de que en la plaza unos guardias armados han reunido a los hombres del pueblo para llevárselos a la fuerza. Entre ellos está el guardia Tamayo, no muy a gusto, siendo observado por todos los niños, incluyendo sus hijos. Los niños de los dos bandos enfrentan una contradicción mayor, en la que todo el pueblo puede ser desposeído.

 

Este segmento final tiene ecos en varios momentos históricos similares, por un lado, y una coyuntura muy actual, por el otro. Llevarse hombres a la fuerza tiene una historia muy larga en los Andes. El primer episodio son las mitas de Aymaraes a Huancavelica,[1] el segundo es el reclutamiento forzado para el trabajo vial en la primera mitad del siglo veinte, el tercero es de reunir hombres, mujeres y niños en la reciente guerra civil en los Andes. Pero en la novela es claro que se tata de una artimaña del director de la escuela para desposeer a los comuneros a favor de las minas. Si en la vida real es cierta la presencia destructora de las minas formales e informales en Apurimac y los Andes, en la novela tenemos un momento muy bien logrado, de larga y actual duración. Cuyo desenlace es la agonía de un anciano del pueblo a la que acuden todos los niños y donde el venerable hombre se despide con un menaje de paz y armonía. Tras los cual Tulancha decide escapar para ser Killincho pateador de precipicios al igual que la doña Felipa de Los ríos profundos, mientras que Gonzalucha Tamayo invita al narrador ir a Chalhuanca en un futuro no muy lejano para comprar juntos una pelota de hule. Una reconciliación a nivel individual frente a contradicciones mayores a nivel colectivo.

 

Pensando en el final y en la cercanía de Tulancha con dona Felipa, o de la condición de niños forasteros hawan/ukun de los narradores, uno podría seguir indagando en su radical diferencia con el viaje de retorno de Huambar, o  los viajes del Piki Escobar de Federico Latorre Ormachea. Pero esto requeriría muchas mas lecturas, que no ser han hecho al escribir esta nota, por que lo apasionante de Killinchos pateadores de precipicios, nos ha permitido decir todo esto con solo una leída, como debe ser cuando los relatos nos tocan hondo. Gracias tayta Apurunku. Gracias Wayki Alejandro Medina Bustinza.

 

Kearny, 21 de agosto de 2015

[1] Ver: Las primeras mitas de Aymaraes al servicio de las minas de Castrovirreyna 1591-1599. Angel Maldonado Pimentel y Venancio Alcidez Estacio Tamayo. Lima, 2012.

 

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