Aquí, el Penal. Allá el Congreso. Eduardo González Viaña

la verdad y la justicia han de llegar a este país de todas formas

 

Aquí, el Penal. Allá el Congreso

Vengo del Penal de Castro Castro. Hace unas horas estaba enfrente a unos setecientos internos y, de acuerdo con el programa de la Biblioteca Nacional, debía ofrecerles una conferencia sobre César Vallejo, pero no sabía cómo empezar.

No sabía si todos o siquiera algunos conocían la obra o siquiera el nombre del mayor de nuestros poetas. No sabía cuál era su grado de escolaridad que podía ser universitario en el caso de los presos políticos o muy bajo en la mayoría de los reclusos.

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De pronto recordé algo que había hecho antes en un caso similar. Sin pensar siquiera en lo que iba a continuar, comencé a recitar dos poemas vallejianos dedicados a Dios.

Pensé que no todos me iban a comprender, y tal vez acerté.
Nunca doy charlas mientras estoy sentado. Prefiero hacerlo de pie o caminando y, por eso, provisto de un micrófono aéreo, me fui acercando a los oyentes. Caminando, me metí entre ellos y pude notar que no estaban comprendiendo la poesía… pero la estaban sintiendo.

Un hombre con tatuajes en los brazos levantó las manos y se cubrió los ojos como hacemos cuando no queremos que nos dé el sol o cuando no deseamos que nos vean llorando.

“Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!”

No estaba yo frente a un grupo de retorcidos académicos y, sin embargo, no sé de qué forma los reclusos entendían que una de esas Marías era la madre, y parece que todos estaban pensando en la suya.

Antes de que terminara de decir el poema, los hombres que aparentaban ser los más duros bajaban los ojos. Otros no temían mostrar que estaban llorando. Los guardias miraban hacia el cielo.

Un rato después de la charla tenía a un grupo de presos a mi lado. Todos escuchábamos con asombro a uno que se sabía de memoria varias composiciones de “Trilce”.

Pensé que acaso tenía formación universitaria y se lo pregunté.
-Oh, no- me respondió.- No terminé la escuela. Todo lo que sé lo he aprendido en las clases que se dan aquí en el Penal.

Me quedé callado, y el recluso continuó con alguna tristeza:
-Si hubiera terminado de estudiar, tal vez no estaría aquí…

En las últimas semanas, he visitado como voluntario muchos colegios, pueblos jóvenes y centros culturales para fomentar en la gente el hábito de la lectura. He sido invitado por el Sistema Nacional de Bibliotecas en la promoción de la lectura cuyo director, Helí Ocaña, me preguntó si estaría dispuesto a caminar con los voluntarios.

No obstante todo lo antes narrado, fui testigo de una de esas extrañas contradicciones peruanas. Cuando me despedía de mis nuevos amigos, levanté mi reloj y me di cuenta que al mismo tiempo que nosotros estudiábamos a Vallejo en la cárcel, el Congreso del Perú había estado debatiendo y luego votando para censurar al Ministro de Educación, Jaime Saavedra.

Para todos en el mundo, era evidente que la mayoría congresal no estaba interesada en la performance de ese titular sino decidida a mostrar cuánta fuerza tenían y de qué manera podían a acobardar al presidente y ponerlo a sus pies.

-¡Viva la ignorancia!- gritaban en el Congreso.

El Perú se había puesto al revés. En la prisión, todos querían leer, y leían a Vallejo. Vallejo estaba en los infiernos, pero al mismo tiempo los infiernos se habían trasladado al Congreso. Allí, hacía ostentación brutal de su poder una banda que todo Lima calificó de delictiva en la gigante manifestación de hace tres días.

Luego de mi charla, la cantante Margot Palomino comenzó a interpretar “Trilce” y hacía que cada palabra lanzada a los vientos se convirtiera en una proclama de que la belleza, la verdad y la justicia han de llegar a este país de todas formas.

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